• En entrevista exclusiva para El Diario, la investigadora, electa como Individuo de Número de la Academia Nacional de la Historia en 2019, desmitifica la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. “La única narrativa del perezjimenismo fue la obra y la modernidad. Y la modernidad no era la exclusiva de él, sino que le tocó administrarla”, sostiene. Foto principal: Pablo Hernández / Clímax

Desmitificar la dictadura de Marcos Pérez Jiménez: la tarea no parece fácil. 63 años después de su derrocamiento, todavía desata pasiones y suma a la polarización. Las leyendas abundan. ¿Quién no se encontró en las redes sociales por estos días de enero a un defensor de ese régimen? Que se dormía con las puertas abiertas, que las torturas no existieron, que la modernización fue gracias al general, que se vivía mejor. Que era, casi, el paraíso. También, en algunos casos, que todo era malo. Que no hay nada rescatable de aquella etapa desde 1948 hasta 1958. Tanta afirmación a favor y en contra puede derivar en preguntas.

La encargada de dar respuestas –acaso de dar luz en medio de la oscuridad de la polarización– en exclusiva para El Diario es Ocarina Castillo. Antropóloga con posgrados en Historia, investigadora, e Individuo de Número de la Academia Nacional de la Historia, su palabra es autorizada. Agricultura y Política en Venezuela (1985), Los años del Bulldozer. Ideología y política 1948-1958 (2003), Expresiones de la desobediencia social en la década militar (2011), son algunas de las publicaciones que llevan su nombre.

En sus palabras no encontrarán, pues, blancos o negros. Es, en toda regla, una académica que ve puntos medios. Ante la memoria maltrecha, propone registro histórico. Que sirva como aprendizaje, dice, para comprendernos como sociedad.

Mitos y verdades

—Cuando se habla de Marcos Pérez Jiménez, además de reconocer su carácter dictatorial, suele hacerse referencia de inmediato, casi al unísono, a la modernización sinigual que tuvo Venezuela por la gran cantidad de obras que se construyeron durante su gestión, que no había pobreza. ¿Podemos hablar, en efecto, de una etapa de modernidad con la magnitud que se le atañe o forma parte de un proceso que venía de antes?

—Las dos cosas. El proceso venía de antes. La modernidad venía. Nosotros veníamos de un proceso muy interesante que, si tuviésemos que circunscribirlo en un determinado período, diríamos que particularmente después de la muerte de Juan Vicente Gómez. Había muchos procesos interesantes que apuntan a la modernización del país, vista desde distintas perspectivas y desde distintos agentes con diferentes tonos ideológicos.

Ahora bien, ese proceso que ya viene se va a potenciar al máximo durante los años cincuenta. Evidentemente es una potenciación muy interesante y que está asociada a un importante conjunto de fenómenos. En primer lugar, no es solamente obras, porque eso sí es el mito. Las obras son la expresión material y visible de esa modernidad. Hay muchas otras cosas que están vinculadas a las obras, pero que tienen que ver con la modernización en términos económicos, políticos e incluso hasta sociales. Es decir, el régimen de Pérez Jiménez, si yo tuviera que utilizar un adjetivo calificativo para definirlo, diría que es un régimen desarrollista desde el punto de vista económico y estratégico. Tiene que ver con la expansión geopolítica del país, con el tipo de relaciones con el resto de América y con Europa, con la visión del proyecto industrialista. El régimen de Pérez Jiménez, como el régimen militar de los años cincuenta, está imbuido por un conjunto de ideas desarrollistas, que eran las ideas de la época y que estaban muy presentes no solo en los militares venezolanos sino en los latinoamericanos.

El régimen de Pérez Jiménez, si yo tuviera que utilizar un adjetivo calificativo para definirlo, diría que es un régimen desarrollista” Ocarina Castillo, historiadora.

—¿Y qué tan sustentable era esa estabilidad económica a largo plazo? ¿El Nuevo Ideal Nacional era un proyecto exitoso o el rentismo petrolero ayudó a aparentar esa prosperidad? Hay quienes dicen que, de seguir por ese camino, Venezuela hubiera sido una verdadera potencia mundial. Otros, en cambio, dicen que el estancamiento era el futuro.

