• Gloria Cuenca es una de las figuras más representativas del periodismo venezolano. Su talante de seguridad, el discurso ético que mantiene y la disposición para sus estudiantes son características que la acompañan en sus 79 años de edad

Ubicada en el este caraqueño, la quinta Maya tiene rejas azules y algo de maleza que sobresale de las junturas de los bloques de la entrada. Entre la sombra del estacionamiento aparece una figura algo robusta que se mueve lentamente. Su cabello gris refiere que los años de su vida no son pocos y el tono de su voz, abrasiva y vigorosa, se cuela en el silencio de la tarde.

“¿Quieren café? ¿Negro?”, pregunta Gloria Cuenca desde la cocina de su casa, mientras la luz se entromete en los recovecos de la persiana. En sus manos sostiene una bandeja plateada y una pequeña taza hasta el tope de café, sobre un plato floreado y junto a un par de cucharillas de mango dorado y detalles en relieve. “Mi única adicción, si se puede considerar una adicción, es el café”, confiesa. 

Se trata de una periodista y docente venezolana que ha transformado, con su oficio y maestría en las aulas universitarias, la necesidad de encontrar en los dificultosos espacios de la realidad la verdad más palpable: la de los hechos.

Se sienta en un sillón de reposabrazos blancos y cojines bordados, junto a una pequeña mesa con una foto familiar de hace unos cuantos años. Comienza el relato de su vida: nació en Caracas en 1940, en el seno de una familia de intelectuales, como ella misma la caracteriza. Su padre, abogado graduado de la Universidad Central de Venezuela (UCV) y columnista del periódico El Nacional en dicha década, fue uno de sus referentes más inmediatos. 

Su madre también fue abogado y junto a su papá conformaron una pareja profesional muy exitosa. Era una mujer de carácter fuerte y presencia impoluta que, aunque con dificultades, aceptó el destino de Gloria en las salas de redacción.

Desde su niñez, en la década de los cuarenta, Gloria fue una persona muy curiosa. Perseguía con insistencia cada noticia, cada conversación de sus padres y sus siete hermanos. Incluso cuenta que cuando estaba pequeña —y suelta una risotada al recordar los momentos de inocencia— tenía la costumbre de adherir su oreja a la puerta del cuarto de sus padres para escuchar lo que conversaban, mientras su hermano le decía “algún día te van agarrar”. Nunca lo hicieron y la imperante necesidad de encontrar la verdad se ha mantenido durante el resto de su vida. 

Su vida universitaria comenzó en 1958, por requerimiento de su padres y para mantener el legado de la abogacía en su familia, en la carrera de Derecho en la Universidad de Roma, y posteriormente en la UCV al llegar nuevamente a Venezuela.

Durante ese período decidió continuar la carrera de Derecho y comenzar, al mismo tiempo, sus estudios en Periodismo. Una simbiosis entre lo que tanto había perseguido y el estudio que su familia esperaba. Luego del segundo año en la Facultad de Derecho —comenta con una sonrisa y un tenue suspiro de alegría— decidió dedicarse solamente al Periodismo. 

En Venezuela, Marcos Pérez Jiménez había caído, los recuerdos dolorosos de la dictadura parecían haberse esfumado y el romanticismo exacerbado de la revolución cubana atizó los ánimos de la juventud. La Gloria Cuenca de entonces, con el talante rebelde que la representa, no estuvo ajena a este deseo juvenil. 

Mientras cumplía con los estudios de Periodismo su padre le consiguió un puesto en el diario Clarín en Caracas, por pedido de su madre, para alejarla del oficio periodístico por el talante comunista del periódico. Este medio, dirigido por José Vicente Rangel y Luis Miquilena, tenía como estructura editorial el pensamiento comunista y se encargaba de reaccionar ante las propuestas del gobierno de Rómulo Betancourt. Luego de año y medio como reportera decidió iniciar una huelga, junto a sus compañeros, para exigir un mejor salario. 

La juventud para ella —lo demuestra en sus sonrisas esporádicas mientras levanta tenuemente los ojos— representa un momento de inocencia y, en cierto punto, ignorancia. El Partido Comunista de Venezuela (PCV), participante de la gerencia del periódico, los tildó de indolentes por hacer la huelga y decidieron despedirla. Fue la primera mujer en dicha sala de redacción. 

Desencanto revolucionario 

Al finalizar sus estudios continuó visitando las inmediaciones de “la casa que vence las sombras” para cumplir con la docencia en la cátedra de Ética y Comunicación. Después de su paso trastabillado por Clarín, comenzó a deslastrarse del pensamiento comunista y adaptó, de esta forma, su lucha a la ideología maoísta. 

