• Un escritor que se enamoró de la palabra y que llevándola como remo navegó hacia nuevas aguas. Un político que tiene y recomienda paciencia. Un portugués que quiso ser venezolano y, contra todo pronóstico, sigue amando su elección. Cuando acaba de pasar el día nacional de Portugal y viene el de Venezuela más con procederes que con próceres, con saberes que con sables reconstruye su vida y jura que la democracia volverá

Pasión a la que se aproxima con precocidad y apremio —luego descubrirá que es cosecha y fermento, imposible asirla de un zarpazo—, la palabra, como libélula a las primeras de cambio, es una suerte de revelación que se le manifiesta en distintas y reiteradas ocasiones a Joaquín Marta Sosa hasta que lo traspasa de una vez y para siempre con su misterioso sortilegio. Esencia de su vida, hasta la fecha, cuando escribe sus memorias, tiene compilados los distintos episodios o epifanías con que la lengua lo tienta. Los comparte uno a uno. Pero al contrario de lo que él cree, no es esta, con su musicalidad y sus arcanos, la que lo conquista. Él es quien lo hace. 

Todas las carantoñas de los vocablos nuevos o de las homilías hipnóticas hubieran sido vanas si desde que es un crío no se hubiera intrigado —y fascinado— por su magnetismo y poder. Sea que lo escriba con fineza de poeta, sea que el catedrático o el orador lo pronuncia de manera impecable, es trabajo de su autoría que el verbo en él se hiciera carne; y también sangre, sudor y lágrimas.

Recuerda aquel día de celebración religiosa, a mediados de los cuarenta, cuando la palabra en boca del sacerdote de Nogueira, aldea de mucha fe y entonces de mucha hambre, devino fulminante hechizo. El cura debió esmerarse con el sermón porque los 300 habitantes, incluyendo su familia, quedaron muy conmovidos. Descubriría que unas frases marcadas con pausas y dichas con determinada modulación pueden producir un efecto en las audiencias (seguramente ese día se arraigó también, en su índole, el político). Pero, sobre todo, a él lo embelesaría la dulzura en la voz del predicador y que esa emoción pudiera ser una forma de lenguaje. 

No es que los mayores hablaran a los gritos, pero había algo áspero que flotaba como nata en las conversaciones callejeras, en la bodega, en el trajín cotidiano, y ahora podía hacer la distinción y entender, además, que la lengua, como el vino, está entrañada al paisaje y este, en ese momento, estaba pergeñado de crispación: es la posguerra. Lo cierto es que él quiere aprender a hablar con esa suavidad que es elegancia y benevolencia. 

Foto: Crear en Salamanca

Con su fuerza telúrica vuelve la palabra a moverle el piso de la mano de un personaje inolvidable, su tío, que le ofrece la oportunidad de dar su primer discurso. Escribe una breve alocución que él deberá memorizar para recitarla en medio de la plaza del pueblo natal, un feriado de santos rituales. El contenido debió ser un tanto anticlerical y nada descabellado que lo fuera: la jerarquía eclesiástica portuguesa, desde el miedo al comunismo y escogiendo entre un mal y otro, habría dado “estructura”, al gobierno conservador que apoyaba al sanguinario Eje de los nazis y fascistas. Lo cierto es que el futuro gran presentador de libros y diputado de consistentes filípicas en el Congreso Nacional de Venezuela, no sabía muy bien qué había dicho y mucho menos por qué los ¡ah! y los ¡oh!  Entonces hizo para sí mismo un voto: en lo sucesivo, cada vez que abriera la boca sería con conocimiento de causa.

El tío pasó liso de la experiencia provocadora —otra propiedad de la palabra—, y en la memoria del sobrino el personaje permanecerá más que a salvo. En realidad tendrá en él una ascendencia fundamental. En los días previos, con el entusiasmo de Alí Babá, conduciéndolo directo a la literatura le había mostrado algo asombroso: su biblioteca. “Es posible que olvidemos lo que hablamos hoy, pero lo que está escrito, escrito queda, los libros son memoria y fuente de sabiduría”, le dijo mostrándole los contenedores del misterio de la escritura. Quedaría pasmado cuando el tío toma uno de la hilera y comienza a descifrarlo: es la primera persona a quien oiría leer en voz alta. 