—Es muy difícil predecir lo que pudo haber sido y no fue. Pero ¿qué permitió que ese proyecto -fundamentalmente a partir del año 1951-, experimentara ese enorme desarrollo? Bueno, la cuantía de los ingresos petroleros. Ha habido solo dos momentos en la historia de Venezuela en los cuales hemos estado tan maravillosamente dotados de dinero por los ingresos petroleros: esos años de Pérez Jiménez y los primeros años de (Hugo) Chávez. Eso permitió el financiamiento de esos macroproyectos, que hicieron que Venezuela tuviera el ingreso per cápita más alto de toda América Latina. Y, por supuesto, eso fue lo que indujo ese paraíso que atrajo a migrantes de todo el mundo. Eso fue lo que le dio soporte a proyectos que fueron maravillosos.

En el área agrícola, que me gusta tanto, no puedo dejar de decir sino cosas muy interesantes. Por ejemplo, el sistema de riego de Guárico, la colonia agrícola de Turén, que subsistieron después de la caída del régimen y que fueron responsables de la sustentabilidad de muchos de nuestros cultivos agrícolas.

—Es decir, ¿esa modernización –y allí hay otro mito- no solo llegó a Caracas, sino que se extendió hasta el interior?

—Por supuesto que sí. Lo que pasa es que, como todo, eso derivó hacia el interior en función de diferentes proyectos y de diferentes cosas. Por ejemplo, todo el desarrollo del gran granero del centro del país es de esa época.

Ahora bien, así como hubo proyectos importantísimos que favorecieron una gran cantidad de éxitos que se mantuvieron casi llegando al siglo XXI, también te digo que hubo decisiones que se tomaron en función de los patrones tecnológicos de la época que no fueron tan positivas, pero eso ha podido ser así en la dictadura perezjimenistas como continuó siendo así en la democracia representativa después del 58. Es el caso de nuestra dependencia del patrón tecnológico importador en una serie de cultivos básicos que sustituyeron cultivos originarios venezolanos. Caso clarísimo: la papa. Nosotros teníamos, como parte del corredor papero suramericano, una producción de papa criolla localizada en determinadas zonas altas del país, y en los años 50 se sustituyó por lo que se consideró en ese momento en función de los postulados del productivismo agrícola, que debían ser semillas importadas de especias mucho más rentables económicamente. Como había mucho dinero, se empezaron a importar de Canadá y de Holanda y se sustituyó absolutamente toda la papa criolla que se producía en nuestro territorio, por esa papa importada. ¿Cuándo hemos empezado a sufrir la crisis de eso? Estos últimos 10 años.

Hay más de un ejemplo. Eso quiere decir que el proyecto modernizador es de tinte capitalista con unos criterios determinados apoyados en una concepción del productivismo, del desarrollo, que era una concepción de la época. Ahora, esa concepción poco a poco en la medida que sus perversiones o sus distorsiones se fueron haciendo visibles, fue revelando, como dijo muy bien el maestro (José Ignacio) Cabrujas, que en el perezjimenismo no es que nos desarrollamos, sino que engordamos. El país no fue que se desarrolló, fue que engordó. Es verdad.

—En Venezuela bajo el signo del terror 1948-1952. Libro negro de una dictadura, editado por José Agustín Catalá, recoge las historias de torturas, desapariciones, asesinatos e innumerables tropelías de la Junta de Gobierno. Un libro icónico escrito en tiempo récord. No obstante, hay quienes desprestigian su contenido argumentando que ignora hechos y tiene un claro sesgo político. Coméntenos sobre la rigurosidad de la elaboración de esta importante obra.

—Es que esa obra, al igual que muchas otras, son obras testimoniales y en esa medida hace lo que tiene que hacer un testimonio: contar lo que vio, lo que vivió y lo que le contaron fuentes muy cercanas y eso hace esa obra. Lo que no podemos hacer es quedarnos en el testimonio y no analizar el contexto. Es decir, gran parte de los materiales sobre la dictadura perezjimenista son de dos tipos: los testimonios de las víctimas de la dictadura -léase comunistas y adecos, fundamentalmente- o los testimonios de los sostenedores de la dictadura, que son muy pocos, por cierto, como Vitelio Reyes o los que fueron integrantes del partido Cruzada Cívica Nacionalista. Entonces yo soy de las que creo que al régimen hay que desmenuzarlo, diseccionarlo, pero a partir de un estudio de las fuentes que pueda ir más allá del testimonio de lo bueno y de lo malo.

