María Corina Machado y Edmundo González publicaron un comunicado muy claro en el que se desmarcan del proceso de negociación liderado por Estados Unidos y que llevan a cabo la Asamblea Nacional de 2015 y el grupo de Jorge Rodríguez.
El texto es bastante diáfano: Machado plantea que, como no participó en el diseño y construcción de esta mesa de negociación, no tiene por qué explicar su alcance ni sus objetivos. Pero también deja claro que tampoco la va a obstaculizar.
Machado, de manera inteligente, hace bien en tomar distancia del proceso. Al final, sigue siendo la líder más popular del país y sabe que cualquiera de los dos posibles resultados de este proceso puede ser una victoria para ella.
Por ejemplo, si la negociación sale bien y se nombra un nuevo Consejo Nacional Electoral que fije un cronograma para unas elecciones libres para 2027, María Corina Machado será, en esas condiciones, la próxima presidenta de Venezuela.
Si, por el contrario, la negociación fracasa, también habrá probado su punto: que una negociación para conducir la transición debe estar conformada por personas que representen a los venezolanos o, en todo caso, por personas designadas por quien hoy representa a la mayoría del país.
Allí radica el centro del planteamiento de Machado. Si se trata de una negociación para definir el futuro de Venezuela, esa negociación debe estar dirigida por quienes representan la voluntad popular. En este caso, los últimos representantes legitimados por el voto popular fueron la propia Machado, vencedora de la primaria en 2023, y Edmundo González, ganador de la presidencial de 2024.
Ahora bien, todo esto me lleva a la idea de la negociación misma. Los venezolanos le tienen pánico a la idea de una negociación. Y tienen razones para hacerlo.
Durante los últimos 27 años, el pueblo venezolano que cada vez que se instaló una mesa de negociación entre el chavismo y la oposición, el chavismo ganó tiempo, enfrió la calle y obtuvo legitimidad internacional.
Ya fuera por complicidad de parte de la dirigencia opositora, por ingenuidad o por falta de estrategia, la percepción es que cada vez que fueron a una negociación, en Caracas, Europa o en alguna isla del Caribe, con distintos mediadores, en distintos años y bajo distintas estrategias, el chavismo terminó ganando y la oposición terminó perdiendo.
Por eso, el saldo que la mayoría de los venezolanos hace de esas negociaciones es profundamente negativo. Cada vez que alguien habla de diálogo, negociación o comisiones, la reacción natural es la desconfianza: porque al que lo mordió macagua, bejuco le para el pelo.
Por tanto, cuando se anunció esta mesa de negociación entre la Asamblea Nacional de 2015 y el grupo de Jorge Rodríguez, la gente desconfió desde el primer momento.
Sin embargo, esta negociación es diferente. ¿Por qué es diferente? Porque el principal garante de esta negociación no es José Luis Rodríguez Zapatero. No es el Vaticano. El principal interesado en que esta negociación salga bien es Estados Unidos.
Estados Unidos, la primera potencia mundial, el país que se llevó a Nicolás Maduro el 3 de enero. El país que hoy gobierna de facto Venezuela. El mismo país que tiene militares en La Guaira y controla el aeropuerto de Maiquetía. Ese país es el principal interesado y garante de que esta negociación produzca resultados.
¿Los venezolanos confían en el chavismo? Evidentemente no. Son unos malandros.
¿Los venezolanos confían en que la Asamblea Nacional de 2015, por sí sola, tenga la fuerza suficiente para imponerle condiciones al chavismo, como un nuevo Consejo Nacional Electoral? Tampoco.
Lo que sí deberían tener claro los venezolanos es que esta negociación es diferente. Los resultados de este proceso van a depender, en gran medida, de lo que decidan los Estados Unidos. Y hasta ahora, Estados Unidos le ha dado órdenes al chavismo y el chavismo ha cumplido.
Por eso, el mensaje para los venezolanos es muy sencillo: juzguen esta negociación por sus resultados, no por los anuncios ni por los comunicados.
Si de esta negociación sale un nuevo Consejo Nacional Electoral, se levantan las inhabilitaciones, se devuelven las tarjetas a los partidos, se garantiza el voto de la diáspora, cesa la persecución política y se restablecen la libertad de prensa y las libertades democráticas, estaremos frente a un proceso que realmente conduciría a una transición.
¿Por qué esta vez es diferente? Porque Maduro está en una cárcel en Nueva York. Porque los americanos gobiernan Venezuela y porque, por primera vez, la principal potencia del mundo es el garante de un proceso serio de negociación que no parece diseñado para que el chavismo gane tiempo, sino para obligarlo a ceder el poder.