• En los últimos años los vinilos han reaparecido. En esta crónica, los coleccionistas hablan sobre su estilo de vida

Belén Alfinger y Omar Viñas atendían su stand de ropa en un bazar vintage en El Hatillo, Miranda, cuando se percataron de que justo en la acera vecina había una venta de garaje. Belén se animó a curiosear y Omar procuró concentrarse en la clientela. A los pocos minutos Belén regresó.

—Omar, ¡vi un equipo de sonido! Radio, casetera… ¡Y tocadiscos! 

—¿En cuánto, mi amor?

—Todo en Bs. 20.000.

Omar asintió en silencio mientras comprobaba la autenticidad de dos billetes.

Aquella jornada la pareja hizo Bs. 18.000 en efectivo.

Decidido y con el fajo de billetes de cien que había contado una y otra vez, dos mil, tres mil, diez mil, diecisiete mil ochocientos, diecisiete mil novecientos, dieciocho mil; Omar cruzó la calle. 

Le habló claro al encargado de la venta de garaje. 

—Bróder, hicimos dieciocho mil. Déjamelo en quince. Pa’l pasaje.

“La venta que hicimos aquel día se la pagué al panita”, recuerda Omar para El Diario. “Y desde ese fin de semana de principios de 2016 colecciono vinilos seriamente. Aunque esta pasión ha estado allí, con fervor, desde mis años de infancia en Lima, y mi época de Dj en los noventa”. 

Equipo de sonido - Recuerdos Vinilo-vinilos
A modo de tótem, hoy el equipo de sonido reina en lo más alto de un anaquel como monumento a los tiempos iniciales de Dealer, la tienda de Belén y Omar.

Lado A

1. Joel Morales

Ficha de Joel, uno de los coleccionistas de vinilos
Ficha Joel Morales

Joel Morales fue puntual cliente de Musical Carrillo – El Rincón del Coleccionista, cuyo propietario, Néstor Carrillo, falleció por covid-19 a finales de febrero de 2021. “Era una tienda emblemática de discos usados”, recuerda Joel para El Diario, “existió hasta hace poco tiempo en La Candelaria. Por años, congregó a melómanos, músicos, audiófilos y dj’s de toda Venezuela. Incluso, del exterior. Sin duda, influenció la movida vinilera de los últimos años”.

El desastre económico, como a muchos venezolanos, llevó a Joel Morales a quedar desempleado en 2017. No pocas amistades, conocedoras de su afición musical, le sugirieron que incursionara en la compra y venta de discos compactos, libros y vinilos. 

—Promociona tu mercancía en las redes —le animaban sus amigos.

Joel les hizo caso. Se inició en el negocio a finales de 2017. Le fue bastante bien y empezaron a llegarle invitaciones para exponer en ferias de vinilos en Caracas.

Un cuarto de siglo en el negocio de los textiles le dio la oportunidad a Joel Morales de relacionarse con las últimas tendencias de la moda. Viajó por Brasil, Colombia, Perú, México, Portugal y Argentina, conoció otras culturas, pero siempre su sensibilidad y oídos estaban al servicio de la música. Como comerciante, perfeccionó sus habilidades cognitivas, se especializó en programación neurolingüística, técnicas que hoy aplica con solvencia en la venta de vinilos y discos compactos. 

—Por cosas de la vida, casualmente conocí a Omar Viñas por aquellos años. Él era creativo de una marca de ropa casual. 20 años después, ¿quién iba a pensarlo?, coincidiríamos de nuevo como coleccionistas y vendedores de vinilos.

2. Omar Viñas

Ficha Dealer, tienda de vinilos
Ficha Dealer
Logo dealer
Logo Dealer.

Omar llegó a Venezuela a sus 26 años de edad. El viernes 16 de febrero de 2001. Este año cumplió dos décadas en el país. Alternó su oficio de asesor comercial de marcas de ropa con sus presentaciones como DJ. En no pocas ocasiones los vinilos se le atravesaban como piezas de un rompecabezas. Un augurio de su futuro como coleccionista que se iba a armar de manera dilatada, pero con sólida serenidad.

—¿Un vinilo de Bob Marley?, no me lo pelaba —dice Omar—, si en mi camino aparecía un disco de Grace Jones o The Cure, tampoco me los pelaba. Los compraba, así no tuviera un tocadiscos. Los compraba por lo que significaba la banda.

Hacia 2014, ya la economía estaba echa jirones y el negocio de la ropa, igualmente, era un trapo destejido. Omar pasó de atender veinte clientes al mes a la alarmante cifra de dos. Ese año una amiga le hizo una invitación milagrosa que Omar no dudó en aceptar. De alguna manera debía remendar sus finanzas.

—Omar, ¿tienes cosas que te sobren? 

—¿Cosas que me sobren?

—Es una feria vintage… Ropa, juguetes, antigüedades… 

—Chama, tengo mucha ropa que no uso. 

Por no dejar, Omar se llevó al mercado un lote de discos compactos que apiló en el pequeño espacio que le había cedido su amiga. En cierto momento de la jornada se percató de que otro vendedor había llevado una gavera de vinilos.

—¡A la verga!, ¡los vinilos!

Omar se acercó y compró algunos. 

Después de la feria, con sus recientes adquisiciones, Omar se quedó pensando mientras contemplaba la carátula de Rat in the Kitchen de UB40: “Ya tengo algunos vinilos, sería buena idea si…”. Al día siguiente revisó qué era lo que no escuchaba y qué podía vender. La siguiente vez que lo invitaron también se llevó su gavera repleta de vinilos. 

Omar cumplió horarios de oficina hasta julio de 2016. 

—Señor Alex, como usted se imaginará, ya no estoy haciendo nada aquí —le dijo a su jefe de entonces y renunció al ramo laboral en que estuvo 15 años. A las pocas semanas, en un inquietante brainstorming junto a Belén, dieron con un nombre para su propio negocio. 