Sus padres nunca le habían contado un cuento, “solo tenían tiempo para una cosa: pensar en que comeríamos”, confiesa. Escaseaba el alimento de tal manera —el gobierno le esquilmaba a todos los poblanos el producto de sus siembras para alimentar a los alineados y alienados de la esvástica— que lo único que tenían entre ceja y ceja era sobrevivir y, para ello, tenían que esmerarse en buscar el sustento hasta bajo las piedras. “Distraerse en cualquier otro asunto era un lujo que no podían darse ni siquiera tenían tiempo para sufrir”, confiesa, “lloraban a sus muertos, nuestros muertos… y de inmediato tenían que volver al mismo afán”, añade recordando la hambruna que merodeó artera y tan de cerca; y entró con su mal aliento en la casa. Se llevó a sus dos hermanos, el mayor y la menor, dejándolo hijo íngrimo. 

Antes de cumplir los 7 parte con sus padres y unas pocas valijas de la Nogueira natal. Dejan atrás la posguerra, ese tiempo opuesto a cualquier gloria. Que es languidez en los desarropados huesos. Escombro. Conteo de pérdidas. El silencio estruendoso que dejan las balas incrustadas en las carnes yacientes, sus blancos. Su abuela, como narra él mismo en Italia y Venezuela inmigración y gastronomía, de ediciones Fundavag, creerá sin embargo que la partida no les mejorará la existencia y le obsequiaría una despedida atroz vaticinándole que en vez de un viaje lo que harán es ir a dar a otro mundo, incierto y maluco.

Ten mucho cuidado y encomiéndate a Dios, ahí todos son negros hijos del demonio y hablan una lengua que no vas a entender, que viene del mismísimo infierno”.

Caracas sería una postal tan distinta. Un cambio para mejor, en apariencia. La adaptación tendría maravillas, también pesares, pero la novedad, con todo lo que impone, luces encendidas, el tranvía en rítmico movimiento, vitalidad, logra distraerlo de los recuerdos sombríos; de lo sucedido días antes, cuando lo envían al almacén a por la ración de pan de la semana y de regreso no es capaz de aguantarse y se come uno, dos, y toda la bollería de la bolsa. La pela es de pronóstico reservado y peor reacciona el padre cuando dice que lo robaron en el camino. El plan es trabajar duro, hacerse ricos y volver. La estrategia no cuajará, aquí se quedan, ganan solo lo suficiente y nace su hermana caraqueña. La vida renace pero con sus aristas. 

Aclimatarse es decisión, pero en la escuela toma consciencia de manera abrupta de las tantas esquinas del destierro. El niño nuevo es un otro. El distinto. Su lengua y su acento plagado de eñes y oes mecidas en la mandíbula devendrán estigma. Pero aunque no lo vencerán ni los tropiezos ni los vaticinios de la abuela, Joaquín Marta Sosa recuerda que la recepción no fue nada fácil. “Yo solo quería tener amigos”. La lengua, la vernácula a la que se adherirá, será para él vía de redención.

Es decir, la próxima experiencia señera con la palabra la vive aquí; y él comprenderá su versatilidad al invocarla como boya y camuflaje. Un día, el del juramento de su monte sacro particular, en el patio del recreo, el niño Joaquín de Sousa Marta, o sea, el venezolano Joaquín Marta Sosa, se las juega. Cansado de la tenaz cayapa —“lamentablemente el bullying siempre ha existido”—, en medio de una ronda que lo cerca y corea entre risas portugués pata al revés, no te lavas la cara ni los pies, les lanza una amenaza: “!Ya verán!”, promete el recién llegado en un portuñol fuerte y claro: “¡Hablaré mejor venezolano que ustedes!”, desconcertará al círculo infantil burlón y cruel. Se equivocó solamente al no decir hablaré mejor español que ustedes, pero he aquí que, además de celebrado poeta, ensayista y narrador, el profesor de literatura es individuo de número de la Academia Venezolana de la Lengua. Así torció la coyuntura de la exclusión. Su anuncio le valió más que todos los puños. Con el verbo que le sirvió de blasón. 

Mientras se escurre bajo la piel del nuevo idioma, y mimetiza su pronunciación y ahonda en los significados para convertirla en el picaporte que le garantice el ingreso a la identidad de estreno —Joaquín Marta Sosa verbaliza con notable precisión, no hay vocal o consonante que no articule o “mastique”, como dice el profesor Víctor Guédez—, la palabra, sin remedio, se volverá vocación, destino escogido. Con el portugués, que por mucho tiempo detestó, culpándolo de su exclusión, se reconciliaría después ¡por supuesto! Ocurre cuando le regalan, ya en bachillerato, las obras completas de Fernando Pessoa, no podía ser mejor el acicate. 

Foto: Cortesía

Pero por entonces solo estará de acuerdo con la idea de tachar su cortísimo pasado; con raspar cualquier vestigio del acento que lo delata como extranjero, igual que hacía el borrador en la pizarra con las tareas de tiza. “Fue un corte tajante, pero no especialmente doloroso, no tenía nostalgia por lo que dejaba porque era un paquete trágico: miseria, incertidumbre, luto, y la lengua materna como banda sonora de todo aquello”.

