Daniela decidió dar tareas dirigidas, Pedro vende comida y Blanca es delivery de una droguería, son tres profesores venezolanos que, como muchos de sus colegas, decidieron dejar a un lado el aula de clase para poder llevar ingresos reales a casa. Foto: EFE

En septiembre de este 2020 la profesora Daniela Cedeno decidió no sumarse al nuevo año escolar ¿la razón? Los 1.500.000 bolívares que recibía mensualmente por impartir clase en la escuela 24 de Julio, ubicada en Catia, al oeste de Caracas. Menos de tres dólares, de acuerdo a la tasa oficial del BCV. En sus palabras ese monto no alcanza “para nada”, por eso no regresó y comenzó a impartir tareas dirigidas desde casa. 

“La situación, y que la nevera estaba vacía, me llevó a cambiar de trabajo. Yo tengo una hija que usa brackets (ortodoncia) y el tratamiento subió mucho, le vienen las cordales y me dieron un presupuesto de casi 500 dólares ¿De dónde yo saco eso?. Aparte de los estudios de mis hijas, es imposible que con mi salario pudiera costear los gastos de mi familia”, dice en entrevista para El Diario. 

La necesidad es el punto en común que une a muchos docentes venezolanos que en la actualidad ven pulverizados sus salarios. Años de formación y de experiencia reducidos a dos dólares al mes. Una realidad que viven desde hace más de cinco años y que, pese a protestas y paros, no  ha cambiado. Por eso muchos de ellos decidieron reinventarse y, en algunos casos, dejar a un lado su profesión para incursionar en otras labores con la esperanza de generar más ingresos, al menos una cantidad que les permita llevar comida a casa.

La historia de Cedeno es una de muchas dentro del sector educativo. Su nueva labor la tiene entusiasmada, como hace mucho no se  sentía, a causa de la mala remuneración que recibía. Actualmente atiende a ocho niños, cobra ocho dólares al mes por darles dos horas diarias de clases, de lunes a viernes. Lo que se traduce a 72 dólares, un monto que no representa ni un año del salario que recibía en la escuela. 

Foto: Cortesía

Aparte, Daniela cuida a una de sus alumnos a tiempo completo, por ello cobra 20 dólares al mes. Ese ingreso le ha permitido colaborar más en su casa, donde el principal sueldo era el de su esposo, quien también es empleado público.

La decisión de dejar la escuela no fue fácil, según dice, más por el apego que por las consecuencias. “Yo no tengo miedo ¿qué me suspendan el salario? Ya eso no me da miedo. Igual no alcanza para nada, ya a uno le han quitado tanto, hasta el miedo”, afirma. 

La docente no solo abandonó su cargo para el periodo 2020-2021, también se sumó a la jornada de protestas que el sector educativo realiza desde el mes de septiembre para exigir al Ministerio de Educación un aumento salarial justo y acorde con la realidad económica del país.

“Me sume al paro por la molestia que cargo, porque yo no estudié para quedarme en mi casa, alejarme de la escuela. De seguir esta situación la educación pública va a desaparecer. Me genera molestia que muchos compañeros se han sumado a dar clases online porque no hay condiciones para eso. Entonces nos echan para atrás el trabajo que hacemos en la calle”, sentencia Daniela, que sigue en su nueva labor, pero sin abandonar la protesta para exigir lo que por derecho le corresponde. 

La nueva salida de un docente jubilado y su esposa

Cuando a Pedro García le preguntan qué lo llevó a vender comida en la calle, la respuesta es extensa, llena de indignación y tristeza. “Disculpe por hablar tanto, pero necesitaba desahogarme”, dice al culminar su relato que refleja la crítica situación del sector.

Pedro es un docente jubilado con 30 años de experiencia. Su labor como profesor de Ciencias Sociales no fue suficiente para que goce de una pensión justa que le permita contribuir en su hogar. Por eso él y su esposa, también educadora, tomaron la decisión de buscar otro ingreso. 

