• Relato de una serie de seis semblanzas de venezolanos que se encuentran alrededor del mundo haciéndole frente a la pandemia por Covid-19

Me sentía dentro y fuera, encantado y repelido, a la par, 

por la inextinguible variedad de la vida.

F. Scott Fitzgerald.

Todo comenzó durante la última semana de un contrato con uno de los hoteles para los que trabajo en China. Este hotel está en Guangzhou, ciudad que se encuentra al sur, en Guangdong, una de las provincias más afectadas por el Covid-19. Trabajaba seis noches a la semana en Brick Lane, el bar nocturno de ese hotel.

El 22 de enero Brick Lane funcionaba con normalidad. El personal estaba empezando a usar tapabocas, a pesar de que me calmaban diciéndome que no había motivo para preocuparse, que era solo una enfermedad estacional, que las cosas pronto mejorarían. 

Nunca imaginé que ese día el desastre apenas comenzaba. 

Mi contrato concluyó el 24 de enero y aprovecharía el Año Nuevo chino para tomarme un merecido descanso de tres semanas. Al finalizar las festividades, regresaría a mi trabajo en Brick Lane. 

Por aquellos días, estaba inmersa en los trámites para renovar mi visa, que estaría lista el 5 de febrero. Debía tomar un avión a Shanghái el 27 de enero e ir a Suzhou, la ciudad de mi residencia. Durante mi estadía, planeaba visitar a mis amigos, buscar mi pasaporte en Guangzhou en la fecha prevista y viajar a Italia para reencontrarme con mi familia. Pero después del 24 de enero, las cosas fueron de mal en peor. 

Mi vuelo fue cancelado y la cantidad de personas infectadas de Covid-19 en Shanghái y en toda China se elevó de manera exponencial. No logré tomar mi avión y tuve que permanecer en el hotel en Guangzhou. Para esa fecha, ya muchos de mis compañeros de trabajo habían partido a sus hogares. A mí se me hizo imposible llegar a casa y tuve que quedarme sola en una ciudad en la que no conocía a nadie. 

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Foto: Naomi Di Damaso | Mi panorama durante el primer mes de cuarentena en China. Enero y parte de febrero. La forma de acercarme al exterior era descorriendo las
cortinas.

Recordar esa situación de inmediato me pone en modo ansiosa. 

Entre el 20 de enero y el 5 de febrero, apenas salí dos veces a la calle. Se había decretado una cuarentena en el país. Todo el mundo debía estar en casa y, obviamente, nadie quería infectarse. ¿Quién en su sano juicio se jugaría la suerte con un virus desconocido?

Prepararte para salir a la calle era un protocolo que te llevaba por lo menos quince minutos. Y otros veinte minutos para desinfectarte al volver a casa. 

Todo adquirió para mí una atmósfera kafkiana.

Era inconcebible ver cómo las calles de la ciudad capital de China quedaban despobladas. Además, mi lugar de trabajo pasó de estar repleto en toda su capacidad a estar únicamente habitado por solo una decena de huéspedes, unos cuantos gerentes, el personal habitual que se residenciaba allí y yo. 

Venir de un país como Venezuela te prepara para ciertas situaciones, pero nunca te imaginas pasar por esto. Familiares y amigos me llamaban a diario. A todos debía decirle que no se preocuparan, que seguía todas las reglas que dictaba el gobierno chino. “Estaré a salvo” fue la frase que más dije y escribí por aquellos días. 

Finalmente, llegó el 5 de febrero. Fui a recoger mi pasaporte y, después de dos intentos fallidos para obtener un boleto de avión a Italia ya que todos los vuelos habían sido cancelados, logré comprar uno para el último vuelo disponible con dirección a Europa. 

Las medidas de seguridad en el Aeropuerto Internacional de Guangzhou eran rigurosas. Me tomaron la temperatura corporal en varias oportunidades. Me hacían preguntas y preguntas que más bien te hacían sentir en un interrogatorio. Seguí, obediente, todas las indicaciones posibles. Mi único propósito era mantenerme a salvo y mantener a salvo a todas las personas que circunstancialmente se me acercarían durante el par de días que iba a estar de aeropuerto en aeropuerto. 

Abordé el avión entre lágrimas. Nunca imaginé que abandonaría en esas condiciones el país que me dio una segunda oportunidad de vida. 

Mientras cruzaba los cielos de Asia, me detuve a pensar en lo que había sido mi vida hasta ese momento. 

***

Me llamo Naomi Di Damaso. Nací en Maracay hace 22 años. A mi ciudad la recuerdo verde, solitaria y aburrida. También muy calmada. Tan calmada que hice lo que pude para mudarme a Caracas, una ciudad más acorde a lo que quería, una ciudad viva, en la que siempre había algo que hacer.

