• Relato de una venezolana que se encuentra en Malta haciéndole frente a la pandemia por coronavirus

I

Damary estaba a nada de aplicar por una nueva  visa de trabajo cuando prácticamente le cerraron en sus narices la robusta puerta de cristal de la oficina de Identity Malta Agency. La Visa Schengen se le vencía el 13 de mayo y ni idea tenía —de hecho, ninguno de los solicitantes que, para propósitos similares, hacía fila desde las 4:00 am de aquel 13 de marzo la tenía—, de cuándo se levantaría la cuarentena y esa bendita puerta se abriría de nuevo al público.

Damary no creyó posible que, como tantas veces en el pasado, volvía a encontrarse en una situación tan compleja. En este caso y a diferencia de sus tempranos 20 cuando carecía de metas claras en la vida, su objetivo era permanecer en el país que le había brindado el chance de rehacer su vida en dos oportunidades.

Damary, fiel a sus convicciones, semanas después salió a caminar en busca de una respuesta. Desde el Paseo Marítimo de Sliema contempló la Súper Luna del 7 de abril. La Súper Luna fue un analgésico celeste, y Damary habló con Dios. Se decía, Le decía, que era capaz de sentir su corazón cerquita del de ella. En ese momento místico, sintió que Él respondía, que no se preocupara, que finalmente se quedaría en Malta, tal y como ella había soñado unas noches atrás. Un extraño sueño relacionado con enormes bandejas de pastas y compañeros de trabajo.

Paseo Marítimo de Sliema, Súper Luna del 7 de abril | Foto: Damary

Sin excepción, a Damary siempre las soluciones se le presentaban de las formas más inesperadas. Pensó, sin más, en la novela que había empezado a escribir cinco años antes. Damary entendió que lo mejor que podía hacer era ponerse las pilas y aprovechar las circunstancias a su favor: retomar la escritura de esa novela e iniciar otra que tenía en mente desde hacía ya algún tiempo.

Aquella noche de Súper Luna, antes de regresar a casa, recordó una frase que se repetía cada vez que un aguacero amenazaba su jornada de trabajo: “Esto va a pasar”, como una referencia no intencional de la historia del Rey, que en aquellos años desconocía. Damary apenas contaba con 20 años de edad pero con la vitalidad necesaria para promocionar a diario y por muchas horas cientos de dulces caseros.

Aquella noche de Súper Luna, Damary recordó al pastor Benjamín Caldera, tan alto que bien pudiera haber sido ala-pívot del equipo de baloncesto Bravos de Portuguesa. La educación de Damary fue impartida bajo los preceptos y reglas de la Iglesia Pentecostal Evangélica de Acarigua, donde el pastor Benjamín, además de adorar a Dios en la congregación, era un profesor de inglés con vocación para adiestrar a los niños bajo su tutela en las artes de la lectura, la redacción con un estricto respeto por los signos de puntuación y, sobre todo, se afincaba en la importancia de la expresión oral.

Con los años, Damary descubrió que las clases de oratoria de su infancia la ayudaron a desarrollar un atractivo timbre de voz para la promoción eficaz de las conservas de coco de su madre, atender a los clientes y vender las mejores opciones en paquetes turísticos a los veraneantes nórdicos y eslavos. Y si por casualidad amanecía lloviendo, susurraba para sí misma: “Esto va a pasar, esto va a pasar”.

Y, señores, todo pasaba.

II

Damary se aprendió al caletre la tabla de multiplicar, lo que le valió su pase directo a quinto grado y se vio los 86 episodios de la serie Salvado por la campana en su casa natal, la 1-A de la avenida 1 del barrio San Antonio de Acarigua, estado portuguesa. Su madre, la señora Solange Morris, o Sol, como le dicen sus amistades, se destacaba en la repostería local y su padre trabajaba de vigilante y en cuanto tigre saliera.

Damary pasó liso todo el ciclo básico, pero en primer año raspó Inglés y Geografía y tuvo que repetir. Su madre, temerosa por el destino académico de su hija, decidió inscribirla en un colegio privado sin escatimar que el costo de la matrícula estuviera a cientos de empanadas de su alcance presupuestario.

