• Nació en Indiana en el año 1959 en una familia de valores anticuados incluso para esa época. “El burbuja”, como le decían sus cinco hermanos, con el tiempo pasó de ser un demócrata a un republicano del ala más conservadora. Esa que lo llevó, con algo de mística divina, a gobernar su estado natal y luego a ser vicepresidente de Estados Unidos | Diseño imagen principal: José Daniel Ramos

Encima de la chimenea de la residencia del vicepresidente de Estados Unidos, la Number One Observatory Circle, cuelga una placa con Jeremías 29:11. “Porque yo sé los planes que tengo para ti”, declara el Señor. “Planes para prosperar y no dañarte, planes para darte esperanza y un futuro”.

El pasaje bíblico es uno de los favoritos de Mike Pence, un creyente de que la conspiración entre el cielo y la tierra lo hicieron llegar hasta donde está. Su trayectoria, tan exitosa como improbable para algunos, tiene acaso ribetes de intervención divina: de conductor de radio, a gobernador de un estado pequeño, y ahora vicepresidente de la potencia más grande del mundo.

Los Pence siempre han sido creyentes. Originario del tranquilo suburbio de Indianápolis, de una población de no más de 30.000 habitantes, en Columbus, Indiana, sus padres eran devotos demócratas católicos irlandeses. Familia de valores rígidos y anticuados incluso para la época, su papá dirigía una cadena de tiendas de conveniencia; su mamá era ama de casa. Entretanto, los seis niños -cuatro hombres y dos mujeres-, los domingos servían como monaguillos en la iglesia católica St. Columba. Durante la cena no se hablaba, debían ponerse de pie cuando entraba un adulto a la habitación, y las mentiras se pagaban a golpes con el cinturón, según dijo uno de los hermanos a The New Yorker.

El resto de los días fueron bastante felices. Disfrutaban persiguiendo al camión de bomberos y, al menos cinco de ellos, jugando al fútbol. El pequeño Mike nunca tuvo el don del atletismo como sus hermanos, que eran “delgados, duros y delgados”. Él era “un niño gordo”, según le dijo a un periódico local en 1988, “la verdadera calabaza en el huerto de pepinillos”. Le decían “el burbuja”, porque además de gordito, era divertido.

Pero llegó la adolescencia y, con ella, un nuevo Mike. Cuando llegó a Hanover College, una pequeña escuela de artes liberales en el sur de Indiana, ya el típico estudiante americano de mandíbula cuadrada, con camisa desabrochada que mostraba el torso y tocaba la guitarra en un patio mientras lideraba una banda. Descubrió también que era buen orador en público, con un temperamento que rozaba la arrogancia. Como estudiante no era malo, pero tampoco sobresaliente. Entusiasta de la agitada vida en el campus, se unió a la fraternidad Phi Gamma Delta.

Foto: Hanover College.

Dan Murphy, un ex hermano de la fraternidad de Pence, contó a The Atlantic que los “Phi Gams” eran un grupo ecléctico. “Tenías en esa casa de la fraternidad de todo, desde el tipo de gente evangélica-cristiana hasta algunos consumidores de drogas bastante empedernidos”. Pence era lo suficientemente amigable para hacerse amigo de todos, y en el segundo año fue elegido presidente de la fraternidad. Sin embargo, y aunque no era particularmente adepto a la idea consumir alcohol en el campus –iba contra las estrictas normas– podía llegar a interceder. Una vez entregó barriles enteros de cerveza al decanato de la universidad. Algunos se lo reprocharon, pero él creía que era lo correcto.

La vocación en el mundo, dijo Murphy, era en ese entonces de las principales preocupaciones de Pence. En sus caminatas de regreso a casa pensaba en el futuro. En ser alguien. De su misión en el mundo. En principio pensó en ser sacerdote, pero aupado finalmente por su padre, decidió que era en la política donde podría aprovechar mejor el poder de Dios para hacer el bien. Para los hermanos de la fraternidad, comentó el ahora profesor de historia de Hanover, Pence siempre soñó con la presidencia de Estados Unidos.

Planes conservadores

Por esos años universitarios, Pence tuvo tres momentos que lo marcaron para siempre. Era 1978 cuando, en un viaje a Kentucky con amigos evangélicos para un festival de música anunciado como Christian Woodstock, tuvo un momento de iluminación. Luego de escuchar algunas bandas de rock pesado amantes de Jesús e imitadores de Bob Dylan, Pence se encontró bajo la lluvia, mirando al cielo, anhelando una conexión más personal que el Cristo del catolicismo le ofrecía en su juventud.  

“Mi corazón realmente se rompió al darme cuenta de que lo que había sucedido en la cruz, de alguna manera infinitesimal me había sucedido a mí», relató Pence en marzo de 2017. En ese momento, dijo, fue cuando entregó su vida a Jesús.

El segundo momento fue político. Para 1980, el joven votante demócrata veía las elecciones como una contienda entre un “buen cristiano” y una “estrella de cine vacía”. Eran el demócrata Jimmy Carter y el republicano Ronald Reagan. Votó por el primero. Pero en 1984, al igual que millones de jóvenes que migraron del Partido Demócrata al Partido Republicano, Pence se vio seducido por Reagan, y formó parte de quienes le dieron la victoria frente al demócrata Walter Mondale. Antes de eso, sus referencias eran John F Kennedy y Martin Luther King Jr.

