• Erick Langer, profesor de Historia de la Escuela de Relaciones Internacionales de la Universidad de Georgetown, repasa para El Diario cuál ha sido el papel de los candidatos perdedores en Estados Unidos. Explica que la transición del poder, que hasta ahora siempre ha sido pacífica, podría ser una de las más tensas debido al nivel de confrontación

Si de algo se ha caracterizado la historia de Estados Unidos ha sido por el respeto de los resultados electorales. Pero en un contexto de aguda polarización como la que se vive en la actualidad, las próximas elecciones del 3 de noviembre podrían ser un desafío para ese historial. Por primera vez en décadas, la atención ya no se centra solo en quién será el ganador sino en quién será el derrotado y, sobre todo, cómo asumirá la derrota.

Las dudas vienen más por el lado del actual presidente y candidato a la reelección, Donald Trump. Desde la campaña presidencial de 2016, en la que derrotó a la demócrata Hillary Clinton, se rehusó a comprometerse a reconocer los resultados de la elección. Para 2020 las señales han sido las mismas, aunque ahora ha añadido más ataques sobre el sistema de votación que, según él, deja la puerta abierta a un fraude electoral, una idea que ha sido ampliamente rechazada por expertos.

Esto ha generado la preocupación de que, ante una eventual impugnación de los resultados, la hasta ahora sólida democracia estadounidense quede debilitada. Si bien en la historia de EE UU hay precedentes de impugnaciones electorales, el clima de extremismo que acompaña a las actuales deja la duda de cuál será el futuro político de ese país. El camino de los candidatos después de la elección, en cambio, podría ser dispar.

Si bien algunos perdedores han pasado a la irrelevancia política y son recordados como artífices de derrotas apabullantes, otros se han mantenido en el establishment político. “Siempre ha prevalecido la institucionalidad”, dice para El Diario Erick Langer, profesor de Historia de la Escuela de Relaciones Internacionales de la Universidad de Georgetown. Pero la situación ahora pareciera ser diferente. 

Cordialidad política

Para entender la gravedad del asunto, cabe recordar algunos procesos electorales de ese país. Langer explica que, si bien ha habido algunas impugnaciones a elecciones, la mayoría ha terminado con el reconocimiento de los resultados por parte del perdedor.

La excepción, comenta el catedrático, fue la elección del año 1860. Luego de que Abraham Lincoln derrotara a otros tres candidatos, los estados del Sur se rehusaron a reconocer los resultados puesto que consideraron que los comicios fueron ilegítimos debido a que el candidato se oponía a la esclavitud. La elección de Lincoln fue el principal catalizador de la Guerra Civil estadounidense, que terminó en el año 1865 y dejó 600.000 muertos.

Antes de eso, en 1800, Thomas Jefferson y Aaron Burr tuvieron un empate en el Colegio Electoral. En consecuencia, en conformidad con la Constitución, la Cámara de Representantes convocó una sesión especial para resolver el conflicto por votación. Le otorgaron la victoria a Jefferson, y fue ampliamente aceptada. Caso similar sucedió en 1824, cuando la Cámara Baja le dio la victoria a John Quincy Adams contra Andrew Jackson.

Justo un siglo después de la victoria de Lincoln, en 1960, los comicios entre el demócrata John F. Kennedy y el republicano Richard Nixon estuvieron plagados de denuncias de fraude. Pero, a pesar de la presión de sus simpatizantes para hacer un recuento de los votos, finalmente Nixon reconoció los resultados.

Kennedy y Nixon, antes de la elección, en uno de los debates más históricos de EE UU.

Por último, Langer menciona las disputadas elecciones del año 2000 entre George W. Bush y Al Gore. Luego de poco más de un mes del recuento de votos en el estado de Florida, la Corte Suprema terminó el conflicto. Dio como ganador a Bush. Gore reconoció su derrota afirmando: “Mientras estoy firmemente en desacuerdo con la decisión de la Corte, la acepto”.

Transiciones pacíficas

Con ese historial de reconocimientos de los resultados electorales, no es de sorprender entonces que las transiciones de poder han sido cuanto menos pacíficas. “Han sido suficientemente amigables”, asegura Langer, aunque reconoce algunas relaciones tensas como la de Harry S. Truman y Dwight D. Eisenhower, en 1953, y la de Bill Clinton y George H. Bush, en 1992.

Incluso el mismo Trump, que vacila con el reconocimiento del sistema, aseguró que habría una transición pacífica, “pero idealmente, no quiero una transferencia porque quiero ganar”, señaló el presidente y candidato a la reelección por los republicanos.

Por lo tanto, el historiador asegura que más que la transición del poder, que prevé sea la más tensa de la historia reciente, debería ser motivo de preocupación la gestión de Trump durante los dos meses al asumir el nuevo gobierno. En caso de que pierda el 3 de noviembre.

“Él va a estar dos meses más en el poder y va a intentar hacer lo que sea para favorecerse a sí mismo, porque ya no le importará nada. Justamente hay que ver si el Partido Republicano va a funcionar a favor de los intereses de la nación, o de los intereses de él. Estamos ahora en terreno completamente desconocido. Las políticas durante esos meses son menos drásticas. Generalmente, el presidente pierde poder porque ya no tiene la potestad de afectar a los otros miembros de su partido u otros porque está por salir. Pero Trump ha roto tantas costumbres, que sospecho que esa transición va a ser un poco más peligrosa”, opina Langer.

