Me llevo mi libertad en una carpeta marrón 

Este texto obtuvo el segundo premio en el Concurso de Crónicas: Relatos de libertad, organizado por El Diario, en el que se evaluaron 43 crónicas sobre historias y testimonios que exploran y reflexionan sobre lo que significa la libertad en diferentes contextos
Reina Carreño Miranda
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Me voy. Repito esas dos palabras una y otra vez, como un mantra, como un conjuro contra la tristeza que me golpea los ojos desde adentro de la cabeza y amenaza con salir a mares para dejarme expuesta en público.

Pestañeo con fuerza. Suspiro. Miro de reojo a las personas que tengo a ambos lados. Cada quien en sus asuntos; no han logrado percibir que hoy me siento vulnerable, desnuda, perdida.

Sentada en la oficina de trámites de la Zona Educativa del Zulia acaricio la carpeta marrón. Adentro están el título de bachiller y las notas certificadas que me acompañarán en mi viaje. Bien podrían ser un acta de divorcio o, peor aún, una sentencia de muerte.

No quiero más pasado

Espero, suspiro y observo. Voy detallando la sala de paredes pintadas de blanco que han ido cambiando de color a beige a fuerza de tiempo y espera. No hay fotos ni consignas, solo una frase escrita en letras de papel sobre una vieja cartelera escolar.

Los cubículos de fórmica, abombados por la humedad, se apuntalan con escritorios igual de desvencijados y dividen el área a la mitad: delante, en dos columnas, cinco líneas de sillas. A la izquierda quienes consignan y a la derecha quienes retiran. Detrás, varios archivos, una puerta y dos funcionarios que atienden a los solicitantes.

Un robusto pilar central sostiene la estructura. Allí, en una placa borrosa, se alcanza a leer: “Aristóbulo Istúriz, ministro de Educación… Hugo Rafael Chávez Frías, presidente…” Mi mente se apresura en los catálogos de recuerdos, pero sacudo la cabeza para quedarme en el presente. Ya no necesito más pasado.

El hombre que está al principio de la fila se apura a consignar y el resto de las personas sentadas se levanta para correrse una silla. Me muevo. La señora a mi lado me mira y hace un gesto de resignación que intenta ser sonrisa. 

—Es de mi hija —dice, y me muestra el sobre amarillo impecable que sostiene con la mano en forma de pinza, como si temiera ensuciarlo. 

—¿Son los papeles de algún hijo? —pregunta. 

Yo sonrío y asiento, porque no tengo ganas de entrar en detalles. Pero no, son míos; tal vez lo único realmente útil que me llevaré cuando me vaya.

Elegir la resistencia

Pasa alguien más, todos arriba y a moverse un puesto. Me siento y vuelvo a dudar, porque no es fácil tomar decisiones definitivas, sobre todo después de prometerme que jamás me iría.

Resuena en mi cabeza la frase: “Te vais a ir, ahora que todo el mundo está planeando regresarse” y recuerdo cuando comenzaron a partir: primero mis colegas, después mis amigos y más tarde toda mi familia. Pero en honor a la libertad, yo elegí quedarme. 

Desde mi mirada de periodista era fácil, poderoso y, por qué no, terriblemente estimulante. ¿Cuántas veces estuve allí, trabajando? Recuerdo que esa oficina era antes un despacho, un área donde las autoridades de Educación ofrecían declaraciones sobre los conflictos de los docentes. 

Sonrío y recuerdo que me quedé para “luchar por la justicia”, porque eso aprendí a hacer desde que llegué como pasante al Diario La Verdad en el año 2000, y fue lo que seguí haciendo año tras año, en todos los otros lugares en donde trabajé después.

Quedarme me sirvió para relatar todo lo injusto, violento y criminal que pasó en Maracaibo. Conté cómo eran las colas frente a los supermercados en 2014, la miseria del hambre hurgando en la basura en 2016 y las familias alimentándose de mangos en 2018.