La palabra vuelve por sus fueros con el imán de la voz. Una nueva manifestación de su magia se produce con la radio, esa caja de la que emanan arengas de estudiada entonación y mantiene a todos a su vera, sujetados con hilos invisibles. A los ibéricos, a los trinitarios, a los italianos, a los paisanos portugueses y a todas las familias que, como la suya, se las apañan para vivir dentro de una habitación rentada, la radio, ubicada en el corredor de la casa de vecindad, sería un articulador del mientras tanto.

Siempre encendida, Joaquín Marta Sosa se sumará a la liturgia de escuchar con atención los avances de lo que pasaba aquí y en el mundo. “De nuevo no entendía mucho o casi nada, en este caso, de lo que decía o quería decir el locutor, pero me quedaba claro que era importante: daba los avances de la nueva constituyente; no tenía idea de qué era un debate político o democracia, pero no me perdía esa reunión de feligreses que le seguían el pulso a las circunstancias que se estaban gestando, mientras los demás niños jugaban en el patio”. Así como para José Martí la infancia es la patria, para Joaquín Marta Sosa lo es la palabra. Babel de lenguas proferidas por gentes de todos los colores, en Sarría comienza a habitarla.

Y a degustarla. A su lengua, que paladea con afán lo nombrado, se arriman ahora los inéditos giros del sabor que emanan de la cocina común de kerosén. Primero fue el pan, que milagrosamente comenzaría a multiplicarse. Luego de instalarse, recién llegado, en el sótano de un galpón donde funcionaba una panadería, en La Pastora, ahora mudados a la casa de vecindad no tienen problema en adquirir canillas o pan de a locha: al lado también hay una. El pan ya no es esquivo y racionado, y ya no siente el apremio de devorárselo.

Pero también hay novedades en el plato sobre el que rocían las migajas ahora reproducidas. Donde antes estuvo lo raigal, los sopones, las papas enteras, los granos, los estofados, el bacalao y el rocío untuoso del aceite de oliva, ahora se cuelan los ingredientes de la interculturalidad con sus voces: las arepas y las hallacas son parte de las delicias del mestizaje que se revelan seductoras como los rostros de plurales colores. Si el hambre fue argumento de exilio, la gastronomía será bisagra para la integración. La mesa es escenario palmario de la hibridación que es su vida de venezolano.

Foto: América 2.1

Mudado varias veces más a por la ciudad, La Pastora, Sarría, La Carlota o Campo Alegre, hasta llegar al sureste, en los bosques de la periferia de El Hatillo, donde vive, también pasó por la Catia creadora de Cabrujas y Borges. “Agua Salud, como Nogueira, era un barrio de calles hechas con tierra apisonada, pero cundida de hierbas salvajes y de unos mangales y guayabos densos”, que lo inician en los sabores fuertes. Como la prosa de Vallejo cuya tropicalidad es también revelación caraqueña, los árboles de acá tendrán una fronda que lo desborda. Nunca han dejado de ser susurro cómplice para el hablador de suave voz. Cobijo. Respiro. 

Su casa está sitiada por distintas especies, los que dan frutos, los que florecen, los que son barrio de pájaros. Entre hojas, semillas, colibríes taquicárdicos se crió su hijo Rodrigo, de vocación ecologista, “el tiene la poesía en las manos”, describe al vástago que trabaja ahora mismo en recuperaciones de verde, en la verde Costa Rica. Caracas también se aferra a sus mijaos, jabillos, mangos que se mantienen de pie en cualquier resquicio de este archipiélago que la modernidad intentó enlazar con autopistas. Será testigo del festín del hormigón y en la Caracas de La Araña y El Ciempiés, cuya brújula es El Ávila, se le revelará qué cosa es un punto de mira: aquí Colón llegaba, no salía, aquí España era madre patria, no frontera, aquí el invierno es película de Navidad, nadie necesita nunca abrigos. 

Y aquí la montaña con sus sinuosidades y su juego de luces y sombras tan distintas, según donde estés, como la ciudad, que podía ser tan maliciosa como acogedora y hasta ingenua, El Ávila tendrá la cualidad de mutar cada tres por dos, eso sí, siempre próxima, será un abrazo pertinaz que desde su inmensidad nos abarca. ¡Es que es más grande que Lisboa!

