Llegó de Chile para reencontrarse con sus hijos y quedó entre los escombros tras los terremotos

Carlos Olivares lleva días frente a los escombros del edificio OPP 26, en La Guaira, buscando a su madre. Había llegado desde Chile el 2 de junio para pasar unos meses con sus hijos, después de ocho años sin verlos
Jackelin Díaz
Jackelin Díaz - Redactora
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Carlos Olivares lleva varios días frente a una montaña de concreto, buscando entre las placas del edificio OPP 26 en La Guaira a su madre, Luisa Romero, quien había llegado desde Chile el 2 de junio para pasar unos meses con sus hijos después de ocho años sin verlos. La casa, por primera vez en mucho tiempo, volvía a tener la presencia de una madre que había vivido lejos durante años y cuyo regreso parecía abrir una etapa distinta para la familia. Pero el doble terremoto del 24 de junio la sorprendió dentro del apartamento, donde también estaban una hija, una cuñada y un hermano.

Olivares no se ha movido desde el jueves 25 de junio más que para hacer lo necesario: averiguar, llamar, pedir ayuda, volver, seguir. Ese día se plantó frente al derrumbe con la única idea de dar, si es posible, el último vistazo a su mamá. El edificio colapsó en segundos, según cuenta la familia, y esa rapidez dejó a varios de ellos atrapados en un punto que ahora apenas se reconoce. “No nos imaginamos que no había luz, no había señal, no había Wi-Fi”, dice Carlos, todavía con la impresión de haber llegado tarde a una catástrofe que no alcanzó a comprender al principio.

El 24 de junio, un doble terremoto sacudió el norte de Venezuela y golpeó con fuerza a La Guaira, especialmente en la parroquia Caraballeda, donde se concentraron varios de los colapsos más graves. El balance de miles de víctimas y desaparecidos dejó a cientos de familias en una búsqueda hecha de ruinas, turnos y espera. En el caso de los Olivares, la tragedia dejó a tres familiares bajo los escombros y a otro más vivo por milagro: un sobrino que logró correr unos metros antes del derrumbe y salir con costillas fracturadas y golpes en las rodillas.

La visita que se alargó ocho años

Pero el 24 de junio la tragedia cortó de raíz esa expectativa. El doble terremoto sorprendió a Ana Lira dentro del apartamento familiar, junto con una hija, una cuñada y un hermano, en un edificio que terminó colapsado por completo. Carlos recuerda que todo ocurrió tan rápido que apenas hubo tiempo para entender lo que pasaba. Un sobrino que estaba en la planta baja logró salir, aunque con costillas fracturadas, golpes en las rodillas y un poste encima, según cuenta la familia. El resto quedó atrapado bajo los escombros.

La escena dejó de ser la de un reencuentro y pasó a ser la de una búsqueda. Lo que había comenzado como una visita largamente esperada terminó convertido en una espera desesperada frente a un derrumbe. Carlos permanece hoy en ese mismo lugar con la sensación de que el tiempo se partió en dos: antes del sismo, cuando su madre estaba con ellos; y después, cuando todo se redujo a cemento, polvo y silencio.

Llegó de Chile para reencontrarse con sus hijos y quedó entre los escombros tras los terremotos
Foto: Mauricio Villanueva

El día que todo cambió

Carlos no estaba en La Guaira cuando ocurrió el doble terremoto. Vive en la vía hacia Guarenas y, al principio, intentó saber qué había pasado llamando por teléfono. No había luz, no había señal, no había Wi-Fi, y esa falta de respuesta solo aumentó la incertidumbre. Nadie imaginó de inmediato la dimensión del desastre. Las primeras horas estuvieron marcadas más por la confusión que por la certeza, y la distancia hizo que todo pareciera aún más difícil de comprender.

Al día siguiente, Carlos y su hermano bajaron temprano. Llegaron con la esperanza de encontrar alguna señal de lo ocurrido, pero se encontraron con un colapso total. El edificio ya no tenía una forma reconocible y el desastre no dejaba margen para el alivio. “Cuando vi ya que colapsó el edificio, dije que fue fuerte la situación”, recuerda. Desde ese momento, la búsqueda dejó de ser una duda para convertirse en una urgencia.

