• Relato que forma parte del seriado Viaje al espacio interior. Crónicas de cuarentena; una serie de textos que ahondan en la experiencia de confinamiento en el suroeste caraqueño

Desde el 13 de marzo solo he pisado la calle dos veces. #QuédateEnCasa, más que un simple hashtag, lo he asumido con disciplina samurái. La casa se me ha convertido en una nave de tiempo, donde el único jet lag concebible es espacial.

Puertas adentro, todo marcha sin novedades. Entre lecturas, escrituras y documentales sobre el cosmos: enterarme de las próximas rutas galácticas es una forma de aliviar el encierro. Si a los viajeros del espacio les llaman astronautas, pienso que si no voy a cruzar las comarcas de la parroquia por un buen tiempo, cuando salga de casa, bajo esa premisa seré un cochenauta. Alguien que solo transita por Coche, atraviesa sus calles, sus cientos de veredas, los bloques de la Chalbaud diseñados por Carlos Villanueva, la Cancha de Lucas, sus mercados y sus plazas con pedestales sin estatuas ni bustos.

Han transcurrido dos semanas desde que, oficialmente, se confirmaron los primeros casos de Covid-19 en el país. Para este viernes 27 de marzo, ya se reportaron poco más de cien. Ciento trece, para ser exactos. Y dos fallecidos a causa de este mal. 

Coche es bulliciosa. El catálogo de sonidos es extenso, pero existen sonidos invariables que administran el tiempo en la parroquia. Enumero algunos: las campanadas de la Iglesia Santo Domingo Savio y la salsa. Alguna vez, al basquetbolista Greivis Vásquez le preguntaron sobre el soundtrack de Coche. Su respuesta fue tan certera como su porcentaje de lanzamientos de tiros libres. Solo mencionó un nombre: Héctor Lavoe.

Foto: Mario Morenza

Si las campanadas anuncian que ya han dado las seis y es hora de la misa, la música advierte de que esa noche hay fiesta. También,  a partir de los miércoles en adelante, es habitual escuchar el chillido de las piezas de dominó contra la mesa, traqueteo que prevalece después de medianoche. Un duelo frenético y matemático, y a medida que escala en decibeles, ese traqueteo demencial nos avisa que estamos llegando a la hora del conticinio, en la que se nos hace fácil saber qué piezas se estrellan contra la mesa solo por cómo suenan.

Los motores de transportes de quinta fusionados con el graznar de loros y cuanta ave mañanera, cumplen las funciones de alarma automotriz; ni hablar de los altavoces promoviendo insólitas ofertas de plátanos a punto podrirse. Frases tan publicitarias como Llévese veinte plátanos por doscientos mil ya indican que deben ser más o menos las 3:00 pm. 

Desde hace dos semanas estos sonidos se han ido acallando. La parroquia está en mute, a la espera de que alguien reactive la galería de sonidos. Los doble seis y los equipos de sonidos están desenchufados.

No recuerdo un tiempo anterior en el que el chat vecinal haya estado tan activo. Ni siquiera aquella semana del ataque de los gavilanes a la señora Leticia, ni cuando una chica, activista ambiental, tuvo un momento Greta Thunberg: una tarde, algunos vecinos se disponían a podar un apamate, ramas enfermas a punto de romperse amenazaban con caerle encima a cualquiera. La chica, en un descuido, tomó la motosierra, corrió a su edificio, subió las escaleras y, desde el balcón de un tercer piso, la lanzó. Semanas después la rama se desplomó por sí sola.

Por fortuna, nadie pasaba cerca en ese momento. Cuando reviso mi teléfono, no son pocas las veces que una notificación me advierte que la memoria está a punto de colapsar y me dedico más a borrar cientos de imágenes y vídeos que a leer nuevos mensajes. La mayoría del chat vecinal. 

Volví a pisar la calle una semana después, el viernes pasado. Mi misión era sencilla. Echar la basura. En el chat vecinal, una nota de voz reenviada indicaba que el camión del aseo pasaría a golpe de 6:00 pm”. Llegó a las 2:00 am. 

Desde finales de 2019, la Alcaldía había iniciado una serie de reparaciones en las vías y semáforos para mejorar el tránsito en la parroquia, lo que justificaba las fisuras y canales taladrados en el asfalto de la avenida Intercomunal, trabajos que se dejaron a medio camino y  por esa razón un sector de la avenida luce como la superficie de Encélado, fría y lejana luna de Saturno. Detalle que le confiere a Coche un aura aún más desértica y abrumadora.