Dealer alude a varios significados —dice Omar—, en los casinos de Las Vegas o Mónaco es el que te vende las fichas, el que te hace apostar, ese es el dealer; en los bajos fondos, el que vende la droga es el dealer, Pedro Navaja es un dealer. En el mundo de las marcas, por ejemplo, una transnacional automotriz tiene a sus dealers acreditados en determinadas ciudades.

Sofá vinilos
Omar sentado en el sofá

Omar añade:

—Nosotros vendemos vinilos en buen estado de conservación, impecables, incluso sellados, de los sesenta, setenta, que jamás han sido escuchados. También traemos discos de afuera, de reciente edición. Tenemos nuestros dealers porque generalmente trabajamos con coleccionistas. Y tanto los vinilos que ofertamos en la tienda, como los de nuestras colecciones, están en óptimas condiciones.

Belén Alfinger dice: 

—El vinilo se consideraba algo obsoleto. Un objeto que había sido desplazado para siempre. Pero el melómano se mantuvo ahí, fiel a sus convicciones. Con el tiempo se recuperó el interés en ellos y los vinilos volvieron a los tocadiscos. El vinilo nunca estuvo muerto, solo estaba apartado. Por lo tanto, su futuro es prometedor.  

Belén con Disco vinilo
Belén sosteniendo un disco

3. “Desde que el vinilo existe, están los coleccionistas”

La historia de Joel Morales como coleccionista de discos ha tenido sus altibajos: “Atesoré una buena cantidad en cierto momento de mi vida, muchos se perdieron en alguna mudanza o los vendí en un momento de locura, para desocupar espacio. Con el tiempo los fui recuperando, en las ventas de garaje o mercados de segunda mano en Caracas”.

Joel Morales habla sobre el sentir y sentido de esta práctica:

—Los colecciono básicamente por tenerlos y disfrutar el formato y el diseño de las carátulas en físico, el insert, datos, fechas, sellos, origen. Tengo, incluso, libros sobre historia de los diseños de las carátulas.

José Tomás Angola y su colección de vinilos
José Tomás Angola

José Tomás Angola, escritor, poeta, dramaturgo, actor y coleccionista de discos, reflexiona sobre su experiencia:

—Ya no soy un muchacho y tampoco soy un tipo muy mayor. Tengo 54 años. Crecí en los tiempos en que la música se escuchaba desde un disco de pasta, el vinyl o vinilo. Había cierta magia en aquella pieza redonda, oscura, muy fina, de olor característico. Ver cómo la aguja del tocadiscos arañaba su superficie le daba a la música un hechizo particular. Que de una aguja que rasga, hace daño, proviniera sonido supongo que funcionaba como metáfora de la vida. Con el arribo de los discos compactos ocurrió un proceso que desangeló la música grabada. La pieza era más pequeña, bella, eso sí, brillante, pero ya no la veías girar. Y no había aguja rozándola. Era un láser que leía una información binaria de ceros y unos para que tu aparato la recompusiera en una emulación del sonido. Como si no fuera real lo que escuchabas. Repito, no soy tan mayor, así que mis razonamientos no son negación de la modernidad.

Angola dice: 

—Aún conservo mi colección de vinilos. Algunos tienen más de 40 años. Pero también conservo la colección de mi padre que, aunque tiene 89 años, es mucho más avant garde que yo. Y no digan que me pongo filosófico porque ahora el disco compacto está en ese lugar olvidado en el que estuvo el vinyl. Ahora son los formatos intangibles como el .mp3 los que reinan. Y lo que sigue importando es la emoción que yace en el sonido o ruido (dependiendo de su postura crítica) que alguien dejó ahí.

Si José Tomás Angola concibe el cuidado de su colección como una actividad cercana a un género poético, Omar Viñas administra la suya como un ejercicio de la paciencia. 

Dice:

—Lo que colecciono ya lo tengo, y si no lo tengo, pues lo pido afuera. Por Internet. En estos momentos busco la reedición de un disco de Grauzone, un grupo alemán. Y otro español, Depresión Sonora, la preventa es un vinilo, una franela, una gorra, un yesquero, un sticker, y ese combo hay que comprarlo afuera, pues aquí jamás lo voy a ver. 

En el universo del vinyl creado por Belén y Omar se respira una gravedad diferente. En el aire se percibe una densidad industrial, polimerizada, y la música que se expande a través de las cornetas representa una banda sonora e infinita. Un búnker donde no existe otra cosa que la memoria musical de la humanidad. Que protege las voces y música de semidioses a los que millones de personas han seguido y coreado sus canciones en conciertos, fiestas o en la mística e higiénica soledad de la bañera. 

Omar habla con un pulso historiográfico cercano al de Oscar Yánez:

—Desde que el vinilo existe, están los coleccionistas. Y en Venezuela el coleccionismo de vinilo siempre ha existido. Pero ¿qué es lo que pasa en el caso de las ventas de vinilo? Independientemente de todas las discotiendas, Recordland, La Gaceta Lunar, La Media Nota, Don Disco, todas esas tiendas de los setenta, ochenta, siempre ha habido personas particulares que se han dedicado a la compra y la venta. Yo he hablado con algunos de ellos. Me cuentan que, en los ochenta, en Capitolio, ya se instalaban un par de vendedores en plena acera con sus discos hasta que la policía metropolitana los correteaba. De Capitolio se mudaban para la plaza La Candelaria, y si nuevamente los desalojaban, se guarecían en una tienda que estaba en construcción. Te hablo de mediados de los ochenta.

Continúa:

—En los noventa, en el Ateneo empezó todo. Y allí salpicó para Bellas Artes, que vendían discos en la Plaza de los Museos. Y en el puente Fuerzas Armadas, donde históricamente se han vendido libros, pero ya había gente que ofertaba vinilos. Cuando el disco compacto revienta, mucho coleccionista, conozco algunos, se fueron para Bellas Artes a vender sus vinilos y ganar dinero para comprarse sus discos compactos y reemplazar las colecciones. “Ahora quiero todo Peter Gabriel y Iron Maiden en CD, y voy a vender los vinilos”, decían. Entonces, el CD opacó esa venta en las calles de vinilos y este volvió a sus catacumbas.

