A 215 años del 5 de Julio

Roland Carreño
8 Min de lectura

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Cada 5 de julio Venezuela vuelve a mirarse al espejo. Hay aniversarios en los que ese espejo devuelve el orgullo de una historia inmensa. Hay otros, como este, en los que obliga a contemplar las grietas de la República. Doscientos quince años después de la firma del Acta de Independencia, el país no solo conmemora una fecha: se pregunta, quizá con más urgencia que nunca, qué hicimos con aquella promesa de libertad.

Conmemorar más de dos siglos de vida republicana no puede reducirse a un ejercicio de nostalgia. Debe convertirse en un acto de conciencia nacional, en una conversación honesta con nosotros mismos sobre los enormes desafíos que aún esperan respuesta.

Hace apenas unos días la tierra volvió a moverse bajo nuestros pies. Bastaron unos segundos para recordar la fragilidad de la condición humana. El estruendo de las estructuras, las puertas abriéndose de golpe, las familias buscando a los suyos, las llamadas que tardaban en entrar, el silencio que siempre llega después del miedo. Durante esos minutos desaparecieron las etiquetas políticas. Nadie preguntó por partidos, ideologías o preferencias. Todos entendimos que, frente a la fuerza de la naturaleza, solo había una condición posible: ser venezolanos.

Quizá la naturaleza terminó enseñándonos, en unos pocos segundos, la lección que la política aún no ha logrado aprender en décadas: ningún país puede sostenerse cuando cada quien intenta salvarse por separado.

Venezuela ya no necesita otro diagnóstico. El paciente conoce el dolor de memoria. Lo siente cuando abre un grifo y no encuentra agua; cuando un apagón vuelve rutina la incertidumbre; cuando un hospital deja de parecer un hospital; cuando una escuela lucha por seguir siendo escuela; cuando una madre despide a un hijo en un aeropuerto sin saber cuándo volverá a abrazarlo.

El verdadero desafío histórico no consiste únicamente en producir un cambio político. Se trata de reconstruir integralmente la República: sus instituciones, su economía, sus servicios públicos, su tejido social y, sobre todo, la confianza de los ciudadanos en el Estado y entre ellos mismos.

Pero esa reconstrucción no será posible si seguimos pensando la política con los mismos esquemas que ayudaron a producir el deterioro nacional.

El obstáculo más severo no es solamente la escasez de recursos. Es también un modelo mental que ha reducido el debate público a disputas de poder, cuotas, protagonismos personales y cálculos de corto plazo. Durante demasiado tiempo la política venezolana ha confundido liderazgo con protagonismo y unidad con sumatoria de intereses.

Ha llegado la hora de dejar los egos en la puerta y entrar todos por la misma entrada: la del país.

A ello se suma otro enemigo silencioso: el derrotismo. Convertir la desesperanza en doctrina paraliza a la sociedad y termina convirtiéndose en el mejor aliado de quienes desean que nada cambie. Venezuela necesita una esperanza exigente, una esperanza que madrugue, que estudie, que organice, que planifique y que trabaje. La esperanza no puede ser un discurso; debe convertirse en una tarea colectiva.

También resulta impostergable revisar nuestro pensamiento político. Durante años hemos importado debates ideológicos, radicalismos e “ismos” que poco dialogan con la realidad cotidiana de los venezolanos. Mientras millones de ciudadanos esperan agua, electricidad, seguridad, educación, salud y oportunidades, buena parte del debate continúa atrapado en discusiones abstractas que no llenan un plato de comida ni encienden una bombilla.

La reconstrucción exige una nueva cultura política: menos dogmas y más resultados; menos consignas y más políticas públicas; menos confrontación estéril y más soluciones, más democracia, una democracia eficiente, palpable, con sus contrapesos claros y en funcionamiento cabal,

Pero también exige algo que durante demasiado tiempo ha sido desplazado por la conveniencia: el mérito.

La Venezuela que viene no puede convertirse en un reparto de cuotas entre quienes sobrevivan políticamente. Esa sería otra forma de desperdiciar una oportunidad histórica. El país necesitará convocar a los mejores, incluso a quienes piensan distinto. La excelencia no tiene partido. La honestidad no tiene color. La capacidad tampoco debería tenerlo.

Las carreteras no preguntan la ideología del ingeniero que las construye. Los hospitales no distinguen el voto del médico que salva una vida. Las escuelas no mejoran por decreto. Funcionan cuando quienes las dirigen saben hacerlo. La reconstrucción de una nación exige conocimiento, experiencia, vocación de servicio y la humildad suficiente para reconocer el talento allí donde exista.

Del mismo modo, habrá que repensar el Estado venezolano desde sus cimientos. No bastará con cambiar nombres en los despachos públicos. Necesitamos instituciones modernas, transparentes y descentralizadas; un Estado que deje de parecer un edificio pesado para convertirse en una herramienta útil para el ciudadano. Un Estado que prevenga antes de lamentar, que planifique antes de improvisar y que responda antes de justificar sus errores. Un Estado preparado para enfrentar tanto las necesidades cotidianas como emergencias de gran magnitud, porque el reciente terremoto nos recordó que la improvisación también cuesta vidas.

La conclusión no admite más demoras: Venezuela necesita unidad. Pero una unidad que no sea un eslogan electoral ni un acuerdo pasajero entre dirigentes; una unidad que se construya alrededor de un propósito superior, donde trabajadores, empresarios, maestros, estudiantes, científicos, productores, iglesias, universidades y organizaciones sociales comprendan que la reconstrucción del país pertenece a todos.

Hace doscientos quince años un puñado de venezolanos se atrevió a imaginar una República que todavía no existía. A nuestra generación le corresponde una tarea distinta, pero no menos trascendente: reconstruir una República que existe, aunque esté herida.

Las naciones también se parecen a las casas después de un terremoto. Hay paredes que ya no resisten y habrá que derribarlas. Hay columnas que necesitan refuerzo. Hay grietas que no pueden esconderse bajo una mano de pintura. Pero mientras los cimientos conserven la voluntad de un pueblo decidido a levantarse, siempre habrá razones para reconstruir.

Quizá ese sea el verdadero homenaje a los hombres y mujeres del 5 de julio de 1811:

demostrar que la independencia no fue solamente el acto de romper unas cadenas, sino el compromiso permanente de construir una República donde el mérito venza al privilegio, la unión derrote al ego y el servicio público vuelva a ser un honor. Porque los países no se levantan con discursos. Se levantan cuando su gente decide, al mismo tiempo, volver a creer y volver a trabajar por ellos.

Roland Carreño
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