A mis alumnos de Comunicación Social de la UCAB de este semestre
La Odisea de Homero es la matriz de los grandes relatos occidentales. No solo en el sentido histórico u originario, sino como la médula de todas esas tramas en las que nos reconocemos como cultura y como individuos pertenecientes a ella: el viajero errabundo que retorna a su hogar, los peligros, adversarios o abismales distracciones que lo retrasan o le impiden volver. Lo perdido, la búsqueda de la segunda oportunidad, la recuperación, la redención de sus pecados y sus culpas, los encuentros con el sexo opuesto que deciden su itinerario, el combate con formidables, míticos y simbólicos adversarios, la revancha, la reintegración, la obtención de la absolución, la paz o el olvido; todo esto está ya contenido en ese libro increíble que inaugura nuestro imaginario como individuos, pues si La Ilíada es el relato de nuestra desmesura y del tristemente más perdurable de nuestros inventos —la guerra—, La Odisea es el de nuestro regreso al ámbito doméstico, lo familiar, lo amoroso y a la vida compartida en la polis, nuestro hogar colectivo. La Eneida, de Virgilio; Robinson Crusoe, de Daniel Defoe; El conde de Montecristo, de Dumas; o La Reina del Sur, de Arturo Pérez-Reverte, confirman lo expuesto arriba.
Mientras La Ilíada muestra la épica del colectivo de héroes de ambos bandos, con sus pasiones, flaquezas, potencias y sacrificios, La Odisea se concentra en un héroe, el que da nombre al poema, lo despoja de sus heroicidades, más asentadas en su ingenio que en su fuerza, y nos hace seguirlo en el tortuoso periplo del regreso como un reiterado sobreviviente.
Por enésima vez
Es en esta condición como ha llegado a Venezuela el estreno de La Odisea (The Odyssey), de Christopher Nolan, estremecidos por el terremoto de hace menos de un mes y aún recogiendo los restos de cadáveres, casas y vidas. El film, anunciado desde hace un par de años, se convirtió así en una de las películas más esperadas de los últimos tiempos (Nolan nos ha convertido en sus Penélopes), pues, además de la maestría demostrada en prácticamente toda su filmografía, haciendo de él un realizador que sabe unir calidad y profundidad cinematográfica a sus producciones espectaculares, que para nada evaden el éxito de taquilla, el cineasta ya ha contado La Odisea en varias de sus superproducciones anteriores: el arduo retorno al origen ya está en la memoria devastada del protagonista de Memento (2000); las aristas oscuras de sus héroes, en su trilogía de Batman (2005-2008), que también incluye el poderoso viaje de regreso del hombre murciélago fracturado a su Ítaca particular, la Gotham de su imaginario; la obsesión por la mujer a la que quiere volver es la neuralgia de Inception (2010), e Interstellar (para quien esto escribe, hasta ahora, su obra maestra) es ya una declaradísima Odisea a través de los agujeros negros, la teoría de la relatividad, las curvas del tiempo y la infinitud cósmica, con sus Odiseo, Penélope y Telémaco ya bien definidos en los personajes de Cooper, Brand y Murph (McConaughey, Hathaway y Chastain). E, incluso, la culpa, tan poderosa en estos héroes vulnerables, es acaso el tema nuclear de su inmediatamente anterior Oppenheimer, con sus correspondientes Penélope y Calipso, en la esposa del científico (Emily Blunt) y su amante Jean Tatlock (Florence Pugh).
Pero Nolan ahora se enfrentaba a la fuente primaria, al mito de Odiseo perfilado tan temprana y tan genialmente por Homero (o la Escuela de poetas que dieron en llamarse así). Se trataba de recrear la antigüedad legendaria, lo cual implicaba recrear una cultura, darle imagen a personajes humanos unos, sobrenaturales otros, que son, en su mayoría, arquetipos de nuestra cultura y de nuestra psique, y recrear también los momentos más deslumbrantes de un relato que, como ya hemos dicho, es la madre de todos los relatos.
