Libre, pero en una jaula

Este texto obtuvo mención especial en el Concurso de Crónicas: Relatos de libertad, organizado por El Diario, en el que se evaluaron 43 crónicas sobre historias y testimonios que exploran y reflexionan sobre lo que significa la libertad en diferentes contextos
Ana Trias
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El día comenzó a las 3:30 am en el aeropuerto de Miami (Florida, EE UU), o quizá una hora antes, si contamos cuando salí de mi casa. O quizá a la 1:00 am, cuando la ansiedad me despertó por primera vez.

Las dos maletas ya estaban cerradas desde la noche anterior; la perrita tenía su chaleco de servicio puesto, sin saber que su mundo entero estaba a punto de moverse de lugar; y, en mi mano, un pasaporte vencido pero con una visa de turista vigente que me todavía me daba la ilusión de quizá podría volver a visitar la vida que había construido en los últimos seis años.

En algún punto de esos años, mi pasaporte venezolano se venció y nunca encontré la manera de renovarlo desde Estados Unidos. Para volar directamente a Maiquetía necesitaba un salvoconducto que solo podía tramitarse en una embajada venezolana, y Venezuela no tiene embajada en Estados Unidos. Por eso el rodeo: Panamá, Cúcuta, la frontera terrestre, el sello en tierra. Iba a entrar a mi propio país por la puerta de atrás. Escribo esto seis meses después y todavía no tiene sentido, aunque aquí uno aprende rápido que el sinsentido es parte del día. 

El vuelo de Miami a Panamá fue incómodo; iba apretada entre el asiento y la pared, con mi perrita de 10 kilos sobre mis piernas porque no había espacio para nada más. De Panamá a Cúcuta fue parecido: vuelos completamente llenos, gente apretada, maletas que no entraban en los compartimientos. Lloré en los dos vuelos. No fue un llanto dramático, de esos que llaman la atención; fue más bien un goteo silencioso, el tipo de llanto que uno aprende a hacer sin que el de al lado se dé cuenta. Y no estaba sola en eso. A mi alrededor había otras personas haciendo exactamente lo mismo: mirando por la ventana, secándose los ojos con disimulo, cargando ellos también algo que pesaba mucho más que el equipaje permitido.

Llegamos a Cúcuta, donde mi mamá me estaba esperando, y de ahí, por tierra, nos fuimos hacia la frontera. El plan era simple en papel: cruzar por el puesto de control en Pedro María Ureña, sellar el pasaporte vencido al salir de Colombia y luego sellar la entrada a Venezuela; después, seguir camino hacia San Antonio del Táchira. En la práctica, la simplicidad de los planes migratorios casi nunca sobrevive el contacto con la realidad.

Sentí una felicidad extraña al ver el peaje fronterizo con las letras gigantes que dicen “Venezuela”, en color azul y ocho banderas ondeando de cada lado. Hicimos una fila de nueve carros, que no parece mucho hasta que uno está adentro de uno de ellos, con el sol cayendo a plomo sobre el techo y las ventanas, sin saber cuánto va a tardar. Mi mamá estaba conmigo en el asiento de atrás, mi perrita entre las dos, y el chofer adelante, ajeno, o quizá no tanto, al cóctel de emociones que estábamos sintiendo nosotras detrás de él.

Cuando finalmente llegó mi turno, nos tocó técnicamente entrar a Venezuela, dar la vuelta como si fuéramos nuevamente hacia Colombia y bajarme sola para que me atendieran en una casilla distinta a donde habíamos hecho la cola. El funcionario me vio y me explicó la situación: el pasaporte estaba vencido, sí, eso tenía arreglo, pero requería pagar una tasa. Podía ir a la casilla correspondiente y pagar por la vía formal, o se la podía pagar directamente a él, en efectivo, en dólares, ahí mismo. 30 dólares. Ese fue el precio de volver a entrar a mi propio país. Pagué. Selló. Volví al carro. Seguimos.

No fue un momento solemne ni cinematográfico, aunque ahora escribiéndolo se sienta como si hubiera tenido que serlo. Fue simplemente un trámite más, una transacción un poco sucia, de esas que uno aprende a aceptar sin demasiado escándalo porque protestar no cambia nada y el reloj sigue corriendo. Pero algo en mí tomó nota. Algo en mí entendió, sin que nadie me lo explicara, que estaba volviendo a un país donde las reglas y las excepciones conviven en el mismo espacio, donde lo formal y lo informal no son opuestos, sino dos carriles de la misma vía.

Para entender por qué estaba ahí, en ese taxi, pagándole 30 dólares en efectivo a un funcionario fronterizo, hay que regresar a agosto de 2019, cuando me fui a Estados Unidos a estudiar Periodismo.

