Lo que no se nombra

Este texto obtuvo el tercer premio en el Concurso de Crónicas: Relatos de libertad, organizado por El Diario, en el que se evaluaron 43 crónicas sobre historias y testimonios que exploran y reflexionan sobre lo que significa la libertad en diferentes contextos
Gabriela La Rosa
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No recuerdo si durante mi infancia alguien me explicó qué era el abuso y las formas en las que podía ocurrir. En cambio, tengo en mi memoria imágenes de las telenovelas de Venevisión y Radio Caracas Televisión (RCTV) que veía con mi abuela durante el almuerzo. Episodios donde las mujeres eran cacheteadas, empujadas por las escaleras, sacudidas por sus parejas, familiares y enemigos. Recuerdo también una vez que una amiga detuvo nuestro juego de muñecas —tendríamos 10 años de edad— para mostrarme una canción de vallenato. El tema narraba una historia de abuso e iba dando pistas de quién era el perpetrador. Cuando la canción se terminó, mi amiga se volteó hacia mí y en un susurro me dijo: fue su padre. 

I

Es diciembre de 2020 y yo viajo a Estados Unidos para pasar Navidad y Año Nuevo con mis padres que viven en Texas. Apenas tengo dos semanas en el país cuando mi madre tiene una emergencia médica. Alargo mi estadía para poder cuidarla y no me parece raro no contar con él, mi padre, como cuidador. Nunca va a verla cuando está en cuidados intensivos y tengo que lidiar con médicos que entran y salen, sola. Cuando le dan de alta soy yo quien no puede dormir, quien lleva el registro de los médicos, quien hace preguntas en las consultas, quien investiga la dieta recomendada, quien cocina, lava y limpia. Al mes, le da covid-19 a mi madre y a mi padre lo atacan ataques de pánico. Durante varias noches me quedo despierta acompañándolo en la sala y haciendo rondas al cuarto mientras mi madre duerme, asegurándome de que ella sí respira, de que sí se encuentra bien. 

Cuando mi madre aún está en recuperación, él me aparta para decirme que no tengo una vida en Argentina, ni siquiera tengo una lavadora a mi nombre o una pareja, que lo mejor es quedarme; aclara que irme la afectaría. Estamos en los primeros meses de 2021 y el gobierno de Estados Unidos acaba de otorgar el Estatus Temporal de Protección (TPS) a los venezolanos; mi padre insiste además en que es una oportunidad que no puedo desaprovechar. La conversación sucede de diferentes formas, repetidas veces, y aunque al principio me niego, me quedo. En el fondo, creo que mi madre está en riesgo.  

II

El proceso migratorio es más lento de lo que esperaba y a diario me muerdo los nudillos esperando el documento que regularice mi estatus. En ese primer año ya tengo discusiones con él. Vengo de vivir cuatro años en Argentina, un país donde la gente discute y reclama con facilidad; pasé la cuarentena leyendo Bell Hooks y Virginie Despentes y ahora estoy limpiando el piso del baño, lavando los platos, cocinando, regresando a casa antes de las 8:00 pm y acostándome sin cenar, todo para no molestar a mi padre. Se vuelve costumbre que me recluya en el cuarto para no incomodarlo.

Él me aplica el silencio como castigo repetidas veces; lo ha hecho desde que yo era una niña. La única manera de resolverlo es que yo le hable, no importa cuál sea el conflicto, soy yo la que debe arreglarlo. En ese entonces, creo que lo necesario para que un problema se solucione es la compresión y la ternura; como se trata de mi padre, a quien no estoy dispuesta a perder, no dejo de esforzarme. Le explico que me duele, que me molesta pero en nuestras conversaciones doblega la realidad. Lo que yo creo que pasó, no es; lo que yo creo que dije, no es; me hace saber que ni siquiera mi intención es clara para mí. Me dice que detrás de lo que hago hay crueldad, que miento, me lo ha dicho durante toda mi vida, así que termino por creerle. Me convierto en una persona que revisa una y otra vez las cosas antes de decirlas, que duda de su capacidad para comunicarse; una persona que cree que siempre está diciendo y haciendo lo incorrecto. 

III

Un día, durante el segundo año viviendo con él, me subo a la balanza y noto que aunque dejé de ser vegetariana, perdí peso. Estoy por debajo de los 40 kilogramos a los 29 años, mi rostro se ve huesudo con cualquier filtro de Instagram, me miro de forma obsesiva y me incomodo con mi reflejo. Mi menstruación se vuelve más irregular, tal vez mi cuerpo quiere decirme algo. No puedo terminar de leer ninguno de los libros que empiezo. Trabajo desde casa y me cuesta tener conversaciones que no se traten de mí. Me atraviesa un malestar que repele a mis amigos, a los que mando la tercera o cuarta versión de una misma historia. A veces quiero que se den cuenta y otras no, otras pretendo. Quiero que alguien me rescate pero no sé cómo pedirlo y no estoy segura de por qué lo quiero pedir. Voy a terapia y miento. Doy vueltas sobre problemas que no me corresponden; creo saber la respuesta y cuando creo que no la sé, pienso que voy a encontrarla entregándome a un tipo de dieta, a una rutina de ejercicios, a un proyecto, a Dios. En algunas sesiones solo lloro. No dejo de sentir frustración, así que busco otras psicólogas. Una quiere verme todas las semanas y yo no soy capaz de sostenerlo, otra me dice que simplemente me mude y otra me dice que no le preste atención y ya, que así son los hombres. Dejo de buscar alternativas y dejo la terapia