Fidelidades y licencias
El director estadounidense ha escogido la opción de la casi extrema fidelidad a la epopeya homérica. A diferencia de Troya, de Wolfgang Petersen, que recreaba La Ilíada, los ubicuos dioses griegos están siempre presentes en la historia, salvo uno, más en las palabras y en la devoción de los personajes que puestos en escena, pero con un peso dramático trascendental: la idea de Zeus como el dios de la hospitalidad, aquella que hay que mantener en toda circunstancia, pues nunca sabemos si bajo la apariencia de un mendigo o de un sobreviviente viene el propio Padre de los Dioses a visitarnos. Este poderoso pensamiento resuena inmenso en nuestro mundo lleno de inmigrantes, refugiados y desplazados, y es uno de los leitmotivs de toda una película llena de héroes invasores, sitiadores, necesitados, hambrientos, cuya errabunda trayectoria los tira de un costado del mundo al otro, los transforma, los devasta y los deja por el camino, temerosos siempre de la venganza de Poseidón, padre del monstruoso Cíclope. Un largo viaje del cual Odiseo es el único sobreviviente.
Es Atenea la excepción, pues su presencia constante acompañando al protagonista, en la interpretación serena de Zendaya, tiene justificación en un hermoso giro del guion hacia el final del film, que le da la resonancia de configurar la propia conciencia del héroe. Pero, además, Nolan conserva la impronta homérica con el personaje de Mentor, de quien Telémaco repite varias veces que posee los ojos de la diosa, y es que en el poema ella, para ayudarlo, se encarna en este compañero del joven.
También es respetuoso Nolan con la estructura narrativa original del poema, en el cual su titular solo aparece prisionero en la isla de la ninfa Calipso, donde ha estado durante siete años, en el Canto V, mientras que los cuatro iniciales son lo que se llama la Telemaquíada, por narrar los afanes del hijo de Odiseo recabando noticias de su padre, confortar a su madre y enfrentar a los insolentes pretendientes que desahucian su casa. En Homero, Odiseo llega tras un naufragio a la tierra de los feacios, protegidos de Poseidón, quienes le dan hospedaje y lo ayudan a volver a Ítaca, pero antes, en la corte del rey Alcínoo, el propio Odiseo narra sus aventuras desde que salió de Troya con los griegos vencedores, inaugurando en la literatura la narración en primera persona. Nolan, que desaloja a los feacios y al bello episodio de la princesa Nausícaa de su trama, utiliza puntuales flashbacks en la terapia de la memoria que la sugestiva Calipso de Charlize Theron incita en el extraviado Odiseo del muy eficaz, aunque un poco inmutable, Matt Damon. Así contemplamos el progresivo declive del marino y su tripulación, cada vez más diezmada por los avasallantes cicones, el Cíclope y las temibles Escila y Caribdis, el ineludible remolino y el monstruo de ávidos tentáculos. Sin embargo, la mayoría de estas aventuras son para Nolan muy episódicas y menos importantes en su carácter épico que en su simbolismo, tanto que, en las tres últimas, los efectos especiales son casi pueriles, cercanamente evocadores de las viejas películas del estilo peplum del cine de los años 50 y 60. Pronto sentimos que al director, en su lectura de La Odisea, le importa más lo que estas conflictivas estaciones del viaje han hecho en el interior de su héroe. Mucho más morosamente y con mayor detalle descritos son los saltos al final de la Guerra de Troya, con la treta del caballo de madera, obra del ingenio de Odiseo. La masacre desatada, la destrucción de la ciudad, contrastan deliberadamente con la creencia en la hospitalidad de Zeus. Odiseo ha pervertido las leyes de los tributos y el respeto al otro en el visitante. Ese sacrilegio pesa sobre su conciencia a cada escollo del viaje de retorno, a cada retraso, a cada desvío. La idea de que están malditos y de que no podrá salvar a sus hombres, aun cumpliendo los sobrehumanos mandatos que asume, va creciendo. Sobre el despliegue visual y conceptual de esta culpa logra Nolan sus mejores construcciones de imágenes: la escatológica conversión de los guerreros en cerdos, los tres animales dantescos (el león, el leopardo y la pantera) provenientes de los primeros cantos de la Divina comedia, en la isla de una Circe atribulada, despojada de la fascinación con que Homero la pinta y que actúa certeramente Samantha Morton; la inquietante recreación del Hades, como una árida y gélida planicie llena de almas ansiosas, no demasiado lejanas de los Caminantes Blancos de Game of Thrones, y la secuencia de las Sirenas, cuyas tempestuosas escenas sostienen esta maravilla de texto casi impertinente para una película de aventuras:
“¿Cómo era el canto de las sirenas?
