• Desde su casa en Sarasota, Estados Unidos, donde vive desde hace más de 20 años, el artista venezolano de barba blanquecina y sonrisa jovial contó para El Diario cómo fueron sus inicios en la ilustración, su trabajo en el Museo de los Niños y su evolución hacia la escultura

Jorge Blanco comenzó a soñar con ser artista desde muy joven. Tenía una preocupación constante que reflejó en su propio estilo escultórico: la soledad en la que se encuentra el hombre en el mundo actual.

El venezolano, nacido en Caracas el 21 de marzo de 1945, considera que entre lo caótico y el movimiento incesante de las grandes ciudades, el ser humano, en busca de tranquilidad, decide ausentarse de la relación con el otro y comenzar su naufragio.

Un nuevo paso. El 13 de julio de 1980 se publicó en El Diario de Caracas la primera caricatura de Blanco llamada “El náufrago”, que luego se convertiría en todo un ícono del humor gráfico en Venezuela.

“El Diario de Caracas tuvo una significativa importancia en mi vida ya que fue el primer medio que me ofreció la oportunidad de publicar mis historietas. Fue cuando Diego Arria era presidente y Tomás Eloy Martínez, director. Tuve el honor de conocer a notables periodistas que formaron parte de este grupo fundador”, dice el artista sobre sus inicios como caricaturista en los medios.

La historia que narra Blanco en esta ilustración introduce las preocupaciones del individuo moderno ante el crecimiento incesante de la sociedad. El artista explica que el personaje de la caricatura, barbudo y calvo, representa la pesadez de la repetición, de la vida burocrática que despoja al individuo de la experiencia y lo induce a realizar, una y otra vez, mecánica y absurdamente, la misma acción durante años.

Edición de El Diario de Caracas del 13 de julio de 1980, donde apareció la primera caricatura de Jorge Blanco | Foto cortesía

Su pasado es desconocido, incluso para el mismo creador, y su futuro es incierto. Según Blanco, existen dos historias para “El náufrago”: la primera cuenta la realidad de un oficinista bancario que ve transitar diariamente a cientos de personas y espera, entre el flujo constante de individuos, un momento de sosiego. Luego de ver el funcionamiento de los globos aerodinámicos, decide escapar sobrevolando la ciudad en una canasta levantada por la imponente figura de un globo realizado con retazos de tela.

“El náufrago” apareció por primera vez en El Diario de Caracas en 1980

En la primera reseña sobre la caricatura, escrita en 1980 por Luis Lozada Soucre para El Diario de Caracas, Blanco interrumpe dicha historia y comienza nuevamente a narrar la segunda razón del naufragio del barbudo: según el relato de algunos testigos, el hombre pertenecía a la tripulación de un barco encargado de realizar investigaciones científicas. Él se encargaba de mantener limpia la cubierta, barrer la cocina y la sala de máquinas, pero al mismo tiempo era un ávido lector.

Un día, en mitad del Pacífico, la tripulación atracó en una pequeña isla para estudiar a los especímenes que allí habitaban, y luego de recabar la información necesaria, recogieron sus utensilios y zarparon nuevamente. El hombre barbudo, de una notable delgadez, se quedó varado en la isla y desde ese momento representó el dilema de la melancolía del hombre moderno.

“Este personaje es la representación de un anhelo que en ciertas ocasiones todos sentimos: la total evasión, el deseo de abandonarlo todo y refugiarnos en un dulce, tranquilo e imaginario lugar, solos, sin otro compañero, apoyo o cobijo que la madre naturaleza, y sin otra propiedad y riqueza que nuestros propios pensamientos”, explica Blanco.

Sin necesidad de diálogos o elementos superfluos, la caricatura salió de los límites del periódico para ser publicada en distintos medios impresos y estampada en camisetas, tazas, afiches, cuadernos, entre otros. Los éxitos no se hicieron esperar, y en 1982 se le concedió a Jorge Blanco el Premio Pedro León Zapata al mejor caricaturista del año. El Instituto Autónomo de Biblioteca Nacional le dio un reconocimiento a su libro El náufrago I. Además, las ilustraciones de “El náufrago” fueron incluidas en The Best Design of Latin America & The Caribbean, libro editado en New York, en 1995.

Un icono llamado Museíto

Paralelamente, Jorge Blanco ocupó durante 18 años — desde 1980 hasta 1998 — el puesto de director creativo del Museo de los Niños, un espacio vital para la niñez venezolana que ha tenido desde su fundación en 1982 la finalidad de imbuir a los jóvenes en los conocimientos de las ciencias, el arte y la tecnología.