“Yo fui preparadora del Instituto de Investigaciones de Prensa en la universidad, que después se transformó en el Ininco (Instituto Nacional de Investigaciones de la Comunicación). Ya me había salido del Partido Comunista, era maoísta y los comunistas me tenían una guerra a muerte porque el que no piense igual que ellos es enemigo”, agrega mientras acaricia la taza de café. 

Por esos años Venezuela padecía la llamarada del sueño marxista y en el transcurso del gobierno de Rómulo Betancourt comenzaron a funcionar las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), una organización guerrillera creada por el Partido Comunista de Venezuela en 1962, para seguir el ejemplo de Fidel Castro en Cuba e instaurar un poderío comunista en el país. 

El proceso guerrillero en Venezuela, sustentado en el romanticismo de las juventudes universitarias, se diluyó a finales de la década de los años sesenta y los participantes de la impronta armamentista iniciaron su vida política. Uno de ellos, quizá el más reconocido, fue Teodoro Petkoff, quien en 1968 publicó un texto que rompió con el maniqueísmo de los dogmas y, en palabras de Cuenca, le dijo a los soviéticos en su cara: ustedes son unos bandidos. Este texto fue Checoslovaquia, el socialismo como problema, publicado en Venezuela por la Editorial Domingo Fuentes en 1969. 

A partir de este hito, los ideales comunistas comenzaron a resquebrajarse entre los jóvenes que formaban parte de esta línea ideológica. “Nadie en Venezuela se ha puesto a pensar en la grandeza de Teodoro Petkoff. Yo sí, porque yo puedo hacer el cambio que hago por lo que dijo Teodoro en La invasión a Checoslovaquia”. 

El desencanto —relata Gloria mientras los rayos de sol se adentran por la ventana principal y el café necesario para la conversación se va enfriando al compás de las anécdotas— empieza con este libro. Adolfo y ella pasaron días releyendo el ensayo de Petkoff, analizando con detalle cada palabra y, sobre todo, sintiendo la resaca del ideal resquebrajado que se había adueñado del pensamiento joven. 

“Hasta el viaje a China no nos atrevíamos a realizar un cuestionamiento tan duro sobre la URSS y después sobre el socialismo. El error es creer que el socialismo ruso no sirve y el chino sí”, afirma.

El viaje a China, momento determinante en su vida, comenzó a prepararse a principios de 1976. Su esposo Adolfo Herrera había sido invitado por la agencia de noticias Xinhua, fundada en 1931 por el Partido Comunista Chino, después de su ardua labor como corresponsal en Venezuela. Gloria lo acompañó en el trayecto desde Caracas hasta Pekín. 

La realidad china era un enigma para ella. El poder ideológico y la fuerte figura de Mao Tse-Tung habían dominado la percepción de su realidad. Mao era un Dios, un líder impoluto, comenta. Pero un día, mientras escribía la carta de permiso para pasar tres meses fuera de la UCV, el profesor Inocente Palacios, director de la Escuela de Artes para la época, le preguntó: “¿Qué sabe usted de China?”. Ella, sorprendida ante la pregunta del conocido crítico de arte venezolano, solo pudo encontrar una respuesta: nada.

Ahora su trabajo, antes de llegar al territorio asiático, se dirigía a educarse sobre la cultura y el funcionamiento del edén maoísta que tanto soñaba en sus años de juventud. Se centró en la historia de Mao y leyó sin descanso las biografías más veraces sobre el  dictador, como el texto publicado por Anna Louise Strong —Periodista neozelandesa que escribió parte de los registros de la República Popular China entre 1950 y 1970, año de su muerte—. Con cada lectura la figura de su ídolo se agrietaba y se desvanecía ante sus ojos. 

“Yo me enteré de una cosa horrible. El drama de Mao era que el padre tenía tres hijos varones, corpulentos. Él estaba muy orgulloso de sus hijos varones, que trabajaban el campo. Después nace Mao que era enclenque (de poca corpulencia). Al pobre muchacho le caían a palo. Su padre decía ‘yo voy a hacer que se muera’. Esto lo leí yo en la biografía de Mao. Imaginate que había un rincón de la casa donde su padre lo sacaba a las cuatro de la mañana, lo ponía ahí, le daba una paliza y le echaba agua helada, con 40 grados bajo cero, a ver si se moría. Pero no se murió”.

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Foto: Víctor Salazar

Al recordar las anécdotas vividas en territorio chino se levanta un poco de la silla, acaricia los detalles del reposabrazo blanco y continúa, entre risas, el relato de su juventud. La figura de su héroe se comenzó a desvanecer con las historias narradas en los libros, pero se mantenía la añoranza de la épica ideológica como un deseo intocable. En China, relata, todo era distinto a sus ideales, las personas caminaban con un solo color en sus ropajes, lentas e iguales en un ambiente gris. 

