El doble terremoto que sufrió Venezuela el 24 de junio dejó una estela de destrucción que, de acuerdo con cifras oficiales del gobierno encargado de Delcy Rodríguez, ha dejado más de 2.900 fallecidos. También más de 885 edificios afectados, muchos de ellos con colapso total, y alrededor de 15 mil damnificados. Una situación que ha creado toda una emergencia humanitaria para su atención en campamentos y refugios dispuestos en varias ciudades del país.
Aunque las imágenes de la destrucción se concentraron principalmente en La Guaira y Caracas, los sismos dejaron graves afectaciones en siete estados del norte del país. En Miranda, más allá de las muertes y edificios colapsados en el municipio Chacao, también se registraron severos daños en otras ciudades como el eje Guarenas-Guatire, donde se reportaron daños en centros comerciales como el centro comercial Castillejo (municipio Zamora), cuya estructura resultó seriamente comprometida.
En el municipio Ambrosio Plaza, donde se ubica Guarenas, las autoridades no reportaron fallecidos, aunque sí unos 100 heridos y decenas de edificios dañados. La zona más afectada fue la urbanización Oropeza Castillo, donde dos bloques residenciales colapsaron parcialmente, uno el mismo 24 de junio y el otro días después, el 1° de julio. Y al menos cinco más fueron desalojados preventivamente debido a las averías presentadas en su estructura.
El equipo de El Diario realizó un recorrido por las zonas de Oropeza Castillo, Trapichito y Terrazas del Este, donde constató el estado de las viviendas destruidas y la situación de sus vecinos, quienes duermen en carpas en sus estacionamientos, con la incertidumbre de si podrán volver a habitarlas pronto.
El milagro de bloque 8
La primera estructura en colapsar en Oropeza Castillo fue el bloque 8. El momento quedó registrado en redes sociales, mostrando cómo una de las puntas del edificio de tres pisos se derrumbó mientras intentaban escapar. Vecinos relataron a El Diario que ese día había llegado el agua al sector, por lo que el tanque de agua del techo estaba en su máxima capacidad. Al momento del sismo, colapsó aplastando todos los apartamentos debajo suyo.
Relatan que de los cuatro departamentos colapsados, tres estaban habitados. Los ocupantes de los pisos 3 y 1 lograron salir a tiempo, pero una pareja de adultos mayores de la planta baja no logró abrir la puerta, por lo que quedó atrapada bajo los escombros. Por suerte, la pared de la puerta sostuvo el impacto y formó con el techo un espacio triangular justo donde estaban parados, por lo que fueron rescatados apenas con unos cortes provocados por los escombros. “Fue un verdadero milagro”, señaló el vecino.
Tanto ese edificio como el bloque 7 fueron declarados inhabitables. De las 167 personas que vivían allí, la mayoría se fue a casas de familiares o al refugio habilitado en Ambrosio Plaza, ubicado en el sector Los Naranjos. Durante los primeros días, señala que recibieron donaciones de vecinos y voluntarios para poder instalarse en la cancha de baloncesto, justo al lado del estacionamiento.
No fue hasta días después, tras publicar un video quejándose por la falta de respuesta de las autoridades porque aún no se habían presentado en el sitio, que la Alcaldía les envió un toldo y un tanque cilíndrico que recargan con agua potable. Allí todavía sigue, una semana después, entre unas 50 y 60 personas, entre ellas dos bebés menores de 7 meses de edad. A pesar del panorama, por el momento se niegan a ser reubicados en un refugio, ya que temen que sus apartamentos puedan ser saqueados en su ausencia. Señalan que ya lograron frustrar un par de intentos, a pesar del despliegue policial que se ve a lo largo de la avenida principal.
Edificios en rojo
En la sala del apartamento de Ítalo Martínez todavía quedan globos y decorados de la fiesta de su hija menor, que había cumplido 4 años de edad semanas antes del terremoto. Algunos juguetes también se cuelan entre los escombros de lo que antes era un cuarto, y en el que una pared cayó aplastando una cama en la que afortunadamente no había nadie. Ubicado en la planta baja del bloque 7, en ese cuarto quedó un agujero hacia el patio del edificio, por el que su familia pudo escapar durante el terremoto.
Martínez, mecánico de profesión, afirma que pudo sentir con claridad la diferencia entre ambos terremotos. Primero sintió uno de intensidad mediana que los alertó, aunque no pudieron salir porque la puerta se había descuadrado. Tras unos segundos de pausa, sintió el segundo de mayor intensidad y el colapso de sus paredes. Apenas había comprado ese apartamento cuatro años antes, en 2022, tras vivir por mucho tiempo alquilado. “No lo disfrutamos nada. Pero lo importante es que estamos todos vivos y siempre se puede empezar de cero”, dijo.
Al igual que en el bloque 8, el tanque de agua se desprendió de su base, solo que el impacto no provocó el colapso de la estructura. A un costado, se ve una parte del tanque sobresaliendo peligrosamente del techo, así como las grietas que dejó en las columnas, justo en la casa de Ítalo. Todos los apartamentos de la planta baja resultaron igual de afectados.