4. Eventos: “Si llegas buscando a los Ramones” 

“El que compra vinilos sabe dónde encontrarlos”, afirma Omar con la seguridad de un Indiana Jones melómano. “Hay que rastrearlos”.

Recuerda:

—En 2015 me enteré de que se organizaba un cambalache de vinilos en la plaza de los Palos Grandes. Cuando aparezco, aunque aún me considero que sigo siendo un nuevo, ya había un montón de gente curtida en el coleccionismo. Cuando entro en escena, empiezo a hacer ferias, y la gente empieza a preguntarse, pero ¿este chamo quién es? Era el nuevo. Cada evento tiene una anécdota.

—¿Vas a ir a el cambalache de vinilos? —le preguntó a su amigo Torkins, DJ y coleccionista.

—Sí, justo estoy pensando qué llevar.

—¿Tienes algo para vender?

—Sí, Omar, unas joyitas —respondió con complicidad gremial.

Continúa Omar:

—Cuando llegué, había un foro sobre música. En la plaza, una mesa principal y varias mesitas con mantel blanco y sillas forradas de quinceañera. En cada una de esas mesitas alguien te atendía. 

La dinámica era la siguiente: 

—Buenas, traje cuatro discos. Jimmi Hendrix, Pink Floyd, The Doors y Ozzy Osbourne. —Se los entregó a una de las señoras de la organización. A cambio, esta le dio cuatro tickets para que los canjeara por cuatro vinilos que elegiría de un mesón.

—¿Con qué me conseguí? Con Ray Conniff, Abba, Rocio Durcal, Richard Clayderman… 

Omar se retiró, decepcionado.

—M’hijo, ¿no se va a llevar ningún disco?

—No, gracias, señora, no quiero nada. —Le regresó sus tickets

***

En febrero de 2015, Belén y Omar pasaron de tener ese breve espacio que les había concedido su amiga, a un stand propio. 

Omar dice:

—Continuamos trabajando… Pero en los eventos vintage nadie, absolutamente nadie, vendía música. Y aquí ya no había tiendas de discos. Venezuela fue un paraíso de la publicación de vinilos. Superior a Argentina, Chile o Brasil, había casas productoras, Sonorodven, Sonográfica, cada una con sus propios artistas, una tenía a Kiara, la otra a Karina; una tenía a Yordano, la otra a Guillermo Dávila.

Belén Alfinger dice:

—El inicio fue muy orgánico. Se fue gestando poco a poco. De pronto, vendíamos y participábamos en bazares vintage y los vinilos se empezaron a multiplicar, invadieron el espacio, el tiempo y nuestra atención.

Joel Morales comenta sobre la movida vinilera:

—Veo estos tiempos muy positivos, pero creo que hace falta apoyo de las instituciones públicas y privadas para recuperar la memoria musical de Venezuela. Se están reeditando en Europa discos olvidados de músicos venezolanos notables como Daniel Grau, Gerry Weil, o Ladies W.C. y Desorden Público. Esa es una señal. Debemos creer en nuestra música y proyectarla con más iniciativas.

Omar paulatinamente le tomó el pulso al negocio. Aprendió a descifrar la curiosidad de los amantes de la música, pero, sobre todo, ese destello en la mirada de los coleccionistas ante el hallazgo de esa pieza que, por años, han perseguido sin éxito.

—Si llegas buscando a los Ramones en una feria y entre esos veinte stands de libros, ropa o vinilos, tres te dicen, “¡yo tengo los Ramones!”, tú te vuelves loco. Y nosotros, como vendedores, estamos pendientes de esos detalles. En cada feria yo también soy comprador.

Omar dice:

—Han sido eventos concurridos. Si la feria dura de 1:00 pm a 6:00 pm, hay gente que está todo el rato, sobre todo los cazadores de discos, los crate diggers. ¿Por qué? Tú no sabes en qué momento aparece alguien con un bolsito y te va a decir, ¿compra vinilo?, como el propio dealer, y hay gente dando vueltas esperando esa oportunidad. O estás relajado, en tu stand y, de la nada, se acerca una señora risueña, “¿usted es el señor Omar Viñas?”, sí, le digo, “ay, yo tengo muchos discos para vender, los tengo en la maleta del carro…”. Entonces, vas y encuentras de todo allí. 

Omar concluye:

—Hemos estado en la Sala Cabrujas, en el Goethe Institut, en la Asociación Cultural Humboldt, en la casa Rómulo Gallegos, en casas particulares que cuenten con un patio gigante, en el Banco del libro hemos estado dos veces, en Teatrex cinco o seis veces y unas diez en el Centro Cultural Chacao. 

En una de esas primeras ferias, Omar y Belén compraron su tocadiscos. 

Hasta la fecha, han organizado 16 ferias. Y al momento de redactarse esta crónica, Dealer, junto a Vinyl Caracas Boys y compañía, planean organizar eventos en las Librerías Alejandría.

Lado B

1. Glosario básico de términos vinileros

Si de buenas a primeras nos vemos involucrados en una conversación entre vinileros expertos que intercambian discos y opiniones sobre sus colecciones y últimos hallazgos, y no deseamos por nada en el mundo parecer unos neófitos en estos asuntos, es recomendable familiarizarse con algunas socorridas expresiones de habitual uso entre los miembros de esta comunidad. Por tal razón, para prologar el Lado B de esta crónica, incluyo este glosario básico de términos vinileros.

Acetatos: vocablo erróneamente usado en Venezuela, ya que, si bien algunos discos fueron grabados en este formato mecánico analógico, los discos que en su mayoría circulan en el país están fabricados con vinilo. Antes de grabarse un disco de policloruro de vinilo, o vinilo, primero se suele grabar un máster y en este caso el material usado es el acetato de nitrocelulosa. 

