Terremotos

Roland Carreño
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La tierra tiene memoria. Nadie sabe cuántos siglos guarda en silencio antes de decidir contar una historia, pero cuando lo hace, no necesita palabras. Le basta un estremecimiento, un estruendo que hiela la sangre. Es una respiración profunda debajo de las montañas, un rugido que asciende desde donde la roca todavía conserva el fuego con el que fue creada. Entonces el mundo entero comprende que ninguna piedra pertenece del todo a los hombres.

Ocurrió el 24 de junio. Como si el calendario hubiese querido reunir en un mismo día la fiesta de San Juan Bautista, el recuerdo de la gloria de la Batalla de Carabobo y el lenguaje antiguo de las entrañas del planeta. Mientras en algunos pueblos los tambores seguían llamando al santo con el cuero caliente y las manos sudorosas, mientras las cintas rojas bailaban sobre las cabezas y el olor de cuerpos brillantes se mezclaba con el incienso de las iglesias, la tierra comenzó a moverse con una fuerza que parecía venir desde el primer día de la Creación.

El epicentro del rugido se plantó en Yaracuy. Allá abajo, en las profundidades agrícolas de Yumare, la tierra decidió rajarse primero. Como una costura vieja que se revienta de golpe, la falla liberó su furia y la onda sísmica comenzó su violenta expansión, devorándose los kilómetros a una velocidad aterradora.

El drama se extendió como un escalofrío de piedra. Atravesó los valles, sacudió con fuerza a Ocumare de La Costa, Maracay, Cagua y La Victoria y trepó con violencia por la cordillera hasta irrumpir en Caracas, donde los edificios oscilaron como juncos de concreto. El estremecimiento no tuvo un solo camino: se vino por la orilla, por el piedemonte, y entró rugiendo hacia la costa del litoral central, la de los deslaves de fin de siglo, golpeando con saña a La Guaira y extendiendo el miedo por los pueblos marineros, hasta las playas del estado Miranda. El dolor unió en un solo grito al interior del país con el litoral.

Después llegó ese silencio imposible, el que no es ausencia de sonidos, sino una multitud de ruidos que nadie alcanza a distinguir: el llanto de un niño debajo de una pared vencida en un barrio caraqueño, allá en el neblinoso Junquito, en San Bernardino o abajo entre los elegantes edificios residenciales de Altamira y Los Palos Grandes; el ladrido desesperado de un perro que se negaba a abandonar la puerta de su casa en ruinas cerca de Maiquetía y Catia La Mar; el golpe seco de las palas mordiendo la piedra endurecida con el rechinar del hierro doblado. Y un ruido menos obvio: el de los músculos tensos de hombres y mujeres comunes levantando bloques que ninguna máquina había logrado mover, el de la respiración desesperada entre el zumbido incesante de los motorizados bajando a toda velocidad por la autopista Caracas-La Guaira con medicamentos, agua, mantas, esperanza.

Y, detrás de todo, como si el universo quisiera recordar que la eternidad existe, el mar continuó respirando con la misma serenidad con la que respira desde hace millones de años.

Entonces aparecieron las lenguas del mundo. El árabe pronunciando palabras que sonaban como antiguas oraciones, el inglés convertido en instrucciones rápidas entre equipos de rescate, el francés nombrando instrumentos y heridas, el alemán organizando silenciosamente la precisión de las máquinas. Acentos llegados de lejos, rostros desconocidos inclinados sobre el mismo escombro donde una madre venezolana rezaba el mismo Padrenuestro que habían rezado su abuela y la abuela de su abuela.
De pronto ya nadie preguntaba de dónde venía el otro. Todos hablaban el mismo idioma. El idioma de las manos.

