• Trabajadores de los centros asistenciales públicos Luis Razetti, José Ignacio Baldó y José Gregorio Hernández confesaron sus miedos y preocupaciones ante la crisis hospitalaria que se recrudece con el paso del covid-19

Trabajadores sin tapabocas, baños sin agua y pacientes sin alimentos son las carencias que tienen en común los hospitales caraqueños, por lo que el personal de salud debe afrontar la pandemia con lo mínimo. 

Las deficiencias en los centros de salud y los bajos salarios trajeron como consecuencia la renuncia de varios obreros, enfermeros y médicos de los hospitales públicos. Sin embargo, quienes aún siguen en esos recintos aseguran que se mantienen ahí para poder brindarle salud a quienes lo necesitan. 

El equipo de El Diario conversó con trabajadores de tres hospitales de Caracas sobre los retos que asumen en su cotidianidad. 

Sin agua en el Oncológico Luis Razetti

Wendy Vargas es camarera en el Instituto Oncológico Luis Razetti desde hace dos años. En su trabajo, a veces debe cumplir con una tarea sumamente difícil: limpiar el centro de salud sin agua. 

Para Wendy ya es una costumbre “ver cómo se las arregla” para mantener higiénicas las siete habitaciones de hospitalización en el área de quimioterapia. Aseguró que la zona de Cotiza, donde está ubicado el centro de salud, lidia con la falta de agua a diario. 

Muchas veces el agua nos hace falta en el hospital y si el tanque no está lo suficientemente lleno las bombas no tienen fuerza para subir el agua a todos los pisos. En ocasiones solo podemos barrer, sacar la basura y medio sacar las manchas de los pisos”, dijo Wendy Vargas en entrevista para El Diario.

6:30 am es la hora a la que Wendy se levanta para ir al hospital, deja el desayuno listo para su esposo y su nieto. Como vive cerca, camina hasta el centro de salud, lo que le toma 30 minutos llegar a su puesto de trabajo. 

Foto: Cortesía

Instituto Oncológico Luis Razetti

La construcción del edificio inició en el año 1934 y culminó en el 1938, pero originalmente las instalaciones fueron diseñadas para un asilo de mendigos de Caracas que nunca abrió.

Desde el año 1940 hasta el 1954 funcionó como Escuela Nacional de Enfermeras. Finalmente en el año 1956 la estructura se convirtió en hospital oncológico.

Fue nombrado en honor al médico venezolano Luis Razetti, quien fue un precursor de la modernización de la medicina nacional.

En la entrada del hospital saluda a los vigilantes que miden la temperatura con un termómetro digital, que no siempre funciona, indicó la trabajadora. Luego de cruzar las puertas del Luis Razetti se reúne con sus supervisores y luego habla con los pacientes y familiares. 

“Cuando llegan los pacientes les voy a preguntar si tienen algo con que colaborar como jabón y cloro, porque debemos apelar a la generosidad de los familiares cuando carecemos de esos insumos”, expresó. 

Sin tapabocas

Una carencia que afecta gravemente a los trabajadores del Luis Razetti es la falta de equipos de bioseguridad. Wendy explicó que la dotación de tapabocas para el personal es intermitente, por lo que unos días  tiene tapabocas y otros no. 

Aclaró que cuando recibe la mascarilla debe pasar toda su jornada con la misma, porque solo dan una por trabajador. Lo mismo ocurre con los pares de guantes, aunque la obrera sugirió que debería poder cambiarlos cada vez que ingresa a un área de hospitalización distinta. 

Trabajar sin estos implementos de protección aumenta el riesgo de contagio por covid-19 y Wendy lo sabe. Señaló que su esposo le pide que no vaya al hospital en esas condiciones, pues teme por la salud de su familia.

Me dice que me cuide lo más que pueda porque tenemos al niño en la casa que todavía está pequeño. Él siempre me espera y cuando llego quiere abrazarme, por eso debo bañarme y echarme alcohol en todo el cuerpo antes de agarrar a mi nieto”, expresó.

