Señor Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional:
Usted dijo que “no tenemos cabeza” para organizar elecciones. Permítame decirle, con el respeto que no me ha enseñado a tenerle, que el problema no es ese. El problema es que usted y su gobierno o, mejor dicho, desgobierno, no tienen cabeza para gobernar una crisis.
Hoy, el estado Vargas —que algunos insisten en llamar La Guaira, que realmente es nuestra capital— está partido en dos. No es una metáfora. La mitad de mi estado ha desaparecido bajo escombros, lodo y silencio. Los edificios de más de 15 pisos se partieron como si fueran de cartón. Hay más de 3.000 muertos, según usted —números extraoficiales hablan de más de 30.000—, miles de heridos y decenas de miles de desaparecidos. Y mientras nosotros removemos piedras con las manos peladas, ustedes están sentados en Caracas pidiéndole oro al rey de Inglaterra.
¿Oro al rey? ¿En serio? Mis vecinos y amigos, que perdieron su casa en el deslave de 1999 y ahora han perdido lo poco que habían reconstruido, no necesitan que un monarca británico les devuelva lingotes. Necesitan que el gobierno —ESTADO— de NUESTRO país ponga maquinaria para remover escombros, sin cobrarles por el rescate. Necesitan un plan de acción, no un discurso. Necesitan que alguien regule, que alguien coordine, que alguien esté aquí, en el barro, no en una rueda de prensa. Necesitamos autoridades morales en Vargas con la gente.
Ustedes prometen casas en dos meses —para cuando comience el año escolar—. Pero yo le pregunto, señor Rodríguez: ¿dónde están las casas que prometieron hace 27 años? El campo de golf de Caraballeda, ese que ustedes ahora llaman “puesto de la guardia o como dijo el comandante: PATRIOTAS”, fue refugio en el 99, es refugio hoy y seguirá siendo refugio dentro de dos meses, al igual que las escuelas y campos deportivos, porque nadie construye nada en este país. No hay vivienda, no hay plan, no hay futuro. Sólo bonos que no alcanzan ni para un café y migajas que llaman “ayuda” mientras los ciudadanos de bien seguimos esperando.
Usted dice que no hay cabeza para política. Pero la política es lo único que sabe hacer. Lo que no hay es cabeza para la gente. Lo que no hay es corazón para el dolor ajeno. Lo que no hay es vergüenza para pedirle a un rey lo que ustedes mismos nos robaron.
Vaya al campo de golf de Caraballeda. No de visita oficial, no con cámaras. Vaya y vea las carpas, vea a los niños sin escuela, vea a los viejos durmiendo en el suelo que antes fue césped de ricos, vea a los maestros sin trabajo y a las enfermeras sin hogar que aún así dan lo mejor de sí para ayudar. Ahí no hay un puesto de la guardia. Ahí hay un campo de refugiados, y son suyos, son de su gobierno, son de su indiferencia.
Mi abuelo, que llegó por La Guaira a este país; mi padre y mi madre, que dieron la vida por la educación de mi generación y la que viene; y mi tía, que fue compañera de estudio SUYA en el postgrado de Psiquiatría en la gloriosa casa que vence las sombras, me enseñaron que la dignidad no se mendiga. Que el orgullo de ser hijos de Venezuela y, en mi caso, de Vargas, tierra que me adoptó en el peor momento de mi vida, no se negocia. Y que ningún rey, ni ningún discurso, ni ninguna promesa de dos meses va a borrar lo que ustedes han hecho y lo que siguen sin hacer.
Nosotros, los hijos de Vargas, de Soublette, de Páez y de Bolívar, no pedimos oro. Pedimos que nos devuelvan la vida. Y eso, señor Rodríguez, no está en el Banco de Inglaterra. Así que, ya que habla tanto de cabeza —como buen psiquiatra—, siéntese con un mapa, con una calculadora y con el censo real de damnificados, y explíquenos con números, no con cuentos: ¿cómo piensan resarcirnos a todos los afectados y rescatar a los míos que aún siguen bajo los escombros de la indolencia?
Con la rabia de quien vio desaparecer su estado,
Un hijo de Vargas