Álbum: “La era del vinilo se caracterizó por escucharse álbumes, en el que el artista grababa una propuesta conceptual musical”, define Daniel García, coleccionista y vendedor de vinilos. “Con la era digital, se ha perdido esto. La gente escucha una canción de determinado artista y luego pasa a la siguiente de otra banda y luego a otra y a otra. Escucha canciones, y no álbumes”.

Audiófilos: individuo obsesionado con la calidad y fidelidad del sonido, sin que esto esté relacionado con equipos de avanzado desarrollo tecnológico. Suelen afirmar de manera concluyente que los discos de vinilo abrigan un sonido más fiel al del disco compacto.

Cazadores de Rarities: coleccionista empecinado en rastrear, a como dé lugar, discos o ediciones no oficiales de sus artistas de interés.

Completistas: coleccionista insaciable cuya meta es tener absolutamente todo lo grabado por los artistas de su preferencia, sin importar que el álbum sea de un nivel musical deficiente. 

Crate Diggers: escarbar en las gaveras, cajas, depósitos de discos.

Diggin’: buscar discos, incluso en lugares insólitos como basureros.

Dusty Fingers: consecuencia de ser crate diggers o diggin’ y de explicación obvia al traducirse: “dedos polvorientos”: el vinilero desatiende cualquier tentativa antiséptica y, sin complejos, hurga en viejos vinilos en los que apenas se logra distinguir el diseño de la carátula por las capas de polvo sedimentado. Generalmente, después de esta tarea arqueológica, los dedos del coleccionista adquieren un tono cenizo, sucio, dedos polvorientos.

Insert: folleto o lámina que contiene la letra de las canciones, fotografías alusivas a la banda, orquesta o artista, entre otros datos de interés para el coleccionista o melómano.

Galleta: etiqueta con la que se identifica el LP. Allí se indican los datos del álbum, sello disquero, año de lanzamiento. Su diseño es circular y sus colores varían según la casa productora. 

Maxi Single: a diferencia del típico sencillo de 7 pulgadas, este formato suele incluir más canciones que de algún modo se anticipan al álbum oficial. En el Lado B suelen incluirse grabaciones de temas que no aparecerán en el disco, conocidos como b-sides

2. Mística del vinilero: un territorio donde reina la atemporalidad

“El vinilo une”, musita Omar Viñas. “El vinilo une”, repite y se queda pensativo, como si esa frase convocara algo más que un enigmático slogan publicitario o una consigna política; la pronuncia con la solemnidad que exigiría el verso inicial del credo de una nueva religión. Prosigue: “En este negocio te das cuenta de que aquellos que aman realmente la música tienen ese afán en común. Es un árbol que crece y crece. Y en él confluyen individuos que en otras ocasiones jamás coincidirían”. 

De manera similar, Daniel García se ha detenido a reflexionar sobre los atareados días del coleccionista: 

—Entre el vinilero y el librero existe cierta similitud. Sobre todo, cuando hablo del comerciante de libros usados, por aquello del cariño que se le tiene a una pieza, pero no del modo de un anticuario que resguarda objetos, sino, más bien, como documentos históricos que se pueden aprovechar intelectual y espiritualmente. De goce estético. Y eso, sin duda, requiere de un conocimiento y de una sabiduría que te obliga a realizar una curaduría, preguntarte cómo organizas una librería, de igual manera, un sentido similar opera en el vinilero, que debe reflexionar sobre cómo presentas los discos, a cuáles das prioridad o no a la hora de comprar lotes o qué le vas a ofrecer a los clientes. Se debe saber de música, pero, sobre todo, se debe amar la música como el librero ama los libros y sabe de autores o editoriales.

Cuando Daniel García profundiza en la mística del coleccionista de vinilos, recuerda esa idea benjaminiana de trabajar con artículos del pasado, de hace décadas, históricos, y mantenerlos, recuperarlos.

Dice:

—Ser vinilero es, en cierto modo, recopilar documentos que tienen en sí otras posibilidades. Para hoy y el mañana. Cuando te das cuenta de que chamos de veinte o menores de treinta años buscan discos que ni siquiera sus padres escucharon, ahí se están abriendo múltiples posibilidades que, por determinado tiempo, permanecieron cerradas, clausuradas, contenidas allí, dentro de esos mismos discos, porque no contaban con receptores ni en sus padres ni en los mismos músicos. Algunas bandas venezolanas, pongamos por caso, que estaban a la espera de ser redescubiertas, con la posibilidad pospuesta de influenciar a nuevos músicos que con toda seguridad hallarían una forma de la identificación en sus estéticas y vínculos en sus expresiones vernáculas. 

Daniel García dice: 

—Por otro lado, también se abre la posibilidad de descontextualizar la música y disfrutarla. Por ejemplo, el disco music. A muchos, y entre esos me incluyo, no nos hubiera gustado el ambiente en el que se desarrolló. Un ambiente frío y frívolo, lleno de drogas y, sin embargo, el disco music, aunque música bailable, es, además, bastante elaborada. Para su ejecución se requiere la participación de orquestas sinfónicas. Hoy en día se la puede disfrutar sin el contexto tipo “fiebre de sábado por la noche”. Lo mismo puede decirse de las bandas de heavy metal de los ochenta. No todos escuchaban determinadas bandas porque el lugar en que se escenificaban los toques en vivo no les era grato. Pero hoy puedes descontextualizar todos esos estilos y mezclarlos para ti, darles nuevas posibilidades.

A su manera, Daniel García propone instalar una realidad musical autónoma, con sus propias reglas, donde cada individuo, como prestidigitador del tiempo, sea capaz de eludir cualquier compromiso relacionado con fugaces tendencias de la moda. 

