Hoy 5 de julio cumplimos 215 años de nuestra independencia. No hay desfile militar ni estamos de fiesta. Por el doble luto que nos embarga, no hay celebración posible luego del trágico terremoto que golpeó Venezuela el 24 de junio. Los venezolanos estamos abocados a enfrentar esta tragedia, y el segundo luto es consecuencia de otra tragedia, pero de naturaleza política, que durante años ha corroído las instituciones republicanas. Hoy, 5 de julio, tenemos que reconstruir Venezuela física e institucionalmente.
Estamos enfrentando esta crisis con la ayuda de quien hoy es nuestro principal aliado: «Estados Unidos de Norteamérica». La historia de solidaridad entre ambos países es de vieja data. La primera ayuda humanitaria fue hace más de 200 años, cuando un muy joven EE UU apoyó a la recién nacida República de Venezuela, casualmente a propósito del terremoto de 1812. Fue la primera ayuda que daba EE UU como nación y la primera que recibía la recién fundada Venezuela.
Con EE UU tenemos muchas cosas en común. Ambos países amamos el béisbol, al punto de que la final del Clásico Mundial fue Venezuela-Estados Unidos (hoy Venezuela es la actual campeona del mundo). Celebramos la independencia casi el mismo día: ellos el 4 de julio y nosotros el 5. Compartimos la afición por los perros calientes, traducción literal de hot dogs; ambos países tenemos petróleo. Y ambas constituciones empiezan más o menos igual: la estadounidense con «We the People»; la nuestra, con «El pueblo de Venezuela». Pero el respeto por la Constitución y las leyes no es algo que tengamos en común con nuestros socios a partir del 3 de enero.
La de EE UU es la Constitución escrita en vigor más antigua del mundo y, sin duda, una de las más efectivas de la historia.
Nuestra Constitución perdió vigencia y estamos sumidos en una terrible crisis institucional donde, a pesar de tener Constitución y leyes, no hay una República con instituciones sólidas que las haga cumplir. Vivimos en una suerte de «caudillismo continuado».
A propósito de esta crisis, varios amigos me han solicitado mi opinión sobre la tesis del vacío de poder que se habría generado al cumplirse los 180 días de los hechos del 3 de enero, cuando Maduro fue capturado por EE UU. Pasado ese lapso, un sector sostiene que existe una vacante presidencial y que debemos montar una junta de gobierno, convocar elecciones, etc.
El planteamiento suena lógico y no tengo dudas de que lo hacen de buena fe. Pero este planteamiento tiene una falla de origen. La Constitución establece que hay un vacío de poder cuando el presidente está fuera del cargo por más de 180 días. La pregunta obligada es: ¿era Maduro el presidente legítimo antes del 3 de enero?
Antes de explicar mi punto, me permito copiar el artículo 5 de nuestra Constitución Nacional.
Artículo 5. La soberanía reside intransferiblemente en el pueblo, quien la ejerce directamente en la forma prevista en esta Constitución y en la ley, e indirectamente, mediante el sufragio, por los órganos que ejercen el Poder Público.
«Los órganos del Estado emanan de la soberanía popular y a ella están sometidos».
El artículo 5 lo deja muy claro: «La soberanía reside en el pueblo».
Pero cuando me preguntan sobre el supuesto vacío de poder generado por los 180 días, yo me hago otra pregunta: ¿acaso el pueblo de Venezuela no votó por Edmundo González el 28 de julio de 2024?
¿Será que esos juristas reconocen a Maduro como presidente legítimo?
Maduro no era presidente legítimo
Todos entendemos las razones por las que no se logró hacer efectiva esa victoria. Pero desconocer nosotros mismos esa elección y convocar una junta de gobierno no solo sería inconstitucional, también nos hace ver incoherentes frente a nuestros aliados del norte.
Cualquier propuesta política que hagamos debe ser compatible con el plan de tres etapas de la administración Trump.
Hay que hablarle claro al país. Citar la Constitución de memoria está muy bien para las redes sociales. Pero la Constitución y la ley no se cumplen solas; se requiere de instituciones, y en Venezuela no las hay.
Y, en todo caso, para convocar una junta de gobierno tendría que hacerse con un mínimo de legitimidad institucional. Tendría que incluir, en principio, a las instituciones legitimadas por la soberanía popular: el presidente electo, Edmundo González, y la Asamblea Nacional de 2015.
Es justo reconocer que el largo camino hacia el 3 de enero comenzó con el reconocimiento institucional a la Asamblea Nacional de 2015 y se fortaleció con la victoria presidencial del 28 de julio de 2024. Fue el trabajo conjunto de la enorme coalición opositora venezolana que se unió en la Mesa de la Unidad Democrática, conocida como la «MUD» por sus siglas. El país vio a los partidos de oposición acudir juntos al TSJ y decirle a Maduro, en su propia cara, que respetara la Constitución y publicara los resultados. Eso tuvo elevados costos para la oposición… Dos años después, esa exigencia sigue sin cumplirse.
No podemos obviar que, sin el 3 de enero, hoy no estaríamos hablando de vacío de poder y mucho menos de transición. Es a partir de ese hecho de fuerza que se abre la posibilidad de comenzar a reconstruir las instituciones para la transición. Y así como el 3 de enero se llevó a Maduro, aún está por verse qué tan fuerte golpeó la tragedia del 24 de junio a la tan anhelada transición democrática.
Ante esta grave crisis, los miembros de la oposición democrática que apoyó a Edmundo y defendió esa victoria popular debemos hacer frente común con la Asamblea Nacional de 2015 y construir una gran coalición por la transición. Una coalición donde caben todos los factores que hicieron posible la victoria del 28 de julio de 2024.
Es lo correcto con el país y con los ciudadanos que fueron víctimas de una brutal represión, que dejó miles de presos y perseguidos políticos por defender la voluntad del soberano, consagrada en el artículo 5 de la Carta Magna.
Tenemos que hacerlo porque somos, como dirían los estadounidenses:
«We the People».
Pero en Venezuela la realidad también habla otro idioma. La solución debe ser bilingüe: que sea legítima y efectiva para reconstruir nuestras instituciones, y apoyada por nuestros aliados. Nos guste o no, en esta crisis hablamos Spanglish.
Por eso prefiero decir:
«We Er Pueblo».