Al año siguiente, Damary comenzó en el José María Vargas, segundo en el ranking de matrícula de todo el municipio durante los noventa y la señora Sol debió convertirse en la campeona vendedora de empanadas de la avenida Páez: convenientemente se instaló a una cuadra de aquel colegio donde aún hoy se recuerda la sazón de sus empanadas. A razón de esto, Damary recibió oleadas sistemáticas de chalequeo —el bullying venezolano— por parte de sus compañeros, en su mayoría de familias acomodadas.

—¡La hija de la panadera! —le decían, como si eso se tratara de un insulto. Por fortuna, esto no quebrantó el espíritu de Damary.

Damary pasó a estudiar parasistema en esa misma institución, ya que la mensualidad de los horarios matutinos sufrieron un aumento significativo, y también en parte por su pereza para resolver los ejercicios del Álgebra de Baldor y responder las preguntas sugeridas por Serafín Mazparrote acerca de la fotosíntesis.

Con su título de bachiller bajo el brazo, Damary comenzó a trabajar en una tienda de electrodomésticos y repuestos hasta que la relación laboral hizo cortocircuito y renunció a seguir recomendando tostiarepas chinos y rastreando las cuchillas adecuadas para cada licuadora dañada que llevaban al local. En un pueblo y un tiempo en el que las opciones de empleo se confundían con la nada, Damary abandonó las vitrinas repletas de enchufes y televisores estropeados por el comercio informal.

Se inició vendiendo puerta por puerta los dulces de lechoza, las mermeladas de mango y las conservas de coco que su mamá preparaba. En poco tiempo, ascendió a la competitiva liga de las estaciones de servicio de gasolina. Pese al denso olor a combustible, el aroma de las conservas de su madre alcanzaban los olfatos de potenciales clientes. Un buen día, fatigada por la hediondez carburada, aguardó a que llegara el primer Encava a la estación y lo abordó. Canceló dos puestos, uno para ella y otro para las bandejas con sus dulces. Antes de que abastecieran el tanque del autobús, vendió una buena cantidad de conservas.

Me montaba en uno, me bajaba y me metía en otro, vendiendo de autobús en autobús. De peaje en peaje. Diversifiqué la oferta de productos y también vendí chucherías y lo que fuera. Ahorré un dinero y me mudé a Valencia el 3 de octubre de 2006. Estaba por cumplir 22 años de edad”, recuerda Damary.

Damary literalmente empezó a soñar con llegar alto, tan alto que no deseaba más nada en la vida que pasearse por los pasillos de los recién estrenados Airbus A3080 con su carrito de azafata repleto de platos exquisitos y vodkas que le serviría bien cargados y on the rocks a los pasajeros nerviosos. Soñaba con esa vida a 36.000 pies de altura de aquellos cacharros de quinta velocidad y dudosos motores diesel a los que se subía. Con el dinero ahorrado, se inscribió en un curso de Tripulante de Cabina en Valencia.

La señora Sol se había separado del padre de Damary y tenía un buen tiempo retirada del negocio de las empanadas, pero cuando su hija le comunicó su decisión de inscribirse en el curso de aeromoza, anunció su regreso a la repostería criolla y se convirtió en una suerte de influencer íntimo: estimuló, impulsó y apoyó a Damary a dar el máximo esfuerzo por alcanzar ese sueño.

Damary había ahorrado algún dinero y canceló el primer mes de residencia con depósito incluido y compró el uniforme, requisito sine qua non para asistir a las clases. Simultáneamente, en Acarigua, las conservas de la señora Sol tuvieron una aceptación incuestionable. Su regreso a la repostería criolla fue comparado por los entendidos en la degustación de dulces caseros y en materia deportiva, con el regreso de Michael Jordan al baloncesto. Con las ganancias, ayudó a su hija a pagar la escuela y, mientras tanto, Damary metió currículo en cuanto restaurante había en Valencia. Una franquicia norteamericana conocida por agradecer a Dios que es viernes, le ofreció un horario part time (medio tiempo) que le permitiría estudiar y atender pedidos los fines de semana.

—Con lo que ganaba, pagaba mi comida; con lo que mi mamá me mandaba, pagaba la escuela. El curso duró un año. Apenas lo concluí, dejé el trabajo de camarera y comencé en una aerolínea como tráfico aéreo: vendía boletos, hacía cambios de ruta, endosos, reservaciones de vuelo… Me fui de la aerolínea por la mala paga. Y volví a ser camarera los fines de semana hasta las 4:00 am. Con eso bastaba y sobraba para pagar casa y darme mis gustos de vez en cuando.

