• Dejar testimonio y registrar lo que se vive es parte de la premisa de esta venezolana en Italia que compartió con El Diario su experiencia frente a la pandemia por Covid-19

Lo que se pensaba que sería una gripe más, un virus que se encontraba “demasiado lejos para afectarnos», resultó convertirse en pandemia. La paranoia, en mi caso, tuvo sus inicios cuando empezaron a ser publicados vídeos de origen dudoso por Twitter de personas en China que caían al piso inconscientes, hospitales abarrotados y fuerzas policiales encerrando como animales a las personas en sus casas.

Poco tiempo después nos enteramos que se trataba de un virus originado en Wuhan, China, y que poco después recibiría el nombre oficial de Covid-19.

¿Qué está pasando?

El primer error de Italia, y del mundo, fue no haber tomado en serio la situación desde un principio. Siendo una persona que trabaja en uno de los aeropuertos más transitados en el mundo (Aeroporto Leonardo Da Vinci), pude notar cómo a mediados de enero los pasajeros provenientes de Asia fueron disminuyendo hasta casi no quedar ninguno. Y todo esto una semana antes de celebrar el Año Nuevo Chino, cuando se esperaba un gran flujo de gente. 

Las primeras semanas que se supo del virus, las mascarillas estaban a todo dar. Los pasajeros las usaban, los trabajadores las usábamos. Puedo asegurar que 80% de las personas en el aeropuerto tenían su mascarilla. Eso sí, digamos que sólo el 30% de las personas la usaba correctamente.

A medida que desaparecían los pasajeros de China y Corea del Sur, también lo hacían los tapabocas. Grave error. Como si ya gran parte de las personas no estuviesen contagiadas y se pensara que por ser de otro continente fuésemos inmunes al virus. 

Foto: Claudia Arévalo

¿Y para cuándo las medidas de seguridad?

La cuarentena en Italia empezó demasiado tarde y de repente. Para ese entonces ya eran más de 2.000 los contagiados. Cuando esta comenzó yo me encontraba, por cosas del destino y casi escapando de las parcas de forma deliberada, en Argentina, donde tres días después de mi llegada—un 7 de marzo—se supo de los primeros 8 casos de contagio. 

Lo único que podía hacer desde tan lejos era escuchar los relatos de familiares y amigos en Italia quedándose sin trabajo, o cómo “el amigo del amigo de tal» se enfermó y sobre todo la cantidad de gente que iba muriendo todos los días. Lo único seguro era la incertidumbre que, hasta el día de hoy, sigue permeando casi todos los espacios del día a día. 

De manera ingenua y un poco egoísta, pensaba que estando tan lejos escaparía de toda la locura pero no sabía cuán equivocada estaba. Con menos de 200 contagios el presidente de Argentina, Alberto Fernández, decretó una cuarentena general desde el 20 de marzo.

Si ya es desesperante entrar en un estado de emergencia en tu propio país, imagina estando en otro continente y casi sin posibilidades cercanas de volver a casa.

Odisea en cuarentena

Mi boleto de regreso había sido cancelado hasta nuevo aviso, con una posibilidad mínima de que reanudaran los vuelos comerciales para los primeros días del mes de mayo. Decidí recurrir al consulado italiano que me ofreció la posibilidad de un vuelo único de repatriación con un costo de 65 euros. Sin pensarlo, tomé esa opción.

Mientras esperaba los días hasta la partida, lo único que me quedaba hacer era observar y tomar una nota mental de todo lo que iba sucediendo a mi alrededor. Las calles de Buenos Aires, para mi sorpresa, se encontraban casi vacías. La gente tomaba la cuarentena en serio. El silencio era sepulcral y solo era perturbado cada noche, a las 9:00 pm, por el aplauso dedicado a los trabajadores de la salud.

Por fin llegó el día del  regreso a casa, lo que para mí fue el comienzo de una pequeña odisea. En vez de sirenas en el camino al aeropuerto nos encontramos con varios controles policiales que detenían a casi todos los conductores pidiendo un motivo válido de su presencia en las calles.

Ya en el el aeropuerto de Ezeiza, para poder entrar las exigencias eran un pasaje, una razón verificable para viajar y que la temperatura corporal no pasara de los 37.5 grados. Si no tenías todos los requisitos, la entrada se negaba.

Foto: Claudia Arévalo

Después de 30 horas de viaje —entre controles, trámites, llenar una infinidad de planillas, lentitud de todo el proceso por el personal reducido—pude llegar a Italia. El choque de realidad es muy duro.

Desde el momento en que te bajas del avión, se encuentra una persona que se asegura de que entre los pasajeros haya una distancia de al menos un metro.

Se encargan también de informarte sobre las noticias más recientes respecto al virus, como el número de contagiados: “oggi sono 6mila i contagiati”, y también el número de decesos: “oggi 700, meno rispetto ieri che sono stati quasi 900.” Y en ningún momento te dejan de repetir que la situación es grave y que esto irá para largo. 

Foto: Claudia Arévalo

Sin embargo, a pesar de todo esto, me sorprende ver que acá mucha gente no se toma la cuarentena en serio. No vi un solo control en el camino del aeropuerto hasta el apartamento donde actualmente estoy haciendo mi cuarentena. Mucha más gente de la que debería haber está caminando por las calles y además, hay una cantidad de carros que transitan sin cesar. 

Después de haber reportado mi regreso a la estructura principal de salud de mi región, la ASL (Azienda Sanitaria Locale), como estoy obligada a hacer según todos los módulos que llené y firmé en todos los aeropuertos por los que pasé, y después de llenar una planilla más donde me comprometo a medir mi temperatura dos veces al día y reportar si llego a presentar algún tipo de síntoma, no me queda más que esperar los catorce días para por fin volver a casa, donde ya han comenzado a desinfectar los alrededores.

Foto: Claudia Arévalo

Encerrada entre estas cuatro paredes no me siento en ningún lugar del mundo. Podría seguir estando en Argentina, en China o de regreso en Venezuela. Podría ser cualquier día de la semana de cualquier mes del año.

Es por esto que lo importante es no dejar de contar jamás cuántos días llevamos de encierro, en qué fecha estamos y el mes, el día de la semana. No olvidar quiénes somos ni quiénes éramos antes de todo esto, ni cómo vivíamos antes de que comenzara esta distopía mal hecha y de pésimo gusto, para que una vez que termine, podamos salir a recuperar todo lo que teníamos.

Y sobretodo no olvidar. No olvidar quiénes fueron los responsables, no olvidar la incompetencia de nuestros representantes de gobierno, tomar nota de lo que sucede, registrar, dejar testimonio, no dejar que los días se desvanezcan uno tras otro.

Y por último, a pesar de la situación, apreciar todo lo que ya hemos recuperado en estos días: tiempo y perspectiva. Con nosotros mismos, con nuestra familia y amigos así sea en la distancia. Porque en toda oscuridad siempre hay algo de luz.

Yo soy Claudia, hoy es 28 de marzo y llevo 8 días en cuarentena.

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