• Relato que forma parte del seriado Viaje al espacio interior. Crónicas de cuarentena; una serie de textos que ahondan en la experiencia de confinamiento en el suroeste caraqueño

En dos semanas de cuarentena ya he perdido la cuenta de los documentales sobre el cosmos que he visto. Esta mañana desperté con la narración de la bienvenida a Neil Armstrong en su regreso a la Tierra, y de cómo, con injusticia para sus otros compañeros de misión, prácticamente se llevó todos los aplausos por ser, de manera azarosa, el primero en colocar un pie sobre la Luna.

Pienso en este salto épico para la humanidad, y reafirmo que llevo una semana sin poner un pie en la calle, desde aquella vez que tropecé con la grieta de la avenida Intercomunal que más bien parecía la superficie de Encélado.

A todas estas, sí he andado por casa. Sí me he adentrado en cada rincón de esta morada que se ha convertido en refugio, en prolongación de mi carácter, en nave espacial si nos guiamos por la lógica planteada en el relato de Jorge Luis Borges, “Utopía de un hombre que está cansado” y la respuesta de un individuo de al menos cuatro siglos de vida a otro de apenas setenta años: “Todo viaje es espacial. Ir de un planeta a otro es como ir a la granja de enfrente. Cuando usted entró en este cuarto estaba ejecutando un viaje espacial”.

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En tiempos en los que se ha activado la exploración del universo y se planea el primer viaje al planeta Marte, el mundo se detiene en una cuarentena global. En 2020 solo algo se transmite con mayor eficacia que el Covid-19, y es la información, el verbo: la primera cuarentena global en la era de la redes sociales probablemente nos motivará a plantearnos nuestro propio espacio con respecto al resto del territorio, o del mismo universo que deseamos explorar. 

Pensando en esto, me pregunto: ¿hasta dónde llegan los límites espaciales de cada ser humano?, lógicamente, la respuesta ha ido expandiéndose con las eras.

Los artefactos tecnológicos cumplen una función determinante: representan extensiones del cuerpo, en qué punto del espacio-tiempo trazamos los límites. Hoy nos tocará guarecernos por un tiempo indefinido en nuestros hogares y depender de estos artefactos.

Si bien lidiaremos con la familia y/o con nosotros mismos, la cantidad de memes al respecto solo evidencian una problemática social: la armonía de las relaciones humanas puede quebrantarse por una convivencia más prolongada de lo habitual. Compartir un espacio común durante horas en las que generalmente estábamos en la oficina o en salones de clases o inmersos en diligencias burocráticas, puede llegar a ser catastrófico. 

La obligada inmovilidad de estos días, anima a replantearnos nuestro papel de nómadas desde una posición sedentaria. Mientras llega el día en que acudamos en masa a la calle, a nuestras oficinas, al parque o a los cines, no pocos se han refugiado en las historias de la ficción. ¡Hasta se han recomendado leer historias en las que se desatan pandemias! (Me extraña que nadie hasta el momento, o pocos, se haya acordado de la obra El rinoceronte de Eugene Ionesco, en la que se desata una pandemia de ira. O El fantasma accidental, de William Burroughs, breve novela en la que se desencadena una pandemia de mesías, individuos comunes que, de buenas a primeras, fundan su propia religión, pues se creen seres especiales, los elegidos para salvar a la humanidad de su destrucción). 

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Por estos días, alguien comentó en Facebook el valor del arte narrativo, de todos aquellos libros y de todas aquellas series o películas que nos acompañarían durante el encierro. Y pedía, casi a manera de súplica, que le recomendaran buenas novelas y series. Honestamente, en dos semanas de encierro, a duras penas he tenido cabeza para reorganizar lecturas. Y las lecturas que me vienen a la mente, no son otras en la que los personajes se encuentran, de alguna manera, asfixiados.

En mi caso, he buscado una bibliografía que me hable de encierros, no carcelarios, sino más bien domésticos, para explicarme, para buscar respuestas, para aclarar la situación que atravesamos.

“El tiempo se siente menos si nos estamos quietos” leemos en el relato “Axolo” de Julio Cortázar, cuyo desempleado y ocioso protagonista queda atrapado en la mente de un ajolote que habita en un acuario. Gastón Bacherlard definiría de otro forma esta (in)quietud: “[e]n cuanto estamos inmóviles, estamos en otra parte”. De igual modo, cómo no pensar en “La casa tomada”, también de Julio Cortázar, relato en el que algo no identificado se adueña progresivamente de cada espacio de una quinta hasta dejar a los protagonistas contra la pared, casi estrangulados.

Una situación similar la hallamos en Joaquim, protagonista de “Cuento de invierno” de Miguel Gomes, y la espesa soledad en la que se encuentra luego de que su compañera ha viajado a Caracas. Joaquim emprende viajes espaciales. Se mueve desde un punto a en el espacio hasta un punto b dentro de su casa. Sin abandonarla. Sin transgredir los límites más allá de las puertas de su hogar. Su confinamiento se debe a razones climáticas: la nieve circunda su casa, por lo que se encuentra literalmente atrapado.