La preocupación por su madre se agravó al confirmar que había quedado atrapada. Carlos cuenta que Ana Lira es hipertensa y padece claustrofobia, dos condiciones que hacen todavía más difícil imaginarla bajo el derrumbe. Esa idea pesa en cada conversación de la familia, porque no se trata solo de saber si sigue con vida, sino de pensar en las horas que pudo pasar sin aire, sin salida y sin forma de pedir ayuda.

Un trabajo que avanza poco

Desde el jueves 25 de junio, la familia no ha dejado de moverse. Ha pedido ayuda por redes sociales, ha hablado con otros parientes y ha insistido en que hacen falta más manos, más equipos y mayor rapidez. Carlos asegura que el trabajo en el sitio ha avanzado muy poco y que el problema no es solo la magnitud del derrumbe, sino la lentitud con la que se ha podido actuar. Mientras pasan los días, la posibilidad de llegar hasta sus familiares depende de recursos que, según dice, no han llegado con suficiente rapidez.

En realidad esto ha estado muy lento, no ha habido movimiento”, afirma. La frase resume la frustración de una familia que siente que el tiempo corre más rápido que las labores de rescate. Carlos insiste en que hacen falta herramientas, no solo buena voluntad, porque lo que está en juego no es una estructura, sino personas que podrían seguir vivas bajo los escombros.

La información que han recibido mantiene viva esa esperanza. Les han dicho que los pisos uno, dos, tres y cuatro se hundieron y que algunas personas pudieron quedar atrapadas allí, aparentemente con vida. No se trata de una certeza, sino de una posibilidad a la que la familia se aferra mientras espera que las labores de búsqueda permitan llegar hasta esa zona del edificio.

Lo que aún no han podido abrir

La familia sabe que el problema no es únicamente la profundidad del derrumbe, sino la falta de acceso. Carlos explica que necesitan maquinaria, o incluso un taladro pequeño, para abrir una entrada que les permita llegar a los cuartos que todavía no han revisado. El espacio es muy estrecho y no alcanza para avanzar con las manos ni con herramientas improvisadas. Sin esa abertura inicial, todo intento queda detenido antes de empezar.

Por lo menos con un taladro pequeño ahí podemos romper y llegar por lo menos a los cuartos que no hemos revisado”, dice. La frase muestra con claridad el tamaño del obstáculo. No están pidiendo una operación compleja ni un despliegue espectacular, sino una herramienta que les permita avanzar unos metros más. Aun así, ese paso no se ha dado y la búsqueda sigue limitada por la falta de equipos.

Carlos insiste en que, para el tiempo que ha pasado, el avance ha sido mínimo. No lo dice solo como una queja, sino como un diagnóstico. Cada día sin acceso suficiente reduce las posibilidades de encontrar respuestas. Y, sin embargo, la familia continúa allí, convencida de que todavía existe una posibilidad.

“Lo que más queremos es que estén vivos”

Carlos no esconde lo que de verdad desea. Su prioridad no es recuperar lo perdido, sino encontrar con vida a su madre y a los demás familiares atrapados, si eso todavía es posible.

Tenemos un rayo de esperanza todavía de que estén por lo menos ahí vivos, deshidratados, desmayados, como sea, pero que estén vivos”.

En el apartamento quedaron su madre, su cuñada y su hermano. También estaba un sobrino que logró salir del edificio en medio del caos. Primero se encontraba en la planta baja y luego se dirigió a otro edificio donde estaba su novia. Ese movimiento, ocurrido apenas unos minutos antes del colapso, le salvó la vida. Para la familia, el contraste entre quien logró escapar y quienes siguen bajo los escombros refuerza la necesidad de no abandonar la búsqueda.

Al final, Carlos solo pide una máquina que le permita entrar. Si no logra encontrar a su madre con vida, quiere al menos recuperarla para darle un descanso digno. Frente a los escombros del edificio OPP 26 en Caraballeda, esa sigue siendo su única urgencia.

Jackelin Díaz
Jackelin Díaz - Redactora
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