Odiseo: Todas las cosas que querías ser y, luego, todas las cosas que deseaste no haber deseado nunca. Es un escozor delicioso que te apetece rascarte, pero está debajo de la piel y no puedes alcanzarlo. Así que la delicia se vuelve insoportable. Dice que lo que más deseas es lo que menos puedes tener y que lo mayor que no puedes tener es lo que ya tenías y perdiste. Canta sobre todas las promesas que no cumplí, y te revela que realmente no quieres ir a casa.”
El riesgo de ser Nadie
Nolan tenía claro que el valor de su película estaba en la interpretación del poema homérico, en su proyección en nuestra modernidad. La Odisea ha sido versionada muchísimas veces en el cine, desde el peplum hasta la recreación en el contexto de la Guerra Civil estadounidense por Anthony Minghella en Return to Cold Mountain (con Jude Law, Nicole Kidman y Renée Zellweger), pasando por la parodia de los hermanos Coen en ¿Dónde estás, hermano?, con George Clooney. Esta vez, Nolan se enfrentaba al reto de recrear fielmente el imaginario mítico griego, actualizando el sentido de sus versos y sus valores vitales.
Por ello nos muestra dos ejes argumentales que inician aparentemente distantes, pero que van acercándose el uno al otro a cada instante, como el guerrero cansado se aproxima a su casa. El primero de ellos concentra a Penélope, en la apasionada actuación de Anne Hathaway, firme en su espera, pero desesperada y destrozada por dentro, a ratos descargándose en Telémaco, el hijo impaciente que parece tener más fe que ella, y eso hace que choque tanto con él, pues refleja la emoción que acaso se le va extinguiendo a la madre. Da mucha vida y veracidad dramática esta relación casi disfuncional entre madre e hijo. Pero este eje tiene un puñado de hallazgos interpretativos que mantienen, en la aparente inacción de la espera, una tensión implacable durante el film: lo forman el pérfido Antínoo de Robert Pattinson, odiable desde el segundo uno de su aparición en pantalla; la untuosa Melanto de Mia Goth; la criada Euriclea, poseedora del secreto que redimirá a Ítaca, con Kate Fuglei, emotiva en su flashback y en la microescena cuando descubre la cicatriz de su señor, mítico y genial momento homérico, tanto más impresionante cuanto más antiguo lo sabemos, pues delata a un maestro del ritmo narrativo, el suspenso y los hilos sentimentales; y el entrañabilísimo Eumeo de John Leguizamo, que no pierde oportunidad para hacer memorable cada aparición, como la figura paterna que Nolan permite que destelle en la pantalla. (En Homero, Laertes, el verdadero padre de Odiseo, apenas aparece en el último episodio). Todos ellos amplifican la expectativa del regreso del héroe, tanto por ver recompensadas sus fidelidades como por la impaciencia de ver castigadas sus villanías. Este es el eje de la casa, el de la recuperación o reintegración del héroe, donde esposa, hijo y familia representan todo aquello con lo que Odiseo puede recuperar el sentido de su vida.
En el original homérico, Odiseo vence al Cíclope cegándolo e igualmente reclamándole haber irrespetado el tributo a Zeus, pero en el poema el monstruo y su verdugo conversan y aquel le pregunta su nombre, a lo cual Odiseo responde con una de las frases más simbólicamente importantes de la obra: “Mi nombre es Nadie.” Odiseo lo hace como una treta protectora que le funciona hasta que él mismo se despoja del disfraz y se jacta ante la poderosa criatura de que un mortal insignificante lo ha vencido. Con ello se gana la ira eterna de Poseidón, quien consigue que los dioses le impidan el retorno a Ítaca.