Superados los cambios, y aclimatados todos en casa —su padre funda equipos de fútbol, él será un fanático del deporte y citará a Camus, claro, para darle énfasis a su otra pasión: “Todo lo que sé de moral lo aprendí con el fútbol”— la literatura ya adherida como condición humana suya y porvenir signa su agenda de ávido lector, de observador, de esteta que privilegia la poesía y a los 17 tiene ya su primera obra, “la que más quiero”, que es La anunciación, “mi favorita aunque la titulé con ese nombre arrogante”, sonríe, “porque tiene mi ímpetu, es mi declaración por escrito de que me creo poeta”. 

Alentado por la profesora Nancy Guillén, una influencia que está de primera en las memorias que cuece a fuego lento, participa en un concurso escolar y gana. Joaquín Marta Sosa va a lo suyo. “Pedí de premio las obras completas de García Lorca”. No pasará mucho tiempo cuando asombra a todos con el resultado de una tarea singular: deben escribir acerca de un compañero que ha muerto, no recuerda en qué condiciones. Pero a su pasión por la palabra se sumará el haber visto la parca directo a los ojos. Su trabajo es el más elogiado.

Como escribir es pensar, también lo conmueve lo social y lo político, el creer y el querer hacer. Si en bachillerato tiene maestros que lo marcan, como  la profesora Nancy y la profesora Eunice Gómez, dirigente adeca que se arriesgaba en tiempos de Pérez Jiménez hablándoles de derechos y libertades y se reúne a hurtadillas con pares en pasillos del colegio, él la ve, en la Universidad Central, en la escuela de Derecho, se compromete como estudiante y militante con la idea de ser factor de cambio. Desde la plataforma del partido Copei no le teme a la palabra revolución. 

En el ala más izquierda de la organización social cristiana, dentro de la tendencia de los astronautas, amalgama su sensibilidad y su vocación por propiciar nuevas formas de construir y vivir la academia. Como todo nace con una idea y las tiene, y las sabe vestir con ropajes sedosos y seductores, son un éxito sus arengas, “es fantástico decir algo que conmueva a los demás, y es también para uno un estremecimiento placentero que 20 mil personas te aplaudan espontánea y simultáneamente por una frase que dijiste y debió tocarlos”. Orgásmico. 

Este organizador de pensamientos, este entusiasta del servicio público, este político que se lleva bien con las masas, sin embargo, tendría un traspié por su origen. Ahora el bulling viene de Carlos Andrés Pérez, “con quien tuve una relación cordial, la política era antes diatriba de ideas, no resentimiento ni confrontación personal”. Pero es que lo que el adeco que saltará charcos descubre que el compañero del Congreso Nacional no nació en Venezuela; vaya paradoja: más de uno dijo que el gocho en realidad era de origen colombiano. Lo cierto es que Joaquín Marta Sosa nunca pensó, sintiéndose siempre venezolano hasta la médula, que debía poner en orden los papeles de la identidad hasta que ya sentado en su curul, escogido por el voto popular, fue interpelado por quienes desvelan, vaya secreto, que había nacido ¡en Portugal!

El portugués que había prometido hablar venezolano sin rastros lusos veía patentado su logro consumado, también su ruina. Sin embargo, un apartado de la Constitución vigente, la de 1961, lo salva. Propuesta de otro adeco, Gonzalo Barrios, un artículo especifica expresamente que se considera también venezolano por nacimiento a aquél que haya arribado al país antes de cumplir los 7, y vivido aquí de seguidas. El haber llegado a Venezuela cuando llegó, es decir, a tiempo, lo incluye en la excepción y en la nacionalidad. Le pasó lo mismo a la miss Venezuela Maritza Pineda, en efecto nacida en Colombia, noticia que se conoce al día siguiente de la elección —cuando llueven tomates en su casa—; gracias a esta ley, la bella mujer, que ingresó siendo una bebé al país, se libra de la furia y de la humillación de tener que entregar la corona. Quién sabe si también es el caso de un presidente que no sabemos cuándo llegó ¿ni cuándo se va? 

“La política me seduce muchísimo, pero no el poder”, aunque no le hace ascos a ejercer su gentil liderazgo: tiene el talante pero solo hace acompañar su don de conductor por el debate y la confrontación de ideas, no la rivalidad mezquina. No es la imposición lo que más le interesa, como tampoco los aperos que se requieren para asimilar adiciones: “la escaramuza, la estrategia, la desafinación”, así que el militante y diputado por Copei, luego de conectarse con el MAS de Teodoro Petkoff, partido donde se estacionó por un tiempo, y halla su ubicación política, el centro o centro izquierda —la justicia social sin sacrificar la libertad individual—, toma derroteros en los que también hay que analizar, evaluar el discurso, la línea, el contenido pero acaso con sentido plural, no desde una organización: dirigió El Diario de Caracas y Venezolana de Televisión, el canal de todos los venezolanos ahora convertido en prótesis roja, y territorio de mazos, aporreos y demás virulencias comunicacionales —exclusión, hegemonía comunicacional, posverdad, falsos positivos y positivos falsos—; pero nada como ser profesor, cuando al público dilecto puede vérsele la cara y la reacción.

