• El director venezolano en su visita a Caracas conversó con El Diario sobre sus inicios en el cine, las características de su obra y sus convicciones a futuro

Desde la locación de su productora en Caracas, con los rayos del sol bañando los picos del Ávila, Marcel Rasquin conversa con un amigo cercano sobre un nuevo proyecto. Aprovecha el tiempo en la ciudad antes de regresar a Los Ángeles, Estados Unidos, donde reside actualmente.

La proyección de Star Wars, en una improvisada sala de cine que su padre había construido, fue la película que impactó las pupilas del pequeño Marcel cuando tenía solo tres años de edad.

Su niñez estuvo colmada de arte, escritura, cine y poesía. Esos elementos los absorbía diariamente de sus padres y familiares cercanos.

En mi familia hay poetas, músicos, diseñadores, arquitectos, artistas plásticos y en mi casa era común hablar de arte, hablar de Leonardo. Da Vinci. La sobremesa se paseaba por Reverón, por Marcel Duchamp, por Dalí y Van Gogh”

Una de las anécdotas que se cierne sobre la conversación, mientras la luz del sol se disipa y la noche comienza a aparecer tenuemente por las ventanas, fue cuando su madre lo llevó a ver Kagemusha, el guerrero, de Akira Kurosawa. Una película japonesa, en blanco y negro, determinante para la historia del cine. En este momento, con la mirada del director, la entiende como una gran obra maestra, pero a los ocho años fue un plan de fin de semana muy extraño. 

Asimismo, en su participación para el lanzamiento de El Diario, narró un recuerdo que nunca había contado, que se había mantenido en el resguardo familiar, pero que decidió relatar en el evento porque representa, con un pequeño gesto, la importancia de transformar las dificultades en nuevas oportunidad. 

El arte fue un aspecto importante en su niñez y adolescencia para entender el mundo y los libros regados por cada rincón de la casa fueron la puerta a nuevas realidades.

Al salir de bachillerato su meta era seguir los pasos de su padre y comenzar la carrera de Medicina, pero se encontró con un filme que cambió su perspectiva y lo indujo a tomar su vocación: la del celuloide y el diafragma. Pulp Fiction (1994), de Quentin Tarantino, presentó la fuerza necesaria para establecer un hito en la cabeza de Marcel y hacerlo pensar en el cine como una carrera.

Era un futuro prometedor y emocionante para Marcel, quien en sus ratos libres coleccionaba películas y memorizaba los diálogos. Pero como muchas veces ocurre con las artes, para él era complejo encontrarle un sentido profesional al cine.

“Lo que ocurre con las carreras que uno escoge es que siempre han estado ahí y que uno las tiene presente, pero hay una barrera que uno tiene que saltar y tienes que visualizar que de eso se puede vivir”, especifica. 

Desde ese momento el mundo cinematográfico se transformó en una profesión para Marcel Rasquin. Decidió ingresar a la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), lo más cercano al estudio cinematográfico en el país para la década de los noventa.

Durante la carrera realizó distintos trabajos en el área de producción, desde el puesto más bajo, hasta manejar una proyecto entero. Cada momento fue un aprendizaje sobre los distintos puestos del set de filmación, del trabajo creativo y la labor que existe en cada persona que aparece en los créditos finales de una película. 

Hermano, su obra prima

La idea para la película ganadora del San Jorge de Oro en el Festival de Cine de Moscú, en el año 2010, comenzó muy lejos de los barrios caraqueños y las canchas polvorientas de fútbol, protagonistas del filme.

El cortometraje que preparó para la presentación de su tesis al finalizar sus estudios en la UCAB fue distinguido con mención publicación y luego se envió a un concurso cinematográfico. Marcel ganó junto a dos compañeros. El premio fue una beca para estudiar cine en The Victorian College School of the Art, en Melbourne, Australia. En ese sitio, a millones de kilómetros de Caracas, nació Hermano. 

El estar lejos permite, en palabras de Marcel, reencontrarse con las raíces propias, con los símbolos de identidad que te atan a una tierra y que se sienten como propios.

“Cuando estaba en Australia, al estar tan lejos de casa, me tocó hablar mucho de Venezuela y me convertí, sin querer, en una especie de embajador de Venezuela”, detalla. 

Foto: José Daniel Ramos

Además, los australianos, relata Marcel, son muy abiertos con las culturas extranjeras por esa misma lejanía que los mantiene separados de Occidente. Cuando todo ocurre, allá están durmiendo, y el despertar se caracteriza por la pregunta incesante: ‘¿Qué pasó ayer en el mundo?’

Entonces sus relatos sobre Caracas, El Ávila, Simón Díaz y Los Amigos Invisibles eran escuchados con atención por cada australiano que conocía. Con cada cuento que relataba su identidad se arraigó un poco más. 

En ese momento, entre la polaridad política, la desestabilización social y el discurso separatista que era enunciado desde los estrados partidistas para generar resentimiento entre los venezolanos, hubo una noticia que acompañó el furor de la Vinotinto y sorprendió a Marcel:  La oposición había convocado una marcha y el chavismo respondió con una contramarcha.

Desde Santa Fe, zona residencial del municipio Baruta, salió la concentración opositora y del barrio cercano llamado Las Minitas, partió la movilización chavista. No había policías, ni barricadas, ni patrullas y ambos grupos se iban a encontrar cara a cara en la autopista del Este.

Cualquier cosa podía ocurrir en un país caldeado políticamente, pero antes del desastre un balón de fútbol empezó a rodar sobre el asfalto y todos comenzaron a jugar. Compraron cerveza, jugaron fútbol, se abrazaron y volvieron a sus hogares. 

