• Una caída supuso un completo cambio en la vida de la más pequeña de la familia. A la adolescente de 14 años de edad le detectaron un tumor en el cerebro. Los médicos le comunicaron que tenía que reunir una suma de 15.000 dólares en un plazo de un mes para poder sobrevivir

El Ávila se levanta a escasos metros del barrio La Alcabala, en Petare. Detrás de los pequeños muros, los diminutos jardines y las rejas bien pintadas, las casas se ven sólidas. Un muro de ladrillos se levanta para dar la bienvenida a los habitantes de la barriada. Durante el mediodía el silencio domina el sector, no hay carros ni se oyen voces. Mientras tanto, una mujer con el cabello recogido se asoma por un sobretecho que da hacia una casa y levanta la mano para avisar que esa es la vía hacia su hogar.

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Foto: Víctor Salazar

La mujer señala las escaleras de concreto que llevan a su casa. En la mitad del trayecto una reja de metal cruje sobre el piso de cemento desgastado. La puerta deja entrever un estrecho pasillo, en el que solo puede caminar una persona a la vez. Esa es la entrada al hogar de la familia Carima. En los últimos meses este estrecho paso ha sido testigo del tránsito apurado de sus habitantes en busca de un paliativo para la enfermedad de la hija menor.

En uno de los costados de la sala espera una niña sentada en su silla de ruedas, aguarda con una sonrisa tímida mientras mira fijamente a quienes entran. 

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Foto: Víctor Salazar

Una caída cambió por completo la vida de Daniela Carima, de 14 años de edad. Jugaba con su primo en su cuarto cuando resbaló y cayó al suelo. Al principio solo hubo algunos dolores de cabeza, nada de qué preocuparse. Pero la enfermedad avanzaba silenciosa, y un tumor crecía dentro de ella, comprometiendo su visión e incluso su respiración.

Desde ese momento la rutina de la familia Carima cambió totalmente. Algunos síntomas indicaban que algo no estaba bien. Su pediatra le recomendó que acudiera a un neurocirujano y le indicaron que se realizara una resonancia magnética que dio con el diagnóstico: tumor cerebral en la fosa posterior. Un mes era el tiempo que tenía la familia para conseguir los 15.000 dólares que costaba la intervención para extraer el tumor.

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Mi primera reacción fue empezar a llorar. Luego vi que mi mamá estaba preocupada porque los médicos le dijeron que tenía que conseguir el dinero en un mes. Ese era mi límite de vida, y en ese tiempo podía dejar de respirar o quedarme dormida”, recordó Daniela Carima mientras miraba fijamente a su Zuleima, su madre.

Empezaron a vender todo lo que tenían a su alcance para recaudar la suma, mientras los síntomas se agudizaron. Los dolores de cabeza aumentaron, las náuseas y los mareos empezaron a ser más recurrentes, la visión fallaba cada vez más y la respiración se volvía cada vez más lenta. Incluso sus ojos no estaban en su posición debido a que estaban siendo afectados por el tamaño del tumor. Sin embargo, cuando todo pintaba para mal, la familia Carima recibió un importante donativo del trabajo de su papá que les permitió realizar la operación. 

El día de la intervención a Daniela le quitaron todo el cabello. Su tío, el hermano de Daniela y su padre, se unieron a ella rapándose para hacerla sentir un poco más cómoda.

A pesar del momento agridulce por el que atravesaban, siempre encontraron la manera de sacarle una sonrisa y hacer lo que más le gusta a la niña: tomarse fotos.

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Foto: Víctor Salazar

Fortaleza familiar

Desde que se supo el diagnóstico de Daniela, su hermana Adriana Carima empezó a dormir con ella en la misma cama. Para Adriana, uno de sus mayores temores era despertar por la mañana y que “la negrita”, como le dice su mamá, no respirara más. Ella entendía perfectamente en qué consistía la operación, sabía cuáles eran los riesgos, pero ni ella ni su familia imaginaron jamás que quedaría postrada en una silla de ruedas. 

