• En El Diario conversamos con el sacerdote de la Iglesia Nuestra Señora de La Chiquinquirá, en Caracas, quien analizó la creencia católica en medio de la coyuntura de la pandemia y la Semana Santa, así como el rol del Estado y de la Iglesia católica este momento. “Un bono mísero no es arreglar la situación”, dijo en referencia a las medidas gubernamentales en Venezuela por la crisis del Covid-19

El padre Fray Luis pide que lo pongan en mayúsculas, entre comillas, subrayado y en negritas: la pandemia del Covid-19 no es un castigo divino. “Dios no castiga”, insiste. En tiempos en los que la duda sobre la existencia de la fe católica se cierne sobre millones de personas, pero que al mismo tiempo se fortalece en los creyentes en medio de la festividad de la Semana Santa, el sacerdote que llevó la evangelización a las redes sociales ofreció una entrevista a El Diario para conversar sobre los temas que le atañen a la población en este momento. “En Venezuela yo no sé qué esfuerzos están haciendo los entes competentes como para paliar esto”, señala, y atiza a las autoridades: “Un bono mísero no es arreglar la situación”.

— ¿Ha sentido miedo estos días?

— No, para nada. En lo absoluto.

— En coyunturas como estas, qué prevalece más ¿la fe o la esperanza?

— La gente está más sedienta de fe y más sedienta de esperanza. Quieren reforzarla más. La fe y la esperanza son dones de Dios para el ser humano en el momento del bautismo, entonces siempre o se apagan o se nutren. Por eso mucha gente dice que aumenta su fe, y en el evangelio obteniendo la necesidad de aumentar ambas, porque algunas personas se han venido abajo y sienten esa necesidad porque saben que ese es el mejor refugio.

La fe es creer en aquello que no se ve, eso es definición de catecismo de primera comunión. La esperanza es la certeza de que esto que estamos viviendo es pasajero y que viene algo mejor.

— Hay personas que en estos días como estos parecen haber perdido ambas…

— No es que se pierde. Se mengua o se fortalece. De eso yo tengo la plena seguridad. La fe y la esperanza no se pierden, sino que se fortalecen a través de la vida y de distintas cosas que nos vayan sucediendo, de distintas situaciones. Pero no se acaban, nunca se van.

— ¿Cómo se hace para fortalecer esa fe y esa esperanza en un momento como este?

— Con la oración, con la reflexión, con la lectura de la Palabra, con la meditación. También con la solidaridad. Todo esto es una decisión, desde nuestra libertad. Sé que esto no es fácil, es difícil. En medio de esta situación uno se llega a ver agobiado o atosigado, pero creo que desde una buena meditación pidiendo ayuda a Dios, se nos va a mostrar como un padre amoroso y misericordioso que quiere lo mejor para nosotros. Esto es pasajero y algo bueno nos espera.

— ¿Y las personas que no son creyentes católicos?

— Es un momento para volver los ojos a la interioridad, para volver los ojos a nuestro alrededor, y para elevar los ojos a ese ser superior y decirle ´perdona nuestra soberbia, queremos volver a reconciliarnos contigo.

— ¿Su fe ha disminuido en algún momento de su vida?

— Sí. En algún momento de mi vida yo he visto disminuir mi fe, pero son momentos muy puntuales en mi formación como sacerdote y religioso, pero de una vez salgo de eso, porque siempre llega papa Dios con su luz, con su fuerza, con sus ángeles en la tierra sin alas, que me han ayudado a levantar mi fe y mi esperanza.

— ¿Y durante la cuarentena?

— Ah, no. Está intacta.

Foto: Fabiana Rondón/ Archivo El Diario

— En una reciente entrevista, el papa Francisco dijo que “el pueblo de Dios necesita al pastor muy cerca, que no se cuide demasiado”. ¿Cómo entiende usted estas palabras, y cómo hacer para estar cerca del creyente en este momento?

