Yualdira González sostiene un rosario frente a una montaña de concreto que no deja distinguir niveles, pasillos ni puertas. Las placas del edificio OPP 26, en Los Cocos, estado La Guaira, quedaron apiladas unas sobre otras, inclinadas y selladas, como si hubieran borrado cualquier rastro de la estructura que existía antes. A su lado está su mamá, inmóvil, mirando el mismo punto con una mezcla de insistencia y agotamiento. Ambas permanecen frente a los escombros como si todavía pudieran reconocer, entre el polvo y las grietas, el lugar exacto donde quedó atrapado Orlando González.
Bajo ese montón de concreto estaba el apartamento de Yualdira, en el piso 4, donde su padre decidió quedarse el día del terremoto. Ahora solo se distinguen los niveles superiores, del séptimo piso hacia arriba, porque el resto quedó aplastado bajo las placas. Desde San Antonio de los Altos (Miranda), ella vuelve todos los días con una idea fija: encontrarlo, verlo y sacarlo de allí como sea.
El 24 de junio, un doble terremoto de magnitudes 7,2 y 7,5 sacudió el norte de Venezuela y golpeó con especial fuerza a La Guaira, donde se registraron la mayoría de los colapsos más severos. En los días siguientes, los reportes sobre víctimas y daños aumentaron de forma sostenida, mientras la zona quedó marcada por los derrumbes, las réplicas y las labores de rescate. El edificio OPP 26 fue uno de los que colapsó en placas de concreto. Desde entonces, muchas familias ocupan el lugar de la maquinaria que no llega y abren túneles con las herramientas que tienen a mano.
El día que él decidió quedarse
El día de la tragedia coincidió con un feriado nacional y la familia estaba de visita en el OPP 26. La salida parecía simple, casi rutinaria: aprovechar la jornada para ir a la playa y regresar después.
Orlando decidió no acompañarlos. Quería quedarse en el apartamento para ver el partido de Brasil en la Copa Mundial de la FIFA 2026. La escena, contada ahora entre ruinas por Yualdira, conserva la naturalidad de esas decisiones pequeñas que nunca parecen definitivas.
“Vayan ustedes tranquilos, yo me quedo”, recuerda Yualdira que les dijo su padre antes de despedirse.
El temblor los sorprendió cuando ya venían de regreso. Primero sintieron el movimiento, luego el ruido y, después, una sensación de desconcierto que no terminaba de tomar forma. Más cerca de Los Cocos apareció el humo, el fuego y el polvo.
“Cuando me vengo corriendo para acá, veo eso prendido en candela”, contó a El Diario. La imagen del edificio ya había desaparecido para entonces. Donde antes había una torre de 12 plantas, solo quedaba un montón de concreto, sin una silueta reconocible ni una forma de entrar.
Nadie imaginó que el apartamento de Yualdira iba a desaparecer por completo ni que el piso 4 dejaría de ser una referencia visible. La distribución del edificio, los pasillos, las puertas y las escaleras dejaron de existir como lugares concretos y pasaron a sobrevivir solo en la memoria de quienes los habitaron. Desde ese momento, la búsqueda de Orlando ya no dependió de encontrar una entrada, sino de reconstruir mentalmente un espacio que el colapso borró.
Buscar un punto en lo que ya no tiene forma
Desde entonces, Yualdira regresa al mismo lugar y trata de orientarse en un terreno que ya no responde a ninguna lógica arquitectónica. Mira las placas, recuerda la altura de los pisos, calcula hacia dónde cayó la torre y ubica, como puede, los apartamentos que quedaron encima. Su búsqueda se sostiene en esa cartografía íntima, hecha de recuerdos y referencias incompletas. “Mi papá es el que está ahí”, dice. “No hemos podido llegar a él por ningún lado, porque toda la torre se vino hacia adelante”.
La imposibilidad de avanzar tiene una explicación material. Los primeros niveles quedaron completamente sellados y las columnas bloquean cualquier acceso. Algunos familiares intentan abrir un túnel por el área del apartamento 305, donde ya han ubicado cuerpos, pero el paso se interrumpe entre vigas y concreto. “Es imposible pasar porque las columnas están tapando todos los accesos y no hay sierras para poder abrir, picar las columnas y poder pasar hasta allá”, explica Yualdira. Lo que para otros podría parecer un montón de escombros, para ella tiene un orden trágico y preciso: sabe que, para llegar a su padre, primero tendrían que atravesar otros apartamentos que también quedaron sepultados.
La torre desapareció como edificio, pero no como mapa emocional. Cada placa representa un obstáculo físico y, al mismo tiempo, una pieza de ese lugar donde transcurría la vida cotidiana. Allí estaba su apartamento. Allí se quedó Orlando. Allí también se concentra una tensión que no cede: la de saber con bastante exactitud dónde está y, aun así, no poder alcanzarlo.
La búsqueda sin maquinaria
El trabajo avanza con lo que hay: manos, barras improvisadas, cuerdas y pequeños espacios que se abren entre el concreto gracias al esfuerzo de quienes insisten bajo el sol. En el lugar casi no sobra nada. Faltan maquinarias capaces de levantar placas enteras, faltan herramientas para cortar columnas y faltan equipos que permitan entrar a zonas profundas sin poner en riesgo a quienes siguen excavando. En esas condiciones, cada avance resulta lento, incierto y peligroso.