Una tarde, él pasa un largo rato discutiendo algo con mi madre en la sala. Yo estoy en el cuarto trabajando, pero no logro concentrarme, así que escucho música para bloquear su voz, pero es cada vez más elevada; se cuela entre las canciones. El cuerpo me tiembla pidiéndome que preste atención, algo está por pasar y si no estoy atenta voy a estar en peligro. No puedo ver qué ocurre pero la manera en la que mi padre grita y acusa a mi madre se siente como si la estuviese acorralando. Ya he vivido esta misma escena en la que me pregunto qué hacer cuando él la trata así, si intervenir cambiaría las cosas, si es seguro para mí hacerlo, ¿hasta dónde llegaría? Esas preguntas conviven con los días que me llevó a la playa, me ofreció su brazo para caminar juntos, cuando me sorprendió con mariachis en mi cumpleaños y con todas las veces que ha dicho que le importo. Pienso que solo tiene mal carácter, que tuvo un padre violento, que solo he fallado en entenderlo, que tengo que encontrar una manera. Me digo que la próxima vez podré decir las palabras correctas para que la situación cambie.

IV

Durante esos primeros años en Estados Unidos, fantaseo con la liviandad que supondría no existir; quiero cruzar avenidas cuando el semáforo está en verde. No escribo ni leo, veo las mismas tres series en Netflix, no puedo hacer amigos; por más que aparece gente que intenta conocerme, los rechazo. Mi desasosiego se siente como una marca que tengo que esconder y como lo único que tengo. Mendigo atención en las aplicaciones de citas, me voy a casa de gente que ni siquiera me cae bien solo para no estar en casa de mi padre y duermo poco. Tengo dos empleos, tomo turnos cuando alguien los suelta y trabajo todos los días si es posible. Hago esfuerzos por entender qué me pasa, pero cuando miro adentro solo hallo niebla. Asumo que mi angustia se debe a que emigré a un país en el que no se habla español y en el que la gente sonríe solo con la mitad del rostro; un país donde portan armas mientras compran verduras. Pienso que debe ser el calor de Texas que es pesado y agota, que vivo en una ciudad silenciosa donde los parques están vacíos y los edificios son todos de color beige. Casi siempre le echo la culpa a mi estatus migratorio, que me permite trabajar y pagar impuestos, pero que no me ofrece ningún camino hacia la residencia. Fantaseo con irme pero mi pasaporte está vencido y en Estados Unidos no hay embajadas de Venezuela desde 2019 por decisión del gobierno venezolano, dejando a miles de compatriotas sin la posibilidad de tener un documento de su país natal. Aunque Estados Unidos es uno de los países más grandes del mundo, me siento atrapada. Deduzco que estoy fallando porque no he podido adaptarme al sueño americano. Así que vuelvo a buscar ayuda e intento ir a ver a otro psicólogo. 

Las primeras sesiones las enfoco en mi descontento con el lugar; casi como un ruego le digo que necesito otra vida y ser otra persona. A medida que conversamos surge el tema de los comportamientos de mi padre. No es la primera vez que un psicólogo me dice que es abuso. Una terapeuta me lo dijo en la universidad, cuando le conté que mi padre me había amenazado con quitar la puerta de mi cuarto en un intento por tenerme vigilada. Esa psicóloga se preocupó tanto que me dio su número personal para que la llamara si algo pasaba. No me pregunté a qué algo se refería y probablemente boté el papel donde había anotado su teléfono. 

Mi nuevo psicólogo toma una postura seria cuando lo conversamos, lo que me genera alivio, como si alguien por fin estuviese viendo una herida que no me dejaba moverme, con el detenimiento necesario. Hablando en las sesiones noto que casi no tengo recuerdos de mi niñez, lo único claro es el miedo, la ansiedad y el deseo constante de escapar. Leo libros que hablan sobre violencia doméstica, reconozco y tengo ejemplos para las conductas que menciona: mi padre me había castigado muchas veces sin derecho a cenar y le había pedido a una de sus amigas que era terapeuta que me tratara, queriendo generar más inseguridad. Me había amenazado con golpearme, había revisado mi teléfono, había roto una puerta en una ataque de rabia, me había obligado a ignorar a mi madre y a mi hermano; me había aislado, me había hecho dudar de mí misma y de lo que pasaba. 