La actitud desenfrenada de Gloria, contraria a la tranquilidad de su esposo, comenzó a significar un problema para los traductores de Pekín. Sus preguntas, tan seguidas como punzantes, con el tono de voz elucubrador sobre las mentiras del comunismo, no eran aceptadas en el aparato comunicacional oficial. 

Ese primer viaje, en 1976 —año de la muerte de Mao Tse-Tung—, fue revelador para el resto de su vida; sin embargo, fue en 1979, cuando Adolfo fue invitado nuevamente por la agencia de noticias Xinhua a territorio chino, que se separó por completo de cualquier vestigio del comunismo. 

Mientras ojea un poco la biografía de Mao, Gloria recuerda dicha visita: Adolfo seguía como corresponsal de la agencia y la visita estuvo rodeada de atenciones que ellos quisieron retribuir, tomando en cuenta su preparación académica y docente, impartiendo talleres sobre la ética y función periodística en Venezuela. Los chinos aceptaron la propuesta. 

“Había preparado la conferencia en el avión, y Adolfo también. No había computadoras, pero tenía papel y lápiz e iba escribiendo todo”.

Al comenzar la conferencia, con la emoción de compartir sus conocimientos con un pueblo que los había recibido con grandes atenciones, Gloria expone las características del periodismo en Venezuela y la lucha que tienen los medios independientes para mantener la autonomía de la información. 

“Un periodista es un combatiente por la libertad de expresión, un vehiculador de los mensajes del público hacia los sectores de la toma de decisión y un crítico frente a la gestión de poder”, exclama Gloria, junto al retrato de bordes de plata que enmarca una foto de ella y su familia, con la figura de Adolfo, la sonrisa de sus hijos y su cabello completamente negro, libre de canas. 

Ante su explicación la sala se llenó de murmullos en una lengua extraña para ella. En ese momento uno de los espectadores se levantó, apaciguó los gritos y exclamó: “Mire, profesora, después de escuchar su definición del periodista, el periodismo en China no tiene nada que ver con lo que usted dice. Aquí el periodista es un propagandista de la nueva ideología”. El golpe fue seco. 

“¿Un propagandista?”, preguntó Gloria. La respuesta del asiático fue concisa: “Nosotros estamos dedicados a hacer propaganda de la nueva ideología que es el marxismo-leninismo y el pensamiento de Mao Tse-Tung. El periodismo es una industria para reeducar al pueblo en la nueva ideología”.

Su retorno a Venezuela—comenta mientras se toca tenuemente el cabello blanquecino— estuvo signado por la separación total de la ideología política comunista y por la continuación de su carrera académica en la UCV. Allí culminó el magíster en Comunicación Social, mención Política y Planificación de la Comunicación en América Latina, en 1982, además de un doctorado en Ciencias Políticas en 1986. 

La ética en el periodismo 

En la filosofía, como estudio de la naturaleza humana, la ética es un elemento que está en constante renovación a partir de lo expuesto por cada filósofo, pero en el periodismo la ética, de cierta manera, tiene una concepción estática. “La ética del periodista, según mi opinión, es la ética existencial”, afirma Gloria. 

Sus concepciones sobre la vida, y sobre todo del oficio periodístico, están ancladas a las teorías que el escritor francés Jean-Paul Sartre expuso en el existencialismo. “Sartre dice que es ético aquel que busca la libertad y la ética periodística busca la libertad”, asegura Cuenca. La libertad, en primera instancia, es el objetivo que persigue el oficio periodístico. Agrega, entre otras cosas, el segundo elemento para entender la ética en el periodismo: la formalidad. No es lo que se dice, sino cómo se dice. 

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Foto: Víctor Salazar

Los libros de la profesora dan muestra de su preocupación sobre el proceso de comunicación realizado por los medios. El “cómo se dice”, para Gloria, es el centro de la información. Más allá del hecho, de lo ocurrido y visto en la realidad, el periodista debe tener un código ético que le permita acercarse de la manera más objetiva y veraz. 

Gloria Cuenca habla con propiedad, con la insistencia propia del periodismo y la serenidad que el oficio ético permite. Desde la silla bordada, acaricia las arrugas de su camisa azul y recuerda una vieja estrategia que un profesor norteamericano, presente en su biblioteca, enunciaba cuando un dilema ético se presenta en la redacción: “¿Qué diría mi abuelita de esto?”. La serenidad ética, enuncia, permite resolver el dilema. Detenerse un momento, estudiar la noticia y, antes de ser el primero que comunica, comunicar la verdad. 