Cubrí cada manifestación y cada marcha mes a mes, año tras año, grité con los que gritaban; lloré por las lágrimas de los que sufrían y más de una vez amanecí en las colas de los pensionados frente a las entidades bancarias.

Reseñé el apagón de 2019. Cómo olvidar el paso por las barriadas al atardecer y la gente sacando los colchones con premura y acomodándose en los porches, las aceras y las platabandas, para arrullar sus noches con la brisa y el zumbido de los zancudos.

Las imágenes más impactantes de ese momento fueron los saqueos; el Hotel Brisas del Norte, que en una noche se redujo a un cascarón vacío, sin puertas ni ventanas. Los delincuentes cargaron con todo, hasta las baldosas de los baños y las losas de granito de la recepción. Aún me golpea el estómago la desolación de ver la piscina llena de sillas, papeles, trozos de madera y todo lo que destruyeron porque no se pudieron llevar.

La pandemia de covid-19 llegó en 2020 y con ella la odisea de obtener datos, cifras, cuidarse del contagio y ser lo más veraz posible. Aprender el arte de la verificación fue clave, así como asistir a las convocatorias del gobierno regional para hacerle seguimiento a los retazos de información que aportaba.

El pecado del silencio

Fue en esa época cuando entré, sin saberlo, en la lista negra de las personas peligrosas por incómodas, y comenzó una cuenta regresiva que culminó el día que la violencia y la venganza entraron en mi hogar con gorra y uniforme. La saquearon. Se llevaron preso a uno de mis hijos. El horror que tantas veces reseñé desde afuera se me metió en el cuerpo de golpe.

Llegaron en dos vehículos particulares cuando yo no estaba. Lanzando tiros al aire obligaron a abrir la puerta y lo sacaron esposado, no sin antes revisar hasta el último rincón y cargar con todo lo útil y valioso que había dentro.

Cuando regresé mis vecinos custodiaban la entrada y pude leer en sus rostros que algo muy malo había pasado. 

Entré, con el corazón acelerado y un puño de nervios cuajado en el estómago. Estaba atardeciendo y por las ventanas se filtraba una luz bermeja y fantasmal, olía a pólvora y todo estaba en silencio;  solo unos lejanos ladridos me decían que no, no era una pesadilla.  

Pasé por encima de montones de ropa, sillas rotas, platos y vasos, pero lo que más me impresionó de todo aquel destrozo inexplicable, además de la ausencia de mi hijo, no fue que ya no estaban el televisor, el aire acondicionado, el microondas y la licuadora: fue ver una de mis pantaletas colgando de la lámpara de mi habitación.

Lo trasladaron a la sede policial más cercana, lo golpearon y cuando llegué, un funcionario rollizo como un cerdo me atendió con sorna en una oficina casi en penumbras.

—¡Ajá, mi tía! El muchacho está metido en un problemón. Pero si conseguís cinco mil dolitas te lo entrego hoy mismo.

Yo lo miraba perpleja, sabía muy bien lo que estaba pasando, pero nadie se preparaba para eso. Sentía que no podía dejar de observar su rostro marcado por el acné, su sonrisa de medio lado, a la vez que intentaba leer el nombre escrito en el uniforme. Mi silencio lo impacientó.

—¿Dónde está el padre? Prefiero entenderme con hombres.

La furia comenzó a crecer en mis entrañas, pero no reaccioné. Suspiré y con calma le dije: 

—Hay dos cosas que no tengo: dinero y un hombre.

Esa noche lo reseñaron. Lo sacaron al frente y le tomaron una foto de espaldas, con la misma utilería con la que fotografiaron a seis de los reos que cayeron en la jornada. Otros cinco pagaron para irse antes de la medianoche

Lo que sucedió luego recuerdo que lo viví como si estuviese dentro de un tanque de agua. No grité, no lloré ni denuncié el caso. Guardé silencio por miedo a que lo mataran y de una forma u otra terminé haciendo lo que tanto había criticado: pagar y callar.

