David Meza ha pasado días enteros entre morgues, hospitales y espacios improvisados de atención buscando a su hijo. En cada lugar repite una rutina que ya conoce de memoria: pregunta por adolescentes no identificados, revisa registros, mira pertenencias y cuerpos y vuelve a empezar. El recorrido no le ha dado una pista definitiva sobre Víctor, pero tampoco le ha permitido abandonar la búsqueda.
“Yo no me puedo quedar tranquilo mientras no sepa dónde está”, explicó para El Diario. La frase resume el estado en el que vive desde los terremotos del 24 de junio: una mezcla de cansancio, urgencia y frustración ante una ausencia que todavía no tiene explicación.
Víctor Meza tiene 15 años de edad y fue diagnosticado con trastorno del espectro autista (TEA). Desapareció el 24 de junio de 2026, después de los terremotos que golpearon La Guaira y provocaron el colapso completo del ala A del edificio Costa Dorada, en Playa Grande, parroquia Catia La Mar. Meza relata que aquel día estaba solo en el apartamento familiar porque habían salido hacia la playa, a unos 10 minutos de distancia, mientras él decidió quedarse jugando PlayStation.
La familia había bajado desde San Martín, en Caracas, aprovechando el feriado nacional. La hermana de Víctor había llegado recientemente de España y el viaje a La Guaira formaba parte del reencuentro familiar, pero lo que debía ser un día para compartir se convirtió en el inicio de una búsqueda que, hasta ahora, no ha dado fruto.
Las primeras horas sin Víctor
Cuando la familia logró entrar al apartamento, encontró los zapatos de Víctor y el PlayStation con el que jugaba aquella tarde. Eran objetos que confirmaban que el adolescente había estado allí antes de los terremotos, pero no explicaban qué había ocurrido después. En medio de los daños del edificio y la confusión de las primeras horas, la ausencia de Víctor convirtió cada detalle en una pista que la familia intentaba ordenar.
David comenzó entonces a reconstruir los últimos momentos que conocían de su hijo. Sabía que Víctor se había quedado en casa mientras ellos iban a la playa, que sus pertenencias seguían dentro del apartamento y que, pese a la magnitud del colapso, no había una señal que indicara con certeza dónde estaba. Esa falta de respuestas abrió una posibilidad a la que se ha aferrado desde entonces: que su hijo hubiera conseguido salir del edificio.
Desde entonces, la familia ha dejado afiches en los hospitales a los que ha podido llegar y ha preguntado por personas ingresadas sin identificación. También han recorrido centros de atención y morgues intentando descartar posibilidades y encontrar cualquier información sobre su hijo.
“Yo estuve en el puerto para verificar que mi hijo no estuviera en ese lugar. Yo solo quiero que me digan algo concreto”, insistió.
Cada visita devuelve a David al mismo punto. Pregunta, espera, escucha y vuelve a salir sin una respuesta definitiva. En medio de una emergencia marcada por el caos y las dificultades de comunicación, la familia teme que alguna información sobre Víctor pueda haberse perdido durante las primeras horas.
La pista que sostiene la esperanza
Entre las pocas pistas que la familia ha recibido está el testimonio de una persona que estuvo cerca del lugar después del derrumbe y aseguró a David haber visto a un adolescente con características similares a las de Víctor. El joven estaba descalzo y, según la información que recibió la familia, llevaba ropa que coincide con la que el adolescente vestía aquel día.
El detalle de los pies descalzos adquirió importancia cuando los Meza pudieron entrar al apartamento y encontraron allí los zapatos del adolescente. El testimonio no demuestra que el joven visto fuera Víctor, pero para la familia abre una posibilidad distinta a la de que haya quedado atrapado en el edificio debido a que su familia sostiene que pudo haber logrado salir con vida y haberse alejado del lugar en medio de la confusión.
David cree que su hijo pudo quedar desorientado por el impacto de lo ocurrido. El trastorno del espectro autista de Víctor forma parte de las preocupaciones de la familia, no como una explicación automática de su desaparición, sino porque una situación extrema y desconocida pudo dificultar su capacidad para pedir ayuda o explicar lo sucedido.
