• El equipo de El Diario conversó con un grupo de mujeres venezolanas afectadas por la migración. Sus historias dejan ver las dificultades que implica migrar y dejar atrás la vida como la conocían por buscar un mejor futuro, lejos de sus hijos y su familia

Sus vivencias, aunque distintas unas de otras, exponen una realidad que ha impactado a millones de familias venezolanas. Ellas, ahuyentadas por la crisis política, social y económica, hoy viven una nueva vida en otros contextos. Las decisiones que tomaron las madres venezolanas para ganarse la vida y salir adelante son complejas. Migrar, sin duda, es una de ellas y lo que lamentan a diario, muchas veces entre lágrimas y desde la distancia, es estar separadas de sus hijos.

En el año 2016, miles de personas tomaron esa decisión y se arriesgaron a probar suerte en otros países para mejorar su calidad de vida. Hasta el mes de abril de 2022, la Plataforma de Coordinación Interagencial para Refugiados y Migrantes de Venezuela registró un total de 6,1 millones de venezolanos en el mundo. 5 millones de ellos están en Latinoamérica, principalmente en Colombia, Perú, Ecuador, Chile y Brasil.

En esos territorios, buscan construir una nueva vida. Esto implica en algunos casos largas jornadas de trabajo, ser víctima de xenofobia o vivir en condiciones inhumanas. Sin embargo, las historias de los migrantes venezolanos dejan ver entre líneas la fortaleza, determinación y resiliencia que se requiere a diario para sopesar las dificultades. Los testimonios de Mónica Soto, Ivette Báez, Damelys Fajardo, Nancy Velazco y Evannys Peña son ejemplo de ello. Son cuatro madres venezolanas a las que la migración afectó a sus familias y las separó de sus hijos. A pesar de eso, tratan de estar presentes para ellos con un mensaje, una videollamada o apoyando económicamente.

Foto: AFP

Decidir migrar, los testimonios de cinco madres venezolanas

El tema de migrar no pasaba por la mente de Mónica Soto, una docente de 51 años de edad de Guatire (Miranda), hasta que su hijo mayor tomó la decisión de irse de Venezuela en 2017. “Sentí que me estaban arrancando el corazón”, pensó. Al igual que muchos otros, él intentó buscar independencia económica y mejoras en su vida. El joven de 28 años de edad se radicó en Medellín (Colombia) en ese entonces.

Por los mismos motivos, su otro hijo de 22 años de edad migró a Buenos Aires, Argentina. El hijo menor, de 20 años de edad, continúa con ella en el país. Sus días comienzan y terminan dándoles la bendición a sus hijos y verificando que estén bien. “Nos apoyamos y nos vemos por videollamada, pero no es lo mismo, porque no puedo abrazarlos en carne propia”, dijo Soto.

Mónica siempre les recuerda a sus hijos lo valiosos que son y lo exitosos que podrían ser, dentro o fuera de Venezuela. Les reitera también que su hogar continúa con las puertas abiertas para ellos, pues señala que “nunca les faltó nada”. Como la mayoría de las familias venezolanas vivieron momentos económicos complejos, pero salieron adelante.

Ella ha apoyado a sus hijos en lo que puede y al que está en Medellín la ayudó comprándole el pasaje para irse y dándole palabras de aliento. El joven de 28 años de edad estudió tecnología automotriz, es repartidor en Colombia y ha podido prosperar y formar una familia. “Le recordamos que no se olvidara de sus valores familiares, que le inculcamos su mamá y su papá”, completa Mónica Soto.

Su otro hijo no corrió con la misma suerte. En un principio se fue a Medellín junto a su hermano, con la intención de viajar luego y radicarse en Chile. “Le fue mal en Colombia y eso nos cayó muy mal a nosotros, porque llegó pidiendo en las calles, vendiendo chucherías en los semáforos, trabajaba y no le pagaban, lo veían muy niño”, explica.