“Necesitamos maquinaria grande para poder mover toda esta placa”, dice Yualdira. La frase no suena a una petición abstracta, sino a la descripción de una urgencia concreta. Sin esos equipos, llegar hasta los primeros pisos parece imposible. Otra de las mujeres de la familia lo plantea desde la impotencia: “Somos puras mujeres. ¿Pero cómo nos metemos ahí? ¿Cómo quitamos esa placa?”. La pregunta queda flotando frente a un escenario donde la voluntad no sustituye la fuerza mecánica que hace falta.
La familia también perdió las herramientas que podía aportar. El taller del esposo de Yualdira quedó sepultado por otra torre colapsada y bajo esos escombros quedaron atrapados equipos que ahora serían útiles para abrir paso. “Ahí también están todas las herramientas que podríamos usar para aquí”, cuenta. “Estamos con las manos cruzadas porque ni máquina, ni herramientas, ni nada”. La pérdida no se limita a un familiar atrapado. También alcanzó el trabajo, los recursos y la capacidad de responder por cuenta propia.
Un plazo que presiona
Al peso del concreto se suma el peso del tiempo. Las familias repiten una cifra que se convirtió en una cuenta regresiva: 10 días. Ese fue el plazo anunciado para las labores de búsqueda y rescate. Para quienes esperan frente a los escombros, el límite no funciona como un dato administrativo, sino como una amenaza concreta. “Ya solo faltan dos días”, dice Yualdira. “Cada día es más desesperante poder llegar ahí”. La frase condensa el miedo a que la búsqueda se detenga antes de que puedan llegar hasta los suyos.
Ese límite cambia la forma en que se vive cada jornada. Cada mañana comienza con la sensación de estar llegando tarde. Cada intento fallido se siente como tiempo perdido. La posibilidad de que las labores se suspendan deja en el aire una pregunta que nadie responde del todo: qué ocurrirá con quienes siguen atrapados bajo las placas si ya no se remueven más escombros. En un contexto de destrucción extendida, donde los reportes sobre víctimas y desaparecidos crecieron con rapidez tras el sismo, la presión del reloj se convirtió en otra capa de la tragedia.
La urgencia tampoco distingue entre esperanza y duelo. “Yo quiero llevármelo así sea como sea», afirma Yualdira. No habla desde la ilusión de encontrar a su padre con vida, sino de la necesidad de recuperarlo, verlo y sacarlo de ese lugar. A su lado, otra mujer resume el sentimiento de muchas familias: “Vivo o muerto, pero lo queremos”. En esa frase no hay grandilocuencia. Hay cansancio, amor y la necesidad mínima de cerrar una ausencia.
Ir y volver todos los días
La búsqueda no empieza en Los Cocos, sino en San Antonio de los Altos, donde Yualdira deja a sus hijos antes de salir. Desde allí inicia un trayecto que se repite cada mañana y que suma desgaste incluso antes de llegar a los escombros. Ella y sus familiares cruzan la autopista con dificultades, enfrentan controles y restricciones, y cargan todo lo que pueden para sostener la jornada. “Pasamos roncha para poder pasar la autopista, que eso cada vez nos trancan más”, cuenta.
El viaje también tiene una lógica de supervivencia. No solo se trasladan para buscar a Orlando. Llevan hielo, comida y cualquier insumo que pueda ayudar a quienes pasan horas dentro de túneles improvisados. “Uno trata de traer hielo, comida, todo lo que pueda de allá para poder ayudar a las personas que están metiéndose aquí”, dice Yualdira. En medio del cansancio, la familia ha tejido una red precaria para sostener el trabajo y la espera. La ayuda externa, según relatan, no alcanza. “No tenemos nunca la ayuda necesaria”, afirma.
Esa rutina, repetida día tras día, también organiza el duelo. Salir temprano, bajar, buscar, esperar y volver al día siguiente se convirtió en una forma de insistir cuando casi todo alrededor empuja al agotamiento. Nadie hace ese recorrido por costumbre. Cada trayecto reafirma una decisión: seguir allí hasta encontrar una respuesta.
“Quiero verlo»
Al final del día, cuando el movimiento disminuye y el cansancio se hace más visible en los cuerpos, Yualdira vuelve al mismo punto frente a las placas. No necesita orientarse de nuevo. Ya sabe dónde pararse, dónde mirar y dónde imaginar el espacio al que no puede entrar. Con el rosario entre los dedos, repite la misma petición que sostiene desde el primer día. “Ay, encontrarlo como sea, de verdad. Poder sacarlo de ahí”.
Lo que pide no cambia y tampoco necesita adornos. Quiere verlo. Quiere confirmar que logró llegar hasta él. “De verdad quiero sacar a mi papá de ahí como sea. No importa verlo por última vez, pero verlo. Saber que lo saqué de ahí”, dice. La frase no busca dramatizar. Busca nombrar una necesidad básica: la de recuperar a su padre de un lugar donde el concreto cayó sobre todo, incluso sobre la posibilidad de despedirse.
Bajo un edificio que ya no conserva pisos ni entradas, la búsqueda de Yualdira sigue organizada alrededor de esa promesa sencilla que quedó suspendida tras un día de playa. Él les dijo que se verían después. Ella vuelve todos los días para intentar que eso ocurra, aunque sea una última vez.