La tarde en que Buenos Aires dejó de ser ajena

Una tarde de otoño, una bicicleta, un bar de barrio y una canción desconocida terminaron convirtiéndose en el momento en que la provincia bonaerense comenzó a sentirse menos distante
José Gregorio Silva
José Gregorio Silva - Coordinador de edición
11 Min de lectura

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El aroma de los pinos y cipreses parecía traer consigo a los árboles mismos, todavía lejanos, como si el olor pudiera adelantar el paisaje. Iba pedaleando desde Morón hacia Castelar. El aire frío del otoño refrescaba en mi rostro los vestigios del verano, mientras las ruedas de mi bicicleta transmitían cada desnivel del asfalto. No sabía exactamente hacia dónde iba. Solo quería alejarme un poco del ruido.

Ya había recorrido la parte más conocida de Buenos Aires desde mi llegada a Argentina, visitado amigas y amigos. Como casi todos los que aterrizan por primera vez en la ciudad, fui primero a los lugares inevitables: el Obelisco, Puerto Madero, la 9 de Julio, viajé en el Subte y entré a los cafés antiguos del centro. La Ciudad Autónoma me había impresionado. Era enorme, viva, inagotable. Pero todavía sentía que me faltaba encontrar algo más íntimo hacia la provincia, un lugar menos pensado para ser visto y más para ser habitado.

La tarde en que Buenos Aires dejó de ser ajena
Postales de la Ciudad de Buenos Aires: la estación Constitución, la avenida 9 de Julio y Puerto Madero / Foto: José Gregorio Silva

Ese domingo las temperaturas finalmente habían descendido después de mi primer verano en el país. Ya instalado en Morón desde hacía algunos meses e impresionado por lo cuadriculado de las calles, las ochavas en las esquinas y el tímido temor que todavía me producía cruzar las vías del tren Sarmiento, decidí salir a pedalear sin rumbo fijo, como lo hacía de niño cuando quería descubrir algo nuevo sin saber exactamente qué estaba buscando.

Mientras más avanzaba por Castelar, más silenciosa parecía la tarde. Los colectivos aparecían y desaparecían por la larga calle, de más de dos kilómetros, como animales cansados que sabían de memoria su camino. Detrás de las ventanas comenzaban a encenderse las luces que hacían que las casas parecieran despiertas. Algunas estaban rodeadas de plantas; otras tenían jardines pequeños y tranquilos, y por momentos sentía que cada una guardaba una historia distinta.

Me sorprendió la calma y lo hermoso del lugar.

La tarde en que Buenos Aires dejó de ser ajena
Galería de imágenes de calles y avenidas de Castelar, en la provincia de Buenos Aires | Foto: José Gregorio Silva

Algunas calles tenían grietas y hojas mojadas, por lo que más de una vez tuve que disminuir la velocidad para no caerme de la bicicleta. Había chalets antiguos, como heredados de una generación anterior, mezclados con casas modernas y minimalistas, que daban la impresión de haber sido construidas hace poco. Aún así nada desentonaba.

En ese momento me di cuenta de que hacía mucho tiempo que no recorría una calle sin sentirme alerta.

En Caracas me había acostumbrado demasiado a calcular horarios, medir distancias y permanecer atento incluso cuando debía sentirme seguro. Quizás por eso me impresionó tanto la sensación de pedalear sin apuros mientras el cielo comenzaba a oxidarse lentamente sobre los árboles. Pero junto con esa tranquilidad apareció también una nostalgia difícil de explicar.

No era exactamente tristeza. Era más bien la sensación de estar lejos de algo que todavía no lograba descifrar del todo. Como si el silencio de esas calles hubiera dejado espacio para escuchar pensamientos que durante meses habían permanecido dormidos por el movimiento constante de llegar, adaptarme y sobrevivir a una ciudad nueva.

Solo después entendí que buena parte de aquella nostalgia tenía que ver con el país que había dejado atrás. Con las calles, las voces y las costumbres que durante años habían formado parte de mi vida y que, entre trámites, mudanzas y nuevas rutinas, apenas me había permitido extrañar.

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A la izquierda, el Escudo de la República Bolivariana de Venezuela en las afueras de la Base Aérea de Morón y a la derecha una señalización de la calle Venezuela, en el partido de Ituzaingó, ambas imágenes en la provincia de Buenos Aires | Foto: José Gregorio Silva

No fui consciente de cuánto tiempo pasé entre soliloquios observando calles, casas y locales con gente amable. El cielo empezó a mezclarse entre tonos naranjas y lilas antes de oscurecer por completo. Seguí pedaleando hasta llegar a la avenida Santa Rosa, como queriendo seguir hacia Ituzaingó, pero luego me devolví a Morón por otra calle, dejándome llevar más por la curiosidad que por un destino concreto.