Cuando pasó a tribunales moví los contactos que me quedaban, contraté a una abogada que además me pidió plata para la secretaria, el alguacil y el juez. Vendí mi casa, invertí hasta lo que no tenía para que saliera de prisión y después lo saqué del país, pero no me fui. 

Pude hacerlo, pero elegí ejercer mi libertad vestida de resistencia, sostener mi trabajo con la fe de que algo, en algún momento, haría desaparecer toda la injusticia y la represión. Me quedé en la ciudad, viviendo agazapada como los gatos, atenta como los perros y anhelando ser libre como las aves.

Seguí trabajando, reseñando; haciendo seguimiento a casos como las expropiaciones a inmuebles patrimoniales, la corrupción de Bus Maracaibo, los derrames de petróleo en el lago y el abandono de los sistemas de purificación de agua de la ciudad.

Zumbido del miedo

El 9 de enero de 2025 salí temprano hacia la Plaza República para cubrir la concentración en rechazo a la toma de posesión presidencial de Nicolás Maduro. Fue la última vez que hice diarismo. 

Como vivía cerca me fui a pie. Sentí una premonición muy fuerte cuando pasé frente al antiguo cine Roxy y me topé con al menos 15 motorizados que aguardaban en el estacionamiento. Caminé muy cerca de ellos, temblando y sin respirar, pidiendo a Dios que mi aspecto de “señora mayor” no levantara sospechas.

Unos conversaban entre ellos, otros recibían instrucciones y, aunque no los miré de frente, pude captar varios detalles evidentes: estaban vestidos de negro, con pasamontañas cubriendo su identidad, todos armados y algunos con radios para comunicarse.

En la esquina de Bella Vista con 5 de Julio me encontré con Juan Martínez, mi compañero de jornada, y desde allí pudimos constatar lo que era un rumor desde la madrugada: la plaza estaba militarizada. 

Los manifestantes comenzaron a llegar en grupos pequeños pasadas las 9:00 am. La mayoría era gente adulta, de la tercera edad; con sus banderas, camisetas blancas, vuvuzelas y sombrillas, y comenzaron a reunirse en la esquina opuesta al obelisco, frente a Salto Ángel.

Los dos grupos, militares y manifestantes, quedaron separados por una calle (78, Doctor Portillo). Los uniformados los superaban en número, pero quienes acudieron ese día a expresar su descontento tenían tanto ímpetu y vitalidad que no se movieron ni un milímetro.

Contagiada por la valentía de aquellos hombres y mujeres, ciudadanos como yo, comencé a tomar fotografías y entrevistas de los presentes. Iba y venía entre la muchedumbre que gritaba consignas y agitaba banderas con ferocidad.

Otros colegas también estaban reporteando. Vi a lo lejos a Leandro Palmar y Belises Cubillán de LUZ Radio; también a Joanna Barboza y Felipe López. Me sentí tan acompañada, envalentonada, que cuando comenzó el caos me tomó por sorpresa.

Escuché la algarabía transformarse en un zumbido y luego en gritos: “Suéltenos”, “Corran”, “Asesinos”. Volteé y vi, como en cámara lenta, a un señor mayor arrodillado en medio de la carretera, con los brazos en cruz, gritando: “¡Dios mío, hasta cuándo tanta injusticia!”. Segundos después dos uniformados lo levantaron por las axilas y lo arrastraron a la perrera donde ya estaban montando a otros más.

Me quedé paralizada. La masa de personas intentando huir me empujó a un lado, trastabillé contra una pared y al levantar la mirada vi varios funcionarios que corrían hacia mí. Cerré los ojos y sentí un tirón fuerte en el brazo, quise zafarme pero escuché la voz de Juan gritar: “Corre, vámonos”.

Sin esperar mi reacción casi me tomó en vilo y salimos por un costado del centro comercial, por la 3Y con rumbo a la 79. Paramos para respirar profundo frente a la iglesia La Consolación y nos llegó el olor de las bombas lacrimógenas, lejanos sonidos de sirenas y una que otra detonación. Todo fue consumado. 