Dice:

—Entretanto, y retomo el hilo sobre la mística, también ser vinilero tiene, y se trata de una cualidad obvia, mucha relación con el DJ. Sobre todo, si pensamos esto en un plano temporal. Uno le ofrece a la gente la posibilidad de mezclar e intercambiar el sentido del tiempo, adentrarse en un territorio donde reine la atemporalidad. ¿Qué quiero decir? El mundo contemporáneo está exageradamente marcado por la experiencia de la tecnología y la economía. Lo tecnoeconómico, y eso implica estar al día. Lo importante es el hoy. Y el futuro. Lo último de la ciencia.  Ya no importa nada más. Entonces, lamentablemente mucha gente disfruta la experiencia artística de esa manera. Solo ve películas recién estrenadas, ¿los clásicos?, no, qué va, muy viejas películas. Solo se conforma con el algoritmo de Netflix. Un fenómeno similar ocurre con la música: debes escuchar lo que esté “sonando”.  Y eso me parece absurdo. Qué tiene que ver, tomemos por caso, que leas la Ilíada o filosofía medieval, o que disfrutes pinturas renacentistas, el arte barroco, porque fue hace quinientos, dos mil, o diez años. Eso no tiene nada que ver, pero mucha gente está marcada por eso. Y les llama la atención que un chamo busque música vieja, si ni siquiera uno la escuchó, y no sabes que precisamente él es melómano y escucha vinilos, tiene una experiencia temporal diferente, sin necesidad de estar siempre actualizado. 

García concluye:

—Te mueves en el tiempo como tú quieras. Te desplazas del pasado al presente, o a pasado mañana. Como justamente Benjamin apela a la tradición teológica y cabalista. Puedes, sin ningún problema, escuchar y disfrutar música de los sesenta, setenta, y capaz ese mismo chamo se va a una fiesta y baila reguetón sin ningún complejo. Se prefigura un mix de la atemporalidad.

3. Cuarentena

Sobre la cuarentena por la Covid-19 y sus consecuencias fatales en la vida y economía del país se ha dicho tanto que resulta reiterativo hacer un recuento para esta crónica. En el futuro, cuando vuelva a salir el sol y esta coyuntura le de paso a otra fase histórica, sabremos con certeza el daño infligido y los caminos apropiados para la restauración. Mientras tanto, en el mundo de la música, de forma inesperada, las ventas a escala mundial de vinilos lograron superar a la de discos compactos por primera vez desde finales de los ochenta. En el país, ya les decía, las cosas no han sido del todo favorables y no pocos comerciantes de este rubro han paralizado operaciones. Sin embargo, algunos han buscado otras alternativas. 

Es el caso de Joel Morales, quien hábilmente ha sabido torear la situación. 

Dice:

—Hasta febrero de 2020 exponía junto a otro amigo vinilero en la Feria de Antigüedades del Museo del Transporte. Vendíamos de todo un poco, básicamente vinilos, discos compactos, libros de arte y objetos vintage. Desde que entramos en cuarentena, intenté regresar al museo, pero experimentamos una caída fuerte en las ventas y no he vuelto más. Todos estos meses con el museo inactivo, me ha hecho probar otras opciones. Oferto mis artículos por WhatsApp o los mismos clientes, previa cita, vienen a mi casa.

Omar Viñas añade:

—En esta época, la gente ha desempolvado sus vinilos. Ha reparado o se ha comprado un tocadiscos. Si vuelves a un LP de Michael Jackson, lo escuchas, inevitablemente te acuerdas de tus años de infancia. Recuerdos bonitos. Y eso pasa en esta época de encierro. El tocadiscos es una máquina de 45, 78 o 33 revoluciones que te trae al presente aquello que extrañabas del pasado.

***

Cuando me despedía de Daniel García a las puertas de su edificio luego de entrevistarlo, un señor le gritó desde una acera. Era un vecino. Sin protocolos, le ofreció ochenta vinilos. Se los trajo en pocos minutos. Daniel García los revisó. Negociaron. Pactaron un precio. 

Cualquiera que se detuviera a indagar en los diseños coloridos de las carátulas, diría que provenían de un mundo paralelo, donde había réplicas exactas de artistas tan disímiles como Elton John o María Conchita Alonso que cantaban en húngaro. 

Discos húngaros
Discos húngaros

Nunca faltaban los verdes ni rojos ni blancos en los diseños o fuentes, en clara alegoría a la nacionalidad de los artistas. Probablemente pertenecieron a alguien de ese país que se residenció en el nuestro. ¿Se podrá leer la vida de un individuo a través de la colección de los discos que dejó? Al menos podemos intuir dos datos: 1) el antiguo propietario del lote de vinilos era de Hungría o, acaso, aprendía el idioma por alguna inquietud lingüística; 2) era un tenaz fanático del pop magiar. 

En Alta fidelidad, novela del escritor inglés Nick Hornby, Rob Fleming, el neurótico protagonista, coleccionista de vinilos, relaciones amorosas fallidas, postula que todo coleccionista serio está calificado para cifrar su autobiografía a través del orden que les ha dado a sus discos, sin importar el sistema clasificatorio.

De igual modo, Archy Stallings, personaje de otra novela de esta índole, Telegraph Avenue, de Michael Chabon, hace un inventario en su discotienda y comprueba con su particular método el buen estado de unos vinilos: “Tomas un disco y extraes la funda de papel de la carátula. Introduces con cuidado los dedos en la funda. Sacas el vinilo con las yemas de los dedos sin tocar nada más que la etiqueta. Inclinas el disco bajo la luz matinal que se cuela por el cristal del ventanal. Esa luz reveladora y compensada del este de la bahía, detallista y compasiva, siempre dispuesta a contarte la verdad sobre el estado de un disco”.

