Cuando el dolor no pregunta por la política

Roland Carreño
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Hay una rabia que comprendo. Un escepticismo hacia la dirigencia política venezolana que no nació de la nada. Es el resultado de 27 años de tropiezos, de derrotas, de errores, de promesas incumplidas, de sacrificios inmensos y de una lucha que ha exigido demasiado a un pueblo que solo ha querido vivir en libertad.

Sería absurdo ignorar ese sentimiento. Existe. Es legítimo. Y quienes hemos asumido responsabilidades partidistas tenemos el deber de escucharlo con humildad. Pero también es cierto que, en ocasiones, la indignación termina convirtiéndose en una venda. La rabia, cuando se transforma en odio o en prejuicio, impide reconocer la realidad que tenemos delante. Entonces dejamos de ver a las personas para quedarnos únicamente con las etiquetas.

Escribo estas líneas porque siento la obligación moral de dar testimonio. Muchos de los dirigentes políticos que hasta hace apenas unos días permanecíamos encarcelados, perseguidos o sometidos a toda clase de arbitrariedades, llevamos una semana recorriendo comunidades, cargando cajas de ayuda, distribuyendo insumos, abrazando a quienes lo han perdido todo, escuchando el dolor de las familias y tratando de llevar, en medio del terror y de la incertidumbre, un poco de esperanza.

No lo hacemos para buscar aplausos ni reconocimiento. Lo hacemos porque ese ha sido siempre el sentido de nuestra lucha: estar al lado de la gente cuando más nos necesita. Quisiera que quienes desconfían de nosotros pudieran acompañarnos durante una sola jornada y vieran cómo empieza el día antes de que salga el sol y cómo termina cuando el reloj ya anuncia la madrugada siguiente; los teléfonos que no dejan de sonar, las llamadas que llegan una detrás de otra: un anciano que necesita medicinas; una madre que perdió a su hijo; un barrio donde no ha llegado agua; un edificio que amenaza con desplomarse; una ambulancia que no aparece; una familia que solo pide una colchoneta para dormir sobre algo distinto al cemento.

Quisiera que vieran también las ojeras de quienes llevan seis o siete noches durmiendo apenas un par de horas, el café frío olvidado sobre una mesa, los mapas improvisados, las listas escritas a mano, los mensajes que llegan de la diáspora preguntando dónde donar, qué comprar, cómo enviar ayuda, y a hombres y mujeres corriendo de un lado a otro sin preguntar primero por la militancia política del que sufre. Porque el dolor no tiene partido. El hambre tampoco. Ni los escombros distinguen entre chavistas, opositores o independientes.

En estos días hemos aprendido que la solidaridad tiene un lenguaje propio. Mientras equipos venezolanos y rescatistas internacionales continúan removiendo toneladas de concreto con la esperanza de encontrar sobrevivientes, miles de voluntarios organizan alimentos, medicamentos, refugios temporales y apoyo psicológico para quienes lo perdieron todo. Organismos humanitarios han movilizado toneladas de ayuda y centenares de especialistas continúan llegando para sostener una emergencia que todavía está lejos de terminar.

Y en medio de esa inmensa operación humanitaria también estamos nosotros. Los mismos que hace poco conocíamos el sonido de los cerrojos de una celda. Los mismos que salimos de prisión con el cuerpo marcado por el encierro y el alma convencida de que Venezuela merece algo mejor que el odio permanente.

Nadie nos preguntó si estábamos cansados. Nadie nos dio tiempo para recuperarnos. Simplemente había gente sufriendo. Y cuando un niño tiene hambre, cuando una madre llora sobre los restos de su casa, cuando un anciano necesita ser evacuado o cuando una familia pasa la noche bajo una lona
esperando noticias de un ser querido, la política deja de ser un discurso para convertirse en
servicio
. Eso es lo que hemos intentado hacer. No siempre con éxito, con recursos suficientes o a tiempo, pero siempre presentes.

Quizá algunos jamás cambien la imagen que tienen de quienes hacemos política. Es su derecho. Lo único que pido es que el juicio no se haga desde el prejuicio sino desde los hechos. Porque también existe otra política. La que carga cajas hasta que duelen los hombros. La que pasa noches enteras sin dormir coordinando donaciones. La que abraza a desconocidos. La que escucha el llanto sin tener respuestas. La que vuelve a salir al amanecer, aunque el cuerpo ya no resista.

Venezuela no saldrá adelante únicamente por sus políticos. Ni únicamente por sus empresarios. Ni únicamente por sus iglesias. Ni únicamente por sus organizaciones sociales. Saldrá adelante porque, una vez más, los venezolanos estamos demostrando que somos capaces de levantarnos incluso cuando la tierra misma decidió abrirse bajo nuestros pies.

Y mientras exista una sola persona removiendo escombros con sus manos, una enfermera curando heridas, un voluntario repartiendo alimentos, un sacerdote consolando a una familia, un joven cargando agua o un dirigente político dejando de lado cualquier cálculo para servir, habrá razones para creer que este país todavía tiene futuro.

Porque, al final, la verdadera grandeza de una nación no se mide cuando todo marcha bien. Se mide cuando el dolor la pone de rodillas. Y aun así, decide levantarse. A quienes, desde la comodidad de una pantalla, juzgan, descalifican o condenan sin conocer lo que ocurre en el terreno, quisiera pedirles una sola cosa: hagan una pausa. Detengan por un momento el vértigo de las redes sociales. Silencien el teclado. Suspendan, aunque sea por un instante, el impulso de convertir cada tragedia en un motivo para insultar o dividir.

Vengan a caminar entre el polvo. Escuchen el llanto de una madre. Abracen a un niño que pregunta por su casa. Ayuden a levantar una caja, a cargar una camilla, a repartir un plato de comida, a sostener la mano de quien acaba de perderlo todo. Tal vez entonces descubramos que Venezuela necesita
menos jueces y más servidores
; menos sentencias escritas desde un teléfono y más manos tendidas sobre los escombros. Y quizá comprendamos, por fin, que en la hora más oscura de una nación no hay victoria más grande que dejar de preguntarnos quién tiene la razón y empezar, simplemente, a ayudar.

Roland Carreño
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