El penalti que Dios no puede resolver

Antonio Díaz Mola
6 Min de lectura

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Hay una forma de la contradicción humana que surge en el momento previo al lanzamiento de un penalti. El delantero acomoda el balón y se santigua lanzando un beso al cielo. El otro, bajo los palos, murmura algo y se encomienda al mismo ritual invisible de señas y cruces. Los dos rezan para que aquello que va a suceder ocurra a su favor. La operación espiritual de uno constituye la negación de la oración del otro. Dios, si escucha, queda perplejo ante una petición cuya respuesta no puede conciliar dos deseos incompatibles. ¿De qué lado se decanta?

Aunque la pregunta parece esconder una ironía, más bien refleja que el penalti es una pequeña institución metafísica. Simultáneamente hay un sí y un no, una voluntad que quiere afirmarse y otra que intenta impedirlo. Entre los deseos del delantero y del portero media una fracción de tiempo en la que todavía todo es posible y, por eso mismo, nada lo es. La euforia de la grada, los cánticos de los ultras, la lluvia, el calor, la motivación excesiva, el arbitraje: nada puede achacarse aún como causa de lo que acontece.

Después anochecerá en los estadios de fútbol igual que en la mente de quienes han visto el partido, y la superstición aparecerá en ese crepúsculo, cuando el recuerdo objetivo de lo que ha ocurrido se retire y deje paso a un desfile de ficciones, de mundos posibles donde el penalti es victoria o derrota, aunque bien haya podido ser, potencialmente, lo contrario. Vattimo, en su obra Creer que se cree, comprendió que la creencia moderna desaparece simplemente con el debilitamiento de las certezas. Por esta razón, el jugador que reza y suplica está construyendo un recinto contra el miedo. Y esa arquitectura provisional frente al riesgo de la culpa posibilita habitar el momento clave de la incertidumbre.

Pero tampoco importa aquí únicamente lo que sucede, sino la maquinación mediante la cual tratamos de saber qué significa lo que, en efecto, ya ha sucedido. Es decir, que el delantero y el portero son personajes atrapados dentro de una escena claustrofóbica que conocen perfectamente y que no pueden dominar. Podrían funcionar como personajes de Shakespeare, quien en la disposición psicológica de sus dramas había reconocido la fértil tensión de dos conciencias enfrentadas, cada una de ellas convencida de que su deseo merece prevalecer. El acontecimiento del penalti aproxima la creación de un plan definido a su desbaratamiento. Basta con entender que la reducción de posibilidades a un plano minimalista, donde solo conviven el sí y el no, es la huella reveladora del lienzo sin matices: o todo blanco, o todo negro.

Por eso la superstición no es solamente ignorancia. Es también un proceso de exploración de los límites de la voluntad. Los futbolistas ensayan una coreografía, besan una medalla, tocan el poste, pisan el césped con el pie derecho, se afanan en ser galácticos. Buscan una causalidad donde solo hay azar. Así es como en el instante previo a la ejecución de un penalti, portero y delantero protagonizan una serie de gestos que no conducen efectivamente al fin deseado, pero que sí templan el ánimo y generan un estado psicológico óptimo para gestionar la presión rotunda del fracaso o del éxito.

A diferencia del materialismo económico, la superstición introduce una economía invisible que promete algún tipo de relación entre el deseo y el acontecimiento. Se trata de creer, con un marcado espíritu idealista, que el mundo no es enteramente indiferente a nuestros propósitos. Pero entonces aparece el chivo expiatorio: si Dios no se decanta, alguien tendrá que asumir la culpa. O ingeniárselas para crear una excusa, tan típica como aquella de que el balón hizo un movimiento extraño. Sabemos que necesitamos narrar la derrota para soportarla, convertirla en argumento, atribuirle un punto de partida para aceptarla. La literatura y la psicología, debido en parte a esta razón, funcionan de manera simbiótica en el traslado del realismo al paisaje recuperado en la memoria.

Quizá el destronamiento posmoderno de Dios no haya eliminado la necesidad de Dios. La liturgia del fútbol (y de otros deportes) nos lo demuestra con cierta frecuencia. Hay un bucle hipnótico consistente en ofrecer una cábala, un amuleto, una palabra repetida durante días seguidos hasta su concreción real. ¿Creemos para no quedar completamente expuestos al desvelo de no saber? Y, además, también suponemos que más allá de si entra o no el balón en la portería, nada se habrá resuelto. La contradicción permanece intacta.

En el próximo penalti (y por extensión, en el próximo dilema) los filósofos, los analistas y los dioses volverán a ponerse el mono de trabajo. Habrá que deshojar la margarita circular del sí y el no. Habrá que releer atentamente la enseñanza de Cervantes en relación con la pugna entre la realidad y sus posibilidades. Si el molino pudo aparecerse como gigante y la venta como castillo, el gol y la parada también pueden cambiar la apariencia de su efecto. Es justamente la situación del posmodernismo: empeñarnos en ver en lo invisible la evidencia.

Antonio Díaz Mola
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