• El pueblo aragüeño conserva la magia y color que tanto atrae a los turistas. La situación del país los ha afectado pero nadan contra corriente para seguir siendo el destino preferido de los temporadistas

Para describir la costa y especialmente Choroní, hay palabras y escenarios que los reflejan a la perfección. En aquella bahía rodeada de montañas, el agua del mar es un carnaval de tonos azules que contrasta con los colores intensos de cada caserío colonial. La cordialidad es un atributo inequívoco en sus habitantes.

Foto: José Daniel Ramos

Entre tantas cualidades —ya conocidas por muchos— también se asoman elementos que nunca han tenido un papel protagónico, pero que cuentan con todo para deslumbrar a turistas y pobladores. Un fin de semana en el paraíso del estado Aragua lo confirmó. 

1976

fue el año en el que se fundó el pueblo

5.000

personas aproximadamente habitan Choroní

La madrugada de un domingo, en medio de un apagón, donde el reggaeton y el sonido de las olas eran el soundtrack de una velada que había iniciado en el malecón del pueblo horas antes, pero al ritmo del repique de los tambores. 

La música se oía fuerte, la falla eléctrica no logró apaciguar la alegría de un grupo de personas que bailaban en una pista improvisada en la calle, mientras algunos bebían sorbos de ron y otros preferían guarapita. Ambos licores predilectos en las costas venezolanas. 

En medio de los sonidos y de la madrugada con clima fresco, Choroní dejó ver otros de sus atributos mejor guardados: un centenar de estrellas iluminaron aquella noche. Unas permanecían quietas como si estuvieran dispuestas a ser admiradas, y otras fugaces armaban una gama de destellos que adornaban el cielo de la costa. Un espectáculo que se reflejaba en la inmensidad del mar. Un momento que no se alcanza a detallar con tal exactitud ni con la mejor cámara fotográfica: hay que vivirlo.

Foto: José Daniel Ramos

Así es en esencia Choroní, hay que vivirla. Disfrutar el agua fresca de Playa Grande y el sabor de las empanadas de cazón, beber el agua de un coco recién bajado de la mata y el sonido costeño de los tambores que suenan a diario. Hay que reconocer el arduo trabajo de los pescadores que al finalizar la tarde traen a tierra firme kilos de pescado de los que suelen regalar una parte a quienes le falta comida en su mesa. 

Foto: Fabiana Rondón

Pero también hay que admirar al resto de los pobladores que pese a la crisis continúan cordiales y alegres mostrando a todo el que llega lo mejor de un pueblo donde la magia promete nunca acabar. Sin duda, estos son sus más grandes atributos. 

El brillo que permanece

A primera hora, cuando sale el Sol en Choroní, tanto pobladores como turistas ya están despiertos. Unos se alistan para disfrutar de la playa y otros lo hacen para comenzar la jornada de trabajo. Mucho más temprano laboran los pescadores, quienes ya a las 5:00 am están en el muelle, encendiendo los motores de las lanchas para ir mar adentro en jornadas de trabajo que se extienden hasta las 6:00 pm.

Foto: José Daniel Ramos
Foto: Fabiana Rondón

En el pueblo hay dos oficios principales: la pesca y el surf. La mayoría de los habitantes trabajan pescando y en los últimos años muchas mujeres se han sumado a la labor que hasta hace poco era catalogada como “solo para hombres”.

Foto: Fabiana Rondón

El surf es otra de las grandes promesas del pueblo, hay una escuela que forma nuevos talentos los fines de semana. De allí han salido atletas de la talla de Francisco “Lolo” Bellorin, un verdadero rockstar en su terruño. Todos los conocen y admiran lo que ha logrado sobre las tablas con trabajo duro y constancia. 

Foto: Fabiana Rondón

Muchos niños de la costa se suman a estas disciplinas desde muy pequeños. Son parte de la identidad del pueblo.*Joan Gómez es uno de ellos, tiene 13 años de edad y vive en Choroní desde hace siete,  junto a su madre y sus tres hermanos. Se conoce la zona con exactitud y la recorre a diario para cantarle a turistas y ayudar así con los gastos de su casa.

Foto: José Daniel Ramos

El gran escenario del pequeño de 13 años es Playa Grande, un verdadero paraíso de agua cristalina rodeado de montañas y cocoteros. Allí va los fines de semana para vender cocos y contar la historia de su pueblo a los visitantes. Joan ama a Choroní y  anhela dejarlo muy en alto cuando crezca.

Joan es uno de los que a diario, al caer la tarde, espera en el malecón la llegada de los pescadores que traen a tierra la carga de pescado. Como a tantos otros pobladores, le regalan para que lleva a casa, aunque en ocasiones decide venderlo para comprar otros alimentos.

