• El equipo de El Diario celebra, junto con Jorge Blanco, el aniversario número cuarenta de El Náufrago. Esta caricatura ha roto los grilletes del tiempo e, incluso, de la falta de publicación para regresar en el formato digital 

Hace 40 años comenzó el naufragio de un personaje ilustrado con una barba hirsuta, que se adueñaba de su mentón, enflaquecido por el contexto inhóspito del Caribe y desnudo porque, quizás, en sus largas caminatas por las orillas de la página blanca se fue despojando de la vestimenta innecesaria. No tiene nombre, tampoco palabra posible. Es, simplemente, un hombre solitario que mira el mundo desde la orilla de su pequeña isla. Su creador es Jorge Blanco y, aunque detuvo la reflexión silenciosa de El Náufrago durante 22 años, ahora, en su regreso, solo desea intensamente que ese hombre barbudo no sea rescatado jamás. 

La historia de este personaje comienza, según su creador, en las caminerías de la ciudad de Roma, Italia. Ante la mirada del mar y los sonidos porteños, los insultos semánticos en las manos italianas y, sobre todo, la algarabía de la ciudad fundada por Rómulo y Remo. Eran los años setenta y Jorge Blanco, con un título de Diseño Industrial, decidió viajar a Italia para estudiar en la Academia de Bellas Artes. Durante su estadía en Roma, rodeado de la confluencia entre la historia artística de la humanidad y la evolución del siglo XX, descubrió un par de personajes que detonarían la idea de este hombre barbudo, deseoso de soledad, pero nostálgico por el sentir humano. 

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El primero fue un marinero, proveniente de la ciudad de Nápoles, en el norte italiano. Blanco escuchó un día, mientras caminaba por el puerto de la ciudad, las historias de este hombre, del cual no recuerda, irónicamente, su nombre de pila, pero sí mantiene consigo los relatos de la vida marítima, plagada de momentos solitarios y situaciones de peligrosidad e incertidumbre. Es, quizás, este marinero napolitano la primera razón para la génesis del barbudo que cumple 40 años en la imaginación de Jorge Blanco. 

El segundo fue un caricaturista. En su paso por Roma tuvo la dicha de conocer, luego de explorar la escultura y el diseño gráfico, la importancia de la ilustración y la posibilidad de mostrar masivamente un concepto a través de la caricatura. “Al tener el argumento, lo uní a un viejo y persistente interés personal de intervenir en la comunicación masiva. Como sentía la necesidad de echar un cuento y que este fuera leído por mucha gente, al conocer la existencia de El Náufrago me dije: Ya tengo el tema. Ahora en lugar de escribirlo, voy a dibujarlo”, comentó en 1980 al periodista Louis Lozada Soucre. 

Eso hizo al llegar a Caracas. Blanco, con 35 años de edad, comenzó la ilustración de El Náufrago. El Diario de Caracas, fundado en 1979 por Diego Arria y Tomás Eloy Martínez, fue el lugar en el que tomó vida ese personaje que, cansado del automatismo kafkiano de la vida contemporánea, decidió refugiarse en las entrañas del trópico. O, bueno, eso dice uno de los relatos que expone Blanco ante las preguntas sobre las razones del naufragio.

Es un hombre que repite, una y otra vez, su rutina. Se levanta, desayuna y va para la oficina en una reconocida entidad bancaria. Todos los días ve los mismos rostros, las mismas expresiones; toma el mismo café, se sienta en la misma silla y, de forma automática, pasa las horas. Es el drama del automatismo burocrático expuesto por Kafka a principios de siglo XX lo que lleva, de alguna manera, al despertar del barbudo. Agotado del mecanicismo de la existencia decide un día construir un globo aerostático, con retazos de tela, para escapar de la pesadez de la vida citadina. En el camino el globo se quema y comienza su naufragio. 

El otro relato que comenta el artista venezolano en la entrevista con Soucre inicia con la figura de El Náufrago en una tripulación científica que recorre las islas del Caribe en busca de nuevas especies. El barbudo es, apenas, un encargado de la limpieza: se pasa las horas trapeando la cubierta, limpiando los escupitajos y el salitre. Un día el grupo de investigación se detiene en una pequeña isla para revisar las rarezas vivientes. El barbudo se perdió entre los recovecos del trópico y al regresar a la orilla notó que el barco ya no estaba. Se había quedado varado por siempre. 

Las razones para el naufragio de ese hombre de notable delgadez son dispares, pero la razón para su creación es clara: la representación del hombre atosigado en los engranajes de la vida moderna. “El concepto principal de El Náufrago en los años ochenta, era la evasión de la realidad, y estoy convencido, lamentablemente, de que en Venezuela ese deseo de huir es más válido aun que hace cuatro largas décadas”, puntualizó Blanco.

Desde su primera publicación el 13 de agosto de 1980, la caricatura de El Náufrago encontró un lugar en la lectura dominical de los venezolanos. El Diario de Caracas, en palabras de Diego Arria en exclusiva para El Diario, “era un ejemplo de periodismo innovador que se estructuraba bajo las enseñanzas de Tomás Eloy Martínez”. Entonces, el lenguaje minimalista de Blanco y su personaje delgado tenían, más que en otra rotativa, un lugar primordial en la dimensión periodística de la redacción dirigida por Martínez. 