La camarera recalcó que hace su labor en el hospital por vocación. Insistió en que su salario mensual no es suficiente para cubrir sus necesidades básicas, pero prefiere continuar su trabajo en el hospital para poder brindarle apoyo a los pacientes. 

Otra de las funciones que cumple dentro del centro de salud es ayudar en la distribución del almuerzo para el personal. Estas comidas llegan gracias a donaciones que recibe el programa Ayudemos a Cuidarnos, que le garantiza un plato de comida a quienes luchan contra el coronavirus y la emergencia humanitaria en los hospitales. 

En su tiempo libre Wendy realiza servicios de limpieza en casas para poder cumplir con todos los gastos de su hogar. Sin embargo, no todos los meses consigue quien la contrate.

Pese a las dificultades que atraviesa en el hospital, la camarera no pierde la esperanza de que mejore la situación en el centro de salud. Aseguró que el personal obrero, médico y de enfermería hace su mejor esfuerzo para no fallarle a los pacientes oncológicos, quienes son uno de los grupos más vulnerables al covid-19.

“Uno hace esto por los pacientes, porque la verdad uno se encariña con ellos. Su enfermedad ya es muy dura para que los dejemos desamparados en este momento tan crítico”, añadió la trabajadora.

Un hospital centinela que se cae a pedazos 

Mayerlin Mendez lleva 15 años trabajando como camarera en el hospital general José Ignacio Baldó, mejor conocido como El Algodonal; aunque la primera vez que estuvo en ese centro de salud fue el día que nació. 

“Dicen que tengo el ombligo sembrado en mi hospital”, recalcó Mayerlín en entrevista para El Diario.

Algunas creencias indican que enterrar el cordón umbilical del bebé hará que siempre vuelva a ese lugar. En países como Turquía lo siembran en lugares relacionados con la profesión que desean que adquiera en el futuro. 

La camarera aseguró que la historia que comparte con el centro asistencial la motiva a trabajar cada día con amor. No obstante, también la obliga a denunciar las carencias del recinto, que fue nombrado por el régimen de Nicolás Maduro como centro centinela de coronavirus. 

Al preguntarle por las condiciones actuales del hospital, la trabajadora respondió que es “cada día peor”. Resaltó la falta de una dieta adecuada para los pacientes y la escasez de insumos de limpieza. Aunque admitió que lo que más le duele es el cierre de la sala de partos que la vio nacer.

Hospital General José Ignacio Baldó

Este complejo hospitalario fue fundado en el año 1939 en la parroquia Antímano de Caracas y actualmente cuenta con varios edificio en los que se tratan varias especialidades:

– El ambulatorio antituberculoso

– El hospital de adultos Simón Bolívar

– El hospital pediátrico Luisa Cáceres de Arismendi

– La maternidad Andrés Herrera Vega

Desde marzo de 2020, la maternidad Herrera Vega pasó de alojar a pacientes obstétricas a personas con covid-19. Esta decisión, opinó la camarera, le hizo perder la vitalidad al centro de salud. 

“Antes había mucha gente en todo el complejo, ahora lo único que vemos al llegar es un vacío, los ascensores no funcionan, la morgue está en completo abandono y el monte alrededor del hospital está altísimo y descuidado”, detalló la trabajadora. 

Mayerlín añadió que las filtraciones y la falta de mantenimiento amenazan con colapsar las instalaciones del hospital general. 

Poco personal 

En el área donde trabaja Mayerlín solo labora una camarera y una enfermera por guardia, lo que hace su jornada mucho más agotadora. Indicó que la mayoría de sus compañeros dejaron el hospital en busca de mejoras económicas y otros simplemente emigraron para conseguir una mejor calidad de vida. 