— La cercanía no solamente se mide por el hecho de brazo con brazo, mano con mano, cara con cara. Ciertamente es un aspecto de la cercanía, pero el hecho de que un sacerdote —y hablo por mí mismo—, esté transmitiendo, esté escribiendo, esté respondiendo conversaciones como esta, o mensajes de WhatsApp en las que te preguntan por qué está pasando esto, te digan: ‘fray, oriéntame’, ‘fray, ilumíname’, es una manera de estar también cercano con la gente. Yo he hecho hasta oraciones a través de videollamadas. Esa cercanía no se mide solamente a nivel físico, y eso lo hemos experimentado con esto de la diáspora. Es bellísima la cercanía física, pero va mucho más allá. En estos momentos tenemos otras formas de acercarnos, y la gente lo asume, lo entiende, y lo agradece.

— Usted siempre ha estado a la vanguardia con la tecnología y las redes sociales, no así la iglesia católica. ¿Cree que toda esta situación cambiará la forma de evangelizar?

— Yo no sé si cambiará, pero por lo menos se dio cuenta que esta es una plataforma que no puede abandonar. Es un continente, es una iglesia digital. Vos tenéis acceso a todos. A mí me ha escrito gente de Australia, Suráfrica, Irlanda, Inglaterra, Canadá, Argentina. Me han dicho: “mira, ¡por favor, continúa así! ¡Gracias! Me gusta, me llena. Gente de España que se queda hasta tarde para esperar la eucaristía, para esperar sus meditaciones. Ha sido una experiencia bellísima. Mi Instagram se me ha convertido en una parroquia digital, literalmente.

— De tal manera que la creencia católica había perdido ciertos lugares que está recuperando.

— Más que perdido, yo creo que no había aprovechado esos lugares. Yo he tratado de aprovecharlos siempre. O, mejor dicho, para ser objetivo, yo lo empecé a aprovechar ya con un objetivo bien claro, con metas específicas, desde 2018 para acá. Lo que tengo son dos años aprovechando este medio para poder llevarle el mensaje de Jesús, y eso la gente lo agradece inmensamente.

— ¿Cree que en el mundo se está haciendo los esfuerzos necesarios para ayudar a los desfavorecidos?

— Sí, menos en Venezuela.

— ¿Qué ve usted en Venezuela?

— Una desatención y desinformación total. Uno no sabe lo que está pasando. Uno trabaja desde su metro cuadrado, es decir, yo veo lo que está es alrededor. Pero en Venezuela yo no sé qué esfuerzos están haciendo los entes competentes como para paliar esto, para mejorar la situación, más allá de salir a dar cadenas diarias y decir tantos casos, tantos muertos. Eso no es arreglar la situación. Un bono mísero no es arreglar la situación. Yo creo que tenemos que ver bien qué es lo que está pasando en Venezuela y mirar qué han hecho otros países para mejorar esta situación.

Estamos, por ejemplo, con el tema de la gasolina. Está el tema de la crisis sanitaria, la crisis alimentaria. Yo no veo que se esté haciendo algo para solucionarlo. Queda la incógnita en todos los venezolanos.

— A los empresarios se les ha pedido comprensión, esfuerzo, no despedir a los empleados. A los gobiernos un tanto más de lo mismo. ¿Y la Iglesia católica, además de evangelizar, qué está haciendo para ayudar a las personas que lo necesitan?

— El papa Francisco ha donado un millón de euros y unos respiradores a Cáritas Italia para ayudar a calmar o solucionar la situación del coronavirus. A parte de eso, la Iglesia católica apostólica romana de China, no sé cuántos millones de dólares, no sé cuántos millones de mascarillas y guantes. Hay monjas de clausura que están confeccionando mascarilla de triple filtro y las están regalando a la gente en países como España. Aquí en Venezuela no solamente hemos atendido el nivel espiritual, sino también a nivel material. Aquí en mi iglesia, por ejemplo, la gente sigue llegando a la reja del estacionamiento pidiendo comida y se le está entregando comida. Arroz, harina, pasta. Es una manera también de ayudar materialmente. No solo es evangelizar y espiritualidad.