Damary vivió en Valencia casi tres años. Ya era hora de buscar el trabajo de su sueños. Su hermano, que vivía en Vargas, le ofreció quedarse en su casa.

—En Valencia yo vivía cerquita de la avenida Bolívar, cómoda, y en Vargas me tocó llegar a una zona roja de Catia La Mar: El Piache. Ya tenía mucho tiempo que no vivía en una zona roja, pero Vargas, de lejos, no era Acarigua. En El Piache la gente no jugaba carrito —señala.

Meses después de llegar a Vargas, el hermano de Damary se tuvo que marchar (o huir), ya que había tenido un percance con unos malandros de la zona y una noche de sábado para domingo en la que Damary se encontraba de viaje, llegaron con un comunicado redactado a punta de disparos.

En esa casa vivió con su mamá hasta 2010. El barrio con todo y casas empezó a venirse abajo después de unas terribles inundaciones justo antes de las elecciones parlamentarias. Además, se cayó un puente y otras estructuras sucumbieron ante la fuerza de gravedad, el descuido administrativo estatal y la siempre riesgosa improvisación arquitectónica de los vecinos.

Damary y la señora Solange quedaron damnificadas un buen tiempo hasta que lograron mudarse a un edificio cercano al Aeropuerto Internacional de Maiquetía.

Un buen día, Damary afinó la expresión oral forjada en sus años de colegio con el pastor Benjamín Caldera y que en sus tempranos 20 años explotó al máximo de autobús en autobús. Entendió que le tocaría nuevamente dedicarse a la venta de lo que fuera, desde tortas hasta conservas y cualquier dulce que su madre preparara. Por fortuna, contaba con una clientela cautiva: los obreros del edificio al que se había mudado, pues aún este se encontraba en construcción. Esta vez el aroma de las conservas anuló el del cemento húmedo y se convirtieron en la merienda predilecta de los obreros.

Una tarde después de resistir el sol abrasador de Vargas y los babosadas de los clientes, Damary se dijo: “Yo tengo currículo y puedo hacer otras cosas aparte de querer ser aeromoza”. Damary reactualizó su currículo y, fiel a su personalidad de jet, voló hacia el aeropuerto.

Damary comenzó de seguridad en una compañía.

Seguidamente, pasó a la nómina de Duty Free, donde le fue sumamente bien en materia económica, aunque el trabajo le causaba unos sentimientos más bien agrios gracias a su intimidante look que recordaba a Pam Grier interpretando a Coffy en el film homónimo.

Detesto ser seguridad. Soy buena en eso. Puedo ser muy estricta, pero no me gusta que la gente me tenga miedo ni nada de eso. Con ese trabajo logré amueblar mi casa y pude viajar por primera vez al exterior”.

“Visité Alemania por quince días. Hanny, una amiga de cuando hice el curso de aeromoza, vivía en Erlangen, una ciudad cercana a Nuremberg. Recorrimos Frankfurt, Berlín, Dresden, Múnich; conocí República Checa y, a pocos días de regresarme, fuimos a los Alpes de Austria y practicamos snowboard”.

Cuando Damary pronunció por primera vez durante ese paseo la palabra snowboard en lugar de esquí, su amiga se le quedó observando por unos instantes. Le sugirió que debía añadir a su perfil de LinkedIn una habilidad esencial.

Hanny le preguntó en el funicular que las llevaba de regreso a la ciudad:

—¿Regresarás?

—Sí, regresaré —dijo Damary—. Regresaré a Europa y aprenderé inglés en Malta.

Ambas amigas se abrazaron.

Damary aterrizó en Maiquetía a finales de noviembre de 2013, puso en orden todos sus papeles y, durante largas noches, aprovechaba las horas muertas de espera ante la congestionada web del Saime para descargarse cuanta novela en inglés podía.

Partió a Malta el 1° de abril del año siguiente.

A los pocos días, Damary estaba asistiendo a sus clases de inglés en Malta y limpiaba apartamentos. Durante casi un año, su vida se alternó entre pulir pisos y pulir su pronunciación en inglés.