Su modo de relacionarse con el espacio íntimo nos recuerda al protagonista de “Siete meses”, de este mismo autor. Mientras aquel buscaba un olor de algo podrido, Joaquim está atosigado por el sonido frenético de un animal que parece escabullirse por el interior de las paredes huecas. El sonido lo perturba, como si en lugar de estar dentro de la casa, estuviera dentro de su cabeza. Le ocurre a Joaquim un fenómeno similar al que refiere Bachelard citando a Víctor Hugo. El teórico nos habla de ese “acoplamiento singular, simétrico, inmediato, casi consustancial de un hombre y un edificio”.

No puedo predecir nada, pero es probable que en lugar de dolerme la espalda empiece a dolerme alguna pared o el techo cada vez que el vecino de arriba deja caer una vajilla. 

Estos personajes buscan en el refugio una posibilidad de placidez, una cápsula lo más cercana a lo natural para alcanzar la quietud que los aleje de aquello que los perturba: ya sean recuerdos que arrastran, ya sean jefes complicados o amores ingratos. Para ellos “[e]l rincón es entonces una negación del universo”, leemos en La poética del espacio de Bachelard. “En el rincón no se habla consigo mismo. Si se recuerdan las horas del rincón, se recuerda el silencio, un silencio de los pensamientos. ¿Por qué describir entonces la geometría de tan pobre soledad?”. 

Foto: todocolección

En “Cuento de invierno” este fenómeno no es la excepción. Transcribo un fragmento:

Ha recorrido el comedor por séptima vez en lo que va del día. Siete veces las habitaciones; la cocina; el recibidor. Siete veces ha subido y bajado las escaleras del ático. No ha visitado el sótano aún, pero se prepara: se abotona el abrigo de lana, toma las gafas, busca el interruptor detrás de la puerta. Cuando está a punto de prender la luz, recuerda un detalle: hace una semana Mireya le dijo que la bombilla del sótano se había quemado. Regresa al comedor”.

Los relatos de Julio Cortázar como los de Miguel Gomes, nos proyectan espacios reducidos, afines desde la ficción breve, dándonos una idea de las consecuencias de la reducción del espacio. 

Por mucho tiempo, una buena parte de la población mundial se ha “entrenado” en baja intensidad —infinita baja intensidad— y con la seguridad y comodidad y pacto ficcional que implica un vídeojuego, ante las decisiones que pudiera tomar en medio de catástrofes naturales, guerras o pandemias. En la realidad, no existe margen de error. Acudo a estas palabras de Slavoj Zizek: 

parece ser que vivimos en el mundo de realidades alternativas en las cuales, como en un juego del ciberespacio, cuando una elección conduce al final catastrófico, podemos retornar al punto de partida y hacer otra elección mejor lo que fue en el primer tiempo el error suicida, puede hacerse de modo correcto en el segundo tiempo, de manera tal que no se pierde la oportunidad”

El reto en nuestro caso no será volver al punto de partida. El reto es permanecer inmóviles, no partir a ninguna parte, permanecer en el punto. En la vida real no podemos reiniciar la partida.

Permanecer en la (in)quietud. Abolir el espacio. No salir, al menos que sea estrictamente necesario. 

Durante 2019 se estrenó un buen número de filmes en los que, de pronto, había personajes que se sometían a encierros, como una prefiguración de la cuarentena global. De algún modo, debían permanecer enclaustrados para sobrevivir.

Elsa (Tomasin Mckenzie) en Jojo Rabbit, una adolescente judía que se refugia en un escondite por años; Geun Se (Myeong-hoon Park) en Parasite, un hombre de mediana edad que lleva una gris y cuadriculada existencia viviendo en un búnker; el veterano astronauta H. Clifford McBride (Tommy Lee Jones), en Ad Astra, confinado en una estación espacial en los límites del Sistema Solar,  o los dos fareros de The Lighthouse, Thomas Howard (Robert Pattinson) y Thomas Wake (Willem Dafoe), aislados del resto del mundo en una isla de la que pareciera imposible escapar; asimismo en los apacibles pueblos de The Color Out of Space y The Dead Don’t Die.

En el primer filme, adaptación del relato de H. P. Lovecraft, una familia sostiene que lo mejor será guarecerse después de que se precipita aquel extraño meteorito, pues relacionan ese objeto venido del espacio exterior con los cambios repentinos y extraños sufridos en la naturaleza, ¡en su jardín!, y en sus temperamentos; en el segundo, una parodia de Jim Jarmush a las películas de zombies, los habitantes de otro apacible poblado se encierran, aunque inútilmente, para mantenerse a salvo las hordas de muertos vivientes ávidos de wi-fi y cigarros.

El reto es permanecer inmóviles. No perder el sentido de la cordura mientras el espacio desaparece. Probablemente, si me toca recomendar una película que hable de pandemias, se me hace inevitable pensar en un filme de hace algunos años, pero no menos vigente: Perfect Sense (2011), dirigido por David Mackenzie.

