• Lo que comenzó como una alternativa dentro de un departamento para el subsistir de una familia se transformó, con el paso del tiempo, en un proyecto que ha hecho llegar a este pasapalo venezolano a distintas provincias del país

“No son deditos de muzzarella. No, por fuera no están empanizados ni el queso es muzzarrella. En serio, no se parecen en nada, esto es totalmente distinto… cómo te explico: son como pedacitos de queso (llanero, venezolano) envueltos en una masita. Y no se llaman ‘pequeños’ sino TE-QUE-ÑOS”.

Explicarles a los argentinos qué es un tequeño puede resultar un poco pintoresco, sobre todo en un país donde un ingrediente como el queso, especialmente el muzzarella, está tan presente en comidas de todos los días como la pizza, las empanadas, las tartas o el postre vigilante. Incluso en otras preparaciones extranjeras, como el chipá paraguayo (unos bollitos hechos a base de yuca, rellenos con queso).

Sin embargo, cada vez son menos con los que hay que detenerse a darles esta explicación. Con el tiempo se ha hecho más sencillo adquirir tequeños, bien porque algún vendedor ambulante los ofrezca en parques o plazas, o porque en Instagram y aplicaciones de delivery abunden los microemprendimientos de personas que decidieron ponerse a amasar antes que apostar por otro empleo convencional. Incluso, más de un restaurante, no precisamente de platos venezolanos, los agregó al menú y una cadena de hamburguesas los combinó con el pan y la carne para darles un giro a sus clientes.

Pero no siempre fue así. Hubo una época, no muy lejana, en la que era impensable encontrarse con tequeños en casi cualquier esquina. Antes de 2015, cuando se disparó exponencialmente la llegada de venezolanos a Argentina, en este país desconocían otros alimentos como la arepa, la chicha o las empanadas venezolanas, que también han ido abriéndose paso en la gastronomía. Pensar, entonces, en buscar el sustento a costa de ofrecer este tipo de productos era, cuando menos, riesgoso.

En el caso de Néstor Briceño inicialmente jamás estuvo en sus planes. Cuando llegó al país, en febrero de 2016, su meta era buscar algún trabajo vinculado con su profesión de ingeniero industrial. Para su suerte no tardó en dar en la tecla. Un par de meses después lo contrató una empresa metalúrgica que fabricaba bombas centrífugas para gases licuados, en las cercanías del puerto de Duck Sud (Avellaneda, provincia de Buenos Aires) uno de los más importantes de la nación.  “En ese momento sentí que la había pegado del techo, era una locura”, rememoró Briceño para El Diario.

Dejó atrás un empleo para Petróleos de Venezuela (PDVSA) en el estado Monagas y proyectos vinculados con la Faja del Orinoco. A pesar de trabajar para la que se supone es una de las empresas más importantes en la actividad económica principal de Venezuela, con el dinero que percibía apenas podía cubrir sus gastos más básicos, como el alquiler de su casa.

Otro motivo que lo impulsó a emigrar fue el futuro que podía ofrecerle a su hijo pequeño. A su parecer debía buscar un panorama diferente en otras tierras, lejos de problemas como la inseguridad o la corrupción. 

Mucha gente empezó a hacer dinero de mala forma: enchufándose, bachaqueando, estafando. No quería que mi hijo estudiara con los hijos de los militares ni de los enchufados, que se relacionara con esa gente. Ni con malandros”, sopesó.

A eso se sumaba el temor a emprender, no porque no se creyera capaz, sino por convertirse en blanco de extorsiones mediante vacunas o secuestros en caso de que comenzara a ganar dinero.

Un emporio que se expande

Parte de la responsabilidad de que los tequeños se hayan popularizado no solo en la Ciudad de Buenos Aires sino en casi toda Argentina, la tiene la empresa Tequepops.

Venta de tequeños

Con una fábrica de más de 400 metros cuadrados y 22 empleados producen alrededor de 12.000 tequeños diarios. Una parte va destinada a los tres locales que la empresa tiene en los barrios porteños de Once ―a apenas unos metros de este edificio―, Palermo y Flores. Otra, correspondiente a una línea que solo se vende al mayor, llega a vendedores y distribuidores de provincias como Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Chubut, Salta o Tucumán.

A los distintos tipos de tequeños ―desde los tradicionales a los veganos, o los tequeyoyos― se suman otros productos como pastelitos. Más allá de cierta maquinaria, todo se hace a mano. Para preservarlos hay cámaras de frío y de congelación.

Tequeños veganos

Dentro de este terreno, con sectores que aún están en obra, hay un barullo que no cesa. Gente que va y viene. Unos amasan, otros ordenan, alguien limpia. Del otro lado, alguno hace inventario. Y Briceño saluda, supervisa. Todavía hoy recorre las instalaciones con risueño, como si eso que tiene enfrente y puede ver y tocar no fuera más que un sueño del que nunca quisiera despertar. Pero está despierto. Se trata de algo real. 

Más versátil que la arepa

Quizá la arepa sea el plato más conocido mundialmente de la gastronomía venezolana. En Tequepops, sin embargo, resaltan la versatilidad del tequeño por no tener que decidir con qué rellenarlos, pues al momento de darlos a probar a un público extranjero, puede que no todos se pongan de acuerdo a la hora escoger qué ponerle a las arepas. 