Ahora, desde el punto de vista político, evidentemente a partir del año 1952 y más específicamente de 1953, el régimen va derivando cada vez más en una dictadura, en un autoritarismo. Pero, además, en un autoritarismo que va cada vez más haciéndose personalista y que va evolucionando de ser un régimen de las fuerzas armadas, a uno del señor Pérez Jiménez y su camarilla gobernante. Y allí por supuesto que hay de las Fuerzas Armadas, pero también hay muchos civiles.

Lo que no podemos hacer es quedarnos en el testimonio y no analizar el contexto”. Ocarina Castillo, historiadora.

—¿La persecución era en contra de quienes tenían un claro activismo político para derrocar a Pérez Jiménez o también en contra de civiles que, por el motivo que fuere, disgustaba al régimen?

—Hay de todo y depende del momento del que hablemos. Al principio es fundamentalmente contra comunistas, adecos y URD, sobre todo después de 1952, un año muy importante, de muchas insurrecciones que, en el lenguaje político, se llaman acciones putchistas. Muy heroicas, por cierto, pero que en el primer momento tuvieron un gran impacto ante la población, algunas de esas en el interior de la República. Pero lo que hicieron fue generar una forma de indisciplina social y que activó en el régimen un dispositivo de represión contra los responsables políticos de esas acciones. Después vino un año de repliegue y ya a comienzos de 1956, inicia otro momento porque ya hay una discusión de otro tipo y esas acciones ya se ven que no es por ahí que va la estrategia. Ya comienzan a darse lo que pudiéramos llamar en la oposición algunos intentos de entendimientos entre los diversos partidos, lo que son las vanguardias de la resistencia que están en el país. Ahí empieza nuevamente un proceso represivo del régimen que ahora va a incorporar a Copei, y así progresivamente.

—¿Pero la ciudadanía no se sintió identificada con sacar a Pérez Jiménez del poder? ¿No había ningún malestar?

—No se registra. Fíjate que la primera voz que socialmente dice cosas muy interesantes es el Arzobispo de Caracas, en su célebre homilía el 1º de mayo de 1957. Podía haber un malestar social, pero era bastante silencioso. En los sindicatos muy organizados sí se experimentaba, pero es en el año 1957 cuando eso se despierta. Por eso yo suscribo la posición de otros autores que dicen que definitivamente la crisis se hace visible tanto en los sectores políticos como en sectores sociales a partir de mayo de 1957, porque empiezan las huelgas, los sindicatos, los estudiantes y profesores en la universidad, los colegios profesionales. Empieza una activación con distintos ritmos y con distintos lenguajes porque valga decir que, hasta el 31 de diciembre de 1957, Fedecámaras le estaba haciendo loas a Pérez Jiménez.

—A pesar de ese silencio, por momentos persiste esa cultura democrática que se había manifestado en el año 1948 con la elección de Rómulo Gallegos. Se evidencia en la participación de la ciudadanía en la Constituyente de 1952 y muy posiblemente se hubiera evidenciado también en las presidenciales que correspondían para 1958. ¿Por qué ese anhelo democrático de la sociedad civil no se evidenciaba en el día a día?

—Por la misma razón que no lo ves ahorita aquí.

—¿Cuál?

—El problema es que es muy difícil. Tienes que tener una sociedad bien organizada. Y eso quiere decir un concepto de ciudadanía muy clara, con líderes. Allí se fue viendo en la medida que ese proceso de organización de los liderazgos y de los movimientos se fue perfilando, y evidentemente, por esto te digo, en 1957 empieza a aparecer todo. Pero hasta ahí la gente protestaba. Por ejemplo, yo soy hija de un dirigente sindical que estuvo en la resistencia los últimos años de Pérez Jiménez. Independientemente de la conciencia, de la preocupación y de que se estaba preparando para expresarse e insurgir, las condiciones hacían muy difícil eso hasta que definitivamente en el año 1957 empezaron a jugársela y todas las organizaciones sociales, políticas y laborales empezaron a reaccionar. Es impresionante cómo en el último semestre del año 1957 hay muchas emergencias políticas, sociales, hasta culturales.

—Pero la caída de Pérez Jiménez se produce por un proceso fundamentalmente militar. Poco tuvo que ver con un inmenso movimiento popular. Desmitifiquemos su derrocamiento.

