El infinito cabe en un poema

Antonio Díaz Mola
6 Min de lectura

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Suele decirse que la conciencia poética se construye mediante la interconexión de lo finito y lo infinito.  Aun cuando la mano que se aproxima al mundo se funde en la rompiente del mar, la conciencia poética tiembla más hondo, baja a la raíz recién nacida de los ojos que examinan el paisaje. Las dificultades que entraña comprender el mundo distan mucho de ser arbitrarias. Resulta poco habitual encontrar un poema cuya arquitectura conceptual no esté atravesada por referencias procedentes de la matemática, la historia, la filosofía o de cualquier otra disciplina capaz de establecer puentes entre la dimensión finita de la existencia y la aspiración de lo infinito. No es extraño que una única imagen reúna evocaciones pertenecientes a distintos ámbitos del saber positivo. Sin embargo, una detenida mirada sobre el asunto permite advertir que buena parte de esos préstamos conceptuales poseen un alcance elemental o responden, en ocasiones, a una voluntad de sofisticación más aparente que efectiva.

Considerar el poema como un espacio de representación autobiográfica permite advertir que el logos, entendido como ámbito donde se aloja y se configura el ego, no adquiere su identidad a partir de criterios ajenos al lenguaje. Antes bien, el pronombre que designa al sujeto encuentra su fundamento en la posición que ocupa dentro de una estructura de lengua altamente desarrollada (morfología, semántica, percepción), pues las formas expresivas de las comunidades primigenias todavía no contenían una conciencia explícita del ser, expresado en la primera persona del singular. Precisamente es el descubrimiento de esa subjetividad el que impulsa el deseo de trascender los límites, alentando la aspiración de que el goce contenido en la palabra vivida se prolongue mediante incesantes configuraciones sintácticas. Así, la conciencia poética puede imaginarse como un palacio construido sobre una tierra fértil y húmeda, un lugar donde las armaduras del ego terminan por desprenderse al adentrarse en el territorio del logos.

Pero toda referencia situada aparentemente fuera del lenguaje acaba siendo absorbida por un significado trascendente que rodea y redefine cada reemplazo. De este modo, la sustitución adquiere una dimensión trascendental al desarrollarse en función de un horizonte infinito, como si cada signo pudiera intercambiarse indefinidamente por otro, generando una cadena ilimitada de sustituciones cuya proliferación pone de manifiesto la inmanencia del poema en el permanente conflicto del lenguaje consigo mismo. La interconexión de lo finito y lo infinito, por tanto, permite comprender que la primacía de la conciencia poética no debe entenderse únicamente respecto de la designación de las cosas, sino también en relación con la producción del sentido. Sobre todo porque en un nivel material, la genealogía del logos es finita, mientras que aspira a adentrarse en un infinito cosmos de sentido que no puede realizar efectivamente en los límites del lenguaje. Pero dentro del orden del logos, las significaciones permanecen naturalmente implícitas en el ego, de modo que el yo antecede a los conceptos relativos al mundo o a la divinidad. Sin embargo, si se admite la existencia de una alternativa conceptual, donde los significados poseen autonomía y evolucionan por sí mismos, entonces son precisamente esas significaciones las que inauguran la manifestación y hacen posible una compleja red de relaciones entre la realidad limitada y el ideal de lo infinito. Ese ámbito de tensiones redunda en la idea de toda proposición (y aún más la poética) si se integra en el imaginario colectivo como condición necesaria para la estabilidad de la conciencia literaria. Desde esta perspectiva, la consecuencia lógica de la interconexión entre lo finito y lo infinito es que el logos precede necesariamente al yo, entendido como sujeto que descubre y redescubre las realidades que, a la postre, son reflejadas en el poema.

Es por esta razón que la conciencia poética no se limita a nombrar el mundo, sino que participa activamente en su configuración, haciendo que los desplazamientos semánticos den cobertura a un conjunto de oportunidades léxicas que ensanchan la posibilidad imaginativa del poema. Lo finito y lo infinito dejan entonces de aparecer como términos irreconciliables para convertirse en polos de una misma experiencia intelectual. El logos hace posible ese encuentro porque transforma la percepción inmediata en reflexión y convierte la contingencia de la existencia en una interrogación abierta sobre aquello que trasciende el ego. La expresión poética, al elevar la palabra a su máxima potencia, logra tejer un puente inquebrantable entre realidades irreconciliables, de tal forma que su impacto más profundo radica en su virtud para postergar la sombra de nuestra propia extinción, empujando el destino fatal un paso más allá de forma constante. 

Así se forja la experiencia del tiempo en la alteración conceptual del poema, donde la vida se sostiene y se define como una prórroga que nos hace conscientes de nuestro aislamiento a la vez que nos redime mediante el asombro estético. Y esta tensión de la conciencia poética, en definitiva, es la que descifra la presencia de lo eterno en medio de la cotidianidad más mundana del ser.

Antonio Díaz Mola
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