• El librero logra a través de los años conformar un lugar de encuentro y tertulia. La cuarentena por la pandemia del covid-19 clausuró esta función. El equipo de El Diario conversó con tres libreros en el país para entender el proceso de adaptación de la librería

Las librerías son pura resistencia, dijo alguna vez Jorge Carrión en entrevista para El Diario. Están ahí, en un barrio, en una urbanización, en las zonas coloniales y en los paseos de piedra para llenar de vitalidad cada ciudad del mundo. Pero, además, detrás de ese espacio de eternidad hay seres humanos que, la mayoría de las veces, resisten con entereza. En Venezuela los libreros y sus librerías han enfrentado durante mucho tiempo los momentos duros de la crisis social y económica. Ahora, con la pandemia por covid-19 y la cuarentena obligatoria, se han visto en la necesidad de modificar su funcionamiento para evitar su cierre. 

Algunas se iniciaron en la nueva modalidad de delivery, otras mantienen contacto con sus clientes más fieles y se han visto en la necesidad de ampliar sus propuestas. No solo son librerías, son espacios de cultura, de encuentro constante con vidas pasadas y conversaciones del presente; son uno de los últimos bastiones claros de la experiencia literaria amparada en el libro físico y en la creación de nuevos relatos a partir de la tertulia. 

Redes sociales de El Buscón. Instagram y Twitter: @elbuscon1

Para Katyna Henríquez, gerente general de la librería El Buscón en Las Mercedes, Caracas, la virtualidad es una opción, pero, aunque lo intente, no podrá reemplazar el contacto directo con los clientes y lectores. Esto es primordial en el funcionamiento de una librería como la de ella. “El Buscón, por ejemplo, se ha dado a conocer por ser un espacio que apuesta por el encuentro, por el contacto con el cliente, por el diálogo, por ser puente”, agrega. 

Foto: El Buscón | cortesía

Por lo menos, dice ella, el equipo de la librería logró atacar las dificultades económicas desde un principio con una propuesta innovadora en el país para ese momento: delivery de libros. Al comienzo fue una postura tímida, apaciguada en la vorágine de la red, pero era la única forma de mantener un contacto constante con los clientes, con los lectores. No es una librería virtual, comenta, porque no hay un catálogo que se explaye en la pantalla, tampoco es una plataforma autónoma, es, simplemente, la diversificación del negocio a través de las redes sociales. 

“Nuestro Instagram se ha convertido en una vitrina, porque El Buscón maneja una estética muy particular y, de alguna manera, hemos logrado transmitir esa misma idea visual”, dice.

El Buscón era lugar predilecto para el encuentro literario de Caracas, donde los libros iban a ser bautizados bajo el fulgor de los aplausos y donde muchos otros, jóvenes y mayores, lograban encontrarse con un puente especial: la literatura. Desde el 16 de marzo de 2020 esto se detuvo. La cuarentena se hizo obligatoria y ese espacio, tan vivo en días anteriores, había comenzado su hibernación. Todo esto, de alguna manera, se trasladó al feed de Instagram, comenta Katyna. La plataforma permite crear un sentido estético a través de la imagen que emula “una especie de paseo virtual por nuestras mesas”.

Rómulo Castellanos es librero, -aunque no le guste cargar sobre sus hombros las responsabilidad de ese epíteto-, de La Gran Pulpería del Libro en Chacaíto, Caracas. Para él este impasse en la normalidad interrumpe el funcionamiento de la librería; sobre todo de una como La Pulpería, donde se aboga por el azar del encuentro entre un lector que, quizás, llega en busca de un libro específico y encuentra otros en su camino por los largos pasillos de la librería. 

Foto: La Gran Pulpería del Libro Venezolano | Georgia Svieykowsky
Porque cuando alguien va a la Pulpería se mete en unos pasillos, se sumerge en un universo de libros donde, más allá de lo que estés buscando, los libros te consiguen a ti”, comenta Castellanos.

Las enseñanzas de su padre Rafael Castellanos, fundador de la librería y reconocido librero en la historia literaria del país, se mantienen vivas en la forma que tiene Rómulo de hablar sobre el libro. No es un objeto inerte, repleto de papeles con tapas duras y blandas, es, quizás, un ente vivo que busca a sus lectores. El libro decide el hogar que lo recibirá después de pasar mucho tiempo al cuidado de Rómulo. Así percibe él su extensa colección que cuenta con libros que, ni siquiera, están en La Biblioteca Nacional.

Ahora, en este momento de digitalización y claustro, sigue abogando por la existencia del libro físico. “Hay mucha gente que no lo puede leer en el teléfono, en tablets o computadoras. El placer de tener el papel en la mano, creo yo, nunca va a cambiar para las personas que le tienen amor y cariño al libro desde la infancia”, agrega.

