• Twitter se convirtió en la herramienta de Alfonso Morales para difundir las bondades y denunciar las carencias del sector agrícola venezolano

Alfonso Morales goza de popularidad entre los tuiteros venezolanos, eso se refleja en sus 15.399 seguidores, quienes están atentos a cada una de sus publicaciones. Los tuits de este joven merideño exaltan la agricultura en el país, un área comúnmente olvidada, pero que en redes sociales cobra fuerza nuevamente. 

A diario, y cuando la señal telefónica lo permite, sube fotografías de su natal Bailadores, estado Mérida, a esta red. Sin embargo, toda la historia de Alfonso no se ha desarrollado en ese pueblo agrícola. 

Bailadores | Foto: Alfonso Morales

Su relato comienza con su madre, una secretaria natural de Tovar, que se casó con un agricultor en Mérida, pero que con el paso de los años le fue casi imposible concebir hijos. 

Mi mamá sufría de toxoplasmosis, tuvo varias pérdidas y para tenerme siguió un tratamiento. Los médicos no creían que fuera a sobrevivir, pero ella decidió seguir con su embarazo. Nací sietemesino, pesé 1,6 kilos apenas y pasé mucho tiempo en la incubadora”, contó Alfonso en exclusiva para El Diario.

Luego de que madre e hijo fueran dados de alta del Instituto Autónomo Hospital Universitario de Los Andes (Iahula), el recién nacido fue sometido a cuidados extremos. Alfonso señaló que, de acuerdo con sus padres, lo calentaban con una bombilla como a los pollitos de una granja. 

Durante su infancia, jugaba mientras apoyaba a su padre en el trabajo de campo, pero a los 11 años de edad el divorcio de sus papás modificó su estilo de vida. 

Padre de Alfonso | Foto: Alfonso Morales

Las marcas de una separación

Después del divorcio, la familia de Alfonso vendió la casa en la que vivían. Su mamá pidió una hipoteca, pero la perdió, por lo que la custodia de Alfonso y su hermano menor quedó en manos de su abuela materna en Tovar. 

Gracias a Dios aquí nunca nos faltó nada y mi abuela siempre nos trató con mucho amor”, aclaró.

Pese al calor que le brindaba su abuela, admitió que la separación de sus padres ha sido el momento más duro de su vida hasta el momento. “Me pegó muchísimo, ese año fui muy mal estudiante, tuve un promedio muy bajo”. 

Durante los años siguientes se adaptó a estar lejos de su pueblo natal. Aseguró que en esa época era un adolescente introvertido y tímido. Cuando estaba en tercer año de bachillerato, lo invitaron a una convivencia pastoral que marcó parte de su camino futuro. 

Camino religioso

En el año 2008, comenzó a cursar 4to año de bachillerato en el seminario de Mérida y en 2010 se graduó con el major promedio de la institución. 

“En ese tiempo abracé un poco más la vida vocacional, profundicé muchos temas y sentía que el sacerdocio era mi llamado para servir a Dios, por eso decidí entrar después al seminario mayor, pero en Caracas”, contó el merideño. 

El joven se formó con los padres eudistas en la congregación de La Tahona, municipio Baruta del estado Miranda, y en el seminario de San José de El Hatillo. Sin embargo, esta experiencia le permitió viajar hacia los llanos y el oriente del país. 

A los 17 años de edad, el aspirante a sacerdote conoció y trabajó en zonas populares de Caracas, donde presenció el rostro más duro de la pobreza. Admitió que esa vivencia lo afectó hasta el punto de querer regresar a Mérida. 

Al regresar a su estado incursionó en experiencias pastorales en distintos pueblos. También abrió un canal de Youtube en el que predicaba la palabra de Dios y creó un grupo de oración en Facebook.

Alfonso estudió tres años de filosofía y cuatro de teología en el seminario de la entidad andina. No obstante, en su último año de formación se encontró con varios obstáculos. 