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Se narran los efectos de una pandemia que, inexplicable e inesperadamente, y a ritmo vertiginoso, priva a la humanidad de los sentidos. Primero fue el olfato, luego el gusto, después el oído y, por último, la vista. Aunque no se cuente en la trama, a la humanidad solo le queda el tacto, una manera de hallarse en un inconmensurable espacio que no contemplan, ni oyen ni saborean y que acaso solo registran. La humanidad percibe e intuye con sus manos una afantasmada realidad.

Pero, ahora, entre tanta ficción de encierro que he recordado, surge una pregunta que últimamente me he hecho durante estos días de no lugares: ¿cuáles han sido los puntos en nuestra historia como país en la que nos hemos visto obligados a cumplir una cuarentena? ¿Cuántas epidemias ha habido? ¿Ha existido una cuarentena nacional? ¿Cuál sería esa breve historia de las cuarentenas en Venezuela? Si alguien puede responder a estas preguntas, no es otro que Mike Aguiar Fagundez, Magister Scientarium en Historia y profesor de la Universidad Central de Venezuela, quien se asume visiblemente alarmado ante la magnitud de la actual pandemia, pues, para él, “rebasa lo ya conocido”.

Aguiar Fagundez refiere a los especialistas en ciencias económicas que aducen que las secuelas de la pandemia sobre el impacto económico pueden, a escala mundial, llegar a ser superiores a la Gran Depresión de 1929. “Hay que apretarse los pantalones”, dice, con actitud, ante las adversidades del porvenir.

“En el caso de nuestra historia”, continúa, “en los momentos en los que han surgido epidemias, la cuarentena se ha aplicado como medida de aislamiento. Fue una práctica muy común en la época colonial, llevar a aislar a los enfermos en unas edificaciones que se llamaban degredos. Con la epidemia de viruela padecida entre 1773 y 1785, aproximadamente doce años, y según los entendidos, hubo más de 8.000 víctimas solo por viruela. Se instalaron varios degredos en Caracas. ¿Y qué era el degredo? Era a donde trasladaban los enfermos para aislarlos y prácticamente murieran, porque allí no recibían ningún tipo de tratamiento ni mayores atenciones”. 

Aguiar Fagundez, en su investigación Epidemias y pandemias en Venezuela (siglos xix y xx), realiza un recuento de las principales enfermedades que han brotado en el país. Señala que en los albores del siglo XIX, entre 1802 y 1803 para ser exactos, se padeció la fiebre amarilla en Caracas; entre 1804 y 1808, las fiebres de calenturas de los Valles de Aragua; y hacia 1807, la escarlatina golpea la población de Caracas. También nos habla de las “calenturas” que castigaron las tropas independentistas. Más tarde, hacia mediados de siglo, escribe, llegan la tos ferina, el sarampión, reaparece la fiebre amarilla y se reportan los primeros casos de la terrible viruela, que persistió durante todo el siglo hasta su erradicación. 

El siglo XX no estaría libre de epidemias como el paludismo o la tuberculosis. Aguiar Fagundez no deja de mencionar los estragos que en 1918 causó la Gripe Española. En Venezuela cobró veinticinco mil vidas. En aquel entonces, gobernaba Juan Vicente Gómez, y en la investigación del profesor Aguiar Fagundez, leemos:

No obstante, la posición del gobierno central fue de eufemismos y negaciones, ligado a una suerte de entusiasmo institucional. Las autoridades civiles en un primer momento trataron de ocultar la realidad de la situación para ganar tiempo y no intranquilizar a la población, lo que en todo caso fue perjudicial. Al parecer, se informaba al benemérito con verdades distorsionadas. Ejemplo de ello, es el mensaje que emite el secretario de gobierno, general Ignacio Andrade al general Juan Vicente Gómez: “La verdad que le han comunicado de la epidemia en La Guaira, es exagerada (…) Solo hay un catarro que da con fiebre que dura dos días”. Sin embargo, este catarro aniquiló en treinta días a más de mil personas”.

En los últimos años, 2013, 2017, 2019, 2020, marzo se nos ha convertido, más que en un mes, en un estado psíquico. Un cuento de invierno de rutinas trastocadas o aplazadas “hasta nuevo aviso”. Una suerte de invierno “con movilidad reducida”. Una cuarentena sin enfermedad, al menos hasta este año. 

Iniciar el siguiente mes queda suspendido en una orilla nebulosa, ingrávida. Para llegar a ella debemos recorrer un tramo de tiempo al que no le conocemos desenlace ni extensión. Quizá esté a una cuarentena de distancia. Ya sabremos esa medida en el porvenir. 

Cuando llegue ese día, aburridos de estar en casa y de ya haber explorado suficiente en nuestro viaje al espacio interior, abandonaremos WhatsApp y las redes sociales para volver a estar online en los cafés, conectarnos con los museos, darle un abrazo a alguien que nos retuitee el saludo.

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