En la actualidad se dedican a la venta de bollos de carne y de helados caseros,  un negocio que han adoptado como familia. Esposa, padre e hija se dividen las tareas para poder acelerar las ventas. 

Foto: Cortesía

Pedro es el encargado de salir a las calles  y vender a los vecinos. También decidió acercarse a las colas por gasolina y les ofrece a los conductores que esperan por horas para surtir combustible, otro drama de la Venezuela gobernada por Nicolás Maduro.

Obtiene ganancias mayores a los Bs. 2.600.000 que recibe por ser docente jubilado.Pese a esto, también se ha visto en la obligación de vender algunas de sus pertenencias cuando el dinero que logran recaudar no les alcanza. 

El trabajo no lo denigra pero lamenta que deba acudir a estos mecanismos ante la falta de respuestas del Ministerio de Educación para atender los reclamos de los docentes. 

Lo justo y correcto es que con nuestra asignación y/o pensión pudiésemos vivir con decencia y dignamente (..) Hago un llamado a los ministros de Educación y del Trabajo a que se pongan a derecho y dejen de desconocer los derechos, beneficios sociales y económicos de los educadores (..) No es posible que podamos vivir con cuatro o seis dólares mensuales, esto es un exterminio al que estamos sometidos. A esta edad, lo que queremos es morir de viejos, con dignidad pero no de hambre y mengua por falta de medicinas y una buena alimentación”, sentencia el educador.

De las aulas al delivery 

Blanca Agarra aún está digiriendo el último depósito bancario que recibió del Ministerio de Educación por su trabajo como docente de Biología en el Liceo Nacional Rafael Monasterio, en el estado Lara. A su cuenta llegó menos de tres dólares, 1.209.653 bolívares, incluye su salario, un mes de retroactivo y otro de aguinaldos. Solo eso para sobrevivir en un país donde la canasta básica familiar ronda los 114,000.000 de bolívares, de acuerdo con la Federación Venezolana de Maestros (Cendas-FVM).

Foto: Cortesía

Agarra tiene 28 años de experiencia y una maestría. Aún es docente activa, pero por la situación económica decidió aceptar un empleo como vendedora en una droguería, debido a la cuarentena por la pandemia hace entregas a domicilio (delivery) con una bicicleta. La aguda crisis de combustible en la entidad le impide usar un carro que pudo adquirir a principios de 2007.

Con este ingreso la docente ha logrado aportar más en los gastos de su hogar. Comenta por ejemplo, que el condominio ya tiene un costo de Bs. 6.000.000, además su madre de 92 años de edad requiere de medicamentos costosos que ella debe ayudar a comprar.

Una historia que se repite. Al ser consultados sobre si conocían a otro colega en la misma situación, Daniela, Pedro y Blanca coincidieron en que sí. Tienen compañeros dedicados a todo tipo de oficios. Taxistas, albañiles y buhoneros son los oficios más comunes.

Pese a ya tener otro ingreso y el trámite de su jubilación en curso, Blanca es una de las docentes que se mantiene en las protestas por los bajos salarios del sector educativo. Dice que no tiene miedo y seguirá apoyando las demandas de los docentes hasta que sean escuchados.

“No es solo un salario; son todos los logros reivindicativos que se tenían y que ya por ninguna parte se ven. No contamos con un seguro al que podamos acudir por alguna patología por sencilla que sea, el Ipasme destrozado por completo no hay consultas de ninguna especialidad, por supuesto da tristeza si piensas comer con lo que depositan, solo un cartón de huevos cuesta 1.800.000”, afirma. 

De momento, mientras no haya repuesta por parte del Ministerio de Educación, Daniela, Pedro y Blanca seguirán en sus nuevas laborales, pero con la intención de seguir en protesta hasta que escuchen sus demandas.

Noticias relacionadas