Luego, su hijo se fue a vivir a Ecuador, donde le fue mejor, pero tuvo un accidente de tránsito grave y su familia le aconsejó que retornara a Venezuela. Mónica comenta que llegó al país en “malas condiciones”, pero su meta seguía siendo radicarse en el cono sur del continente. “Nos tocó vender muchas cosas. Vendí mis anillos de oro, excepto mis anillos de graduación. Todo para ayudarlo a él para que se fuera con algo de dinero. En Argentina lo recibió mi comadre, que es tan ‘mamá gallina’ como yo”, reveló Soto. Llegó trabajando a Argentina, previo a la pandemia por covid-19 en 2020 y desde entonces se ha formado con cursos en línea. 

Mónica Soto se considera una mujer “positiva”, que busca transmitirles esa energía y valores a sus hijos. Se siente satisfecha de verlos con estabilidad luego de lo que vivieron. Ha podido visitar a su familia en Medellín en dos ocasiones y espera viajar a Argentina pronto. “Cada vez que se sienten tristes les hago ver que todo eso que tienen a su alrededor lo han logrado con el fruto de su trabajo y constancia”, señaló.

“Ahora tengo mi corazón dividido en Latinoamérica”

Cada vez que puede, Mónica enaltece la fortaleza que tienen sus hijos para lograr sus metas. “Me entristece cuando mi hijo me dice: ‘mamá me haces falta’. Ahora tengo mi corazón dividido en Latinoamérica. Al principio me sentí muy mal, porque yo me cuestionaba y me decía, ¿qué me faltó darles a ellos para que tomaran la decisión de irse tan pronto? Esas decisiones me afectaron”, indicó Soto.

Actualmente, aunque los extraña siente “en paz” porque maduraron y se rodearon de buenas personas. Espera que su hijo menor, que continúa en el país, tome más experiencia si quiere migrar. Opina que para 2022 la situación económica “ha mejorado un poco”, pero se siente preocupada por la inseguridad que aún abunda en las calles del país.

No me ha quedado de otra que respetar las decisiones. Ellos aquí en su casa lo tenían todo, me lo han hecho saber cuándo hablamos por videollamada. Siempre les digo que aquí está su casa, aquí está su hogar, aquí estamos sus padres esperándolos cuando decidan volver, pero, así como les digo eso, les digo también que el hogar está donde ellos decidan estar”, dice Mónica Soto.

Ahora que ella está conforme al ver a sus hijos estables, espera poder migrar junto a ellos algún día, le “pide a Dios” estar presente cuando la necesiten. “Me quiero ir de Venezuela. Mi vida debe estar donde están mis hijos, no veo la razón de quedarme aquí si ellos están en otro país”, expresa. Otras madres venezolanas, como Ivette Báez y Damelys Fajardo, han podido materializar ese plan de irse del país, pero no todas lo hicieron junto a sus hijos o familiares.

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Adaptarse a vivir en Perú

La zuliana Ivette Báez es una de los 1,29 millones de venezolanos que viven actualmente en Perú. Tiene 56 años de edad y es madre de una joven de 22 años de edad, a quien dejó en Maracaibo. Desde 2017 está radicada en Lima y se dedica a trabajar junto a una empresa que repara electrodomésticos, aplicando los conocimientos que posee como ingeniera electricista.

Mi hija no se imagina cuánto la quiero, la extraño y la adoro. La distancia me ha hecho tener una fortaleza increíble. A veces se me salen las lágrimas en silencio y solo me apoyo en Dios, el único que me ha acompañado en este camino. Ha sido duro, pero uno tiene que seguir con los valores en alto que todo migrante debe tener”, destaca Ivette Báez, quien confiesa que lo que más extraña de su hija es poder abrazarla.

Comenta que su relación con su hija ha sido buena a pesar de la distancia. “Yo sé que ella está en una etapa de tristeza. Es difícil estar sin su mamá”, dice Báez sobre su hija. La apoya económicamente para que se forme con cursos o talleres en línea. “También sé que a veces uno necesita un cariño, un abrazo, un consejo, eso sí yo sé que mi hija lo necesita. Yo también lo necesito porque vivo y estoy sola”, agrega.