Salir adelante en medio de la necesidad

¿Qué inmigrante no quisiera, recién llegado, tener una residencia legal y un trabajo en el que ejerza su profesión? Aunque Briceño lo consiguió con la empresa metalúrgica, no pasó mucho tiempo para que aquello se tornara en pesadilla.

En marzo de 2017, casi un año después de formar parte de ese proyecto, la fábrica tuvo problemas económicos. Aparentemente había sido embargada y tenía inconvenientes con el fisco. Muchos empleados pasaron meses sin percibir sus honorarios. El jefe ponía excusas. Como consecuencia, la economía familiar de Briceño quedó a la intemperie, con pagos que caían de a cuentagotas e imprevisiblemente.

Fábrica de tequeños

Como alternativa para sortear esa crisis decidió probar suerte con los tequeños. Con un pago de 1.000 pesos que recibió ―aproximadamente el equivalente a 60 dólares― compró harina y utensilios para ponerse manos a la obra. Vio, además, algunos tutoriales en Youtube. No era un experto en el tema.

“En el peor de los casos, si no se venden, pasaremos varios días comiendo tequeños”, pensó en ese momento. Es que el dinero originalmente debía destinarlo a comprar alimentos en el supermercado, pues su esposa se encargaba de cubrir el alquiler.

Una vez preparados, sin cocinar sino para vender congelados, los difundió entre amigos y conocidos por WhatsApp. Pronto se los compraron. Así, una y otra vez. Para ampliar su público posteaba en grupos de venezolanos en Facebook varias veces por día. De esa forma, el teléfono no paraba de sonar. Ni él de animarse: según sus registros las ventas se disparaban exponencialmente cada semana. Y notó que no solo lo buscaban venezolanos sino también argentinos.

Más de un venezolano llevaba tequeños a su lugar de trabajo y los compartía con los compañeros. Llamaban o escribían y me contaban que ese día o el anterior habían probado los pequeños/taqueños. Poco a poco ellos también los fueron incorporando a sus opciones”, deslizó Briceño.

Con el transcurso de los meses finalmente renunció a la fábrica en el puerto para jugársela al 100% con Tequepops. Sumó un par de empleados, los números siguieron en verde. Pero su departamento, que era donde preparaban y también freían ―sumaron esta modalidad― llegó a un punto en que no se daba abasto. Por el espacio, por el consumo de energía eléctrica y gas, incluso por la informalidad empresarial.  

Jugar “dentro” del sistema

Argentina es uno de los países con carga fiscal más elevada del mundo, según datos del Banco Mundial correspondientes al año 2020. El tema estuvo en la palestra de cara a las elecciones legislativas, con emprendedores que exigen se les alivianen impuestos para poder tener mayores márgenes de ganancia, poder contratar empleados o incluso bajar los precios de sus productos o servicios.

En el caso de microemprendimientos, muchos se ven con la soga al cuello al momento de registrarse y facturar formalmente, aunque sea en carácter de monotributistas (trabajadores independientes).

Pese al panorama, para Briceño fue fundamental arriesgarse para poder consolidar los locales, la fábrica y la marca de Tequepops.

“Siempre vi esto como una empresa. El tema impositivo no es sencillo, pero si no nos formalizábamos dentro del sistema no íbamos a poder contratar más gente, ni producir más o llegar a más lugares. Hace mucho que hubiéramos llegado a un techo que no íbamos a poder superar”, analizó Briceño.

Tampoco hubieran podido adquirir el terreno sobre el que actualmente funciona la fábrica, el cual originalmente era un estacionamiento para camiones y que desde finales de 2020 lo transformaron y acondicionaron en fábrica. 

Tequeños venezolanos

Briceño mantiene frescos en la memoria los días en los que lo único que le sobraba era la incertidumbre o le pesaba lo que pensaran los otros. “Alguna vez me pesó el famoso ‘qué dirán’ cuando vieran en mis redes sociales que estaba vendiendo tequeños. Luego me dije ‘¿cuál es el peo? (problema)’ y no me dejé llevar por esa estupidez”, recordó.

Y del dinero que faltaba en meses sin cobrar también ha sacado sus conclusiones. “Si me hubieran pagado todo de una vez me hubiera ahorrado más de un dolor de cabeza, pero quizá no hubiera montado todo esto. Tuve que tocar fondo para reaccionar”, remató.

Con la vista puesta en el futuro, en Tequepops no solo aspiran a terminar de refaccionar sus instalaciones o sumar más empleados. Por un lado sueñan con funcionar las 24 horas, por otro, no descartan exportar en algún momento. Lejos de marcarse límites confían en que los tequeños no tienen techo.

“El tequeño va a trascender. Llegará a todos lados, no solo en Argentina sino en el mundo. Es un producto sencillo, es muy inusual que a alguien no le guste, lo puede comer una persona sola, o dos, o 20 o 50. Por eso hay que valorarlo, no verlo como cualquier cosa. Se lo debe tomar muy en serio”.

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