—Lo definitivo es la insurgencia militar, pero creo que todo suma, que todo es importante. Independientemente del protagonismo de los militares en el 23 de enero, me refiero al papel de la vanguardia de la resistencia aquí, pero también incluso el papel que están jugando algunos de los más comprometidos líderes que estaban en el exterior y que desde las asociaciones y los grupos de exiliados están también favoreciendo y empujando. Ahora, indudablemente pienso que el papel del protagonismo militar el 23 de enero es fundamental porque representa para las Fuerzas Armadas venezolanas una oportunidad para recuperarse institucionalmente, porque habían sido muy golpeadas al final del gobierno personalista y autoritario de Pérez Jiménez. Habían sido sacadas de la escena.

Lo definitivo es la insurgencia militar, pero creo que todo suma, que todo es importante”. Ocarina Castillo, historiadora.

—Visto todo esto, hablamos, entonces, de una dictadura con todas las letras.

—Sí, nunca lo he dudado. Es un gobierno excluyente, represivo con distintas maneras. Silenciaron a los medios de comunicación, tenías lápiz rojo en todos los periódicos, donde hasta por burlarte desde el humorismo del general o de sus secuaces puedes ser llevado a la cárcel. Al final del periodo, cuando Pérez Jiménez empieza a sentir en carne propia la presión de la crisis y del endeudamiento económico, las dificultades para tener esa mano floja para negociar, empieza también a experimentar una represión mucho menos selectiva. Era perfectamente posible que los ingenieros y arquitectos comprometidos con las obras que se estaban realizando con miras a la famosa meta de inauguraciones que se realizaban los 2 de diciembre, si no se cumplía con esos objetivos, se les reprimiera, se les metiera preso.

Foto: Julio Campos

Perezjimenismo posdictadura

—A cinco años del derrocamiento de Pérez Jiménez, en 1963, un grupo de sus correligionarios crean la Cruzada Cívica Nacionalista (CCN). En las elecciones de 1968 tienen una importante representación popular. Fueron la tercera formación política del país, con 400.000 votos, frente a los 940.000 de AD. ¿Cómo se explica este éxito electoral?

—Yo no creo que fuera un éxito electoral, fíjate. Yo creo que fue parte de un proceso. Si continúas ese análisis electoral, te das cuenta de que eso fue una burbuja que tuvo que ver con el juicio que se le hizo a Pérez Jiménez y con la forma como se ventilaron muchas cosas. Pero eso no pasó de ahí. ¿Sabes qué es lo que pasa? Que el perezjimenismo no generó ideología, no generó una narrativa política que calara en términos de los sectores sociales y que calara en términos de un proyecto social y político del país. La única narrativa del perezjimenismo fue la obra y la modernidad. Y la modernidad no era la exclusiva de Pérez Jiménez, sino que le tocó administrarla. Él tuvo la suerte de venir de una formación militar para administrar esa obra, pero no era suya. Por eso creo que como planteamiento político eso se desvaneció, más allá de ese impacto de esas primeras elecciones.

La única narrativa del perezjimenismo fue la obra y la modernidad. Y la modernidad no era la exclusiva de Pérez Jiménez, sino que le tocó administrarla”. Ocarina Castillo, historiadora.

—Durante ese periodo en el Congreso y en el Senado, la CCN tiene como uno de sus aliados a Copei, y tiene más figuras civiles que militares. ¿Se puede hablar de una democratización del perezjimenismo en los años posteriores a su derrocamiento?

—No me he detenido nunca a estudiar esa parte. La dinámica sociopolítica de la Venezuela de los años 60 y 70 es tan importante, tan interesante, en función de lo que pasa en los otros partidos y particularmente todo lo que está ocurriendo en torno al Pacto de Puntofijo. Pero lo que siento es que los partidos vinculados al perezjimenismo se fueron desvaneciendo porque, como dije, el Nuevo Ideal Nacional no fue una ideología que caló en las masas. Para poder convertirte en ese ideal del Nuevo Ideal Nacional tenías que servir de contrapropuesta de lo que los líderes políticos del momento proponían. Había que tener una narrativa para proponer y había que desarrollar una propuesta que no se llegó a hacer, sino que simplemente era la nostalgia de que había trabajo, la nostalgia de que Caracas era la sucursal del cielo, la nostalgia de la seguridad, la nostalgia de que se construyeron obras –muchas de las cuales ya estaban programadas antes de que Pérez Jiménez llegara al poder, por cierto, y que lo que se hizo fue continuar y gestionar–.

Lo que sí me resulta muy interesante es qué ha pasado la manera de ver los años cincuenta, porque evidentemente en las primeras décadas –yo diría que hasta la década de los setenta- la única forma de ver el perezjimenismo era a través de esas fuentes tan polarizadas de las que hablamos. Pero a partir de los años 80’ hay un esfuerzo en el medio académico por decir “vamos a estudiar la cosa”, pero a estudiarla.