La trabajadora considera que su salario no es digno y que la mayor parte del ingreso que percibe lo invierte en transporte público. Sugirió que debería habilitarse un transporte para el personal para garantizar la llegada de los trabajadores. 

El metrobús que llega hasta el hospital no siempre funciona y debemos caminar desde la estación de La Yaguara (del Metro de Caracas) hasta el complejo hospitalario”, agregó.

La camarera confesó que a muchos de sus compañeros no les alcanza para comer adecuadamente y comentó que algunos han bajado de peso durante la pandemia, a pesar de que también son beneficiados por el programa Ayudemos a Cuidarnos. 

Para Mayerlín, la solución a la crisis del hospital empezaría por brindarle a los trabajadores un salario competitivo, así como los insumos médicos, de protección y de limpieza para trabajar debidamente. 

“Le pagamos al Estado para trabajar en el hospital”

José Luis Spitia ha trabajado durante 20 años en el hospital José Gregorio Hernández, también llamado hospital de los Magallanes de Catia. Durante ese tiempo se desempeñó como supervisor de servicios especiales y actualmente es el delegado sindical en el centro asistencial. 

El trabajador expresó que la mayor preocupación que manifiestan los 170 miembros del personal de salud es la situación económica. Aseguró que la mayoría de quienes trabajan en el recinto cobran 800.000 bolívares (1,54 dólares, según la tasa oficial del Banco Central de Venezuela) mensuales y recibieron casi el mismo monto en utilidades recientemente. 

Le estamos pagando al Estado para trabajar en el hospital, porque gastamos más en el transporte que lo que nos pagan, por eso es que muchos vienen a trabajar con los zapatos rotos y sin comida desde sus casas”, indicó el sindicalista en exclusiva para El Diario.

Hospital José Gregorio Hernández

Este recinto hospitalario fue fundado en el año 1973, luego de cinco años de trabajos de construcción. Es un hospital tipo IV que cuenta con hospitalización, emergencia cirugía y varias especialidades.

En sus instalaciones se desarrollan actividades docentes de pregrado y postgrado.

El centro de salud fue nombrado en honor al doctor José Gregorio Hernández, quien el pasado 19 de junio de 2020 fue mencionado por el papa Francisco entre la lista de nuevos beatos de la Iglesia Católica.

Desarmados frente al covid-19

Las condiciones actuales del hospital son muy distintas a las de hace 10 o 20 años, aseguró José Luis. 

Denunció que la estructura requiere mantenimiento y que los servicios básicos son deficientes en las instalaciones hospitalarias. Agregó que que el personal tampoco cuenta con los insumos de limpieza y bioseguridad para protegerse de un contagio por covid-19. 

El pasado mes de julio, el hospital José Gregorio Hernández fue incluido en la lista de centros centinela de covid-19 en Caracas. A juicio del delegado sindical, esta decisión del régimen fue imprudente, pues no se tomaron las medidas oportunas para dotar al centro de la salud durante la pandemia. 

La falta de agua tampoco juega a favor de los que frecuentan el centro asistencial. José Luis informó que el servicio se mantiene activo entre 7 y 12 horas diarias, pero no siempre llega a todos los pisos. 

Aquí los pacientes no se están muriendo por la enfermedad con la que llegan sino por las infecciones que contraen en el hospital. Los baños están tapados y los pacientes no tienen otra opción porque deben hacer sus necesidades ahí y pueden agarrar bacterias”, explicó el sindicalista.

El trabajador expresó que la función del personal es brindar salud a quienes más lo necesitan, por lo que lamentó que las autoridades del hospital y nacionales no le den prioridad a este sector. 

Aunque la crisis sanitaria consume a estos trabajadores, todos coinciden en que abandonar los hospitales públicos no soluciona el problema. Comparten el deseo de trabajar dignamente sin poner en riesgo su salud y la de sus familias mientras se supera la emergencia humanitaria compleja y la pandemia por covid-19 en Venezuela.

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