Soy la segunda de cuatro hermanos. Y la primera de la familia en ir a la universidad. Estudié Literatura en la Universidad Central de Venezuela (UCV). Y mi vida se resumía entre mis deberes académicos, Ananké, el nombre del centro de estudiantes al que pertenecí; y volver a Maracay por ropa.

De Caracas me fui a China para trabajar en el área de entretenimiento de los hoteles cinco estrellas. Un amigo me había comentado de una vacante en un hotel en China. Buscaban a alguien que hablara inglés fluido y de buena presencia. Hice mi investigación. Tenía también otros conocidos allá y, pues, entre contacto y contacto, decidí irme. La situación del país facilitó la decisión. Sabía que este trabajo me iba a permitir ayudar a mi familia. 

En China, cuando tengo un día libre, suelo acercarme a las plazas y parques de la ciudad. La Plaza de Las Flores y Zhujiang Park son los que más visito. Desde la Plaza de Las Flores tienes una vista total de La Torre de Cantón. Durante estas caminatas, suelo pensar en Venezuela. Extraño las playas, el diablito y ese particular calorcito de la gente. Me siento en la grama a tomar un poco de sol. También visito restaurantes de comida china local, ya que los platos varían notablemente de ciudad en ciudad.

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Foto: Naomi Di Damaso | Desde la Plaza de Las Flores se deja ver la torre de Cantón hacia el norte. Hacia el sentido contrario, se aprecian los dos edificios más altos de China. Yo
vivía en el blanco.

En Guangzhou está la comida cantonesa, para mí, la más deliciosa de toda China. Si quieres degustar comida cantonesa, debes ir a Guangzhou, allí se come mucho ganso, puerco en bbq, arroz condimentado. Pero si vas a Suzhou, te encuentras una gastronomía distinta, allí lo más exquisito y famoso es el cangrejo. Entonces, en ningún otro lugar vas a encontrar unos mejores cangrejos que en Suzhou. La comida cambia mucho según la provincia o la ciudad, aunque a decir verdad, siempre será insuperable el sabor de la provincia, de donde es autóctona la comida.

De igual manera, hago excursiones a bares con música en vivo. Una suerte de “trabajo de campo” para espiar un poco el desempeño de la competencia. 

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Foto: Naomi Di Damaso | Postales de Zhujiang Park.

***

Cuando aterricé en el Helsinki-Vantaa International Airport de Filandia, el entorno se presentaba completamente diferente. Era como despertar de un mal sueño. Pero la sensación de seguridad duró poco. El miedo regresó de golpe. 

La policía de inmigración tomó mi pasaporte sin guantes ni tapabocas. En ese aeropuerto te aprueban la entrada al territorio europeo. Una vez que estás dentro de la Unión Europea, ya no es necesario pasar por emigración nuevamente en ningún otro país al que vayas.  Ese oficial recibe cientos de personas. Y ese vuelvo venía de China. Y él como si nada.

Esa escena fue un presagio de que algo iba a salir mal más temprano que tarde.

Respiré profundamente y le di al oficial uno de mis tapabocas. Había empacado una cantidad suficiente. Le advertí amablemente que se cuidara y tomé el vuelo Helsinki – Madrid. En Madrid me quedé dos días y de esa ciudad tomé la última escala aérea. 

Después de cuatro aeropuertos y dos días de viaje, llegué a Roma, Italia. Allí me subí al bus que me dejó en la casa de mi familia en Loreto Aprutino, un pueblo perdido en la provincia de El Abruzzo, en el que solo hay un bar donde se reúnen los pocos jóvenes que quedan, hablo de personas entre treinta y cuarenta años. El promedio de edad en Italia es alto, por lo que la mayoría de sus pueblos y ciudades suelen ser tranquilos.

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Foto: Naomi Di Damaso | Loreto Aprutino, provincia de El Abruzzo.

Mi cuarentena continuó. 

Las siguientes dos semanas estuve en aislamiento voluntario, aunque ninguna autoridad gubernamental me exigía hacerlo. Medía mi temperatura a diario y evitaba acercarme demasiado a mi familia. 

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Foto: Naomi Di Damaso | El proceso de medir la temperatura todos los días para descartar
cualquier sospecha.

Me despertaba, desayunaba, tomaba sol en el balcón, volvía al cuarto, jugaba con el gato. Me ejercitaba, cocinaba, estudiaba italiano, estudiaba chino. Escuchaba podcasts de comediantes venezolanos. 

Cuando cae la noche en Loreto Aprutino, una noche callada y tranquila, pongo el teléfono en modo avión y me distraigo viendo series en Netflix para tratar de dormir tranquila o leo un capítulo del libro que estemos discutiendo en el club de lectura por WhatsApp.