El viaje hacia la otredad
Nolan suprime este episodio, pero la idea de que Odiseo se va despersonalizando a lo largo de su viaje se mantiene tremendamente viva en ese segundo eje argumental: el del viaje de regreso. El Odiseo escondido en el caballo de Troya (en esas angustiosas escenas en las que, hacinados en el vientre de madera, parece que los descubrirán o matarán, y que recuerdan la asfixiante Dunkerque del mismo Nolan) ya es un hombre sin nombre, oculto, engañando, convertido en destructor. Por eso mismo está desde entonces al borde de la muerte; ni él ni sus marinos son bienvenidos en ningún lugar, su historia, su meta, se van borrando en ese mar que no los acerca a casa y los mata de hambre, y, a cada compañero que va perdiendo, va extinguiéndose él mismo.
Homero, en su poema, propone una estructura similar, solo que infinitamente más compleja. En sus aventuras hay como una dialéctica o un pendular entre el afán incansable por volver y una pulsión oscura que lo incita a no regresar jamás: sus marinos comen la flor de loto y olvidan quiénes son y de dónde vienen; el dios Eolo les regala cautivos todos los vientos contrarios a Ítaca, y sus hombres, creyendo que el odre mágico contiene riquezas que Odiseo no compartirá, lo abren y vuelven a extraviarse en el mar; Circe los convierte en cerdos, volviendo a deshumanizarlos, y solo Odiseo los salva con ayuda de Hermes (desterrado del film de Nolan), pero debe quedarse en el lecho de la hechicera por un año; las sirenas son otra forma de lo que el viaje de aventuras promete y depara: la libertad de navegar por siempre, pero si ansías saber más debes estrellarte en sus acantilados.
Todo el tiempo parecen enfrentarse con lo que los seduce, que es lo mismo que los aleja de su destino. Odiseo y sus hombres luchan continuamente con la posibilidad de ser otros y borrar lo que han sido, o regresar a su sólito hogar. Calipso, el penúltimo retraso de Odiseo, ya íngrimo, sin ninguno de sus compañeros, lo retiene ofreciéndole convertirlo en dios: hacerlo inmortal.
Nolan construye este Odiseo en desintegración
Nolan construye este Odiseo en desintegración. Pone el loto en manos de la ninfa, no tiene memoria, no sabe quién es, ni de dónde viene, ni mucho menos a dónde va: es el Nadie del poema. En el Hades, en lugar del Tiresias homérico, quien le indica la verdadera ruta de su destino, más terrible que la planteada por Nolan, y en lugar de la sombra de la madre, le hablan los héroes desesperados, que lo culpan, le reclaman haberlos dejado atrás, y resalta la voz de Agamenón, que le relata que su regreso solo sirvió para que su propia esposa lo matara apenas llegó. Cada estación del viaje le grita que no regrese. Incluso en el viaje de Telémaco, el desengañado Menelao del siempre intenso Jon Bernthal nos muestra a una Helena castigada y a un marido condenado a vivir con una mujer a la que ya no ama. ¿Para qué regresar?
El problema es que Odiseo no quiere ser Nadie. Culminada la guerra, Odiseo y el poema de Homero son la casa, la familia, la mujer (de las que, a diferencia de La Ilíada, La Odisea está llena, con muchas más de las que Nolan recrea), su infancia, representada en el nostálgico amor de los criados; su hijo, al que casi no conoce (No puede ser Nadie si es un padre); su tierra, su reino, su orden (el que custodia Atenea —la de Homero, no el bello fantasma de Nolan— porque ella es la diosa de la polis). Porque la guerra tiene aún menos sentido si no hay adónde volver.
Y esta es la reintegración de los dos ejes narrativos, en la reivindicación de Eumeo, en la elegantísima y sutil manera como Nolan resuelve el reconocimiento de Odiseo por su hijo, con el auxilio del fidelísimo Argos. He leído en las críticas que Nolan ha hecho concesiones al sentimentalismo con esta escena. ¡Pero el perro ya está en Homero, desde hace más de 3.000 años!
Acaso Nolan pudo confeccionar un final de menos anticlímax y menos abrupto (también lo es la impersonal y nada memorable banda sonora de Ludwig Göransson), pero es un defecto menor frente a la verdadera Odisea del cineasta para contarnos toda la historia (o casi) con la fidelidad con que lo ha hecho, mientras la hacía relevante para un mundo en el que se nos extravía Ítaca, los desplazados, refugiados e inmigrantes se multiplican y cada vez nos parecemos más a Antínoo que a Odiseo.