Un total de 12 personas quedaron en cautiverio esa mañana, entre ellas dos periodistas (Leandro y Belises), dos menores de edad y tres ancianos enfermos. Al único que soltaron esa noche fue al profesor Edinson Castro.

Ese día me quebré. Todo lo que era pasión, vocación y servicio se apagó dentro de mí. Me escondí por semanas, sintiendo sobresalto cada vez que escuchaba a lo lejos el rugido del motor de una motocicleta, hasta que terminé mudándome a un lugar más alejado y seguro.

Por un tiempo me encerré en mi oficina, editando y corrigiendo textos, ahogándome en la impotencia que da pasar de documentar la historia en la calle a corregir puntos y comas en la soledad del trabajo a distancia. Solía preguntarme con rabia: “¿Quién defiende a los periodistas ahora?”, hasta que me quedé desempleada. 

El monótono comando de la espera

Hace meses busco trabajo, pero no ha sido fácil. Las redes sociales, la inteligencia artificial y la superficialidad han cambiado la manera de hacer periodismo en el mundo. Pocos quieren leer historias, pocos quieren la verdad incómoda, prefieren la dopamina del reel fugaz. Pero también debo admitir que tal vez ya no quiero seguir haciéndolo. 

—Señora, ruédese. 

Mi mente vuelve al presente, me percato de que la silla a mi izquierda quedó desocupada y toda la fila espera que me levante para avanzar. Suspiro y sigo el monótono comando de la espera.

Siento el calor ácido que llega a la nariz unos segundos antes de que surjan las lágrimas y vuelvo a sacudirme para no flaquear. Añoro lo que fui, pero tengo miedo, mi gente, qué más puedo hacer, repito en mi mente como si pronunciara un discurso.

Por eso me voy. No importa si me quedé cuando todos se iban y ahora que muchos quieren regresar yo emprendo el viaje. Tal vez elegir es una manera diferente de construir la libertad.

Y, aunque muchos expertos y optimistas aseguran que Venezuela pronto será un país diferente, libre y próspero, yo, sentada en esta oficina de trámites, solo sé que muchas cosas que se rompieron jamás podrán repararse y que hará falta mucha justicia para terminar de sanar las heridas. Mientras, elijo comenzar de nuevo y tal vez ser libre en otro lugar.

Al fin me toca el turno. Una mujer de pelo castaño lacio y uñas larguísimas me atiende con amabilidad, intentando manipular con cuidado los documentos que datan de 1984.

— Tienen más de 40 años —digo y ella sonríe ante mi innecesaria explicación. 

Comprendo lo poco que le importa qué hago ahí, de dónde vengo y hacia dónde voy. En silencio espero que termine de acomodar los papeles y me entregue una boletita.

—Venga dentro de 20 días.

Salgo a la calle. El sol y el bullicio me golpean como el súbito despertar del sueño nocturno. “Centro, centro”, grita el chofer del porpuesto de la ruta 18 de Octubre y tres pasajeros corren para abordarlo en la esquina. Yo prefiero caminar un rato, suspirar, aturdirme y tal vez llorar un poco antes de llegar a casa.

Paso por esa zona donde las ceibas sirven de hogar para los loros y las maracanás. Aunque es temprano para escuchar su algarabía, las imagino volando en bandadas a contraluz y llenando con sus chillidos el silencio del atardecer.

Tal vez el trajín cotidiano, las vicisitudes, el tener que resolver cada día le ha robado a la ciudad esa capacidad de maravillarse con lo sencillo, de conmoverse con lo propio y de luchar para mantener la identidad que, para bien o para mal, nos ha distinguido en el mundo. Luchar por la libertad.

Fui testigo, actora y escriba de la historia local. Eso me lo llevo, con el calor sofocante, con los atardeceres y con todas las historias que ya no podré contar. Como una ruptura, como un divorcio o tal vez como una sentencia de muerte; la muerte de una parte de mí.

Reina Carreño Miranda
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