Pero Venezuela conoce desde hace mucho otro terremoto. Uno que no rompe únicamente paredes, sino generaciones enteras. Un terremoto sin epicentro geológico que durante veintisiete años ha sacudido la República con una violencia que ninguna escala científica podría registrar. Ha derrumbado instituciones, quebrado la confianza, expulsado millones de hijos hacia todos los puntos del horizonte, convertido hospitales en ruinas silenciosas, escuelas en edificios vacíos y la esperanza en un equipaje que demasiados venezolanos tuvieron que llevar consigo al cruzar las fronteras.
Ese ha sido el sismo más largo. El más cruel. El que dejó grietas invisibles en las familias y convirtió la incertidumbre en una costumbre nacional.

Por eso este nuevo estremecimiento, que empezó en el subsuelo de Yumare y sacudió al país hasta sus costas, encontró a una nación ya golpeada, pero no derrotada.

Porque hay una fuerza que sobrevive incluso cuando todo parece perdido. La solidaridad. Nadie la decretó. Nadie la organizó desde un escritorio. Brotó como brota el agua cuando encuentra una rendija entre las piedras. Llegaron vecinos con las manos desnudas en Maracay, en Tucacas, en cada calle afectada. Médicos sin descanso, sacerdotes con el consuelo, jóvenes cargando cajas más grandes que ellos mismos, mujeres cocinando para centenares sin saber sus nombres, ancianos ofreciendo el único banco que quedaba entero frente a sus casas. Llegaron venezolanos desde todos los rincones preguntando qué hacía falta, cómo ayudar, e incluso, a quién abrazar desde la distancia.

Y llegaron esos hombres y mujeres de otros países, porque el sufrimiento, cuando es verdadero, termina convocando a la humanidad entera.

Entonces comenzaron los pequeños milagros: una voz que respondía desde debajo de una losa cuando ya todos pensaban que el silencio era definitivo.

Un rescatista que gritaba emocionado al escuchar un golpe diminuto entre los escombros del litoral, una niña que, como toda respuesta ante el pánico vivido y el alivio del rescate, nos regalaba una espléndida sonrisa.

Hemos visto y llorado tanto. Por esa anciana encontrada con vida aferrada a un rosario, por ese vaso de agua compartido entre desconocidos, por ese hombre que, martillo en mano, buscaba a su mujer –Adriana, se llama- entre los escombros y que la regañó a placer, en una mezcla de amor y desespero, al encontrarla sana y con la intensidad de carácter intacta bajo el amasijo de cabillas y hormigón.
Porque siempre ocurre así.

La muerte hace mucho ruido cuando llega, pero la vida posee una obstinación infinitamente mayor.
Quizá la tierra no vino solamente a estremecer edificios desde Yaracuy hasta La Guaira. También vino a sacudir el alma de una nación que lleva demasiado tiempo soportando el peso del miedo, de la mentira, de la resignación y del abandono.

Que caigan esos escombros también. Que se desprendan de una vez los viejos lastres que durante tantos años han impedido a Venezuela caminar con toda la fuerza de su historia.

Porque el mismo pueblo que baila a San Juan hasta el amanecer es descendiente del pueblo que venció en Carabobo. El mismo pueblo que hoy levanta piedras con las manos desnudas será el que levante mañana escuelas, hospitales, puentes, universidades y libertades.

La tierra habló. Y su voz no fue solamente un rugido. También fue una campana, un tañir bronco, ahogado, como de una garganta que ha soportado el grito mucho tiempo.

Un recordatorio de que los pueblos pueden caer, pero jamás permanecen para siempre de rodillas.
Entre el polvo, el humo, las sirenas, el llanto y los helicópteros, mientras el mar seguía respirando frente a las costas heridas y el mundo entero la nombraba en decenas de idiomas, volvió a ocurrir el milagro más antiguo de todos.

En medio de la mortandad, alguien encontró una mano viva. Y donde una mano encuentra otra, comienza siempre la reconstrucción. Y donde comienza la reconstrucción, la libertad deja de ser un sueño para convertirse, poco a poco, en destino.

Roland Carreño
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