El error poético como digna frontera del pensamiento

Antonio Díaz Mola
6 Min de lectura

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Basta observar durante unos pocos minutos el propio feed de las redes sociales para darnos cuenta de la inquietante presencia, aún hoy, de los oráculos programáticos. Es un hecho irreductible. Las plataformas parecen conocer de antemano qué vamos a leer. Y así, presuponiendo nuestros intereses (con la arrogancia de saber, incluso, qué palabra estamos a punto de escribir) nos marca la borradura del horizonte que actúa más por coincidencia (con otros usuarios) que por diferencia. El texto predictivo del teléfono completa nuestras frases con una eficacia idílica. Se diría, sin temor a llevarnos a engaño, que todo aparece ordenado en función de patrones estadísticos capaces de identificar regularidades de conductas y de reducir los vericuetos de la expresión humana a una secuencia de probabilidades. Es como si el búho de Minerva sufriera una crisis nerviosa y su caída propiciase la muerte de la originalidad. Y por esto el lenguaje se precipita, vulgarmente, a un abismo funcional, plano y previsible. Pero no se trata únicamente de una cuestión tecnológica. Yo diría que está en juego algo más profundo, a saber: la compleja relación entre lenguaje y realidad

Cada vez que aceptamos sin resistencia las sugerencias del algoritmo, transigimos de algún modo con una sintaxis empobrecida que ha sido diseñada para maximizar la previsibilidad más que para favorecer la búsqueda consciente de un resarcimiento. Las palabras dejan de ser exploración para convertirse en confirmación. Y el resultado es un mundo (tan virtual como presencial) donde las yuxtaposiciones inesperadas, las asociaciones insólitas de conceptos y las desviaciones retóricas se asumen como errores que han de ser corregidos. Parece obvio que ese acartonamiento programado del lenguaje produce la carencia del pensamiento y sedimenta un lugar de supuestas ortodoxias donde el equívoco (siguiendo a Derrida) vendría a explicar la frustración de la experiencia. Sería interesante preguntarse si acaso esta tendencia no está ya produciendo una nueva forma de arraigo intelectual que se traduce en una secta silenciosa de voces previsibles. 

La filosofía siempre ha sospechado que la verdad del ser se sustancia precisamente en las formas de significación que cobra el cosmos verbalizado.  No es casual que Wittgenstein escribiera aquella frase tantas veces citada: “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Porque, en efecto, si las grandes infraestructuras digitales estrechan el repertorio de lo decible, también estrechan la magnitud de lo imaginable. No nos lleva a contradicción alguna sugerir, entonces, que la causa formal de nuestra experiencia no está únicamente en la realidad percibida, sino que, además, hunde sus raíces en la canalización lingüística mediante la cual esa realidad llega hasta nosotros. Creo que es aquí donde la poesía adquiere una relevancia inesperada, sobre todo en la medida en que genera una restitución del sentido de los símbolos que suplen la homogeneidad del pensamiento en red. Me gusta pensar que la poesía es, precisamente, el error del sistema, porque la imaginación cumple una función creativa que ningún análisis estadístico puede sufragar. Así vemos que cuando Lorca conecta términos que aparentemente no deberían encontrarse y escribe “verde viento”, o cuando Neruda abre túneles imposibles como “la boca de la tormenta” (que son expresiones que el corrector del teléfono censuraría), no están solamente decorando el lenguaje. En realidad, están alterando su arquitectura probabilística, introduciendo un jugoso absurdo allí donde la lógica esperaba dar continuidad a unos referentes que, distraídos de su referencia, imantan el alojamiento de una nueva verdad en un mundo ilusorio.

Esa fantasmagoría, además de ser estimulante, es requisito sine qua non de la ficción poética, que aborrece, por defecto, la linealidad del pensamiento prosaico de la vida práctica. Por seguir con los latinajos, puede aventurarse que la poesía opera componendo et dividendo. Une lo distante y separa lo aparentemente inseparable, de modo que su fuerza reside en la interrupción donde el logos poético confirma expectativas y expande anomalías que son aceptadas como cotizada moneda de cambio. Y por eso mismo me parece divertido proponer que la poesía es filosofía en estado de shock. Ambas disciplinas comparten la intuición de que la verdad aparece cuando el lenguaje alcanza sus lejanas fronteras. Una, la filosofía, mediante conceptos. Otra, la poesía, mediante licencias retóricas. Hay en ellas algo semejante a una fase germinativa de la captación de un sueño. Quizá los antiguos hablaran de duendes para nombrar esa quimera, energía o propósito. Hoy puede describirse esta situación como sintaxis del sabotaje. Un modo de contrariar la aburrida domesticación de las palabras. Y digo yo que para seguir manteniendo el pulso cardiaco del logos poético, ¿existe otra opción que no sea volver a la libertad originaria y seguir siendo imprevisibles y escapar de la hoja de cálculo de Excel? No quiero caer en cursilerías ni en romanticismos diciendo que leer un poema cambia el mundo. Pero sí quiero plantear esa lectura como acto de sabotaje. Sabotaje contra la máquina que, burlona y torticeramente, pretende saber qué vamos a pensar mañana.   

Antonio Díaz Mola
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