Dificultades en la venta a través de plataformas digitales

El traspaso a lo digital es un mecanismo para salvaguardar el negocio de la librería, pero para la mayoría de los libreros es insuficiente para establecer el contacto humano que permite una conversación, una taza de café o una recomendación. La librería se vive a través de la experiencia. Alexander Bustamante, promotor cultural y gerente general de La Rama Dorada, en Mérida, comenta que, en su caso, el proyecto de delivery no funcionó porque el contexto de la ciudad andina es distinto y su librería, más allá de aupar por el intercambio económico, se caracteriza como un espacio cultural.

Tratamos de comenzar con un servicio de venta digital pero, para ser francos, no vendimos ni un solo libro y descubrimos que en el caso de la Rama Dorada la experiencia del espacio es lo importante. Lo que hemos hecho, entonces, es diseñar una campaña de que por cada café obsequiamos un libro o por cada libro obsequiamos un libro. Y ha resultado. Porque después de tantos meses de encierro la gente necesita salir”, dice.
Foto: La Rama Dorada

Por eso mismo, La Rama Dorada, ubicada en una casa patrimonial del estado Mérida, construida y diseñada por el reconocido arquitecto español Manuel Mujica Millán, abrió sus puertas con un protocolo sanitario que se basa en: uso de tapabocas; el cliente pasa por una alfombra que tiene una esponja para desinfectar los gérmenes en la planta de los zapatos; gel en las manos y luego se toma la temperatura del individuo. Las mesas fueron separadas y, después que el cliente deja la librería, se inicia un proceso de limpieza y asepsia. 

El contexto de cada ciudad es distinto. Por ahora el Distrito capital, junto a 12 estados más, se encuentra en cuarentena radical por el aumento significativo de los casos de coronavirus. Para Katyna, desde Caracas, el proceso de flexibilización significó un inmenso peligro porque, en ese momento, las personas se abocaron a las calles de manera inmediata. Muchos clientes, comenta, pedían visitar la librería o recoger los libros personalmente. Algo que ella no aceptó por la salud de sus trabajadores y de sus clientes. 

La librería: de una crisis a otra

El libro, al parecer, no es tan necesario cuando el hambre, la salud y la supervivencia tocan la puerta. Esto ha producido en los últimos años un déficit en la industria editorial en Venezuela y, por ende, muchas librerías han cerrado. En 2018 la Cámara Venezolana de Editores (CVE) comunicó el cierre de más de 80 librerías y la disminución de 50% en las ventas de este rubro. 

Para mantenerse en el negocio muchas librerías han optado por ofrecer otros productos o transformarse en propuestas culturales de mayor rango, más allá de la compra-venta de libros. Un ejemplo de ello es Las Novedades, una cadena de librerías y papelerías reconocida en el país, que a mediados de 2019 comenzó a ofrecer productos importados en algunas sucursales de la ciudad capital. 

La Rama Dorada de Mérida. Facebook: La Rama Dorada Cluster Cultural.
Instagram y Twitter: @laramadorada.
Página Web: laramadorada.org


La Rama Dorada, dirigida por Bustamante, también se diversificó a otras áreas del menester cultural y se transformó en un bastión de nuevos emprendimientos en la ciudad de Mérida que vive, como muchos estados de Venezuela, una realidad agobiante por la falta de servicios básicos. Es un espacio de coworking; cafetería; librería y galería. De esta forma, el lugar se plantea como un referente cultural de la ciudad y no, simplemente, como un sitio para la venta de libros.

La realidad de la librería en Mérida

Jorge Carrión, reconocido escritor y ensayista español, comentó para El Diario que una de las librerías que recuerda de Venezuela es La Ballena Blanca, en Mérida. Pero hace dos años fue cerrada por las dificultades económicas. Su espacio, dice Bustamante, está hibernando: se mantienen los libros, el sitio está igual, pero no es capaz de abrir las puertas todavía.

La Librería Selecta, con 70 años de tradición en la ciudad, cerró hace un año. La Librería Lugar Común se ha visto afectada por la situación. En el resto de la ciudad, según Bustamante, quedan tres grandes librerías que todavía resisten los embates del tiempo y la crisis: Nexos, dirigida por Martín Szinetar; Santos, con 40 años de tradición librera y una familia entregada al oficio y la Librería Ifigenia, ubicada frente a la Plaza Bolívar. Cada una de ellas es una lugar de memoria para la ciudad, considerada de los estudiantes y la academia.

Foto: La Rama Dorada

“Tenemos 9 emprendimientos en el espacio coworking y un grupo de 500 lectores en el libro club, que es un sistema de préstamo de libros. Además, de un stock de 15.000 libros, aproximadamente, y 3.000 en el Libro Club que nació a partir de la crisis y de la escasez de la producción del libro para que las nuevas generaciones tuvieran el chance de tener muchos libros importantes”, agrega. 