La gigantografía que anunciaba el nombre del programa gubernamental estaba entre las bolsas de basura. Sobre la gigantografía dejé la mía.

Inconforme con la rapidez y simpleza de la operación, decidí, para espabilarme y estirar las piernas, dar una vuelta por Coche. Si aquel pasado viernes a mediodía, pocos minutos después de anunciarse los primeros casos de Covid-19 en el país, había una persona de cada diez usando tapabocas en el Metro, y en la tarde, de regreso de la universidad, calculé que dos de cada diez la llevaban, ese viernes pasado, los pocos peatones que había, usaban este atuendo. 

El tapabocas se ha vuelto tan indispensable como cualquier prenda íntima. La boca y la nariz, al menos momentáneamente, se ocultan como partes pudorosas del cuerpo. Deben permanecer cubiertas. Exhibirlas sería un acto indecoroso. Pornográfico.

En el trayecto me crucé con un vecino. Lo reconocí por su mirada. Nos saludamos silenciosamente. Aplazamos un estrechón de manos, quizá una fugaz conversa sobre geopolítica, y también sobre esa otra política, la política doméstica del condominio. 

Foto: Mario Morenza

Paradójicamente, en toda la cuadra el único local abierto y con música era Ciudad Cantón, el restaurante chino más globalizado y posmoderno del suroeste caraqueño. En colores que recuerdan a sustancias radioactivas: pizzas, helados, shop suey, cachapas, lumpias y hamburguesas, coinciden en un menú (cromática y gástricamente) explosivo. 

Demoré mi regreso a casa y me dirigí a la calle El Estanque, donde, haciéndole honor a su nombre, el tiempo parece haberse estancado. No el 13 de marzo, ni a principios de marzo, sino en pleno carnaval, cuando no sospechábamos lo que se nos venía.

La calle El Estanque, en comparación con lo ya andado, estaba superpoblada demográficamente hablando. 

Entré a una quincalla para preguntar por latas de atún. La cola era extrañamente larga. Delante de mí, había unos siete u ocho clientes con botellas vacías de agua mineral. Mmm, productos de limpieza”, pensé, mientras observaba con curiosidad que a sus potes le vertían un líquido transparente. ¿Antibacterial?, me dije.

Al aproximarme a la vitrina, me percaté de mi equivocación. No se trataba de esos productos caseros que venden por litro ni mucho menos de algún desinfectante que nos escude de la propagación del virus. Sí se trataba de un producto casero, pero de sesenta grados de alcohol: cocuy. Probablemente, para algunos sea el mejor elixir para sobrellevar el encierro.

Finalmente, compré medio cartón de huevos. ¿Para comer aquí o para llevar?”, me preguntó la cajera. 

Al salir, observé en la acera de enfrente a un barbero que había instalado su peluquería al aire libre, con todo y espejo colgando de una pared de ladrillos de cemento. El entusiasta del hairstyle for men callejero desafiaba la cuarentena y cualquier recomendación de la Organización Mundial de la Salud (OMS) para evitar la propagación del Covid-19.

Foto: Mario Morenza

Pese a todo, tenía su clientela: en la sala de espera improvisada con guacales y cojines, esperaban cuatro sujetos ávidos de un cambio en su apariencia. Todos, eso sí, llevaban responsablemente su tapabocas. 

En ese instante, frente al local de la venta de cocuy, se detuvo un grupo de adolescentes. La muchachada exhibía sus mascarillas homemade con diseños cool de animes y personajes del Universo Cinematográfico de Marvel (UCM). Escuché que una chica le decía a otro chico: Viste, bebe, que te queda mejor el look Kakashi de Naruto, que el tukki ese de Spiderman”.

Al escuchar esto, entendí que debía volver a casa tan rápido como fuera posible. Tan rápido como Flash. Cumplir la cuarentena y no salir hasta nuevo aviso. 

Tropecé con uno de los canales de la avenida Intercomunal. Y me sentí caer en la superficie de Encélado. Sentí que gravitaba en un lugar inseguro, lejano. Como una pieza de dominó en pleno conticinio. 

Foto: Mario Morenza

Llegué a casa con dos cáscaras de huevo rotas y un raspón en la rodilla.

Sospecho que cuando vuelva a transgredir los límites de la parroquia, tendré que consultar, después de bastante tiempo, las infografías del Metro. Por lo pronto, seré un cochenauta.

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