Al acercarme a la carrera sacerdotal comencé a sentir mucho miedo, a pensar que no era capaz, pensaba en que no me gusta pedir y además me enfermé del pecho. Vi a un neumonólogo y me mandó dos tratamientos y reposo, pero seguía mal, estaba ahogado y vi a otro médico, me hicieron una tomografía, pero salía que todo estaba bien”, explicó Alfonso.

En busca de una tercera opinión, el joven dio con un neumonólogo que le recomendó retirarse de la carrera sacerdotal para evitar que resultara afectada su salud. 

Cambios

En enero de 2018, Alfonso se retiró del seminario definitivamente, decisión que lo llevó a una fuerte depresión. 

“Me fui con una tía a El Vigía, no quería que nadie me quiera y sentía que me ahogaba cada día más. Tuve que asistir a terapia psicológica, tener depresión es algo muy difícil y que pocas personas entienden que es una enfermedad. Muchos venezolanos pasan por esto, en mi caso fue luego de tomar una decisión, pero hoy soy un hombre nuevo”, expresó. 

Alfonso agregó que parte de su recuperación fue de la mano con el apoyo espiritual. Afirmó que, aunque abandonó la carrera sacerdotal, su fe aún lo acompaña. Tras superarse culminó sus estudios de teología.

Foto: Alfonso Morales

La terapia y las conversaciones con profesionales lo impulsaron a realizar un curso de psicoanálisis. Posteriormente esto lo llevó a dictar clases de psicología de la adolescencia en la Universidad de Los Andes durante dos semestres. 

Regreso al campo

En 2020 los primeros casos de covid-19 en Venezuela llevaron al cierre de todo tipo de instituciones académicas y se produjo una transición a las clases a distancia. A medida que eso ocurría, Alfonso buscó alternativas laborales para compensar el bajo salario que percibía como profesor universitario. 

Mi papá seguía trabajando en el campo y necesitaba ayuda, así que esa fue la motivación para volver al campo en bailadores”, indicó.

El joven describe a su pueblo natal como un lugar muy frío, en el que se debe colar el café a las 6:00 am para iniciar la jornada de trabajo con calor corporal. La faena dura entre 10 y 12 horas.

Foto: Alfonso Morales

Uno de los hábitos que adquirió al regresar a Bailadores fue aumentar su actividad en las redes sociales. En Twitter postea imágenes e historias ligadas a su trabajo en el campo. Niños que arrancan cebollín con sus padres, cómo es el proceso para cosechar zanahorias e incluso parejas regalando lechugas en lugar de flores el 14 de febrero son algunas de las particularidad que ha publicado en esta red.

La dura realidad del agro venezolano 

La cuenta de Alfonso busca resaltar las bondades del trabajo agropecuario en los andes. Sin embargo, también aprovecha esta red para denunciar las carencias a las que se enfrenta este sector diariamente. 

El agricultor insiste en que el trabajo en el campo es muy pesado, pero poco valorado. Esto se refleja en los precios que se establecen para la compra de las cosechas.

Las cosechas se venden a precios muy bajos y en bolívares devaluados, así que nosotros debemos correr a comprar dólares para tratar de recuperar algo de la inversión”, explicó.

Los insumos agrícolas como fertilizantes, venenos y semillas se adquieren con divisas. Lo mismo ocurre con el escaso gasoil y la gasolina que hace posible el trabajo en el campo y la posterior distribución de los alimentos.

“Este negocio siempre tiene mucha pérdida monetaria, porque cuando baja el precio de alguna siempre no se puede recuperar ese dinero de ninguna forma”, detalló. 

Pese a lo infravalorado que está el sector financieramente, Alfonso descubrió con su experiencia en las redes sociales que muchos venezolanos aprecian el esfuerzo de quienes dedican su vida a la agricultura del país. Destacó que la receptividad de las personas lo motiva a seguir mostrando las virtudes del campo andino. 

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