Los vinileros protagonistas de esta crónica cuentan en los siguientes apartados cómo domestican el caos, realizan el control de calidad y establecen el orden en sus colecciones. Los vinilos delatan la personalidad del coleccionista, sellan su identidad y los hacen únicos ante el mundo. Paradójicamente, ningún genuino amante de los discos se atrevería a tocarlos directamente con sus dedos. Dejar las huellas dactilares sobre ellos califica como acto de profanación: las líneas que definen nuestro adn sobre los surcos que codifican analógicamente nuestra alma.  

***

Como inciso, le he pedido a los coleccionistas que compartan sus listas Top Five al modo Rob Fleming de Alta fidelidad:

Joel Morales

Top 5: Álbumes para viajes

1) Aldemaro Romero y su Onda Nueva: Una por Una (Philips, 1985)

2) Chico Buarque: Ópera Do Malandro

3) Eumir Deodato: 2001 1973

4) Fania All Star: Social Change

5) Quincy Jones: The Dude

Belén Alfinger

Top 5: Canciones favoritas de toda la vida 

1) Champagne, de Eddy Palmieri 

2) El acto, de Parálisis Permanente

3) Unknown Pleasure, de Joy Division

4) Llegando los monos, de Sumo

5) Besos de fuego, de Carmen Delia Depini

Daniel García

Top 5: Chill Out reuniones en casa

1) Brubeck In Amsterdam, The Dave Brubeck Quartet 

2) Let’s Do The Bossa Nova, de Tito Rodríguez and His Orchestra

3) El Fabuloso, Aldemaro y Su Onda Nueva

4) Herb Alpert Presents Sergio Mendes & Brasil 66’

5) Whipped Cream & Other Delights, Herb Alpert & The Tijuana Brass

Omar Viñas

Top 5: Agrupaciones más escuchadas

1) Parálisis Permanente 

2) Alaska y Dinarama 

3) Kraftwerk 

4) Joy Division 

5) Aviador Dro

4. Catalogar

A juzgar por los incontables vinilos de Dealer, Belén y Omar Viñas invierten tanto tiempo maquinando un orden como escuchando sus discos. 

Explica Omar:

—Trato de agrupar todo lo que es música de miniteca, electrónica, porque atendemos a muchos djs, entonces, se evita mezclarlos con salsa o rock.

Entre las colecciones más llamativas de Dealer, está la de artistas venezolanos. Allí se encuentran trabajos de Ángel Rada o Daniel Grau, músico fallecido a principios de año por Covid-19, cuyos trabajos han sido reeditados por El Palmas Music. Este músico grabó ocho long plays entre 1974 y 1982 y bajo este sello publicó en 2014 un doble LP: The Magic Sound of Daniel Grau, una antología de sus piezas musicales. También se puede avistar algún álbum de Aldemaro Romero, “codiciados entre coleccionistas de buen gusto”, apunta Omar Viñas, que no deja de comentarte anécdotas sobre cada disco, de cómo llegó a él y, sobre todo, no escatima en proporcionarte datos históricos. Cuando llegamos a la sección de tecno, tomé en mis manos un disco de Proyecto 1.

Omar Viñas estaba listo para otro momento pedagógico:

—Merengue house, Proyecto Uno, El General, son agrupaciones que ahora escucho de otra manera. Está pega’o de Proyecto Uno, esa caja de ritmos, los teclados, e independientemente de la voz de Magic One, que le pone me gusta a nuestras publicaciones de Instagram, yo me quedo con la música, que para la época en la que fue producida, porque ahora es distinta la tecnología, me digo —suspira largamente—, “estos son unos capos”. Está pega’o, un Acid House Europeo, pero latino con merengue, Bristol, Berlín.

Viñas, desde el principio, te deja en claro algo: él y su esposa conciben el reino de Dealer con criterio federal, su colección es descentralizada: “Una cosa es esto y lo otro, son varias las colecciones que tenemos”, dice, y explica las posibilidades de organización que puede aplicar cualquier coleccionista:

—Puedes catalogar por décadas, año, orden alfabético, idioma, género musical, sello disquero, dibujo de la galleta, la etiqueta. Si ves un disco de Columbia, y si conoces la historia del sello, puedes saber en cuál década se publicó el disco con solo examinar el diseño de la galleta, ya que esta te suministra la información que necesitas. Este disco es del sesenta, aquel otro de los ochenta… Porque la tipografía, los colores y el diseño varían con el tiempo. Otra manera de obtener información es buscando el código de barras. En los setenta, el código de barras no se había inventado. Entonces, si agarras un disco de cualquier grupo de los setenta, o antes, lo volteas, y tiene código de barras, ya eso es una reedición de los ochenta. ¡No son originales! ¡Mira!, ¡uno de Led Zepellin! —Omar toma la carátula, la gira—, ¡ah!, ¡no!, ¡fuera!, ¡reeditado! 

Sentimiento Muerto

Omar añade:

—Atendemos previa cita. Están los salseros, los punk, los heavy metal, los clásicos. Lo mío es el postpunk, el new wave, la música industrial. Si buscan rock nacional, Sentimiento Muerto, Desorden Público, los tenemos; Prince, Pink Floyd. Es bonito atenderlos. También los clientes me enseñan. Pero, eso sí, evito atender a dos clientes al mismo tiempo. Existe la posibilidad de que solo tengo un disco en especial y los dos clientes se antojen, ¿qué hago?, típico: “Pero, Omar, chamo, ¿por qué no me dijiste que tenías Metallica? Está hecho en Venezuela, vaaaale…”. 

Clientes

uando a Omar Viñas le preguntan, qué compras, él les responde: “Compro discos en buen estado. No me importa el género, siempre y cuando la carátula no esté garabateada con nombres como Juan Gómez, Ceferino Rodríguez Quiñones, o esté mojada o el vinilo visiblemente rayado”. 

5. Vinilo vs CD

Conversé con el ingeniero de sonido y productor musical José Luis Morenza, acerca de este debate inagotable: la calidad del sonido del vinilo versus el compact disk y otros soportes de reproducción musical paralelos o posteriores.