V

En 2022, las acusaciones de mi padre se vuelven más incisivas: dice que se está enfermando por culpa de mi madre, que le dañamos el televisor para que no pueda mirar series o películas, y un día le envía un video a mi madre sobre un hombre que mataría a su esposa si lo engaña. Lo que parece un gesto nimio, me genera una inquietud tan fuerte que tengo que encerrarme en el baño del trabajo a llorar. Intento varias veces detenerme, salir, continuar trabajando, pero no puedo. Tengo un ataque de pánico mientras mi jefa toca la puerta para saber si estoy bien.

En las sesiones, defiendo y justifico a mi padre. Le explico al psicólogo que él tuvo una infancia muy dura y que yo he tomado malas decisiones, como quedarme, como fallar en mi intento de ayudarlo. Por su parte, mi madre se encuentra tan afectada que llama a la línea de ayuda a la mujer; primero se aseguran de que está a salvo y puede hablar, luego le hacen un cuestionario de 10 preguntas sobre conductas abusivas. De 10, están ocurriendo 9. Con esto se erosiona la idea que quería sostener de que no era grave lo que estaba pasando. 

Pienso que yo podría haberme ido, que tenía el dinero para hacerlo. No me fui porque me negaba a aceptar que no podía reparar la relación. Como buena hija de mi padre yo también tengo un problema con el control, creía que si yo lograba dar con las palabras para cambiarlo, estaríamos bien, que estaba en mis manos arreglar lo que ocurría. Además, me incomodaba profundamente reconocerme como abusada. Yo, que había leído tanto; yo, que fui a marchas feministas; yo, que tenía años en terapia. Me daba vergüenza porque al tratarse de maltrato verbal y psicológico, había una parte de mí que consideraba que no estaba tan en peligro como para no haberlo detenido. Luego me di cuenta de que me tomó casi 30 años que alguien me dijera que lo que estaba pasando era abuso. Familiares habían visto su comportamiento y no dijeron nada; era una situación que se asumía como normal, desagradable sí, pero corriente. Algo que había que aprender a soportar. Ninguno de mis amigos tampoco lo señaló como abuso. Incluso cuando ya me había ido de casa de mi padre -sin decirle a dónde- y siendo acosada por él, a un punto en el que tuve que llamar a la policía, hubo alguien cercano que me dijo: “No creo que te haga daño”. Esa persona no comprendía que ya me lo había hecho durante mucho tiempo. 

VI

El trabajo no fue solo reconocer el abuso, poner límites, mudarme. Requirió hacer frente a algo anterior a mí misma. Vengo de un linaje de mujeres que han dejado de estudiar, comer, tener amigos, trabajar para no molestar a sus maridos, padres y hermanos. Mujeres enseñadas a obedecer. Asimismo, Venezuela es un país en el que una gran mayoría de la población es católica, y por tanto en el que ser una una buena persona está muy relacionado al sacrificio. Mi abuela, una figura central en mi crianza, fue una mujer que se la pasaba haciendo rosarios, pidiendo perdón sin haber hecho nada malo y sin poder dormir, era una mujer que aguantaba. Entonces, para ser buena tenía que ser conciliadora, asumir culpa y no molestarme. Las mujeres en mi familia, como muchas otras, fueron educadas para no incomodar y para ocupar el menor espacio posible. Yo crecí oyendo lo bueno que era que no se notara que estaba presente; aprendí que lo mejor era replegarme. Pensé en mi padre y mis tíos, que también fueron criados en hogares violentos, con las exigencias de una masculinidad que no admite espacio para ser vulnerable, que fueron golpeados, mandados a institutos militares, abandonados. Se hizo claro que era una violencia sistemática.

Usualmente, el abuso verbal y emocional no es reconocido como algo grave y tampoco se habla de las consecuencias que genera: depresión, ansiedad, baja autoestima, estrés postraumático, dificultades para relacionarse con otros. No hay sistema robusto que respalde y proteja a las víctimas que denuncien ni mucho menos cifras oficiales sobre este tipo de violencia. Ocurre y solo se siguen acumulando, casi formando una muralla. Sostenida en el ámbito colectivo por un Estado que no protege, educa ni asiste, y en lo íntimo con las creencias sobre la familia, a la que todo se le suele permitir porque son tu núcleo, y en la que el endiosamiento de la figura materna deshumaniza a la mujer, y al mismo tiempo resta responsabilidad a la figura paterna.

Parte de mi proceso fue volver a construir lo que entendía por bondad, lo que entendía por un Dios, a quien ya no podía concebir como una figura protectora paternal, y a quien tuve que librar de género. Tuve que aceptar también que no estaré del todo repuesta; sé que seguiré encontrando restos de lo vivido en reacciones de mi cuerpo, en mis comportamientos, pero al menos ahora tengo herramientas para reconocerlo y procesarlo. Cuando miro dentro, puedo escucharme.

Gabriela La Rosa
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