La grandeza de La Guaira no está en la Guipuzcuana, está en sus calles

Juan Carlos Michinel Lombardi
7 Min de lectura

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Ha pasado más de un mes desde aquel 24 de junio de 2026, cuando la tierra se partió en dos. Primero un sismo de magnitud 7,2, seguido menos de un minuto después por otro de 7,5. Un doblete telúrico que duró tres minutos y cambió para siempre el rostro de La Guaira. Y en este mes de escombros, réplicas y silencios, la lección es la misma que en el deslave de 1999: la grandeza de este estado no está en los palacios de gobierno, está en la calle. Está en su gente.

Las cifras son escalofriantes. Más de 5.500 muertos, más de 16.700 heridos, casi 70.000 desaparecidos. Más de dos millones de toneladas de escombros removidos. 190 edificios colapsados y 750 con daños graves negocios saqueados. Y 20.000 personas aún viviendo en campamentos, muchos de ellos en el Polideportivo José María Vargas, entre otros más. Son números que duelen. Pero detrás de cada número hay una historia que el gobierno no ha podido contar.

Jeffrey, por ejemplo, pasó semanas desenterrando entre las losas no solo los restos de su tienda de tortas, sino los de su propia familia. Cuando por fin pudo rescatar su horno y su mostrador, no esperó una ayuda que nunca llegó. Volvió a amasar. Porque en La Guaira, la harina y el huevo son también un acto de resistencia. Gonzalo, por su parte, sacó a su madre y a sus sobrinos de entre el concreto con las manos destrozadas. Y cuando le preguntaron cómo tuvo fuerzas, respondió con una verdad que debería grabarse en bronce: repite lo que aprendió de su papá en 1999. De Brayan, que a pesar de perderlo todo sigue ayudando en los campamentos; de Aloa Virginia, que busca después de recuperar a su familia sigue buscando a los vecinos que ayudaban a su mamá a cuidar a su papa, y así miles de casos. Hoy la frase de que los hombres y mujeres del terremoto son los niños que vivieron la vaguada esta más viva que nunca. Que en este estado se llora, se entierra y se vuelve a empezar, sin pedirle permiso a nadie.

Mientras tanto, en las calles que aún huelen a muerte y a polvo, el comercio vuelve a abrir. Un 40 % de los negocios sufrieron daños, pero los comerciantes de Catia La Mar, Maiquetía y Plaza Lourdes han retomado sus actividades de manera progresiva. Las licorerías y panaderías abren sus puertas no porque el Estado las haya rehabilitado, sino porque el pan y el ron son la prueba de que la vida sigue. Y en los hospitales, los pocos médicos que aún tienen fuerzas operan con lo que tienen, sin haber dormido en una cama propia porque la suya quedó sepultada, pero con el pulso firme de quien sabe que su vocación pesa más que cualquier réplica sísmica.

¿Y el Estado? El gobernador José Alejandro Terán ha dado cifras: 1.338 desaparecidos, 190 edificios colapsados, la mitad de sus directores fallecidos bajo los escombros. Pero, mientras el pueblo desentierra a sus familiares y hace colas para censos que no llevan a nada, la imagen que queda es la de un funcionario paseando en su camioneta blanca por las avenidas despejadas, las únicas que parecen interesarle. Las promesas de reconstrucción que hizo el chavismo después de la tragedia de 1999 —aquello de que Vargas sería un “estado modelo y seguro”— quedaron sepultadas bajo el concreto, igual que las normas de sismorresistencia que nunca se aplicaron.

Pero no nos engañemos: lo que pasa en La Guaira tiene raíces profundas. Ya en 1835, cuando José María Vargas asumió la presidencia, este terruño mostró que la decencia civilista podía más que las bayonetas. Esa misma decencia es la que hoy vemos en cada comerciante que levanta una pared caída, en cada madre que cocina en una lata al aire libre, en cada joven que carga escombros mientras el gobierno reparte promesas que se lleva el viento. La grandeza de La Guaira no se mide en declaraciones televisadas; se mide en la dignidad de sus habitantes, que han decidido que su futuro no será un campo de ruinas, sino una metrópoli playera, ordenada y próspera, como las que merecen y sueñan.

El verdadero censo no es el que levantan los burócratas en sus oficinas, sino el que hacemos cada uno al contar cuántos vecinos sobrevivieron y cuántos están listos para poner el primer ladrillo. Ese censo, el de la solidaridad, ya está completo. Y el resultado es abrumador: La Guaira sigue en pie, no por sus gobernantes, sino a pesar de ellos. Cuando la historia escriba esta página, que quede claro: la capital de este estado no es el despacho del gobernador, es la acera donde Jeffrey vende su primera torta, la esquina donde Gonzalo abraza a sus clientes; son todas esas personas a las que Moisés les reparte agua mineral para levantar su negocio, y es el quirófano improvisado donde un médico opera con luz de linterna. Esa es la verdadera capital. La que construye el pueblo, día a día, con los escombros en los zapatos y la mirada fija en el mar Caribe y el Avila a sus espaldas, soñando con un puerto de paz, bienestar y progreso.

Porque los guaireños no temblamos. Nosotros hacemos temblar al destino.

Juan Carlos Michinel Lombardi
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