Cuando salió de la intervención quirúrgica, Daniela sufrió un shock neural que le ocasionó lesiones en la médula y la posterior inmovilidad parcial. El tumor era muy grande y a pesar de los esfuerzos, los médicos no pudieron extraerlo en su totalidad. “Lo que nos explicaron los doctores es que ella estaba viva por obra y misericordia de Dios”, expresó Adriana. 

Al poco tiempo de la operación empezaron las quimioterapias, un tratamiento que sabían que sería largo y agotador; pero siempre confiaban en que Dios las acompañaría en todo el camino. Adriana le repetía a su hermana que “Dios es médico por excelencia” y por eso saldrían adelante. 

Los doctores le aseguraron que “la negrita” caminará nuevamente con ayuda de rehabilitaciones. A pesar de la poca movilidad, Daniela suele agarrarse de los reposabrazos de la silla ruedas y ponerse de pie, pero sin intentar caminar. 

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Foto: Víctor Salazar

“Siempre damos gracias a Dios de que ella esté viva. Le agradecemos que la tenemos, así sea en silla de ruedas”, dijo Adriana, mientras comentó que el cáncer de Daniela los ha unido más como familia para poder enfrentar cada etapa. 

Adriana es la columna que mantiene firme a su mamá, ella es quien ha tenido que asumir el rol de protectora para evitar que nadie en la familia se derrumbe. Todos los días le repite que Daniela volverá a ser la misma, que a pesar de que se sientan mal, deben transmitirle las mejores vibras porque la familia es la fuerza para su recuperación. 

“Ella va a caminar. Ella quiere ser aeromoza, la veo en sus aviones con su pelo largo. La veo como una muchacha llena de fuerza y de vida”, afirmó mientras observaba a Daniela jugar con su peluca.

Una de las cosas que Adriana más admira de su hermana es la madurez con la que ha llevado este proceso y considera que la fortaleza que muestra es muy grande en comparación con la de otros niños.

La familia Carima se refugia mucho en Dios y lo demuestran en cada palabra que dicen. Aseguran que si la ayuda de Dios no hubiesen podido resistir todo el proceso de Daniela. 

“Agradecida de Dios por darme la oportunidad de tenerla a mi lado. Tenerla conmigo ya para mí es demasiado. No nos queda de otra que aferrarnos a Él porque hemos pasado situaciones difíciles, pero siempre hay alguien que llega para tendernos su mano amiga”, comenta la mamá de Daniela un poco tímida, pues no suele hablar mucho sobre la enfermedad de su hija. 

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Foto: Víctor Salazar

El mayor deseo

Daniela ha demostrado tener una fortaleza enorme a pesar de lo complicada que puede ser la situación. Siempre intenta darle ánimo a su mamá para que no se sienta triste, pues asegura que saldrá de todo esto y lo tendrá como una enseñaza de vida. Ella es una persona muy coqueta, a pesar de que perdió su larga cabellera negra. 

La pequeña de 14 años de edad está consciente de los gastos que ha generado todo su proceso y sobretodo el de tener una silla de ruedas. Su mayor deseo es volver a caminar para que su familia no tenga tantas preocupaciones monetarias y así sentirse más independiente. 

“Siempre le digo a mi mamá y mi papá, así sea por mensaje, que vamos a estar unidos otra vez, siempre les digo que no pierdan la esperanza porque no todo lo malo es malo, esto me ha dejado muchos aprendizajes porque hoy estoy aquí y eso es muchísimo”, dice.

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Foto: Víctor Salazar

Daniela mantiene la fe y la esperanza de que para fin de año ya podrá caminar con ayuda de los ejercicios de la rehabilitación que mantiene desde principios de noviembre. El proceso de los tratamiento continúa, pero la pequeña de la familia Carima sigue luchando contra la enfermedad que ha marcado su adolescencia.

La más pequeña de la casa se despide de la cámara con su sonrisa particular, y acariciando su peluca negra mientras revisa su teléfono para mostrar su cambio físico en los últimos meses. Daniela también agradece los momentos más oscuros, pues es en ellos en los que su círculo familiar se ha unido, todos con esperanza y seguros de que volverá a caminar.

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Foto: Víctor Salazar
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