El ser institucional: del colapso a la reconstrucción de Venezuela

Celia Fernández
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En medio de la profunda complejidad que atraviesa el país, el rescate de las instituciones no es una opción secundaria: es la premisa fundamental para devolver la seguridad integral a la sociedad y emprender la verdadera reconstrucción de Venezuela.

El economista e historiador Douglass North definía las instituciones como las “reglas del juego” en una sociedad, dividiéndolas en dos dimensiones: las formales (la Constitución, las leyes, los reglamentos y los derechos formalmente acordados) y las informales (las costumbres, tradiciones y pactos implícitos). Cuando estas reglas fallan o se pervierten, la sociedad entera colapsa.

La razón de ser de una institución debe ser, en todo momento, el interés y bienestar del ciudadano. En esta etapa de reconstrucción, cobran vital vigencia las palabras de la profesora Julia Barragán:

“Si el diseño de la institución y el sistema de incentivos tiende a favorecer a la autoridad que la construye, es un pésimo mensaje normativo de aprendizaje”.

La urgencia de una justicia coherente

Las acciones internacionales y la persecución judicial a la cúpula acusada de narcoterrorismo, tráfico de drogas y crímenes de lesa humanidad respondieron a un reclamo histórico de justicia.

Sin embargo, para que un proceso de restauración nacional genere un impacto positivo duradero, la determinación debe ser transparente y absoluta. No se puede pretender reconstruir el Estado de derecho dejando cabos sueltos o manteniendo en roles de transición a figuras que formaron parte de la estructura delictiva. Otorgar legitimidad a cómplices del entramado de corrupción debilita la credibilidad de las instituciones y erosiona la confianza del pueblo.

Casi tres décadas de orfandad institucional

Durante más de 27 años de hegemonía del proyecto socialista, el país experimentó un desmantelamiento paulatino del Estado. Las fallas gerenciales, la opacidad y la violencia estructural condujeron al deterioro masivo de los servicios públicos, la crisis sanitaria, el despojo de libertades soberanas y una diáspora sin precedentes.

Platón planteaba en su modelo de ciudad ideal una sociedad regida por hombres capaces, guiados por la justicia y el servicio al colectivo. En Venezuela, la realidad desnudó la hipocresía del discurso oficial. Ante emergencias y desastres naturales como los eventos sísmicos y deslaves que han impactado a Caracas y la costa de La Guaira, el sistema evidenció su absoluta indolencia. Mientras la autocracia saboteaba o ignoraba la ayuda, fue la ciudadanía organizada, la iniciativa individual y la solidaridad internacional quienes asumieron el rescate de vidas. Quedó al descubierto que un sistema secuestrado por intereses criminales sumió a la nación en una profunda orfandad institucional.

El despertar ciudadano: el poder como servicio

Sin embargo, aun en medio del caos se abren las grandes oportunidades de transformación. La expectativa de esperar “salvadores” ha quedado obsoleta; hoy entendemos que la verdadera fuerza reside en los ciudadanos organizados.

El llamado de la unión cívica por una Venezuela unida exige una reinstitucionalización real que active la transición hacia la democracia. Necesitamos instituciones serias que garanticen la estabilidad de las familias, la prevención sanitaria y el futuro de nuestras generaciones de relevo. Hemos aprendido la lección más importante de nuestra historia reciente:

“El poder es un servicio, no un privilegio”.

Celia Fernández
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