Foto: Fabiana Rondón

En la localidad aragüeña, los habitantes están involucrados en incentivar el turismo, por ese motivo son reacios a hablar sobre los problemas y carencias que han surgido por la crisis, temen que eso espante la llegada de más viajeros. Pero problemas hay y son evidentes.

La aventura ya no es tal 

10 años atrás visitar Choroní era sinónimo de disfrute, desde el inicio de su vía en Maracay (Aragua), famosa por sus curvas y el camino angosto, hoy luce más deteriorada, con muchos huecos en las casi tres horas que comprenden el recorrido. Autobuses hay pocos, porque la demanda de visitantes hacia el pueblo ha disminuido, especialmente entre semana. 

Foto: José Daniel Ramos

En la entrada a Puerto Colombia otro rasgo de la crisis se denota: la basura, una problemática que ha sido recurrente en la zona en el último año, pese a que los pobladores han hecho llamados a las autoridades municipales para que den soluciones, pero la situación se mantiene. 

Foto: José Daniel Ramos

Indignados por las fallas, hay habitantes que sí se han aventurado a hablar sobre los problemas que hay en la localidad porque temen que la magia del pueblo desaparezca.

En el malecón de Choroní, está sentado Carlos Palomino, tiene 63 años de edad, todos vividos en un pueblo que asegura “amar con locura”. Carlos es de tez oscura, tiene la piel tostada por el inclemente sol, un sombrero bordado de paja y, en su rostro, refleja la tristeza por ser espectador de cómo la crisis ha afectado a su querida localidad. Se queja por el mal estado de las vías, por los botes de agua negra cerca del malecón y la falta de iluminación.  

Siendo el pueblo un destino turístico, no entiende como servicios tan básicos son deficientes, así que exige soluciones. 

Le hago un llamado a Nicolás Maduro, tiene a mi pueblo abandonado, los alcaldes, los gobernadores no se ocupan del pueblo que venga y se de cuenta de la problemática”, dice Palomino.

Igual de indignado está Santiago José Rebolledo, a quien de cariño le dicen “Pelele”. El hombre de 67 años de edad tiene el cabello canoso y la piel bronceada producto de las largas faenas de pesca. 

Pepele también nació y creció en el pueblo aragüeño. Aunque ha tenido la oportunidad de visitar otras zonas costeras, asegura sin titubear que “como Choroní no hay dos”, por eso anhela ver a la localidad “como antes”. 

Pide solucionar el tema de las aguas negras, así como los constantes apagones y las fallas en el suministro de agua, pues ante la escasez muchos pobladores optan por recolectar agua en el río y usarla para sus actividades diarias.  

Foto: José Daniel Ramos

“Para mí Choroní lo es todo y quiero ver a mi pocito de agua en buen estado”, indica Santiago. 

En el pueblo otras de las fallas que se han agravado en el último año es la de las telecomunicaciones. Desde hace meses no hay señal de ninguna de las compañías telefónicas, el único punto donde hay cobertura es el malecón, allí todos los días los habitantes se reúnen para conectarse unos minutos con el mundo exterior. Otros buscan señales de wifi en las posadas y en los locales de comida. 

Foto: José Daniel Ramos

Pese a las dificultades, Choroní se niega a perder su encanto. Aunque a menor escala, los temporadistas siguen llegando, especialmente los fines de semana cuando arriban muchos grupos en full days, también hay quien va y se aloja un par de días. Turistas extranjeros también continúan visitando la costa, solo que la mayoría se alberga en las posadas que están en la entrada del pueblo y deciden disfrutar desde ahí el sol de este refugio natural. 

Los pobladores siguen haciendo su trabajo. Hay muchos establecimientos de comida, de bebidas alcohólicas y también de prendas playeras. Como en el resto de la economía venezolana, Choroní está dolarizada, incluso los viajes en lanchas.

Lo que más abundan en la localidad son embajadores del pueblo. Apenas llegas te dan la bienvenida, recomiendan oír los tambores en el malecón en horas de la noche, comer empanadas muy temprano e incluso promueven el turismo a otros pueblos cercanos como Chuao y Tunja, otras de las joyas que atesora el estado Aragua. 

Foto: Fabiana Rondón

En Choroní la magia se sigue percibiendo porque es la esencia del pueblo y en definitiva, de su gente, que trabaja para recomponer las grietas que la mala administración municipal han dejado todos estos años. A la costa la apartan en los planes de gobierno, solo en temporadas altas retoma importancia para algunos, aunque el trato debería ser frecuente ante el valor turístico y ambiental que representa esta zona del país.

Pueblos así, llenos de tantas cualidades y bondades naturales, no sucumben ante las dificultades. Así que en Choroní, si muere la magia, reencarna y sigue viva gracias a los cientos de atributos por los que es conocido como un paraíso que se puede apreciar muy cerca en la costa venezolana. 

*El nombre fue modificado para proteger la identidad del menor de edad.

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