Una mañana de marzo de 2015, Damary recibió una llamada. Se trataba de una empresa de turismo: Supreme ltd. De inmediato, esta misma compañía gestionó una visa de trabajo para Damary y la contrataron, entre otras cualidades, por su tono de voz y su pronunciación fluida, ideal para el cargo de representante de ventas.

Después de terminar una relación amorosa, Damary decidió desconectarse del mundo. Hizo el menor caso a los profetas del desastre que le advertían que con ese viaje que estaba planeando iba a poner en riesgo su estatus legal en Malta, entre otras calamidades. Llegó a un acuerdo con la compañía para tomarse unas vacaciones no remuneradas en invierno, cuando el flujo de trabajo era más que lento, nulo. No recibiría paga en cinco meses, pero era libre de irse a respirar nuevos aires.

Los aires que decidió respirar eran asiáticos.

Por aquellos días, su madre la había ido a visitar. Ya llevaban cuatro años sin verse. Damary coordinó todo para que estuvieran juntas hasta el último minuto. Sus vuelos hicieron escala en Madrid y allí se despidieron. Cuando madre e hija deshicieron el abrazo, Damary empezó a llorar a moco tendido, a gimotear como una nena de cuatro años. Su madre se regresaba a Venezuela y sabría Dios cuándo volverían a reencontrarse. Damary estaba por partir a un futuro incierto en Asia, un continente en el que jamás había estado.

Su madre, sin derramar una sola lágrima, le dijo:

—Este es un viaje que tú tienes que hacer. Porque si tú lo haces es como si yo también lo hiciera. Tú estás en busca de respuestas. Y, estoy segura, las vas encontrar en Asia. Y, recuerda, hija, todo va a pasar.

Damary llegó a Asia un 17 de noviembre.

Mi primera parada fue en Tailandia. En Bangkok te sientes como en Suramérica, una ciudad congestionada. Con puestitos de comida aquí y allá, como en Caracas. Después de tres días de estancia en Bangkok, tomé un barco rumbo a Ko Tao. El mar aquel día estaba furioso y las olas eran apoteósicas. Vomité varias veces. De hecho, todo el mundo estaba mareado y se apoyaban en la baranda para expulsar sus indigestiones. Ko Tao es un paradisíaco lugar al que, según sus habitantes, jamás había llegado ningún venezolano”.

Damary explica:

“Los objetivos principales de mi viaje eran: 1) Renovar mi espiritualidad y relación con Dios, para lo cual implicaba alejarme de mis espacios habituales. Sin nada ni nadie conocido cerca. De Malta, que ya me la conocía de pe a pa. Y de los malteses y venezolanos, porque es sorprendente la cantidad de venezolanos que empezaron a emigrar para Malta; 2) Escribir el libro que había empezado en 2015. Y, al igual que el reencuentro con la fe, la única forma de que ese libro fluyera, era distanciándome un buen tiempo de todo y de todos”.

En Da Nang descubrió que Vietnam es, por no pocas similitudes, una segunda Venezuela. En ese viaje, Damary descubrió que era el lugar que estaba buscando para centrarse en sí misma y en el que decidió que era hora de volver a Venezuela.

En las corrientes de hadas de Mui Ne, Vietnam | Foto: Damary

En Vietnam, recorriendo sus calles, se extravió muchas veces, pero siempre había alguien que la restituía por el camino correcto, que le indicaba cuál calle tomar y cuál evitar, como si Vietnam hubiera sido la metáfora peatonal de los vaivenes de su vida. Permaneció 15 días en el país asiático. Justo antes de abordar el vuelo que la llevaría a Vietnam, viajó a Corea del Sur, donde también se perdió en el tan laberíntico como innovador aeropuerto de Seúl y Jacky, una chica surafricana y probablemente la única persona que hablaba inglés en 10 kilómetros a la redonda, la encaminó en el andén hacia el tren correcto que debía tomar. Esta chica, cuando le deseaba suerte, le dijo una frase digna de un premio a la solemnidad que Damary jamás va a olvidar: “Las decisiones que tomamos son más importantes que los errores que cometemos”.

Damary regresó a Malta el 3 de abril de 2018.

Cinco años después de su arribo a Malta, a Damary se le metió entre ceja y ceja una inusitada —¡incontrolable!—  nostalgia por volver a su país.