Migró buscando estabilidad económica. Al igual que muchos venezolanos, le tocó transitar su proceso migratorio sola, debido a que solo tenía dinero para costear su viaje. “Ha sido difícil. Me costó conseguir trabajo porque aquí toman en cuenta la experiencia laboral y no tanto el título”, expresa sobre su travesía. Empezó “haciendo de todo”, le tocó ser vendedora de ropa y cocinera.

Está agradecida porque siente que se consiguió a personas que la han ayudado mucho y gracias a ellas se ha mantenido en un trabajo estable por poco más de dos años. Trabaja de lunes a sábado y debe tomar un tren o un bus, que pueden tardar entre 45 minutos o una hora y media, respectivamente. No puede llegar tarde y tampoco salir antes del tiempo previsto para el cierre, pues pueden descontarle el salario. Relata que es una dinámica “ardua”, pues solo tiene una hora de receso y cuando sale de trabajar llega a descansar.

“El trabajo y la distancia ha incidido muchísimo en mi rol de madre. Extraño mucho a mi hija. ¡Qué no daría para que estuviera conmigo! Y compartir los logros, los reconocimientos que me dan a diario”, narró la ingeniera. Su hija continúa en Venezuela con sus abuelos. “La idea era que yo llegara a un punto en el que estuviera estable, reuniera un fondo para que pudiera visitarme, y después que ella decidiera. Todavía eso está pendiente”, completa.

“El trabajo y la distancia ha incidido muchísimo en mi rol de madre”

Cuando llegó a Perú, indica, había “mucha discriminación” hacia los venezolanos. A su juicio, los migrantes que “no se han portado bien” han proyectado una mala imagen y hacen que los peruanos sientan miedo y rechazo. “Vete de vuelta, estás estorbando”, son algunas de las palabras que se oyen hacia los migrantes. Ella sintió xenofobia en ocasiones cuando viajaba en bus y debía cederles el asiento a los peruanos. El tiempo le ha permitido adoptar el acento peruano y pasa desapercibida.

Ellos tienen una forma de pensar muy distinta en algunas cosas, palabras que son diferentes, tratos distintos, he tenido que ser un poco más humilde y serena. Porque no es fácil, porque uno es venezolano, del Zulia, somos echadores de broma. Ahora tengo que ser una persona muy seria en todos los aspectos, pensar las palabras antes de decirlas, a algunos peruanos no les caen muy bien. Eso lo he ido aprendiendo con mis compañeros peruanos”, explica.

El buen desempeño y comportamiento de Ivette Báez la han llevado a ganarse la confianza de los peruanos. Vive en un anexo de una familia peruana, que le alquiló un cuarto. Ellos la tratan como a una más del hogar. Esa buena relación la ha mantenido con fortaleza para seguir adelante. Ha podido comprar sus enseres de a poco para estar cómoda.

El migrar le permitió sentirse a Ivette Báez “mucho más venezolana”. Añora los momentos en familia, sobre todo con sus padres. “En los cumpleaños, estábamos juntos, al igual que en Navidad. Aquí trabajas un 24 o 31 de diciembre hasta muy tarde y es como si fuera un día más y no un día festivo”.

En un punto de su paso por Lima pensó en regresar a Venezuela, pero no lo hace al imaginar que llegaría sin trabajo. Por ahora continuará ahorrando para planificar mejor su futuro. A pesar de los tropiezos, considera que su vida ha mejorado principalmente en el ámbito profesional. De formalizar su retorno a su país, emprendería un negocio como en el que trabaja. “Uno tiene que estar en cualquier parte del mundo con la cara en alto, somos venezolanos y hacemos de todo. Lo hacemos con calidad, prestigio y empeño para que quede bien”, resalta.

Trabajar todos los días en Brasil

Damelys Fajardo, una enfermera monaguense de 44 años de edad, es una de los venezolanos que busca ejercer su profesión con calidad, así lo deja claro ella. Al igual que Ivette Báez, migró sola. Vive en Manaos, Brasil. Tiene un hijo de 23 años de edad, quien es estudiante de Medicina de la Universidad Central de Venezuela (UCV) y músico del Conservatorio Simón Bolívar.