—Antes de ir hacia allá, me gustaría saber si cree que existe un “neoperezjimenismo”. Y, si es así, cómo lo caracteriza usted.

—Yo no creo. ¿En base a qué el perezjimenismo? Porque el autoritarismo nadie lo puede subrayar.

—Me refiero a este grupo de jóvenes aduladores que lo pregonan actualmente y que los vemos principalmente en las redes sociales.

—Eso solo es una ignorancia de nuestra historia, que no se estudia ni se conoce. Claro ¿qué es lo que nosotros sabemos? Que llevamos 20 años de bates quebraos. Que tenemos 20 años de destrucción, en lo que nada de lo que se hace sirve para mejorar la calidad de vida, sino que la destruye cotidianamente. Que antes teníamos una despensa medianamente basada en una serie de cultivos, y hoy en día no tenemos nada. Eso es lo que saben los jóvenes, entonces creen que la razón y la explicación es la añoranza de eso que en algún momento oyeron que había. No se trata de decir que tenemos que buscar una figura como la de Pérez Jiménez. Al contrario, en donde tenemos que buscar es en la ciudadanía.

—Usted mencionaba a Cabrujas hace unos minutos, nuestro gran dramaturgo. Él dijo una vez que los hombres de su generación: “Fuimos criaturas del perezjimenismo, y que la ilusión del Nuevo Ideal Nacional no distaba de nuestros sentimientos… Así fui perezjimenista sin saber que era perezjimenista”. ¿Acaso no todos tenemos algo de eso? ¿No observa usted muchos discursos impregnados de esos sentimientos?

—Claro, sobre todo podemos tener algo de eso quienes, como Cabrujas y yo, vivimos los años cincuenta, sesenta y vivimos la transformación maravillosa del país en cierto sentido. Pero en la medida que uno empieza a revisar la complejidad de todos esos procesos, tú empiezas a revisar con lupa, empiezas a descubrir, por ejemplo, nuestro rentismo petrolero y nuestra apertura maravillosa; estuvo diciendo que íbamos a mantener estos y tales productos sin ningún tipo de aranceles en las importaciones de Estados Unidos para acá; entonces eso fue maravilloso porque eso significó que se llenaran todos nuestros anaqueles de todos los productos importados. Y hay a quienes eso les parece maravilloso. Entonces, exactamente eso fue así.

No se trata de decir que tenemos que buscar una figura como la de Pérez Jiménez. Al contrario, en donde tenemos que buscar es en la ciudadanía”. Ocarina Castillo, historiadora.

—¿Entonces tenía también razón Laureano Vallenilla Planchart (ministro de Relaciones Interiores del régimen de Pérez Jiménez) cuando dijo que “el pueblo cambia gustoso la libertad por el bienestar, especialmente cuando el nivel de cultura no es muy elevado”?

Se ríe. A mí me parece que, a diferencia de su padre (Laureano Vallenilla Lanz), Planchart dice pocas cosas realmente brillantes. Pero ciertamente a la gente le gustaba mucho poder disfrutar de un esquema alimentario lleno de productos importados. Y eso significó que a medida que vamos disfrutando de ese esquema de productos importados, vamos renunciando a los nuestros.

Abrir el paraguas

—El “argumento” que utilizan los “perezjimenistas” actuales para defender a ese régimen es que es contradictorio que quienes hablan de la dictadura de Pérez Jiménez, apoyaron fervientemente en su momento a Fidel Castro. De hecho, profesora Castillo, permítame adelantarme a lo que seguramente le dirán para descalificar su análisis: firmó usted la carta de bienvenida de Castro a Venezuela…

Se ríe. Claro que sí, en esa época la firmé y no lo oculto.

—¿Y qué responde usted a todo eso?

—En primer lugar, yo pienso que mi trabajo, como investigadora, ha sido de mostrar aspectos de los años cincuenta, que no habían sido suficientemente trabajados en esas visiones polarizadas y sobre todo visiones muy marcadas por la diatriba política y lo testimonial. Entonces, en un primer momento quise mostrar los procesos que se dieron en la agricultura. En segundo lugar, procesos que se dieron en el discurso ideológico de la dictadura, que era el Nuevo Ideal Nacional. Mostrar qué había allí, porque eso era una mixtura de concepciones en las que, ahí sí reconozco, contribuyó mucho Vallenilla Planchart. En tercer lugar, quise saber quién era Carlos Delgado Chalbaud, porque me parece que es un personaje demasiado importante y demasiado decisivo. Y por lo menos mis dos primeros trabajos, la defensa, la publicación y su divulgación, fue mucho antes de que yo firmara esa carta de bienvenida a Castro. Y sí, la firmé porque me parecía que en ese momento –hoy en día tengo una visión distinta-, me parecía un líder interesante y un protagonismo histórico que, guste o no, la tiene.