José Luis Morenza sostiene:

—El vinilo comparado con el CD es técnicamente inferior en cuanto a sus capacidades, sin hablar de la durabilidad y resistencia de la media, que es notablemente menor, pero tiene un carácter propio que muchos extrañan al escuchar formatos digitales que consideran fríos, cuando, en realidad, son más cristalinos y reflejan de mejor manera la calidad de la grabación. 

Continúa:

—Con el paso de los años, desde la utilización de las primeras técnicas digitales, el uso de estas ha cambiado por parte de los ingenieros de grabación y mezcla para aprovechar todas las posibilidades que el formato brinde y, así, alcanzar un sonido más cálido y de alta fidelidad. Hoy, contando con equipos avanzados y solo variando la fuente sonora del CD y el vinilo, la diferencia sonora entre ambos es poco apreciable, llevando el cotejo a un plano de gustos personales. Ciertamente, el vinilo, comparado con los sistemas de descarga o formatos digitales que reproducen archivos .mp3 es superior y, además, permite el disfrute físico del producto, convirtiéndolo en un artículo de veneración que favorece el coleccionismo.

Asimismo, José Luis Morenza señala las ventajas y desventajas del vinilo durante el tiempo y el espacio:

—El vinilo, al convertirse en un artículo de culto, ha aumentado en su costo y, por supuesto, hace necesario un espacio físico importante para su almacenaje, organización y disfrute, de la mano con el resto de la cadena de audio necesaria para la reproducción de alta fidelidad imprescindible para realizar ese acto semireligioso requerido y disfrutar de tu música favorita en contraste con la portabilidad, comodidad y larga duración de los formatos digitales y, más aún, contra los servicios de descarga, que son súper económicos, accesibles y sencillos, aunque degeneren la calidad del sonido. Estos serían el equivalente generacional de los cassettes de cinta antiguos, que eran portables y más económicos. En conclusión, los sistemas de audición no solo tienen que ver con la exigencia y gusto del usuario, sino con su capacidad adquisitiva y necesidades de audición que, directamente, dependen del espacio: la casa, el automóvil o la playa.

6. Mantenimiento y restauración

Joel Morales apela a lo sencillo en cuanto al mantenimiento que les procura a sus discos. “Los limpio con alcohol y algodón, o simplemente con agua jabonosa y una esponja suave”. En cuando a un sistema de organización, se limita a agruparlos por géneros musicales: “No tengo un método en realidad, cuento con más dos mil compactos y unos seiscientos vinilos”. Como si se tratara de una geografía de la cultura musical, los agrupa en los continentes Rock, Salsa, en la península Jazz, en el archipiélago Disco y en la isla Funk.

Daniel García, quien hace unos años solía comprarle libros a Joel Morales y recientemente vinilos a Omar Viñas, ha asumido la labor de limpieza con una disciplina digna del Miyagi Dojo.

Dice:

—Primero, si tienen mucho polvo, con un atomizador les esparzo una solución de agua destilada con un poco de jabón de manos para removerles esa primera capa de moho y polvo que pudieran tener, aunque en este caso no son todos los discos. Seguidamente, los limpio con un trapo de algodón o cualquier franela vieja de tela suave. Después, les aplico una vez más agua destilada. Seco los vinilos con unos pañitos especiales que trae el Spin Clean Record Washer, un artefacto que facilita la limpieza. Posterior a este lavado, hay discos que indiscutiblemente mejoran. Discos que, cuando los reproducía, saltaban o tenían mucha estática. 

Spin Clean
Organizador

De igual modo, las carátulas de los vinilos tienen su propio proceso de limpieza.

Daniel García dice:

—Al menos una vez en la vida se les debe hacer esta limpieza a las carátulas. Solo una vez cada muchos años, no todo el tiempo. Inicialmente, les atomizo alcohol etílico o le paso un trapo, esto depende de lo frágil o no que esté el cartón. Si observo que no resisten el líquido, simplemente lo atomizo. Esto sirve para matar bacterias, hongos, esporas, agentes a los cuales hay que tenerles sumo cuidado, ya que no solo pueden dañar el disco o contaminar otros, también te pueden enfermar.

Discos lavados

En este vídeo tutorial, García explica paso a paso este proceso:

7. DJ Machu

El mural fue realizado por la artista plástico Belén Alfinger

Omar Viñas solía aburrirse con facilidad en las fiestas, pues él apenas era un adolescente y la mayoría de los invitados le llevaban unos cuantos años. 

—Siempre suena lo mismo. ¡¿Hasta cuándo la misma canción de The Clash?! —se quejaba.

En el cumpleaños de un amigo le dieron la oportunidad de ser el máximo encargado de la música. Tenía 15 años y no desaprovechó ese chance. Se estrenó como DJ.

—Me ceñí a los gustos de la gente, pero las canciones eran en sus versiones de 12 pulgadas, maxi-single; o si la canción era conocida en castellano, yo la pinchaba en francés, o viceversa, y mientras ponía música, veía a la gente que volteaba a mirarme con caras de “¡y este loco quién es!”. Desde 1992 hasta 1998, fui DJ en un local en Lima, Árabe Pub, similar a lo que fue en Caracas Doors, el templo del rock and roll, y eran fiestas de puro y duro post punk y new wave

Omar recuerda:

—He sido DJ desde 1990. En Lima realicé una buena cantidad de conciertos. Mi a.k.a era Atmósfera Inerte. Pero en Venezuela pasé a llamarme Machu. En 2001 llegué a Venezuela y en 2007 me nominaron a un Perro Urbe en la categoría Mejor DJ. Competí contra un grupo de artistas talentosos, DJ Alex, DJ Funk-U y DJ Domingo. El evento fue en la concha acústica de Bello Monte. La foto de cada nominado aparecía en pantalla gigante. Allí estaba la mía, con mi franela de Inca Kola. En el momento de la premiación, yo me alejé de mis amigos. Deseaba estar a solas un rato. Meditar. 