Hace cuatro años, producto de la crisis que vivía en su país, se vio motivada a migrar. En ese momento no conseguía medicinas para sus padres ni dinero para costear el transporte hasta su trabajo. Al principio, su idea era traerse consigo a su familia, pero con el tiempo los planes cambiaron.

Su ahora exesposo llegó a viajar a verla luego, pero no se adaptó. Su hijo, por el contrario, no quiso migrar en ese momento, pues decidió continuar su carrera universitaria. Se decidió por Brasil pues un grupo de colegas vivía en ese territorio y creyó que podrían ayudarle. “Cuando yo llegué aquí, la historia que me contaron mis amigos, un médico y tres enfermeros, no era verdad”, dijo Fajardo.

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Ellos trabajaban “matando tigritos” y en “lo que saliera”, no siempre en labores del área de la salud. Vivían en un depósito que, con las constantes lluvias, hacían que se mojara todo el lugar: tenían que pasar la noche sentados, y al otro día, les tocaba secar los colchones con planchas. “Esto no es lo que yo quiero”, se dijo a sí misma Damelys. Posteriormente se planteó estudiar y buscó revalidar su título como enfermera.

Llegó a Brasil con unos pocos reales, la moneda en curso en ese país, y se puso a vender café, sin saber hablar portugués. Posteriormente trabajó como cuidadora del niño de la dueña del sitio donde dormía. Comenzó a aprender el idioma y luego se mudó a un refugio para migrantes. Buscaba ayuda para poder surgir. Su familia en Venezuela sobrellevaba la situación trabajando, por lo que ella aprovechó a empezar a estudiar.

Cuando llegas, sientes un vacío, por lo menos en mi caso. Te sientes abandonada, sola, con un ‘telefonito’, sin Internet. La única manera de comunicarse era por WhatsApp. En el fondo, te vas poniendo una coraza para no lastimarte. Cuando ves que tu familia publica donde están tus más cercanos, esa foto te lastima. Dices: ¡Caramba! Y yo estoy aquí sola, pasando ‘roncha’. Esas cosas duelen y tú terminas alejándote, aunque en un principio yo resistía”, confiesa.

“Para mí, la mayor lección, si volviera a pasar por esto -migrar-, es no venirme sola”

Pudo ver a sus papás hace poco menos de tres años cuando visitó Venezuela y no se comunica con ellos desde agosto de 2021, pues viven incomunicados en un pueblo en Monagas. Damelys Fajardo expresa que ella llegó al punto en el que decidió alejarse, pues al conmemorarse el Día de las Madres, el cumpleaños de su hijo o su exesposo y Navidad solo lloraba.

El primer 24 de diciembre en Brasil lo pasó sola. El poco dinero que ganó, lo envió a su familia en su país. Comenta que la relación con su hijo tiene sus altos y bajos, pues normalmente no coinciden porque ella trabaja prácticamente todos los días y se desocupa tarde en la noche. “En los otros países no son tan iguales como nosotros. En los trabajos no suelen permitir entrar con teléfono. En hospitales tengo que dejar el teléfono en un casillero”, explica, por lo que puede ver un mensaje hasta diez horas después.

De lo que más se arrepiente es haber dejado a su familia atrás y haber migrado sola. Si tuviera la oportunidad de volverlo hacer, lo haría con su hijo, revela. Actualmente trabaja en una empresa tercerizada, y sus labores son principalmente cuidar pacientes. Su mayor logro, desde que llegó, fue gerenciar una empresa, pero tuvo que dejar el cargo para poder estudiar. Trabajó, ahorró y con el dinero pudo visitar Venezuela luego y comprar los enseres del apartamento donde vive actualmente.

Ha podido enviar remesas a su familia, pero el dinero termina siendo insuficiente ante el alto costo de la vida en Venezuela. Considera que las personas en Brasil, un país son más de 300.000 migrantes venezolanos, son muy “abiertas y prestativas”, por lo que no ha sido víctima de xenofobia. Ha podido “darse gustos” y comer bien, pero la electricidad y el transporte son costosos. Considera que está mejor que cuando se fue de Venezuela. “Pero todo es relativo, el tema de la familia, la gente que se va alejando, el divorcio”, dice Fajardo. Ella está consciente que tiene “un vacío” en su corazón.