—La isla me recibió con un clima agradable y cuando retomé mi trabajo, apenas dos días después, el 5 de abril, nada cambió: ni el salario, ni el lugar, ni los chistes malos de mis compañeros. Me sentí como si en realidad nunca me había ido. Como si esos cinco meses nunca hubieran transcurrido.

La calma no llegó hasta que, en efecto, decidió regresar a Venezuela. Damary había renunciado a todo para embarcarse en el que hasta hoy considera el mejor viaje que ha realizado, pues se trató de un viaje hacia el interior de sí misma. Había conseguido la respuesta. Y la respuesta era un regreso. Damary continuó con Supreme ltd desde aquel 5 de abril hasta el 30 de diciembre.

“Puerto Sliema Ferry, un día antes de irme a Venezuela” | Foto: Damary

El 31 tomó un vuelo que hizo escala en Roma, y luego otro que la llevó a Lisboa.

El 1° de enero de 2019 ya se estaba comiendo una hallaca recalentada de Año Nuevo.

En la patria se reencontró con su madre, que aún vivía frente al Aeropuerto de Maiquetía. También anhelaba la tranquilidad necesaria para reordenar la narrativa de su vida y la trama de la novela que deseaba comenzar. Pero Damary no contaba con este plot twist:

Mi papá murió tres meses después. Tres meses de absoluta zozobra, entre el mal estado de los servicios públicos y profesionales de la salud sin escrúpulos que ofrecían operar a mi papá en una clínica clandestina si me bajaba de la mula con 5.000 euros, cuando yo no llegaba a esa cantidad porque me fui con lo que tenía. Me negué rotundamente a ser cómplice de esa estafa. Finalmente, a mi papá lo operaron en la maternidad de Macuto, pero se me puso grave varias veces por problemas estomacales. Cuando lo operan de la hernia, muere al siguiente día. Un 20 de marzo”.

“Estaba en shock. Uno nunca piensa en la muerte de sus padres. Al menos yo nunca lo había hecho. Me preguntaba si eso que me estaba pasando era real o solo una pesadilla de la que despertaría en mi habitación en Malta y me iría a trabajar. Pero no, era real. Atrás quedaban los días con amigos en los café frente al mar Mediterráneo. Mis padres tenían años separados. Mi mamá le había dicho a mi padre que si yo no llegaba, él no podía pisar esa casa. Y yo había vuelto, pero mis razones eran otras. No me imaginaba que mi padre iba a morir. Entonces, en cierto modo, el Caribe se instalaba ante mí con una reconciliación: mis padres habían hecho las pases después de 20 años. Al menos eso fue lo que sentí cuando mi papá dio ese último suspiro en los brazos de mi madre. La verdadera razón por la que volví era porque quería escribir un libro. Un thriller político cuya trama girará en torno a la situación de los refugiados en Malta protagonizada por audaces periodistas. Empecé a escribir el libro el 1° de mayo de 2019 y lo terminé el 20 de enero de 2020”.

Los amigos de Damary, sobre todo los de Alemania y Finlandia, como si previamente lo hubiesen acordado, empezaron a preguntarle con insistencia que qué iba a hacer ella ahora con su vida.

—¡Vente! —le escribían por WhatsApp.

—¡Regresa! —le decían cuando la videollamaban.

—Hija, regresa a Malta… —le susurró su madre una tarde en la que compartían un café con leche y recordaban sus veladas viendo Cuánto vale el show cuando Damary era apenas una niña.

Semanas después, su hermano reaparecería de sorpresa para despedirse de Damary. Vivía de la pesca en Acarigua y les había llevado carites y lebranches para acompañarlos con yuca, ensalada y tostones.

III


Malta durante la pandemia | Foto: Damary

—Ahora todos en Malta estamos confinados —se dijo Damary aquel 7 de abril después de haber contemplado la Súper Luna y regresaba a su casa en la avenida Swieqi a cinco minutos de San Julians, la zona más movida de la isla—. Todo va a pasar —se lo repite hoy, a finales de junio, cuando ha recibido un mail del departamento de Recursos Humanos de Supreme ltd en el que le notificaban, con entusiasmo, que comenzarían de nuevo a trabajar a partir del 2 de julio, luego de que el 17 de marzo se vieran obligados a suspender actividades.

Todo va a pasar.

Todo ya está pasando.

Damary ya se ha familiarizado con la idiosincrasia de Malta.