Luego de haber estudiado en la Academia de Bellas Artes de Roma, Italia, y llevar una exitosa carrera como caricaturista, la función de Blanco en el Museo de los Niños estuvo definida por la inclusión de los jóvenes en el oficio artístico, y el enaltecimiento de su curiosidad y creatividad.

Fachada del Museo de los Niños | Foto cortesía

Los habitantes de Caracas recuerdan con especial cariño a Museíto, el sonriente niño de rizos castaños y vestido de azul que constituye la imagen del Museo. En la entrada del edificio ubicado en el complejo de Parque Central, se aprecia un arcoiris que funge de tobogán por el que se desliza el niño para dar la bienvenida a un espacio creado para la enseñanza y la creatividad.

Museíto, personaje creado por Jorge Blanco como imagen del Museo de los Niños | Foto cortesía
Representé la ciencia con la luz, porque es la ciencia con la cual percibimos el universo. Sin ella, la vida como la conocemos no sería posible. Dibujar la luz era, incluso, más difícil para mí, pero lo logré a través de un arcoiris Jorge Blanco

Asimismo, el artista ganador de la Orden Andrés Bello en su Segunda Clase para artistas de renombre, en el año 1998, expone que el Museo de los Niños representa un centro educativo e interactivo de ciencia, arte y tecnología dedicado a las futuras generaciones.

“Dicha experiencia me ha dejado gratos recuerdos, sobre todo del formidable y excepcional equipo humano que lo creó, construyó y desarrolló, desde su fundadora Alicia Pietri de Caldera, hasta los entusiastas jóvenes universitarios, profesionales, empleados, voluntarios de todo nivel que pusieron su inmenso entusiasmo y dedicación en este proyecto”.

Además, Blanco explicó que actualmente esta maravillosa institución se mantiene “por el titánico esfuerzo de Mireya Caldera, su directora, y de su ejemplar equipo”.

La escultura como expresión atemporal

El trabajo escultórico de Jorge Blanco se remonta a 1979, cuando fue invitado por Sofía Ímber a exponer en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas. Además, ese mismo año recibió el Premio Universidad de Carabobo correspondiente al XXXII Salón Arturo Michelena del Ateneo de Valencia.

Museo de Arte Contemporáneo, 1979 | Foto cortesía

“Por décadas, Venezuela vivió bajo interminables guerras, caudillos, tiranos, etc. A mediados del siglo XX el país comenzó a zafarse de ese lastre e incorporarse a los avances del desarrollo de la civilización occidental; en consecuencia, esto influyó en el auge de las artes visuales”, añade Blanco sobre el auge artístico que tuvo el país en esos años.

Hasta la década de los años cincuenta, el arte venezolano estuvo fuertemente anclado al paisajismo canónico. En palabras de Blanco, desde ese momento el país se incorporó a la innovación del arte mundial y empezó una época de notable implosión expresiva en el país.

En la década de los años setenta, Blanco recibió el Premio de Escultura Torre D’Ansperto en Milán, y el primer premio de escultura de formato medio del Salón Monterotondo, ambos en Italia.

Su obra se ha caracterizado por presentar elementos propios de la naturaleza humana, desde la excelsa felicidad hasta el temor provocado por la nostalgia y la soledad. De esta forma, cada escultura suya que decora las calles del mundo puede renovarse una y otra vez con la mirada del espectador.

Blanco, seleccionado en el año 2007 para representar a Estados Unidos en la Tercera Bienal de Arte de Beijing, China, establece que es necesario mantener la excelencia en la técnica a través de los años.

“Después de 50 años de experiencia como creador, puedo decir que mi actividad artística es un larguísimo camino en un inexplorado planeta. No sé a dónde va a llegar esta ruta, dónde será su final, cada paso es una decisión difícil de tomar, a cada avance aparece una sorpresa. A través de este camino mi obra ha ido cambiando, a veces en forma dramática y otras, levemente”, añade.

“Kick” (2017), ubicada en el Hazel Dell Parkway, Carmel, Indiana, EE UU | Foto cortesía

En 1999 Blanco encontró en Estados Unidos su segunda casa, y desde Sarasota, en el estado de Florida, impulsó su obra escultórica para espacios públicos. Hasta el momento ha dispuesto 31 esculturas alrededor del mundo: 26 en Estados Unidos, cuatro en Tokio y una en Venezuela.