La idea, al principio, era simple: estudiar, graduarme, y ver qué me preparaba la vida. No había un plan de quedarme para siempre, pero tampoco había un plan de volver pronto. Fui de vacaciones a Venezuela en diciembre de ese año, pasé las fiestas con mi familia, y el 4 de enero de 2020 volé de regreso a Estados Unidos para seguir con mis estudios. No tenía idea de que esa fecha se convertiría, sin que yo lo supiera entonces, en el último día que pisaría suelo venezolano durante casi seis años.


Dos meses después, el mundo se cerró. La pandemia llegó y con ella las fronteras cerradas, los vuelos cancelados, la incertidumbre generalizada que nos tocó a todos por igual durante un tiempo. Me quedé. No por decisión heroica ni por planificación cuidadosa, sino porque sencillamente no había otra opción: no se podía viajar, no se sabía cuándo se podría, y mi vida estaba ahí, en ese apartamento de una ciudad universitaria en Florida, esperando a que el mundo volviera a moverse.

En 2021, en medio de ese estado de pausa global, llegó el Estatus de Protección Temporal (TPS) para venezolanos. Una de mis profesoras, que conocía mi situación y la de gran parte de sus estudiantes, me dijo algo decisivo: que lo aprovechara, que aplicara. Me quedé con visa de estudiante y TPS a la vez, dos estatus paralelos, en un baile de no hacer algo que le convenía a uno pero perjudicaba al otro. Volver a Venezuela, aunque fuera de visita, requería un permiso especial que podía tardar meses en aprobarse o simplemente no llegar. Así que no volví. Seis años sin pisar este suelo, no solo por decisión propia sino porque la libertad de quedarme dependía, en parte, de no irme.

Cuando terminé mi OPT, el permiso de trabajo posterior a mi graduación, decidí quedarme únicamente con el TPS. Y ahí empezó una nueva etapa de mi vida, una que duró hasta que la administración del presidente Donald Trump decidió eliminarlo.

Quiero ser honesta sobre lo que significó vivir con TPS, porque es el corazón de todo esto. Te da permiso de estar, de trabajar, de existir legalmente en un país durante un tiempo determinado, pero la palabra clave ahí es “temporal”. Nunca dejé de saber, ni un solo día durante esos años, que mi derecho a quedarme dependía de una decisión política que yo no controlaba, tomada por gente que nunca conocería, en función de cálculos que no tenían nada que ver conmigo como persona. Viví becada por la voluntad de un gobierno ajeno. Construí una vida, amistades, rutinas, una idea de futuro, sobre una base que sabía, desde el principio, que podía desaparecer y, sin embargo, debo admitir que pocas veces pensé en serio en la posibilidad de que lo temporal verdaderamente llegaría a su fin.

Es una forma extraña de libertad. Tenía la libertad de moverme, de trabajar, de vivir en un país con instituciones que funcionan, con electricidad estable, con gasolina que no escasea, pero no tenía la libertad más básica de todas: la certeza de que el día de mañana seguiría teniendo todo eso. Vivía libre y, al mismo tiempo, en una jaula hecha de fechas de vencimiento y renovaciones.

Cuando finalmente suspendieron el TPS, lo que sentí no fue solamente miedo; experimenté también lo que más me cuesta explicarle a la gente: un extraño alivio. Porque la incertidumbre indefinida, ese estado de “puede que sí, puede que no, ya veremos”, es, en algún sentido, más agotadora que la certeza de una mala noticia. Cuando la decisión se tomó por mí, cuando ya no había nada que esperar ni que renovar, una parte de mí pudo por fin dejar de sostener la respiración.

Volví a Venezuela sabiendo que cambiaba una incertidumbre por otra quizá más grande. No tengo certeza sobre mi futuro aquí. No sé qué va a pasar con el país, con la economía, con las oportunidades de ejercer lo que estudié. Y, sin embargo, y esto es lo que más me sorprende de mí misma cuando me detengo a pensarlo, estoy en paz. No es la paz de quien tiene todo resuelto, sino la de quien dejó de fingir que la otra opción era más segura.

Pasamos la noche en San Antonio del Táchira y la tarde del día siguiente volamos a Caracas, con escala, y de ahí a mi ciudad natal en el oriente del país. En ese vuelo de San Antonio a Caracas, los empleados de la aerolínea me dieron una fila entera para mí sola. No tuve que compartir espacio con nadie ni acomodar a mi perrita encima de mi para no incomodar a los demás pasajeros. Después del apretujamiento de los vuelos desde Miami, después de la cola de nueve carros, ese gesto pequeño se sintió como una hospitalidad que no esperaba y que no sabía que necesitaba.