La búsqueda del “tubazo” en el periodismo contemporáneo, con la rapidez de la noticia y la futilidad de su consumo, empuja al periodista a un dilema ético. En este caso, es necesario recurrir a un término que Gloria denomina como “tiempo protector”, un procedimiento que se caracteriza por la espera y la investigación que debe realizar el periodista cuando se enfrenta a una noticia. Su tono de voz arropa los espacios de la sala, las fotos familiares la acompañan y los libros regados alrededor de su computadora dejan entrever las referencias que construyen su argumento.

Señala en uno de sus textos: “La educación y la formación que reciba la persona durante muchos años moldea la personalidad y la conducta del profesional de la comunicación. En este sentido, el compromiso ético adquiere trascendencia en la medida en que hay consciencia de la importancia del uso de los canales, medios o vehículos de comunicación, del impacto que los mensajes pueden producir y de las diferentes acciones que involucran en el uso de la comunicación masiva”.

La docencia es una vocación fundamental para entender la figura de Gloria Cuenca en la sociedad venezolana. Sus ojos brillan al recordar el trato continuo con los estudiantes, las enseñanzas que en la discusión académica se resguardan y el roce que durante tanto años en la UCV, centro cultural, educativo y de talante histórico para el país, recibió. “Lo maravilloso de ser docente es que, en la medida en que vas enseñando, vas aprendiendo. Aprendes de los estudiantes y tienes que estar en constante estudio para adaptarte al nuevo conocimiento”.

La relación con los estudiantes es uno de los elementos que construye y le da vitalidad a la vocación educacional. Sus referentes, sus profesores, sus amigos y su propio padre fueron primordiales para sus años posteriores. 

La narración de su vida cambia y se llena de algarabía y de felicidad al nombrar a sus primeros mentores en el periodismo: Héctor Mujica, Joaquín Gabaldón Márquez y José Ramón Medina. Cada uno de ellos dejaba un espacio de libertad para la pregunta, para las dudas, para las respuestas del estudiante que acudía a ellos voraz de conocimiento. 

Gloria, entre risas, recuerda las llamadas a Héctor Mujica para realizar preguntas y saciar las dudas de la juventud. Ese ejemplo, de servicio y disponibilidad, ha sido una máxima para su trabajo docente. Además, su padre siempre decía: “Quien quiera un libro, quien quiera un conocimiento, hay que brindárselo”.

Aunque en sus inicios la figura de la mujer en el periodismo estaba mal vista, porque su irreverencia representaba un problema para la sociedad conservadora de esos años, con una voz imponente y una respuesta voraz en busca de la verdad, Gloria encontró un espacio fecundo en un contexto en franco crecimiento cultural y económico como el venezolano de entonces. 

Figura para la sociedad

Cada espacio de su hogar está bañado por la figura de su esposo e hijos. Adolfo vive en sus recuerdos y en el trabajo que realizaron durante tantos años, y aparece en el relato como una figura impecable. Sus hijos, desde los portarretratos, son una inyección de vitalidad para la vida de Gloria. 

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Foto: Víctor Salzar

El pelo blanquecino da fe de su experiencia de vida. Momentos difíciles en su vida, como la muerte de Adolfo o el padecimiento de un cáncer que logró derrotar, permiten entrever su entereza ante los hechos. 

Su realidad como mujer nunca fue un problema porque ante las adversidades aparecía su voz imponente y todo el conocimiento que durante tantos años había recogido. Su vocación por la duda, por el proceso cartesiano de pensar lo que ocurre, le permitió deslastrarse de la ideología en una edad muy temprana. Narra con tranquilidad que muchos compañeros y grandes intelectuales venezolanos cayeron en el vórtice de la desesperanza cuando la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas anunció su fin en 1991. Algunos padecieron fuertes depresiones, otros escribieron su mea culpa y el resto olvidó su paso por el camino comunista.

Sus investigaciones sobre la ética son referencia fundamental en el periodismo venezolano, y ello es así porque la ética va más allá del oficio periodístico: está en la forma de relacionarse con los demás, en el trato con los estudiantes y en el ámbito familiar. 

La serenidad de sus recuerdos se acompasan con la voz, mientras el sol caraqueño que cae por las espaldas del Ávila se esconde tras las nubes para brindar una pequeña sombra en el ocaso. 

Antes de finalizar su relato, Gloria Cuenca dirige sus manos a la bandeja plateada sobre la que descansan las tazas de café y un azucarero con pequeñas astillas de canela para, según ella, espantar a las hormigas. Levanta su rostro, acomoda el retrato familiar y pregunta: “¿Quieren otra tacita de café?”.

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