Santiago Nasar se levantó a las 5:30 am del día en que lo iban a matar, y todo el pueblo lo sabía menos él. Gabriel García Márquez construyó con esa paradoja una de las novelas más perfectas de nuestra lengua: Crónica de una muerte anunciada, una tragedia que todos ven venir y que nadie impide, porque cada cual supone que otro hará algo. Pienso en esa crónica esta semana, en Madrid, mientras la ciudad recibe la XXX Cumbre Iberoamericana, este miércoles 4 y el jueves 5 de noviembre. Aquí también hay algo que todos vieron venir. No es un crimen, por fortuna. Es una foto.
La foto de los jefes de Estado y de gobierno de Iberoamérica, alineados en Madrid, con Venezuela en algún lugar de la fila. Durante una semana, los medios se preguntaron quién ocuparía ese lugar. El diario ABC publicó el 31 de octubre que la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, vendría con su nuevo canciller, Oliver Blanco. El martes se despejó la duda: el gobierno español informó que Venezuela estará representada por el “recién nombrado canciller, Oliver Blanco”, según EFE. Rodríguez no viene. Tampoco Lula ni Claudia Sheinbaum. De los 22 jefes de Estado y de gobierno, solo asisten 10, según Infobae.
Rodríguez tiene prohibida la entrada en la Unión Europea por las sanciones individuales que el Consejo prorrogó hasta enero de 2027. En mayo, el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, dijo que no preveía una “excepción especial”. Ahora, fuentes del gobierno español citadas por EFE aseguran que la exención “no habría sido un obstáculo” y atribuyen la ausencia a la “situación interna” de Venezuela. El gobierno español había dicho, según NTN24, que “la convocatoria tiene que dirigirse a los que ejercen la representación internacional de cada país”. Es decir: la invitación era al cargo, no a la persona. Una fórmula diplomática impecable que, como todas las fórmulas impecables, dejó la decisión en manos del que la recibía. Y quien la recibió decidió mandar a otro.
Mientras tanto, 34 organizaciones venezolanas, muchas de ellas de las que reúnen a nuestra diáspora en España, firmaron un comunicado para pedir que se evite “cualquier reconocimiento político que ignore las denuncias sobre violaciones de derechos humanos”. Recuerdan a unos 300 presos políticos, más de 36 asesinatos tras las elecciones de 2024 y una Ley contra el Odio que la Asamblea Nacional apenas empieza a reformar: el martes la aprobó en primer debate, con otro nombre y sin cárcel, pero con multas que decidirá el Ministerio del Interior.
En la novela, los gemelos Vicario anunciaron su propósito a todo el que quiso oírlos. El alcalde les quitó los cuchillos y pensó que había cumplido. El cura pensó que no era asunto suyo. La madre cerró la puerta equivocada. Cada uno hizo un gesto, y la suma de los gestos fue la nada. Temo que en Madrid ocurra algo parecido: que cada actor haga su gesto y que la suma, otra vez, sea la nada. El gobierno español dirá que invitó al cargo. La Secretaría General Iberoamericana dirá que su papel es reunir a todos. La delegación venezolana dirá que vino a hablar de desastres, de inteligencia artificial y de movilidad académica, que son los temas oficiales de la agenda. Y la diáspora seguirá a unos metros de una sala a la que no tiene acceso.
No me opongo a que Venezuela esté en la cumbre. Al contrario. Una transición se hace hablando, y el aislamiento rara vez ha liberado a un preso o ha adelantado una elección. Lo que me preocupa es que la foto llegue antes que los compromisos. El lunes 2 de noviembre, en Washington, el secretario de Estado, Marco Rubio, recibió al canciller Blanco y le reafirmó un plan de tres fases: estabilización, recuperación económica y reconciliación política, y transición democrática. Hubo foto. No hubo fecha. El mismo día, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, habló con Blanco del regreso de Venezuela al sistema financiero internacional. Y el martes, ante los industriales de Conindustria, la presidenta encargada anunció que negocia 17 millardos de dólares de financiamiento. Otra reunión, otro anuncio, ningún calendario.
Como economista, sé que en las negociaciones lo que no se pide en el momento de mayor interés de la otra parte, ya no se consigue después. Hoy, el gobierno venezolano necesita legitimidad internacional, acceso a la banca y a los organismos multilaterales, inversiones. Ese interés es la palanca. Si se concede la foto a cambio de nada, la palanca se pierde. Es la vieja ley de la oferta y la demanda aplicada a la diplomacia: el reconocimiento es un bien escaso, y regalarlo es abaratarlo.
Por eso propongo tres compromisos concretos, que se pueden verificar el mismo jueves 5 de noviembre, cuando termine la cumbre.
-El primero: un párrafo con fecha. Que la declaración final de la cumbre incluya una referencia expresa a la celebración de elecciones presidenciales libres y verificables en Venezuela en 2027, con el compromiso de que el Gobierno venezolano publique el calendario oficial antes del 31 de enero. Los países iberoamericanos han firmado declaraciones sobre casi todo. Pueden firmar una sobre esto.
-El segundo: una reunión con la diáspora. Que el canciller Blanco, que encabeza la delegación, se reúna en Madrid con una representación de las organizaciones firmantes del comunicado antes de abandonar la ciudad. Un encuentro público, con acta. Si el gobierno habla de reconciliación, que empiece por escuchar a los que tuvieron que irse. Blanco viene de las filas opositoras: tiene, mejor que nadie, la oportunidad de hacerlo.
-El tercero: el registro de los que estamos fuera. Que Caracas se comprometa a abrir, antes del 31 de marzo de 2027, el registro electoral en los consulados de España, con jornadas especiales en Madrid, Barcelona, Valencia, Tenerife y las demás ciudades con más venezolanos. Somos cientos de miles los que vivimos aquí. Una elección que no nos deje votar no será la elección de todos los venezolanos.
Ninguno de estos compromisos impide la foto. Solo le dan contenido. Y si la delegación venezolana los rechaza, al menos sabremos con claridad qué vino a buscar a Madrid.
En la novela, cuando todo ha terminado, el narrador vuelve al pueblo años después para reconstruir lo ocurrido, y descubre que nadie puede explicar por qué nadie hizo nada. Me gustaría que, dentro de unos años, alguien pudiera escribir la crónica de esta cumbre y encontrar lo contrario: que alguien pidió algo, que alguien lo firmó y que los venezolanos de dentro y de fuera supieron, por fin, qué día podrían votar.
Desde Madrid, donde la foto se hará a pocas estaciones de metro de mi casa, sigo creyendo que una cumbre puede servir para algo más que para salir en el retrato.