“Entre las manifestaciones de las artes visuales, sin duda la escultura es mi pasión, y tener la ocasión de crear, construir e instalar una de mis obras en un espacio público es además estimulante y aleccionador. Me emociona la oportunidad de poder mostrar mi trabajo a millones de personas durante muchísimos años y aprender de la interacción con el espectador”, asegura.

Además, aclara que su obra, aunque debe adaptarse al espacio público y atenerse a las necesidades de la comunidad, siempre está configurada por su concepto artístico de naturaleza minimalista y la exacerbación del sentir sobre la razón.

En líneas generales, la expresión mínima se considera un elemento hermético e inentendible por su falta de símbolos, pero detalla que “cuando una obra de arte necesita mucha explicación, no está bien. El arte es sobre sensaciones”. Su meta primordial, entre todas las cosas, es comunicar un ápice de felicidad a través de su trabajo.

“Go Bongo” (2014), ubicada en St. Norfolk, Virginia, EE UU | Foto cortesía

Los elementos propios del mundo de la niñez — inocencia, felicidad y otra perspectiva para ver el mundo — determinaron un matiz muy importante en la obra de Jorge Blanco, quién en 1993 inauguró su primera escultura en un espacio público en la ciudad de Caracas.

Ha sido invitado especial en numerosas exposiciones alrededor del mundo y su obra es un referente de una nueva forma de arte geométrico que se caracteriza por un detallado cuidado de la forma.

Su legado esparcido por el mundo ha servido para que valoren su ampliación de la concepción del color y la forma, como también lo han hecho referentes nacionales de la talla de Jesús Soto, Carlos Cruz-Diez y Mateo Manaure, para entregar un deseo de felicidad y luz.

“El país que solo vive en mi memoria”

El final del siglo XX en Venezuela estuvo signado por la llegada de Hugo Chávez al poder. El país atravesaba una situación social de extrema complejidad y el discurso “socialista” había enamorado a la población. En 1999, mucho antes de que estallara la crisis migratoria y económica, Jorge Blanco decidió dejar Venezuela para expandir su trabajo escultórico.

Para el artista caraqueño, luego de su trabajo en las páginas de El Diario de Caracas y en las oficinas del Museo de los Niños, su estadía en el extranjero ha significado un avance en su relación con el arte y con la evolución de su obra.

“On Wheels” (2017), ubicada en Carmel, Indiana, EE UU | Foto cortesía

“Mi experiencia en el exterior ha sido muy enriquecedora y estimulante. Una de las grandes diferencias que he sentido es que la obra es juzgada y evaluada, es aceptada o rechazada por el gran público, directamente o a través de innumerables organizaciones privadas, comúnmente sin la intervención del Estado”, agrega.

“El gran público”, como lo llama Blanco, ha asimilado su obra alrededor de Estados Unidos como un hecho primordial para entender la relación con la ciudad. Sus esculturas, expuestas desde Kansas hasta Nevada, se han transformado en los últimos 20 años en un referente cultural del territorio norteamericano.

Aunque su experiencia en el extranjero fue estimulante, recuerda su pasado en Venezuela como momentos que no volverán y que han desaparecido rápidamente en los últimos años. El país que en los años setenta y ochenta partició en los movimientos artísticos de vanguardia y se posicionó como una nación pertinente para la difusión artística a partir de la obra de grandes exponentes, se ha visto disminuido por el aumento de la crisis.

“Thinker” (2011), ubicada en Palm Beach, Florida, EE UU | Foto cortesía

“Lo que más extraño son a las magníficas personas que conocí. Han pasado más de diez años desde mi última visita y lo que me dejó esta experiencia fue tristeza. Siento que el país donde nací y viví gran parte de mi vida desapareció, es otro, irreconocible, solo existe en mi memoria”, explica desde Sarasota.

Al recordar su paso por El Diario de Caracas, envía un mensaje a quienes llevan adelante la sala de redacción, ahora El Diario: “Les deseo un rotundo éxito en esta nueva etapa, y más por el difícil reto que tienen por delante. No tengo ni el conocimiento ni la experiencia para sugerir una recomendación a periodistas profesionales. Como un lector más, espero que cumplan con una de sus funciones principales: hacer conocer la verdad”.

El artista caraqueño, que inició su camino estudiando diseño industrial en el Instituto de Diseño Neumann y tuvo el privilegio de presentar su trabajo en la salas del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, es un referente fundamental para recordar el auge de un pasado creativo, además de proponer un nuevo futuro desde la relación del individuo con el arte.

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