En 1982 Jorge Blanco recibió el galardón Pedro León Zapata a Mejor Caricaturista del año. Después de varios años siendo un personaje de las páginas traseras de El Diario de Caracas, El Náufrago amplió sus aguas. Comenzó a ser parte de distintas campañas publicitarias y d productos en el mercado. Afiches, tazas, cuadernos, calcomanías, entre una cantidad incalculable de mercancía, tenían plasmada la figura del barbudo naufragante del trópico. 

Además, el Instituto Autónomo de Biblioteca Nacional le dio un reconocimiento a su libro El náufrago I en 1982. Las ilustraciones de El Náufrago también se incluyeron en The Best Design of Latin America & The Caribbean, libro editado en Nueva York, en 1995. Las rotativas de El Diario de Caracas se detuvieron en 1996 y en 1998 Jorge Blanco tomó la decisión de emigrar a Estados Unidos. Allí escogió dedicarse, por entero, a su trabajo escultórico. El hombre de la pequeña isla, con su cuerpo desnudo y su barba hirsuta, quedó a la deriva de las viejas caricaturas. 

El retorno de El Náufrago

El 17 de diciembre de 2019 Jorge Blanco desempolvó los lápices y El Náufrago apareció esta vez en las páginas de El Diario. El mundo cambió desde la primera viñeta de 1980, pero, en el artificio de la evolución, existen aspectos que parecen no cambiar nunca. Para Jorge la sensación de abarrotamiento, donde el individuo es minúsculo ante la mecanización de la vida, es constante sin importar las épocas. Quizás este aspecto es el que ha mantenido al personaje en el espectro de la sociedad. 

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El ser humano solo tiene pequeños momentos de conformidad, casi nunca está conforme y creo que esta sensación es uno de los motores del progreso, ir más rápido que un caballo, volar más alto que un pájaro, ver lo inmensamente pequeño, lo inmensamente lejano, etc. Pero esta inconformidad también trae innumerables y permanentes contradicciones”, comenta.

El Náufrago, en su literariedad -concepto que refiere al factor literario de una obra escrita, según Roman Jakobson-, escapó de una vida repetida en cubículos de oficina. Un lugar de papeles manchados con la tinta restante de la impresora, donde la vida y el tiempo se reducen a las prisiones del horario. Todo para mantenerse con jocosidad en su pequeña isla. Blanco ha logrado demostrar, a través de un estilo minimalista de un personaje parco, silencioso, ser capaz de emular distintas reflexiones humanas. 

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Diego Arria, viejo conocido, reconoce que la caricatura es una de las expresiones artísticas con mayor dificultad. En ella confluyen la literatura, la pintura y, sobre todo, el desentrañamiento de los momentos importantes del presente. El caricaturista debe ser capaz de lograr un equilibrio entre la sátira y la crítica, sin caer, ni un poco, en la verborrea de la exageración. Jorge Blanco reconoció esto. A través de un personaje silencioso logró ampliar el espectro de su caricatura para mantenerse en el imaginario social durante cuatro décadas. 

Él era un artista prestado a muchas actividades, no solo a la caricatura: era escultor, pintor, diseñador. Iba mucho más allá. No era un náufrago de la cultura y del arte, él estaba en todas las dimensiones del arte”, agrega Arria.

Claro está, el tiempo no pasa en vano y las enseñanzas del creador se ven plasmadas en los nuevos trazos digitales. Pero Jorge espera mantener la esencia de su personaje. “Espero que mi minúsculo “grano de arena” contribuya a difundir optimismo y alegría en los lectores. Muchos de ellos se sentirán identificados con el personaje: náufragos en un país destrozado”, agrega. 

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Las generaciones pasadas han respondido con nostalgia ante el renacer del barbudo. Las nuevas, por otro lado, han descubierto que tras la bruma de la volatilidad del Internet puede haber un personaje de trazos sencillos y sin diálogos que, de alguna manera, es capaz de desentrañar los momentos determinantes de la vida. “Es una ventana a un mundo insólito ajeno a la intoxicación política”. 

Diría Pedro Léon Zapata, reconocido caricaturista venezolano, que “esta historieta carga con la enorme responsabilidad de destercermundizarnos”. Y como él, muchos otros. Desde Sofía Imber hasta Rubén Monasterios han reflexionado sobre las aventuras del barbudo para concluir, como Jaime Ballestas, que Jorge Blanco tiene “licencia para soñar”. 

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Desde Sarasota, Florida, con una amplia obra escultórica alrededor del mundo, Jorge Blanco -con un rostro impasible y una barba blanquecina, distinta a la que paseaba en sus 35 años- recuerda con especial ahínco la oportunidad que le dio El Diario de Caracas hace 40 años. Su publicación hizo posible la relación masificada que él buscaba en sus caminatas por Roma. Comenta que sin ese chance El Náufrago sería ahora un ahogado más del inmenso mar.

Mi experiencia con El Diario de Caracas fue formidable, conservo muy gratos recuerdos; en esa época no se usaba el correo electrónico, yo entregaba en persona el dibujo original de la historieta. Estas visitas me dieron la oportunidad de apreciar y valorar la labor de los periodistas y del proceso de producir y publicar un impreso diariamente sin parar, los 365 días del año, año tras año”, agrega.

Ahora, comenta con su humor característico, que espera ser el tripulante que acompañe a “los navegantes” de El Diario en su dificultosa tarea de llevar el timón a los puertos del periodismo responsable e investigativo. El Náufrago seguirá siendo la ventana a un ápice de felicidad. Por los momentos, este personaje se mantendrá celebrando sus 40 años entre los límites inabarcables de la imaginación de su creador. 

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