Considera el historiador que el objetivo del presidente será conseguir unas elecciones ajustadas, en las cuales pueda intervenir la Corte Suprema de mayoría conservadora, para obtener una decisión como en el año 2000.

Biden: presidencia o irrelevancia

A diferencia de Hillary Clinton en 2016, el Partido Demócrata ha unido fuerzas como nunca antes para apoyar a su candidato y derrotar a Trump. Ante esta situación, Langer opina que, de caer derrotado, Joe Biden sería recordado como “el gran perdedor” de la historia reciente. Incluso de la democracia estadounidense, igualando solo a Thomas Dewey, quien perdió contra el presidente Harry S. Truman aun cuando las encuestas le daban hasta 12 puntos de ventaja.

“Si con una economía como la que está ahora, no pudiera sacar a Trump, quiere decir que hizo una campaña muy mala. Sería una enorme decepción para los demócratas. Si un demócrata no puede sacar a un republicano después de una gestión tan mala, quiere decir que realmente están mal como partido. Mirando hacia atrás, (Hillary) Clinton lo hizo mal, porque no fue a varios estados claves que pensó que estaban en su bolsillo, y no lo estaban, y tampoco era una persona muy carismática, como Biden tampoco lo es. Le dirán que era un candidato demasiado viejo”, opina el profesor de la Universidad de Georgetown.

Foto: AFP/Getty images/Mario Tama

La discreción ha sido el papel de los últimos perdedores. Hillary Clinton, aunque todavía conserva cierto peso entre los veteranos demócratas, decidió no participar en otro proceso electoral. Más atrás, Mitt Romney, quien perdió contra Barack Obama en 2012, ocupa un cargo en el Senado y, de no ser por sus disputas con Trump, pocos lo recordarían. Situación similar ocurrió con John McCain, contrincante de Obama en 2008, aunque ha sido uno de los senadores más respetados tanto por republicanos como por demócratas.

Pero el futuro de Biden no se visualiza muy prometedor en caso de perder. Con 77 años de edad, esta parece ser su última oportunidad de conseguir un cargo público, incluso si es elegido como presidente, puesto que difícilmente opte por una eventual reelección. Al menos le quedará el consuelo de la vicepresidencia entre 2008 y 2016.

Futuro de Trump

En un momento en el que el presidente Trump acapara el apoyo entre los republicanos, el futuro del partido quedaría comprometido en caso de una derrota el próximo 3 de noviembre. El magnate entraría, además, en la lista de mandatarios que no consiguieron la reelección.

El primero en no conseguirlo fue Herbert C. Hoover, en las elecciones presidenciales de 1932. Con los efectos del crack de Wall Street de 1929 y la Gran Depresión a cuestas, su oponente, Franklin Delano Roosevelt, ganó 472 votos electorales, mientras que Hoovert obtuvo 59. En 1976, Gerald Ford, quien había llegado a la Casa Blanca sustituyendo al vicepresidente y luego al presidente Nixon por el caso del Watergate, cayó derrotado frente al candidato demócrata Jimmy Carter. Y fue precisamente Carter quien, cuatro años más tarde, tampoco consiguió ser reelecto al perder contra Ronald Reagan.

“Carter perdió por un problema de recesión económica, y no era tan carismático como Reagan. Pero el factor que más le perjudicó fue el fracaso en recoger a los rehenes de la embajada de Estados Unidos en Teherán, cuando había mandado una misión para rescatarlos. Carter era un micromanagement, le encantaban los detalles y no veía lo grande. No era un gobierno muy eficiente. La de Carter es una de las peores o la peor Administración en los últimos 100 años, por muchas razones”, explica Langer.

Por último, el historiador recuerda la no reelección de George H. Bush en el año 1992, después de perder contra Bill Clinton. El motivo de su derrota, analiza el catedrático, fue una mezcla entre poco carisma, contrario a su oponente, y a la molestia de la cúpula del Partido Republicano al no cumplir con su promesa electoral en el primer mandato de rebajar los impuestos.

Pero todos estos análisis poco podrían servir a la hora de analizar a Trump. Al ser empresario e impredecible, Langer considera que, en los meses más próximos al término de su mandato, podría asumir cierto liderazgo entre los republicanos, así como seguir con su carrera en la propiedad privada. Todo podría depender, entonces, de la reacción del partido, para sacudirse el legado de Trump y poder empezar su reestructuración.

De lo contrario, considera que podrían convertirse en un partido más bien regional, y no nacional como hasta ahora.

“El asunto es que ahora los republicanos se están dando cuenta que tal vez pierdan, entonces se están alejando de Trump. La razón por la cual estaban muy serviles, es que en las primarias va una porción pequeña de la población y van los más entusiastas. Tenían que dar su lealtad a Trump para poder seguir sobreviviendo en el sistema político”, concluye Langer.

Este texto de El Diario fue editado por: Irelis Durand, Yazmely Labrador y Javier Cedeño.

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