El golpe económico de la pandemia 

La cuarentena irrumpió en las nuevas propuestas y desequilibró el trabajo de muchos libreros que, a pesar de las otras dificultades, trataban de mantenerse aferrados a la cultura. En la Rama Dorada las ventas disminuyeron un 99% en los primeros meses y los emprendimientos ubicados en el coworking se paralizaron; en la Pulpería, sitio reconocido como memoria del papel y la tinta, las ventas han mermado por su carácter digital y en El Buscón, aunque el funcionamiento del delivery apacigua las dificultades económicas, se ha trastocado la idea de contacto a través de los libros, pero no se ha detenido la curiosidad por la lectura. 

Entre el desasosiego aparecen pequeñas certezas, imperceptibles ante la mirada de la mayoría, pero que brindan sorpresas gratas. Para Katyna Henríquez, lectora predilecta de José Antonio Ramos Sucre, -aquel que construyó en pocos años de vida una de las obras poéticas más importantes de la literatura venezolana-, el aumento en la venta de libros infantiles es una de esas pequeñas certezas. 

Foto: Katyna Henríquez | Oswer Díaz

Asimismo, la literatura de viaje y los clásicos del canon han sido los favoritos de la masa lectora de La Rama Dorada. “Entiéndase que hemos sido una región muy afectada por los cortes de luz y, bueno, con el libro se puede apaciguar el ocio que si no se alimenta puede resultar siendo muy dañino para el individuo”, agrega Bustamante. Las historias de la invasión de los aqueos a Troya, el viaje de Odiseo para llegar a su esperada Ítaca o el implacable destino de Edipo han sido algunas de las historias que han ocupado  el ocio de los merideños. 

La camisa de once varas en un librero

En el proceso de la literatura hay categorías que siempre relucen: autor, editor, crítico, etc. Pero hay otras que, escondidas en la bruma de las páginas y la tinta, no son nombradas en la historia del oficio de escribir. Los libreros, quizá, pueden entrar en esa categoría, pero su trabajo reluce en cada uno de los clientes que descubre, a través del libro recomendado, una verdad que se le había hecho esquiva.

Foto: Fabiola Ferrero

Por eso para Rómulo Castellanos el oficio se realiza con respeto y entereza. Es un epíteto pesado, una camisa de once varas que no cualquiera puede ponerse. Incluso él, con tantos años en La Pulpería, todavía no se considera uno (aunque lo es). “La palabra librero me queda grande. Lo que yo sé y el respeto hacia los libros lo aprendí gracias a él (Rafael Castellano, su padre). Él era mucho más apasionado que yo, era un gran librero”, comentó.

Los datos de La Pulpería. Después de realizar el pedido los libros pueden ser retirados en la librería o ser llevados por delivery.
Instagram: @granpliv
Whatsapp: 0424-9538331

En estos momentos, utiliza las redes para mantener un vínculo con sus asiduos clientes y para seguir ofreciendo los servicios de la librería. La rutina diaria ha cambiado y la Pulpería se torna oscura con sus puertas cerradas, pero, al menos, existe un punto de encuentro a través de la literatura. Para Katyna, por otro lado, el confinamiento y el inicio del delivery de libros permitió su regreso al oficio de librero. Antes, en los días de normalidad no vigilada, se enfocaba en el trabajo administrativo y delegaba las demás funciones, pero, ahora, se encuentra amparada por las recomendaciones a través de la pantalla y al trato constante con los clientes. 

Para mí ha sido una experiencia muy reconfortante sentir que aporto algo y, bueno, de alguna manera siempre se ha dicho que el librero viene siendo un médico de cabecera. Entonces, ahorita estamos sirviendo, de alguna forma, de alivio para otros males”, comenta.

Para Bustamante este oficio se ha visto en la necesidad de diversificarse. El individuo es librero, barista, emprendedor y promotor cultural. La relación con los usuarios se ha modificado y la pandemia puede llegar a ser el último golpe para un cambio total; quizás no, todavía falta para confirmarlo. “Un librero necesita, por lo mínimo, como tres años de formación. Nosotros hemos tenido como 15 libreros, de todos los perfiles de la educación universitaria. Desde contadores hasta farmacéuticos”, agrega. 

Las librerías de Caracas seguirán cerradas y las de Mérida, como La Rama Dorada, podrán mantenerse abiertas con el protocolo de seguridad. Todas resisten las calamidades de la crisis, el olvido del libro y, sin faltar, la aparición de la pandemia. Lo único seguro es que los libreros, amparados con las tapas duras y la tinta, resguardan la memoria que se pasea por cada pasillo abarrotado de libros. 

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