“Mi hijo está vivo y pudiera estar en cualquier lugar. Él sabía cómo actuar ante un terremoto, le explicamos que no debía usar los ascensores y bajar por las escaleras. Muchos rescatistas vinieron y nos dijeron que ya no había nadie entre lo que quedó del apartamento”, afirmó.
La familia igualmente se aferra a los datos que Víctor conoce y que podrían ayudarlo a regresar. El adolescente sabe dónde vive en Caracas, conoce el lugar donde trabaja su padre y se sabe de memoria el número de teléfono de su madre. Esa última posibilidad, sin embargo, estuvo cerrada durante parte de los días posteriores al terremoto porque la familia no tenía acceso a la línea telefónica. Lograron recuperarla apenas hace tres días.
Cuatro meses en Costa Dorada
Los Meza llevaban apenas cuatro meses viviendo en el edificio Costa Dorada. El tiempo no había sido suficiente para establecer relaciones estrechas con muchos de los vecinos ni para que otras personas conocieran bien las rutinas de Víctor. Después del colapso, esa circunstancia hizo más difícil reconstruir sus posibles movimientos.
La familia sabe que decidió quedarse en el apartamento mientras los demás fueron a la playa. Sabe que el PlayStation quedó allí y que también se encontraron sus zapatos. Tiene además el testimonio de una persona que asegura haber visto a un adolescente con características similares a las suyas. Lo que falta es la conexión entre esos elementos: saber qué ocurrió desde el momento en que Víctor quedó solo hasta la última vez que alguien pudo haberlo visto.
“Si alguien lo vio, yo necesito que me lo digan. Es un muchacho que siempre estaba con nosotros”, acotó.
La búsqueda depende así de la memoria de personas que quizá ni siquiera conocían a Víctor. David asegura que alguien pudo verlo caminar sin saber que estaba desaparecido o que otra persona pudo intentar ayudarlo sin conocer su nombre.
La rutina de buscar
La búsqueda ha impuesto su propio horario a la familia. David se mueve entre los lugares donde podría aparecer una respuesta, aunque hasta ahora ninguna haya sido definitiva. Preguntar por Víctor significa contar una y otra vez la misma historia: tiene 15 años, estaba en Costa Dorada, se quedó en el apartamento, tiene trastorno del espectro autista y desde el terremoto nadie sabe con certeza dónde está.
El cansancio no modifica la pregunta. Tampoco la ausencia de resultados. Para David, detener la búsqueda significaría aceptar una conclusión que nadie ha podido demostrar.
“Yo no voy a decir que está muerto si no lo he visto”, reiteró el padre del adolescente.
La ausencia de un cuerpo pone a la familia en un lugar distinto al de quienes han podido confirmar la muerte de sus seres queridos. Para la familia, asegura David, no existe una despedida posible ni una certeza sobre la cual comenzar a ordenar el dolor. Cada día sin noticias prolonga la incertidumbre, pero también mantiene abierta la posibilidad de encontrar a Víctor con vida.
«Yo lo sigo esperando»
David Meza indica que la ausencia de un cuerpo no significa una despedida pendiente. Significa que todavía hay alguien a quien buscar. Por eso insiste en que Víctor puede estar en cualquier lugar y en que la familia necesita que cualquier persona que crea haberlo visto comparta la información.
“Mientras yo no lo vea, yo lo sigo esperando”, acotó.
El hombre continúa buscando porque todavía no tiene una respuesta que le permita hacer otra cosa. En cada hospital vuelve a preguntar. En cada información nueva intenta reconocer una pista. La fotografía de Víctor continúa circulando mientras su familia espera que alguien recuerde haber visto a un adolescente de 15 años, posiblemente descalzo y desorientado, después del colapso de Costa Dorada.
La tragedia de los desaparecidos también ocurre en ese espacio en el que no hay una muerte confirmada ni un regreso. Para sus familias, la ausencia no es todavía un final, sino una pregunta que se repite todos los días.
Los Meza siguen buscando a su hijo porque, hasta que alguien pueda decirle con certeza dónde está Víctor, para ellos la historia permanece abierta.
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