Siempre vuelvo a dos libros. O más que a dos libros a dos autores. Siempre vuelvo, de hecho, a dos fragmentos de la obra de esos autores. El primero es el pequeño monólogo de Nick Carraway en el segundo capítulo de El Gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald. Esa parte donde leemos “I was within and without, simultaneously enchanted and repelled by the inexhaustible variety of life”. De hecho, tengo tatuado el within and without. Y el segundo, es la última carta de Ramos Sucre, autor que me robó el corazón. Donde habla de lo atormentado que se siente, de sus “pesares acumulados”.

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Foto: Naomi Di Damaso | Frase de Nick Carraway en El Gran Gatsby de Scott Fitzgerald

En el club de lectura leímos hace poco La Peste, de Albert Camus. 

A veces me pregunto sobre qué he descubierto en este viaje. No precisamente a Italia. Sino en este viaje al espacio interior. Muchas cosas, me digo, pero tal vez la más importante es la paciencia y vivir el momento. En La Peste los habitantes de Orán se enfrascaban pensando en la vida que tuvieron antes de la cuarentena y aquella que vendría luego. Así me encontraba yo, añorando el pasado y deseando el futuro. Me di cuenta que este tiempo iba a ser más ameno si me enfocaba y aceptaba dónde estoy ahora y vivir en este momento. 

***

Cuando se cumplieron dos semanas de mi aislamiento, comencé a salir y compartir con mi familia. Celebré que había logrado llegar sana y salva. 

Prescindí de las noticias durante una semana hasta que, de pronto, empecé a recibir numerosos mensajes de amigos. Me preguntaban, como en una recreación de los chats de semanas atrás en China, si me encontraba a buen resguardo en Italia. No entendía ese tono de alarma ni la insistencia. 

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Foto: Naomi Di Damaso | Le escribía a mis amigos, “I’ll be safe and sound” y enviaba esta foto.

Revisé las noticias en Google. 

En Italia comenzaban a identificar casos de infectados con el virus en el norte del país. 

En realidad, la noticia no me sorprendió. Recordé al oficial de la policía al que le había regalado un tapabocas. Después de esa experiencia en los aeropuertos europeos, la propagación del virus era cuestión de tiempo. 

“Estaré a salvo”, volví de nuevo a esa frase.

***

El 5 de marzo las cosas se pusieron serias. 

Hacia el final de esa semana, habitaba una vez más en un pueblo fantasma.

Le impartí a mi familia una clase sobre cómo protegerse y lo importante que era permanecer en casa. Las cosas están empeorando. Italia está bloqueada. Los hospitales colapsaron. 

***

Fue una experiencia impactante vivir el brote de Covid-19 en China y en Italia. Dos de los países más afectados del mundo. Además, estaba a punto de aceptar un trabajo en Wuhan antes de ir a Guangzhou, supongo que de una manera curiosa a veces no podemos escapar de nuestro destino. Pienso en el centro de estudiantes. Precisamente en el nombre, Ananké, y en aquella clase de Literaturas Occidentales con Juan Pablo Gómez en la que reveló lo que significaba en griego: “Fuerza, necesidad y protección”. Y también significa destino.

Han sido un par de meses difíciles para mí y para todos mis compañeros de trabajo. Si bien los hoteles en China se están abriendo lentamente, persisten las restricciones, como medir constantemente la temperatura, solicitar información detallada de cada cliente, lo que a veces incomoda. De igual modo, se le exige a los bares colocar las mesas a dos metros unas de las otras y un límite de tres personas. 

El número de muertes en Italia, según cifras oficiales, sobrepasó a las de China. La emergencia nacional es real. Además del virus, también es preocupante no saber cuándo se podrá volver a trabajar. Muchos venezolanos, como en mi caso, van a China a trabajar y enviar dinero a sus hogares. Lamentablemente, numerosos compañeros venezolanos se han quedado varados en países fuera de China ya que se vieron obligados a dejar el país debido al desempleo y, a su vez, la falta de visa.

Aunado a esto, el gobierno chino puso en vigencia una ley que no permite la entrada de extranjeros con ningún tipo de visa hasta nuevo aviso. Únicamente aceptarán visas nuevas. Pero, como ya he comentado, tener una visa actualmente es complicado. 

Es una pérdida para todos en una gran industria como es la hospitalidad en China. Un mal momento para este tipo de trabajo.

Sin embargo, me mantengo optimista, sé que, más pronto que tarde, las cosas volverán a la normalidad, incluso, si de ahora en adelante “normal” tendrá un significado diferente para el mundo.

Y hablando de significados, vuelvo a recordar que Ananké significa destino y fuerza y protección

Mientras ese día llega, el día de la vuelta a la normalidad, me repito Ananké para darme fuerzas. 

“Estaré a salvo”. 

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