Para mí, la mayor lección, si volviera a pasar por esto -migrar-, es no venirme sola. Vendría con mi muchacho. Para mí, Moisés es el mejor hijo que Dios me pudo dar. Yo sé que me estoy perdiendo las cosas buenas de él y sé que ese tiempo no va a regresar. El mundo nos irá llevando por caminos diferentes. Pero no por eso dejo de ser su madre ni dejo de amarlo”, confiesa la enfermera.

Aún vive sola y recuerda con tristeza lo que ha vivido. Gran parte de su tiempo lo vive en sus sitios de trabajo o la universidad. A veces le toca trabajar los fines de semana. “Es muy difícil. Al final la gente se va distanciando”, expresa Fajardo. Ahora está haciendo una reválida en enfermería. De momento no planea irse de Brasil, pero sí mudarse a otro estado más frío. Lo que tiene claro es que no piensa regresar a Venezuela, por lo menos no en un futuro cercano.

Migrar unidos a Colombia

Nancy Velazco también es una madre migrante venezolana. A diferencia de Damelys Fajardo, ella sí desea regresar a su país. Tiene 60 años de edad, es oriunda de Punto Fijo (Falcón) y tiene dos hijos de 38 y 34 años de edad. Está radicada actualmente en Medellín desde hace cuatro años. Tuvo la suerte de mudarse junto a sus hijos.

A los seis meses de estar en Colombia, el país con más venezolanos en el mundo (1,84 millones), su hijo recibió una oportunidad de trabajar en Estados Unidos, donde ahora es chofer en una empresa de envíos. Su hija es administradora de un restaurante. “Migré para buscar una mejor calidad de vida y para ayudar a mi familia. Es un proceso difícil, ya que tuve que dejar a mis familiares y aún no me acostumbro a vivir sin ellos, sin mi casa, sin mis vecinos. Salir de tu país solo con la ropa no es fácil”, narra Velazco.

En el país fronterizo con Venezuela se dedica a ser ama de casa y a cuidar a sus nietos. Velazco dice que la migración y la separación de su familia ha impactado en su rol de madre, pues aún no sabe cuándo vea a su hijo.

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Recuerda que el momento más crítico para su familia en Venezuela fue durante el año 2018. Llegó a pasar hasta dos días en una cola para comprar algunos productos y alimentos. Fue entonces cuando tomó la decisión de irse. “El viaje hacia Colombia fue fuerte porque lo hicimos por carretera. No teníamos los recursos para viajar por avión. Eso me demostró que una madre es capaz de atravesar fronteras para estar con sus hijos”, indica. Primero se fue su hijo y luego ella con su hija.

Nancy no ha sufrido de discriminación por ser venezolana y dice que los momentos difíciles disminuyeron cuando se reunieron los tres. Lo complicado para ella fue adaptarse a otro país. “La mayor lección que me ha dejado todo esto -migrar- es nunca creer en el socialismo. Quiero un mejor futuro en mi hogar, con mi familia. Acá en Colombia se tiene calidad de vida, por la que hay que trabajar muy duro. Migrar no es fácil”, sentencia.

Reencontrarse en Chile

Al igual que Velazco, Evannys Peña también es oriunda de Punto Fijo. Tiene 40 años de edad y es técnico superior universitario en Seguridad Industrial. Tiene un hijo de 9 años de edad, quien está en cuarto grado de educación primaria. Ambos viven en Teodoro Schmidt, en Temuco, al sur de Chile. “Es muy bonito, muy tranquilo”, dice.

Migré en 2019 porque en ese año la situación estaba un poco complicada en cuanto a medicamentos y trabajo; todo venía desmejorando. Tomé la decisión de venirme -a Chile- para darle una mejor estabilidad y futuro a mi hijo. Lo tuve que dejar cuando tenía 4 años de edad. Me costó, se me complicó muchísimo traerlo luego. Tras cinco años lejos de él, logré traerlo y ahora está conmigo”, señala Peña.