Te puedo decir que visité a Pérez Jiménez como parte de mi investigación, en Madrid, y conversé con él. Tenía un discurso previamente hecho, del cual no se salía. Todas sus respuestas eran exclusivamente en torno a las frases más pre elaboradas y repetidas del Nuevo Ideal Nacional. Pero no rehuía a conversar.

—¿En qué año fue eso?

—En el año 1992.

—¿Cómo recuerda usted aquellos encuentros? ¿De qué hablaron?

—Recuerdo que lo visité dos veces en su casa. Una vez en otoño, otra en primavera. Le llevé mis libros y le dije “quiero que usted los lea y me diga qué piensa de lo que escribo de usted”. Le pedí que los leyera con calma para conversar sobre eso. Y cuando llegué la segunda vez me dijo: “¿por qué usted dice eso que mi gobierno era autoritario? Que era excluyente ¿excluyente de qué?”. Le dije que no incorporaba a los sectores políticos, que no incorporaba a los sectores sociales. Entonces me sacaba todo lo que había hecho por los sectores del campo y yo le decía “eso es por los medianos productores del campo, no por los campesinos”. Allí no nos podíamos poner de acuerdo nunca, porque esa era su chuleta.

—¿Él estaba convencido de que su gobierno había sido democrático?

—No democrático, pero totalmente eficiente. Bueno, si por democrático entendiera que fue eficiente y que el dinero fluyó en grandes proporciones y se distribuyó, puede que creyera que era democrático. Pero no democrático desde el punto de vista de la concepción política que, por lo menos yo, puedo tener.

Foto: Nicola Rocco

Registro vs memoria

—Creo no equivocarme si digo que hay una diferencia entre el registro histórico, de los hechos que están contrastados, y la memoria histórica, que es diferente. ¿Cuál es el límite entre ambos conceptos?

—La memoria es una sumatoria de mitos, de relatos, de testimonios, de hazañas. El registro es lo que se intenta hacer para poner, en vivo y en directo, datos fríos, desprovistos de la emoción; que han pasado por un proceso de interpretación y de balance.

—¿Cómo evitar que las sociedades democráticas hagan un uso interesado de la memoria?

—Evitarlo es un tema de ciudadanía y de educación. Creo que no hay vacuna que nos inmunice totalmente contra eso, no, pero creo que la única posibilidad de que el uso de la memoria sea lo más constructivo es a través del conocimiento de la historia, de la geografía, y salirle al paso de esas interpretaciones instantáneas, polarizadas, absolutamente simplificadoras de la realidad.

—¿Y cuál es el papel del historiador en este momento en el que cada quien busca instalar sus versiones del pasado y modificar la memoria?

—Hacer su trabajo: investigar y mostrar lo que consiga. Por supuesto, eso no quiere decir que lo que uno consiga en su investigación sea una verdad que convenza a todo el mundo, pero es un punto para abrir perspectivas, para discutir, para seguir buscando.

—Por último, ¿cuál es la importancia de hacer lo que, muy amablemente, ha hecho usted en esta conversación: desmitificar la dictadura de Pérez Jiménez y los acontecimientos históricos en general?

—Nosotros debemos aprender a comunicarnos con nuestra historia, porque es la única manera de poder intentar algún proceso de aproximación a nuestro presente y a lo que venga después. Yo no creo que nosotros podamos comprender cabalmente la vida que tenemos y la magnitud del desafío que tenemos para poder salir del país en el que vivimos, y de los problemas que hoy en día confrontamos, si no nos conocemos a nosotros mismos. Y no es conocernos en lo que nos identificamos y en lo que nos gusta, es conocernos en nuestros conflictos, en nuestras contradicciones, en nuestras dificultades. Comprender la complejidad. Lamentablemente, 20 años en esta polarización política e ideológica nos ha llevado a creer que todo es blanco y negro, y resulta que no, la tarea es de responsabilidad, de respeto, de creación de valores para tener un país distinto.

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