Posteriormente, y ya entrada la noche, me encontré con un bar abierto. O quizás fue él el que me encontró a mí. Tenía mesas de pool, luces cálidas y ese ruido cómodo de los lugares donde todo el mundo parece conocerse.

Pedí una cerveza de litro. Junto con la botella me trajeron un pequeño recipiente con maní.

Todavía me resultaba curioso ver cervezas tan grandes. En Venezuela no es común encontrar presentaciones de esa cantidad y durante años asocié compartir una birra con calcular cuánto dinero quedaba para otra ronda. Quizás por eso aquella botella sobre la mesa me producía una sensación extraña de amplitud, como si el tiempo alcanzara un poco más.

El lugar se llamaba Micaela Bar.

Desde una mesa cercana llegaban conversaciones cruzadas que, por momentos, se hacían ininteligibles entre las bolas de pool, las risas y la música, pero aun así transmitían algo familiar. Como cuando uno escucha voces desde otro cuarto y, aunque no entiende exactamente lo que dicen, encuentra cierta tranquilidad en que sigan allí.

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Dos fotos de Micaela Bar y a la derecha el club El Joker, ambos en Morón | Foto: José Gregorio Silva

Me quedé mirando alrededor: la barra llena de botellas, las luces reflejándose en los vasos, la gente inclinada sobre las mesas de pool y el humo del cigarro mezclándose con el olor de la cerveza.

De pronto, las teclas de un piano se abrieron paso entre el murmullo del bar trayendo consigo una canción que nunca había escuchado.

Había algo en esa voz gastada que me hizo levantar la cabeza inmediatamente. Dejé la cerveza sobre la mesa y me quedé escuchando la radio como si el tema hubiese estado esperándome desde antes de entrar al lugar.

“Nada es nuevo, todo escrito está”.

Después:

“…ahora todo es azul, las noches no son frías y no pasa el tiempo,

la gente es buena, las casas son iguales…”

Miré alrededor. Las conversaciones seguían mezclándose con el sonido de las bolas de pool, el humo suspendido sobre las mesas y las botellas alineadas detrás de la barra. Por primera vez en mucho tiempo no sentía apuro por irme a ningún lado.

Y entonces llegó otra frase:

“…caminarás sin caminos ni destinos…”

No sé exactamente por qué, pero sentí que la canción intentaba decirme algo. Como si hubiese encontrado palabras para una sensación que me había acompañado toda la tarde y cuyo origen apenas comenzaba a comprender.

Entonces, le pregunté al cantinero qué canción era. Él no lo sabía, pero al advertir algo de impaciencia en mi mirada volteó hacia otra mesa. Un señor con voz ronca respondió desde el fondo:

“Barrio Viejo”, de La 25.

Me quedé escuchando en silencio.

Creo que en ese momento entendí qué había salido a buscar aquella tarde sin saberlo. No era Castelar exactamente. Ni siquiera era la nostalgia. Era la sensación de volver a descubrir algo simple, el vértigo de perderse un poco, recorrer calles desconocidas y sentir que uno podía empezar a habitar otro lugar sin dejar de ser quien era.

Luego, con el tiempo, descubrí que aquella sensación no pertenecía a un local ni a un sitio concreto. Volví a experimentarla meses después en La Plata, la capital de la provincia de Buenos Aires. A diferencia de las agitadas calles de CABA, la ciudad parecía moverse a otro ritmo. Había menos ruido que en el centro porteño y, por momentos, incluso menos que en algunas zonas del conurbano. Las plazas aparecían una tras otra, conectadas por avenidas amplias y corredores verdes que invitaban a caminar sin apuro.

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Galería de imágenes en La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires | Foto: José Gregorio Silva

Fue entonces cuando entendí que lo que había sentido en Castelar no había sido un episodio aislado. La misma calma reapareció en otros rincones, como si la provincia me estuviera mostrando una forma distinta de habitarla. Y así, en un día que pudo haber sido cualquier tarde, sentí por primera vez que Buenos Aires empezaba a hacerme un lugar.

José Gregorio Silva
José Gregorio Silva - Coordinador de edición
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