Inicialmente se radicó en Ecuador, donde estuvo dos años, luego fue a Chile porque en ese país “la situación no estaba muy buena” debido a que no conseguía trabajo. Ambos países concentran casi 1 millón de venezolanos. Le comentaron que había mayores oportunidades laborales en el país donde vive ahora y se arriesgó. En total, ya tiene cinco años viviendo fuera de Venezuela. “Me costó muchísimo cuando llegué -a Chile-. Trabajé en una panadería, trabajé en la siembra de papas, en un taller donde fabrican máquinas para la agricultura”, explica.

No consiguió oportunidades laborales en la zona donde llegó. Así estuvo casi tres años hasta llegar al empleo que tiene en la actualidad, que es “mucho mejor” que los anteriores. Trabaja en una minera en Iquique 14 días corridos, para luego descansar 14 días. “Es un poquito mejor el trabajo y me brinda un poco más de estabilidad”, confiesa Evannys.

Ella llegó a Chile antes de que entrara en vigencia la imposición de visas a migrantes venezolanos. Ahora está buscando la manera de legalizar a su hijo. Evannys Peña piensa que los venezolanos deben “tener una mentalidad diferente” a la que tenían en su país. “Si uno sale a otro país a buscar calidad de vida y un mejor futuro, uno tiene que venir a trabajar y ‘guerrear’, a ‘echarle pichón’, porque no es fácil trabajar todos los días sin descansar para obtener lo que uno quiere”, subraya.

Al igual que Ivette Báez, consideran que hay venezolanos fuera del país que dañan la imagen de otros criollos. Durante su tiempo como migrante, está consciente que perdió parte de la niñez de su hijo. “Perdí cinco años de estar con mi hijo, de crecimiento, de llevarlo a la escuela, de compartir con él, con mi familia. En algunos momentos pensé en regresarme, pero luego recordaba que si lo hacía no iba a tener la calidad de vida que tengo aquí”, dice.

No obstante, desde hace seis meses corrió con la suerte de volver a ver a su familia. Sus papás le llevaron a su hijo, quien ha sido bien recibido en el colegio, pues “es buen estudiante y lo han felicitado”. Definió como complicado el tiempo que estuvo sin sus seres queridos. Confiesa que las personas con las que se ha topado en el camino han sido amables y atentas.

“Quizás en un futuro sí decida regresarme a Venezuela”

“No sé si Venezuela en algún tiempo esté un poco mejor y pueda regresar, la verdad ya estoy más radicada acá. Quizás en un futuro sí decida regresarme a Venezuela. Gracias a Dios todo ha ido fluyendo para mejoría”, dice aliviada. Los destinos de ella, Nancy, Damelys, Ivette y Mónica no están definidos del todo a pesar de sus intentos en darle forma a sus vidas en nuevos contextos.

El mayor deseo de las madres venezolanas a los países de la región son el poder brindar mayores facilidades a los migrantes que salen del país. “Los países de la región deben ser un poco más flexibles y deben tener más apertura, sin trabas”, dice Mónica Soto. “Sé humilde y da lo máximo y nunca dejes de mejorar, no te estanques”, aconseja a los venezolanos en el mundo la ingeniera Ivette Báez. La validación de los títulos académicos “sin tantos problemas” también es otra mejora por la que apuesta Damelys Fajardo.

Al cierre de 2022 se prevé que la cifra de migrantes venezolanos aumente a 7 millones, según estiman organismos internacionales, los cuales también recomiendan proteger a este grupo vulnerable y no poner trabas en la regularización de su estatus migratorio

A pesar de los inconvenientes que se le presenten a los migrantes venezolanos, estos buscan a través de las herramientas tecnológicas no desconectarse de quienes aman. Aunque para algunos pudiera ser poco, estar presentes con un “te amo mamá, todo este esfuerzo valdrá la pena”, pudiera llenar de alivio los corazones de estas madres migrantes que continúan ahora sus vidas con la esperanza de poder hallar estabilidad y un futuro mejor para ellas y sus hijos.

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