Mi cuarto en casa de mis padres seguía casi exactamente igual a como lo dejé, con la decoración rosada y el estampado de cebra que escogí cuando tenía más o menos 15 años, convencida entonces de que ese era el gusto más sofisticado que existía. Me encontré también con mi cartelera de fotos, que tanto amaba a esa edad, y que se volvió una cápsula del tiempo verla tantos años después.

Casi todo en la casa sigue igual. Los mismos muebles en la sala, el mismo ritmo de las tardes. Y yo, en cambio, vuelvo como otra persona completamente distinta a la adolescente que se fue. Volver a vivir todos bajo el mismo techo, pero como adulta, con años de independencia, es un ejercicio de renegociar en silencio cosas que antes eran invisibles. La casa tiene más ruido de lo que recordaba: visitas que llegan, conversaciones que se superponen, el sonido de videos de TikTok o Instagram de fondo. En mi apartamento el silencio era mío, lo administraba yo. Aquí el ruido también es una forma de cariño, y eso toma tiempo aprenderlo. La comida también cambió: ellos comen distinto a como yo había aprendido a comer sola, con más fritura, con otros horarios, y hay algo extrañamente íntimo en tener que negociar hasta eso. 

Durante mis últimos meses en Estados Unidos, mientras todo esto se cocinaba: el fin del TPS, la decisión de volver, el duelo anticipado de dejar una vida hecha, escuchaba obsesivamente el álbum más reciente de Gonza Silva, Pronto estaré bien. Incluso fui a uno de sus conciertos. Lo escuchaba manejando hacia el trabajo, y mientras trabajaba, llenando con su voz los silencios de una rutina que ya sabía que estaba contando sus últimos días. En ese momento me sentía muy sola, con una decisión que pocos entendían y un futuro que yo misma no lograba imaginar del todo, y había algo en esas canciones que funcionaba como compañía, como si alguien del otro lado hubiera tenido acceso a una versión adelantada de mi historia. No puedo explicar bien por qué esas letras me atravesaban de esa manera particular, pero sí puedo decir que las escuchaba sintiendo que alguien me entendía, a pesar de todo. Música que funcionó casi como profecía personal, acompañándome en un tránsito que en ese momento ni yo misma lograba nombrar del todo.

No duré mucho en la ciudad donde crecí. Se me quedó pequeña casi de inmediato, pero no en sentido geográfico, sino en uno más difícil de explicar: era una ciudad que yo ya no habitaba de la misma manera y que tampoco me habitaba a mí. Mis seis años afuera me habían cambiado de maneras que ese lugar no tenía espacio para alojar. Es una ciudad donde todos se conocen y todos opinan, donde la vida de uno circula antes de que uno mismo la haya procesado. Yo llegaba de haber vivido casi completamente en el anonimato en distintas ciudades donde nadie sabía quién era yo ni le importaba, y de repente cada salida, cada decisión, cada detalle volvió a tener la audiencia de la que había escapado años atrás. Me sentía atrapada entre el cariño genuino de mi familia y una sensación de desfase que no lograba sacudirme.

Pensar en todo esto, escribirlo ahora, me llena los ojos de lágrimas. Quizá todavía estoy viviendo lo que algunos llaman el duelo migratorio: ese proceso lento de hacer las paces con una identidad partida entre dos lugares, ninguno de los cuales termina de sentirse completamente propio, y los dos de los cuales, al mismo tiempo, lo son. Pero hay algo terapéutico en poner esto en palabras, en darle una secuencia a lo que durante meses solo fue una maraña de sensaciones contradictorias.


Hoy escribo esto desde Caracas. No sé qué va a pasar con mi futuro aquí, si el país va a estabilizarse alguna vez, si el valor de las cosas se volverá más predecible, pero cuando pienso en aquella cola de nueve carros bajo el sol de Pedro María Ureña, en los 30 dólares que pagué para entrar a mi propio país con un pasaporte vencido, en la fila completa que unos gochos generosos me regalaron en ese último vuelo para llegar a casa, entiendo que la libertad nunca fue, para mí, un estado fijo que se tiene o no se tiene. Ha sido algo que se negocia, se paga, se cruza en sentido contrario y después se retoma con una vuelta extraña. Y cuando la nostalgia me gana, pienso en ese cuarto de paredes rosadas y con estampado de cebra que sigue esperando exactamente como lo dejé, recordándome quién fui, mientras yo trato de entender quién soy ahora.

Ana Trias
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