Será catedrático desde que tiene 22 y lo será por 45 años. Su platea serán los alumnos con quien trabajará duro en las aulas de la UCV y la Simón Bolívar donde también será decano. Asimismo dará clases en la UCAB y la Simón Rodríguez. “Enseñar me ata a la vida y a la idea, a desbrozarlas, pulirlas, airearlas”, es de los trabajos que más lo enorgullecen. Y enseñar literatura le dará un inmenso gozo, al fecundo autor de Memorial de la caída, Paralela memoria del amor, Cartas para Floria, Sociopolítica del arte y la literatura, Los problema de la educación superior en Venezuela, Venezuela: elecciones y transformación social, que no para ¿por qué habría de hacerlo? En tiempos en que la productividad y la democracia están en suspenso hay que hacer que las manos hacendosas se vuelvan molinos cambiándole la dirección al viento.

Cambiar, por cierto, es clave en su terminología. Siempre con y desde la palabra, este hombre de alma pulcra, como dice el productor editorial Federico Prieto, entiende que tener sueños y conquistarlos le da sentido a la existencia, y ningún sueño como el de querer mejorar, hacernos más humanos. Pero está consciente de la lentitud que nos signa. Así como ha visto tanto, acaso también ha visto lo parecido, la reiteración, los siglos de racismo por ejemplo. “La paz absoluta”, dice, “es un mundo ficticio” y asegura que quizá también eso acaso cambie en algún momento. Pero la humanidad, desde la prehistoria, ha exhibido sus garrotes frente al nuevo, al desconocido.

Foto: La Razón

No lo espanta eso, sin embargo. “Hay que aprender a resistir”, dice desde sus fortalezas no con resignación, resistir es persevar, “no puede uno interesarse solo en lo que está al alcance de la mano”. Por lo demás, está persuadido de que esta nube negra pasará y tenemos que esforzarnos porque no se nos rompa el alma en el ínterin. Y sin duda desembarazarse de incordios y resentimientos. “No odiar”, dice quien luchó por adaptarse y lo hizo, no dio su brazo a torcer pero no lo usó para dañar a nadie. No enfermarse. No volverse fanático. “Un fanático es un resentido”.

Sí, este gobierno es peor que el de Gómez y el de Pérez Jiménez pero la luz se enseñoreará y la veremos. “El futuro es abierto, no es una continuidad”, ofrece con esperanza. Estudioso de la sintaxis y su relojería entiende que el tiempo pendula, dice desde su espiritualidad y/o su sentir político. Propone buscar los fines con medios similares, nunca llegar al mejor fin con medios dudosos, empañan el resultado. También ver la destrucción —hay que tener temple— como oportunidad para construir. “Este pueblo puede, somos alegres, la visión pesimista de Marx de que los pueblos hay que llevarlos por la nariz a su destino es penosa, con todo lo terrible, lo conseguiremos”. 

“Las usurpaciones tienen fin, el apartheid, las tiranías”. Salazar, el presidente de extrema derecha que siguió mandando en Portugal tres años después de muerto, es decir, respirando pero contrahecho, en una mecedora en la que se babeaba tras una caída que lo sacó del juego de la vida fue mantenido por los adláteres como cebo para mantenerse en el poder, un día dejó de funcionar y de funcionarles. “No hay que cejar, nunca perder la fe”, es lo que cree. “Pero andarse por donde es”, reflexiona. “Yo quería ser venezolano, a tal punto que de niño le dije a unos vecinos que era barquisimetano y que mis padres, portugueses, me habían adoptado, todo por forzar ser, me gané otra pela”, confiesa. Escogió este aprendizaje de aquello: hay que alcanzar las metas andándose por el buen camino, “sin atajos”. 

Con fidelidad a los amores; en su caso, la música, el fútbol, el verbo que todo lo explica y todo lo enlaza, que concilia y disipa, Venezuela y Tosca, la esposa con quien ha compartido todos los temblores felices y los terremotos que no tanto. Madre de cuatro hijos de su matrimonio anterior, y con él de Rodrigo, nombrado así como Ciudad Rodrigo donde estaban de viaje cuando se enteraron de que estaban embarazados, la suma es la ecuación que signa esta historia de amor que ha bendecido la vida.

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