Ese fue el detonante para la idea que duraría cinco años en hacerse realidad y que posicionó una algarabía, junto a otras películas, en el cine venezolano. Un cine que parecía ir en crecimiento a principios de la década, con un gremio fortalecido y con las ganas de posicionar una nueva mirada en la pantalla, pero que fue decayendo con el pasar de los años y el crecimiento de la crisis.

Somos como un archipiélago, como islas solitarias trabajando por separado y con, lamentablemente, pocos vasos comunicantes entre nosotros”, agrega Marcel con un extenso suspiro.

En sus palabras el presente y futuro cercano de la producción audiovisual en el país es muy compleja.

La soledad de los proyectos, la falta de apoyo financiero y el acabose de los pequeños espacios que se habían conseguido en años anteriores, perjudica el trabajo de los nuevos cineastas, pero “lo que sí hay es una proliferación de ideas y de historias, eso es lo que a mi me llena de optimismo y de esperanza. Sea lo que sea que venga de cine venezolano va a ser poderoso”.

En este instante, al pensar en el futuro del cine venezolano, con el acento caraqueño demarcado y la jerga de la ciudad arraigada en su habla, Marcel se emociona y establece que las nuevas ideas, los nuevos esfuerzos, se van a nutrir de las dificultades y de las historias que transcurren diariamente en las calles venezolanas. 

El cine para Marcel Rasquín no trata de emular el macrocosmos, la historia total de una sociedad, ni los grandes mitos absolutos. Al contrario, el cine desvía su mirada a las historias individuales, aquellas que demuestran la felicidad, la tristeza o los pesares de una persona para en ellas simbolizar los grandes hechos.

Indica que desde las historias de la diáspora, del hambre y la represión policial, hasta los sueños y esperanzas, se podrá desentrañar el pasado, el presente y, de alguna forma, el futuro a través de la mirada de los nuevos cineastas. 

“Lo que tiene tracción en este país es pensar en el futuro”

El pasado glorioso de los años setenta, la bonanza petrolera y el país del derroche se ha acabado. Pero para Marcel Rasquin, pensar con añoranza sobre el pasado, es una traba para los planes a futuro que se pueden tener. 

El director venezolano, esposo de la actriz y escritora venezolana Prakriti Maduro, alega que uno de los cambios que notó en los últimos días que pasó en Venezuela es el cambio en la mentalidad en los jóvenes. 

“Estoy muy contento de que la ciudadanía le pasó por encima a la política. El país entero, especialmente los jóvenes, estábamos en pausa esperando que hubiera un cambio político para que cambiara todo lo demás. No podemos esperar por algo que no depende de nosotros”, indica. Por eso asegura que se abrieron las compuertas de la creatividad, del emprendimiento y del optimismo, aspecto que lo mantiene impresionado.

Foto: Víctor Salazar

Asegura que lo que ocurrió, bueno o malo, no puede mantener al ciudadano anclado a una añoranza inútil, a un pasado que tampoco era perfecto y tuvo su fin en un presente de dificultades.

Asimismo, para Marcel la proliferación de creatividad para enfrentar las rudezas de una sociedad que parecía en decadencia, es una mirada para el futuro que tendrá nuevos cineastas que tratarán de narrar los detalles de todo lo que ha pasado. 

Simón, un cortometraje de Diego Vicentini , es uno de los proyectos que lo llena de emoción. Comenta que la lectura de un guión pocas veces genera emociones tan puras, y cada palabra del texto escrito por Vicentini conmovió al cineasta venezolano hasta el llanto.

El cortometraje se centró en el momento que se vivía en el país para ese entonces, pues las protestas antigubernamentales encendían cada rincón de Venezuela y los jóvenes, viendo su futuro truncado, salían a las calles para reclamar un derecho legítimo de libertad.

Marcel comenzó la producción del largometraje junto a Diego. Ambos, con la necesidad de narrar historias, con la mirada en la vitalidad de la imagen, están en proceso de hacer realidad el largometraje de este relato. La historia de un personaje que luchó en las protestas, padeció el encarcelamiento y la tortura, y que dará algunos detalles para entender un momento crucial en la historia contemporánea de Venezuela. 

La estética del director 

Ahora, con años de experiencia en el ámbito cinematográfico, una película laureada por el mundo y una serie de proyectos que tiene en proceso, Marcel entiende la dirección como un trabajo apegado al sentir humano porque el set de filmación con todos sus elementos: luces, de trabajadores, de actores y personas alrededor de una toma, se puede tornar en algo tedioso y esquemático. 

“Siento que el espacio del set y el momento en el que prendes la cámara, tienes que poder pasarle por encima a esa parafernalia y tener una cosa fresca, nueva, liberadora, sorprendente”, agrega. 

Explica que el director tiene el privilegio de ser el primer espectador de la escena, aquel que inaugura las sensaciones que la imagen brindará.

Soy el primer testigo de lo que está pasando allí, a pesar de que lo escribí, que lo ensayé, que lo dirigí, quiero poder descubrir algo nuevo y sentir ‘verga, eso es verdad. Eso que está pasando allí es verdad’”.


Las categorías estéticas y las referencias, agrega el director venezolano, permiten ampliar el registro cinematográfico y conocer las vertientes que tiene la imagen pero, al mismo tiempo, la única película que está en su cabeza es aquella que no se ha realizado y se mantiene rondando como una idea.

Por esa misma razón sus ojos están pendientes de cada detalle de la realidad, de los movimientos que ocurren en la vida común y de los sonidos que caracterizan el caminar de cada individuo. Antes de todas las referencias decide quedarse con la sensación de lo vivo que produce el estar presente en los momentos adecuados. 

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