• El hijo de Tibisay Silva nació con problemas respiratorios, pero en el país vecino lograron brindarle atención médica. Luego de eso, la mujer retornó a Venezuela a pie con sus tres hijos. En el país la esperaba su esposo y su casa ubicada en una barriada caraqueña

En la mesa de los Barreto Silva nunca faltaban las verduras ni las hortalizas; los ingresos económicos también permitían comprar otros alimentos para el hogar. A pesar de su discapacidad por la falta del riñón izquierdo, Franklin —el padre de la familia— se ganaba la vida descargando camiones que transportaban vegetales a los supermercados. 

Todo transcurría con aparente normalidad en ese hogar, ubicado en el barrio “La Cochinera”, en Propatria, al oeste de Caracas. Sin embargo, el panorama cambió desde el 16 marzo de 2020, cuando se decretó la cuarentena en Venezuela luego de que confirmaron los dos primeros casos de coronavirus.

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Ese confinamiento obligatorio para evitar la propagación del virus ocasionó que Franklin Barreto se quedara sin empleo. A medida que pasa el tiempo su situación económica, como la de millones de venezolanos, se complica cada vez más

Tanto él como su esposa, Tibisay Silva, deben subir a diario más de 1.000 escalones para llegar a su casa —una infraestructura de zinc y cartón en lo alto del barrio—. La jornada es la misma al regresar de buscar ingresos económicos para llevar comida a sus hijos. 

El espacio lo componen un baño improvisado —con una poceta desinstalada y sin lavamanos—, una pequeña cocina y un cuarto. Todo lo comparten con sus tres hijos: María Fernanda, de 8 años de edad, Freiker, de 2 años, y Freiner, de cinco meses.

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Foto: Sofía Pérez

En este tiempo de pandemia, los Barreto Silva comen poco. Normalmente sirven al día un plato de arroz con pellejos de pollo. Cuando la situación es más dramática solamente se alimentan de tajadas de plátano. Eso sí, los padres procuran que a sus hijos no les falte el plato de comida diario. 

En exclusiva para El Diario, Tibisay revela que hace dos años trabajaba limpiando casas. Tuvo que dejar de hacerlo porque no contaba con nadie quien cuidara de sus hijos. Esto en vista de que su esposo también debía salir a trabajar. 

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Foto: Sofía Pérez

Ahora, en el contexto de la pandemia, cambian plátanos por otros productos alimenticios que compran con el dinero que van reuniendo de la venta de azúcar, aceite y café en bolsas de menos de 100 gramos. Sin embargo, por lo alto de la ubicación de su vivienda escasamente tienen clientes. 

Tanto Franklin como ella dependen casi exclusivamente de los subsidios que entrega el régimen de Nicolás Maduro a través del carnet de la patria. “Pero eso apenas alcanza para unos cuantos panes y sin relleno, de paso”, dice Tibisay. 

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Foto: Sofía Pérez

Estos bonos mensuales forman parte de las denominadas políticas de “protección al pueblo” ante la crisis económica que vive el país atribuida, según Nicolás Maduro, al bloqueo de Estados Unidos a Venezuela. 

Los subsidios que reciben, equivalen a menos de 4 dólares, de acuerdo con la tasa de cambio de Banco Central de Venezuela (BCV) establecida en 231.479 para el 23 de julio. La Canasta Básica Alimentaria supera los 100.185.353,82 de bolívares (unos 437 dólares), según el reporte del Centro de Documentación y Análisis Social (Cendas) del pasado mes de mayo.

La decisión de emigrar y volver

Movida por la necesidad, Tibisay decidió emigrar a Colombia en octubre de 2019 cuando se encontraba embarazada de su tercer hijo. Su esposo se quedó en Venezuela trabajando y cuidando “la casita”, como ella dice.

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Foto: Sofía Pérez

Aunque en tierras neogranadinas “no lo pasó mal”, admite que no fue fácil conseguir un buen empleo. Por eso tuvo que devolverse al país. 

María Fernanda, su hija mayor, confiesa que extraña la salchipapa que comía en Colombia. Se saborea al recordar ese plato al que bautizó como su comida favorita. La pequeña de los Barreto Silva debe enfrentar la realidad de que en Venezuela solo puede comer, de vez en cuando, arepa con plátano, queso o arroz con pollo. 

La niña comenta que hizo amigos en el país vecino y que le gustaba ir a la escuela. Esto a pesar de que sabía leer y escribir a medias. Al regresar a Venezuela pudo inscribirse en la escuela de la comunidad. Desde el mes de marzo, cuando cancelaron las clases presenciales por la pandemia, no pudo tener más comunicación con su maestra. En su casa no tienen ni computadora ni teléfono inteligente.

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Foto: Sofía Pérez

Freiner, el menor de la familia Barreto Silva nació con problemas respiratorios. En Colombia lograron estabilizarlo y brindarle la atención médica que requería. Luego de que su condición de salud mejoró, Tibisay tomó sus maletas y regresó a Venezuela con el recién nacido, María Fernanda y Freiker.

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Fácil no fue. Por lo menos allá (en Colombia) yo sabía que tenía asegurada la comida para mis hijos, pero aquí no se sabe. Aunque nosotros hacemos lo posible para que ellos coman todos los días, así a nosotros nos toque tomarnos un vaso de agua y acostarnos”, dice Silva.

A pesar de la precaria situación de la familia Barreto Silva, Tibisay y Franklin “no se quedan de brazos cruzados”. Hacen lo que está a su alcance por sus hijos. Religiosamente terminan de comer, rezan y agradecen a Dios, para que al día siguiente tampoco falte “lo poco” en su mesa. 

Este artículo de El Diario fue editado por: José Gregorio Silva |Irelis Durand |Génesis Herrera.

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