Los ingenieros marcaron esa ala del bloque 7 y la derrumbada del bloque 8 con la etiqueta roja del «sistema semáforo» implementado por el gobierno encargado para determinar la gravedad de los daños sufridos por los edificios tras el terremoto en el país. El verde significa que los ingenieros consideran que pueden ser ocupados de inmediato, mientras que el rojo, lo contrario: no son habitables por su alto riesgo. Las otras alas de ambos bloques fueron marcadas con el color amarillo: necesitan reparaciones y estudios.
En riesgo
Otro edificio declarado en rojo fue el bloque 9 de Oropeza Castillo. La infraestructura ya había resultado gravemente dañada durante el terremoto, por lo que Protección Civil ordenó su desalojo. La tarde del 1° de julio, los vecinos que aún quedaban acampando en su estacionamiento vieron cómo una de sus alas acabó de colapsar, de la misma forma que había ocurrido con el bloque 8.
Para el 3 de julio, todos los residentes de ese campamento ya habían sido llevados al refugio en el preescolar de Los Naranjos. No obstante, un grupo de ellos se encontraba allí esperando la visita del gobernador de Miranda, Elio Serrano, quien llegó acompañado del alcalde Antonio Galíndez y toda una comitiva de ingenieros para evaluar la situación.
En el lugar, Serrano aseguró que en este momento avanzan las inspecciones de la Comisión Presidencial para la Habitabilidad de Infraestructuras, que tendrá el veredicto final sobre los edificios afectados. Señaló que los marcados como “amarillos” serán recuperados a través de comisiones de la Misión Barrio Tricolor y la empresa estatal Juntos Todo es Posible. Para aquellos en “rojo”, el gobernador enfatizó reiteradas veces en el carácter “provisional” de los refugios a los que fueron reubicados sus habitantes, prometiendo, “en todo tiempo”, una respuesta por parte del gobierno para la asignación de nuevas viviendas.
“Yo a ese no le creo nada”, comentó una vecina, lejos de la multitud donde estaba el gobernador. “Fíjate que el alcalde también nos había dicho que no había daño estructural en el bloque 9 y mira”, agregó. También indicó que si bien el bloque 10, justo al lado, había sido evacuado por seguridad, el bloque 12 sigue habitado por ser “verde”, a pesar de estar justo debajo de los restos del bloque 9, separados por una ladera. “Si ese edificio colapsa, los escombros van a rodar por ese barranco y caer en los apartamentos de los pisos bajos”, alertó.
Justo por el bloque 10 se alzaba una enorme grúa para retirar el tanque de agua de su techo. El gobernador explicó que hasta el momento se han removido 17 tanques de los edificios más debilitados, debido a que aportaban un sobrepeso de unas 60 toneladas y suponían un riesgo. No obstante, aclaró que el servicio de agua por bombeo estará garantizado para toda la zona.
Bloques expuestos
Más abajo, en el sector Trapichito, las grietas y paredes caídas se pueden ver con apenas entrar a la urbanización. Sin embargo, la realidad golpea aún más fuerte al pasar por el conjunto de los bloques 17 y 18, los más afectados por el terremoto. Más de 64 familias viven en un campamento instalado en el estacionamiento, prácticamente damnificadas. Sus edificios quedaron marcados con el color rojo del semáforo, a la espera de que un equipo de patólogos estructurales determine la gravedad de los daños y cómo proceder.
El paisaje al adentrarse en la plaza que conecta ambos edificios es desolador. Apartamentos completamente expuestos por el colapso de sus paredes externas muestran los cuartos que alguna vez habitaron las personas abajo. En los pasillos se aprecian grietas profundas, y quedaron separados de sus escaleras por una zanja de más de 15 centímetros. En las montañas de escombros que los vecinos aún recogen se pueden notar trozos de cerámicas y de madera de algunos muebles.
Algunos vecinos habían comenzado ya a demoler los pedazos de pared que habían quedado colgando de los pisos, aunque los ingenieros aconsejaron no hacerlo por el riesgo de la estructura. Una líder comunitaria expresó a El Diario su consternación por lo ocurrido. Indicó que su familia ha vivido en ese edificio desde su fundación en la década de los setenta, y jamás habían mostrado ningún tipo de falla. Manifestó su incertidumbre por no saber aún si podrán volver a habitar sus apartamentos o deberán ser reubicados. “Si nos van a mudar, ojalá sea dentro del mismo municipio, porque somos una comunidad bastante unida”, cuenta.
Solidaridad
Las familias de los bloques 17 y 18 duermen en carpas donadas por la Alcaldía, bajo la constante vigilancia de varios funcionarios policiales que se instalaron en la entrada. Ningún vecino resultó herido de gravedad en el terremoto, aunque varios habían quedado atrapados al deformarse los marcos de las rejas de sus pasillos. Los niños juegan pelota, mientras las niñas caminan acompañadas de sus madres.