Andrés González Camino, cronista y periodista venezolano, recuerda aquellos años de este modo:

—DJ Machu, dentro de la movida electrónica y diversificada de los bares de la Caracas de los 2000, se enfocó de manera notable en la reivindicación ochentera, en el revival de esa década, en el electro. 

Dice:

—En los bares caraqueños, era una suerte de alternativa a una escena casi adolescente que representaba el drum and bass, cuyo público era veinteañero. La propuesta de DJ Machu y compañía apuntaba a un público underground adulto, aún joven, aunque nostálgico de esa época.

El premio lo entregaban OneChot, Danel Sarmiento y Cecilia Torres, para aquel entonces, Sexilia, quien ya decía a todo pulmón, “y el ganador es…”.

Actualmente, Cecilia está residenciada en Guadalajara, México, donde es vocalista de las agrupaciones Fanko y Sussie 4:

—Los 2000 fueron un suspiritu que hubo de noche, el ocaso que llegamos a conocer de aquella Caracas que abrigaba a todos. Y no lo sabíamos. No sabíamos que vivíamos el ocaso de una época dorada. DJ Machu formó parte de esa noche caraqueña. Y lo empecé a seguir porque casi nadie ponía música de los ochenta. Estaban de moda las boogie nights, la movida drum and bass, house, y entre esa parte oscura, dark, empezó a surgir el club electro. Que tenía new wave, postpunk, y en esos locales conocí a Machu. Tiempo después nos reencontramos porque él conocía a mis amigas. A raíz de ese encuentro, surge Karne Frezka, integrado por Issa, Dar, Tati y yo, Sexilia. Machu vio que éramos unas chamas con personalidad. Y él dijo, “se van a llamar Karne Frezka”. Nos presentamos en las mejores discotecas dosmileras.

Dice Cecilia Torres:

—Estábamos en nuestro sueño Mtv con Urbe. Y eso fue parte de esa Caracas que ya no existe. Machu es uno de sus personajes. También hijo de una migración. Y que ama profundamente Venezuela. Era ese mestizaje, esa mezcolanza que nos caracteriza. No sé si magnifique mis recuerdos, pero es algo que, a mí, en mi migración, me hace falta. 

El público seguía a la expectativa en la Concha Acústica de Bello Monte.

—Y el ganador es…  —Silencio dramático—. ¡DJ Machu!

Omar Viñas aún estaba en su momento Deepak Chopra. 

—Machu, baja, ¡recibe tu premio! —le gritaba Sexilia, con evidente emoción.

Omar se puso de pie y, con decisión, se deslizó por los escalones, alcanzó la tarima y recibió su reconocimiento de manos de Sexilia.

—¿Y de dónde surge Machu? —le pregunté a Omar.

—Un amigo que falleció solía decirle a mi esposa: alrededor de Omar gravitan dos tipos de personas: aquellos que le llaman Omar, y los que le dicen Machu. Quienes le dicen Machu, es porque lo conocen de 2001 en adelante… 

Diciembre, 2001. Omar Viñas, a.k.a. Atmósfera Inerte, ya estaba por cumplir un año en el país cuando asistió a La Nave Jungla, agitado y voluptuoso local de Chacaíto. La fiesta era de electroclash. Allí conoció a Alejandro Rebolledo, escritor venezolano, DJ y promotor de ese estilo musical en la ciudad. Ambos continuaron en contacto durante 2002, ya que Rebolledo planificaba crear un crew con varios djs, en los que estaría incluido Atmósfera Inerte. El proyecto fue aplazado debido a los problemas políticos de abril de ese año.

Hacia mediados de septiembre, Rebolledo lo llama por teléfono:

—¿Tienes tus discos, tu música?

—Me he comprado algunos vinilos y compactos aquí.

—Atmósfera Inerte… ¿Te seguirás llamando así?

—¿Por qué?

—¡¿’Tás loco?! Muy largo y melancólico. Aquí tendrá poca recordación —le advirtió con sensatez publicitaria—. ¿Tú conoces Santa La Diabla?

—Sí, yo conozco Santa La Diabla.

—Llégate con tus discos; el 14 de octubre. 

Aquella noche, muy puntual, Omar Viñas, a.k.a. Atmósfera Inerte, estaba en la discoteca con sus vinilos, a la expectativa de su encuentro con Rebolledo para que le explicara de qué iba todo aquel rollo. Omar Viñas ya tenía el flyer del evento en sus manos: Altamira Electro Commanders. Allí se dejaban leer en un diseño estridente varios nombres de dj’s.

Flyer

Rebolledo finalmente apareció. Omar Viñas le mostró, curioso, el flyer

—Rebot eres tú. Mr8bit es Juan Pisani. Y, mira, allí dice Machu. ¿Quién es Machu? 

—¿Tú no eres peruano? 

—Sí, ajá…

—¿Y en Perú no está Machu Pichu?

—Sí…

—Entonces, tú eres Machu. ¡Dj Machu! ¡Y que no sea marico nadie!

Libro dedicado por Rebolledo

***

El vinilo, como cualquier preciado objeto de colección, suscita pasiones y polémicas. Los a.k.a de Omar Viñas de alguna manera son los lados A y B de dos países que se congregan y unen a través de la música que sacudió las discotecas. Y la Caracas de los 2000, donde Omar bautizó a una agrupación y a él lo rebautizaron. Una Caracas en la que hoy, a mediados de 2021, sus noches parecen impregnadas de esa sustancia negra y química que precede la composición del vinilo. Gravita en la ciudad un pastoso silencio.

“El vinilo une”, me digo, a la espera, acaso, de la reedición de otros locos años veinte, los de este siglo, cuando esta coyuntura se alivie y las cosas mejoren. Entretanto, en Caracas, los vinileros afinan sus oídos, resguardan, catalogan, se ensucian los dedos entre mosaicos de discos dispersos, y restauran aquella música del pasado que girará a 33 revoluciones por minuto en todas las fiestas de mañana.

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