Foto: Fabiana Rondón/ Archivo El Diario

— ¿Es esta pandemia una especie de castigo divino a la humanidad?

— No, absolutamente no. Nunca jamás. No. Dios no es un castigador. Quiten ese fetiche y esa falsa imagen de Dios. Esto no es un castigo de Dios. Nuestro peor castigo es el peor pecado que nosotros podamos cometer. Eso sí es un castigo. Nuestro castigo es el pecado, porque nos hace sufrir, nos hace caer, nos hace sentir mal. Dios no castiga.

— ¿Cambiará nuestra forma de ver la vida?

— Claro, brother. Y si no la cambia, no valió de nada. Pero no valió de nada no la pandemia, sino el encierro. Yo creo que al salir de esta pandemia vamos a ser mejores personas, mejores cristianos, mejores ciudadanos, mejores humanos, porque nos obligó a vernos a nosotros mismos, ver a mi entorno, y ver nuestra espiritualidad y cercanía con Dios.

— ¿Las iglesias se deben abrir en estos momentos?

— Las iglesias somos todos. Lo que están cerrados son los templos, y es por motivo de seguridad, para evitar la aglomeración de la gente. Vienen muchas críticas siempre. Si abrimos el templo entonces hay gente que dice gracias, y otros nos critican porque dicen que es imprudente. Si lo cerramos, entonces es porque hay poca fe. Entonces de verdad es bastante contradictorio para nosotros, entonces a veces no sabemos qué hacer. Pero decidimos no abrirlos, pero la iglesia sigue abierta y está en cada uno de nuestros corazones.

— Usted salió a recorrer las calles recientemente. ¿Qué fue lo que observó de la gente en sus casas?

— Desde las ventanas, desde los balcones, desde las puertas, gente con fe, gente que se ponía a llorar, gente emocionada, gente que hacía oración, gente que agradecía, gente que aplaudía, gente que gritaba ‘Dios está con nosotros’. Creo que el símbolo de que el Nazareno saliera a las calles de Caracas, sobre todo para Caracas que la imagen del Nazareno es tan relevante e importante y todavía sigue diciendo algo al pueblo, sigue siendo un renovar la fe, la esperanza y de un afirmar nuestra confianza en Dios.

— ¿Y ahora qué sigue, de qué forma se celebrará esta Semana Santa?

— Yo dije que esta es una Semana Santa en 3D: distinta, doméstica –porque es desde la casa- y digital, para vivirla dentro de lo que cabe. La idea es que en casa la gente vaya viviendo la Semana Santa desde la sencillez del hogar, en una iglesia doméstica.

— Pero hay muchas personas que no tienen la “D” de digital.

— Que es bastante gente, por cierto. Hablando específicamente de Venezuela, por el tema del Internet. Y más hacia atrás, antes que el Internet, la electricidad. Hay sacerdotes que, ante esta realidad, cosa que me pareció bellísimo, han subido a los techos de algunas casas altas y están transmitiendo la misa desde ahí con parlantes. Otros sacerdotes se montan en un camión y empiezan a hacer rosarios, meditaciones acerca de la pasión y muerte de Cristo, y a su resurrección y hacia los misterios de la vida de Jesús. Sobre todo, en los estados Zulia y Táchira, donde está el tema principalmente del Internet y la electricidad.

— ¿Tiene usted algún mensaje para los ancianos y jóvenes que en este momento están encerrados en sus casas?

— A los ancianos, que no están solitos. Dios está con ustedes, y hacemos oraciones para que se sientan confortados, que este tiempo también los ayuda a crecer en la sabiduría. Y a los jóvenes, que a lo mejor están fastidiados a estar encerrados, que tengan paciencia, que algo van a aprender de esto. Que no desaprovechen la oportunidad para crecer como persona, como cristiano, como ciudadano. Esta oportunidad es invaluable. 

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