La líder comunitaria señala que esperan en las próximas horas ser reubicados a un espacio cerca de la Contraloría Municipal, en el mismo sector, donde antes operaba el diario La Voz. Señala que en las últimas noches las familias sufrieron debido a las intensas lluvias, mientras que otros aún siguen asustados por las réplicas. “Allá vamos a estar más seguros mientras esperamos a los ingenieros”, asegura.
De igual forma, resalta que en el campamento todas sus necesidades se encuentran cubiertas, no solo por la Alcaldía, que diariamente les lleva agua potable y comida, sino también por voluntarios y organizaciones que les han llevado donativos, les han brindado asistencia social e incluso han llevado animadores para entretener a los niños.
También ha destacado la solidaridad de los vecinos de los otros bloques de Trapichito, quienes les han prestado sus casas para asearse o cocinar. “Los vecinos se han portado súper bien, de verdad que todo el mundo ha sido muy solidario con nosotros y esta situación ha sacado lo mejor del venezolano”, resalta.
Ruido ensordecedor
Rosa Zambrano se disponía a bañarse cuando ocurrió el terremoto. Sentada en su cama, su reacción fue sostenerse del marco de la puerta de su habitación mientras todo a su alrededor colapsaba. Escuchó estallar los vidrios de su ventana y sintió cómo las paredes a su alrededor se venían abajo. Sin embargo, en entrevista con El Diario, asegura que no se dio cuenta de la magnitud de los daños en ese momento, pues al pasar el temblor su atención se focalizó en correr hacia la calle.
La vecina cuenta que los vecinos debieron ayudarla a salir de su apartamento, pues la puerta se había descuadrado y no podía abrir. Al pasar el susto y regresar, pudo detallar cómo había quedado su casa. Casi todas las paredes internas se habían derrumbado, con excepción de los muros de carga que aún mantenían la estructura del apartamento. Por un boquete abierto en su cocina los vecinos habían entrado para auxiliarla.
“Yo le pedía a Dios que parara. Fue horrible”, relata conmovida. “El ruido era ensordecedor, de todos lados. Esto rugía, no solo el apartamento, sino todo”. Ahora tiene todas sus cosas apiladas en la sala, como si estuviera en una mudanza. Asegura que vive sola, pero no desea ser reubicada en otro lugar. Solo espera que las autoridades le den la certeza de que podrá volver a su casa.
Rosa vive en la planta baja del edificio 100-1, en la parcela 100 de la urbanización Terrazas del Este. Los cuatro apartamentos de la planta baja resultaron severamente dañados durante el terremoto, al igual que los del edificio 100-3, a unos metros. A pesar de que los otros tres pisos superiores no sufrieron ninguna afectación, ahora todos los vecinos duermen en el estacionamiento, pues temen que las bases del edificio hayan quedado comprometidas.
Como los afectados de otras zonas, se resguardan en carpas donadas por voluntarios que se acercaron a la zona para darles los insumos que necesitaban. “Fueron personas de las que ni siquiera sabemos sus nombres, pero con quienes estamos eternamente agradecidos”, apunta una vecina sentada bajo un toldo. Con excepción de los apartamentos de planta baja, donde se cerró el gas por seguridad, ambos edificios aún disponen de todos los servicios, por lo que vuelven a sus casas para tareas como cocinar o usar el baño. Sin embargo, el resto del día permanecen en el estacionamiento.
Exigen inspección
La situación de la parcela 100 también se repite en otros puntos del conjunto residencial, como la parcela 105, donde algunos edificios presentan grietas en sus muros o paredes caídas. Todos los apartamentos de la planta baja de los edificios 100-1 y 100-3 presentan exactamente el mismo daño, con el colapso de las paredes que dividían las habitaciones. Sin embargo, los muros de carga, que tienen función estructural, parecen haber resistido bien el desastre.
Los vecinos señalan que los días siguientes, algunos grupos de arquitectos e ingenieros voluntarios revisaron el edificio y fueron optimistas con su estado. No obstante, enfatizaron que se requiere una inspección más profunda por parte de los patólogos estructurales y geólogos (si ese era el término que se quería emplear) para determinar si realmente es seguro volver a habitarlos. Aunque las juntas de condominio han tratado de contactar a la Alcaldía, todavía no han acudido siquiera para saber en qué color del semáforo estarían los edificios afectados.
Aunque realmente son ocho apartamentos los afectados en la parcela 100, ninguna de las 32 familias que viven en sus edificios planea volver hasta confirmar que sea seguro. Tampoco desean ir a los refugios habilitados para damnificados, pues su única exigencia a las autoridades simplemente es que vengan los especialistas para hacer los estudios correspondientes. “De verdad que da miedo meterse, a mí me da miedo meterme aquí de noche a dormir, hasta que no tenga la garantía de alguien que me diga ‘sí puedes estar tranquila’. A mí Protección Civil me dijo que pusiera la colchoneta cerca de la puerta y duerma con la puerta abierta. Pero bueno, será más adelante”, dijo Rosa.