—Malta es alegre, económicamente estable, muy turística. Es una ciudad de paso: mucha gente llega por unos meses y se va. Ruidosa en verano, fría y hermosa en invierno; cosmopolita, alegre, católica, histórica, prehistórica, amigable refugio para pensionados.

Desde la isla mediterránea, de igual modo se ha familiarizado con docenas de nacionalidades, como si la isla ejerciera una especie de fuerza de atracción hacia los temperamentos del orbe. Damary, irónicamente, como se dice en criollo, salió coleteada en Inglés y Geografía en bachillerato. Hoy orienta en inglés a los turistas perdidos en el mapa. Sus años de servicio al turismo maltés le confieren cierta autoridad para concebir esta clasificación:

—Hay países que, como clientes, te los puedo definir con una palabra: alemanes: leales, ingleses: respetuosos; si van a comprar un tour, dicen, sí, gracias; no, gracias. Latinos: gente graciosa, hacemos chistes de todo. Americanos: gente amigable, cuando hablo con los turistas americanos, tengo la sensación de estar hablando con viejos amigos a los que tenía años sin ver. Rusos: los clientes más difíciles, cuando llegan, sin  quererlo ya estoy algo predispuesta; son muy impredecibles, nunca se sabe con qué van a salir. Países Bajos: diversión, esta gente solo piensa en divertirse. Irlandeses: hasta ahora, en cinco años de trabajo, son la gente más humilde con la que me he encontrado; no sé si he tenido suerte, pero con los que he tratado tienen muy buena vibra. Los españoles: siempre piden descuentos, y ¡Dios!, ¡cómo se quejan!, aunque como llegan tantos acá hay unos que son buena onda. Por último, los italianos: a los italianos es el único grupo que no puedo meter en un solo saco, dependiendo de si vienen del sur o del norte, te hablan con un acento diferente y el trato también cambia; por lo que concluyo que los italianos resumen un poco de cada uno de los grupos que anteriormente mencioné.

En febrero de 2020, con tan solo 40 euros que le había prestado un amigo, Damary descendió del avión que la dejó en el Aeropuerto de Luqa.

Con ese dinero hizo mercado para una semana y tres mañanas después, estaba nuevamente vendiendo paquetes turísticos para la misma compañía con la que había trabajado.

Desde el momento en el que Damary selló el pasaporte de entrada tenía la certeza de que esta vez sí estaba tomando la decisión correcta. Había vuelto a Venezuela. Había prácticamente terminado su novela. Y lo más importante, no se sentía en deuda consigo misma.

Todo permaneció sin mayores sobresaltos hasta que llegó 2020 y sus consabidas desventuras.

—La pandemia me explotó en la cara. Y estos meses de encierro me han servido para renovar mi relación con Dios. Recuerdo haber soñado con lo siguiente: los jefes de Supreme ltd estaban haciendo un almuerzo para todos los empleados y yo había sido la última en llegar. Estaban preparando pasta entre otras cosas. Y yo estaba buscando un recipiente y cubiertos para servirme una pasta de cuatro quesos oníricos. Entonces, sucede la Súper Luna del 7 de abril, y yo me voy a la playa. Donde oro y doy gracias a Dios por lo que me ha tocado vivir. Y una voz venida del espacio interior me dice que no me voy a ir de Malta. Justo en ese momento, me llegó el recuerdo del sueño de la comilona corporativa. Pues ya yo estaba dándole vueltas a la posibilidad de marcharme de Malta apenas la cuarentena se levantara.

Selfie | Foto: Damary

“Le he hecho caso a esa voz. Me quedé en Malta”.

“El 1° de junio me llama mi jefa. Me dice que me tenía el dinero que el gobernante de Malta le estaba dando a aquellas personas que se habían quedado sin empleo. Apenas llego, mi jefa me dice que no había tenido tiempo de tramitar mi Visa de Trabajo, pero, toma, este es el dinero que a mí me dieron por estar trabajando aquí como manager, pero te lo voy a dar a ti porque sé que tú no estás recibiendo ningún ingreso. Y te lo voy a dar también porque sé que tú harías esto por mí”.

Y en ese momento, me vuelven a llegar retazos de aquel sueño.

Esto va a pasar.

Y el 2 de julio, Damary regresará a su trabajo después de este largo viaje interior.

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