Casado ya con un partido y un liderazgo, ese mismo año surge también su amor hacia Karen Batten, una maestra de escuela, divorciada, dos años mayor que él. La primera cita fue en una pista de patinaje sobre hielo. Tan solo nueve meses después, se consumó la unión. Escondió un anillo en una hogaza de pan y fueron a alimentar a los patos a un canal. Un mes antes, según cuenta The Washington Post, Karen había mandado a grabar la palabra “sí” en una cruz de oro. Cuando estaba cortando el pan, Pence le preguntó si se casaría con él y ella le entregó el crucifijo. Y a pesar de su conversión al cristianismo evangélico en la universidad, se casó en una ceremonia católica.

Fiel devoto, ha afirmado seguir una regla del pastor evangélico Billy Graham, según la cual un hombre no puede cenar solo con otra mujer que no sea su esposa o asistir a un evento mixto en el que se sirva alcohol, a menos que su pareja esté presente.

Gavilán visionario

Paseaba en bicicleta por las calles de Indianápolis, con zapatos deportivos y shorts, tratando de convencer a cualquier incauto que se encontrara. Tenía 29 años de edad y estaba en plena campaña para hacerse un lugar en el Congreso en 1988. La estrategia, quizás un tanto cursi, lo llevó a hacerse con la candidatura republicana, pero cayó en la elección final contra el demócrata Phil Sharp. Volvió al ataque, ahora con otra estrategia, dos años después. La humillación fue peor: perdió por 19 puntos de diferencia, después de que se reveló que estaba usando fondos de la campaña para pagar su hipoteca y facturas de comidas.

Apeló a la fe para buscar el perdón. En varios periódicos del estado publicó el artículo Confesiones de un activista negativo. “Cristo Jesús vino a salvar a los pecadores”, comenzaba el ensayo, citando a 1 Timoteo 1:15, “entre los cuales yo soy el primero de todos”.

Con dos fracasos a cuestas, el objetivo del Capitolio seguía siendo el mismo, pero la forma era otra. En 1992 se convirtió en presentador de una estación de radio de audiencia conservadora. Con la tonalidad del Medio Oeste y la pasividad de un pastor, llevó sus ideas radicales hasta 18 mercados del país en un lapso de ocho años, comenzó a presentar un programa de entrevistas en una estación de televisión local, lanzó un protoblog y publicó un boletín, “The Pence Report” con caricaturas dibujadas por el propio Pence.

Fue entonces cuando otro momento cuasi divino lo alumbró de nuevo. Era, quizás, otro de los planes que Dios tenía para él. Era 1999, ya era toda una celebridad local, y los republicanos estatales lo alentaban para postularse al Congreso en las elecciones del año siguiente. Necesitaba meditarlo, así que ese verano fue con su familia a unas vacaciones en Colorado. Mientras montaba a caballo con Karen, dos gavilanes colirrojos alzaron vuelo sobre sus cabezas. Lo vieron como una señal, admitió Karen años después. Al año siguiente, Pence se convirtió en congresista.

En su paso de 12 años por el Congreso, dejó 90 proyectos de ley y resoluciones, pero ninguno de ellos se convirtió en ley. Como en el campus, las conexiones lo llevaron a buen puerto. Durante ese tiempo conoció, entre otros tantos, al magnate David Koch, un poderoso empresario financista del conservadurismo americano. Para 2012 ya sus propósitos eran otros. Tenía la Casa Blanca en la mira. Se sentía más cerca que nunca.

Pence el gobernador

Ralph Reed, el agente de poder evangélico, le hizo una recomendación con aires de predicción. Si quería llegar a la Casa Blanca, primero debía ir a su natal Indiana para ser gobernador. Con la experiencia gobernando, más el profundo apoyo de la derecha cristiana, en 2016 sería uno de los caballos ganadores del conservadurismo más extremo del Partido Republicano.

Pence siguió el consejo de Reed y en 2012 lanzó una candidatura para gobernador. Sano competidor, se rehusó a los impulsos de su campaña para que hiciera un anuncio en contra de su oponente demócrata, John Gregg. “No quería ser un hipócrita”, dijo un exasesor a The Atlantic. No necesitaba de esas artimañas para ganar, y así fue.

Foto: Michael Conroy/AP

Como gobernador, sin embargo, no logró escapar de la polémica. Sacó su lado ultraconservador, y firmó la Ley de Restauración de la Libertad Religiosa. Los críticos argumentaron que la ley discrimina a la comunidad LGBT al permitir que las empresas rechacen el servicio por creencias religiosas. Ante la presión del mundo, dio un paso atrás y tiempo después firmó una enmienda que declaraba que las empresas no podían discriminar a los homosexuales. Más tarde aprobó un proyecto de ley que prohibía, entre otras cosas, que las mujeres abortaran un feto con malformación y obligaba el entierro de este incluso después de un aborto espontáneo. Un juez federal declaró que la normativa era inconstitucional.

Mientras avanzaba con su agenda radical, en el Partido Republicano lo miraban con buenos ojos para candidato a presidente, a pesar de su gran impopularidad en Indiana. Pero apareció alguien que cambió los planes de todos: Donald Trump, un hombre que tenía poco y nada que ver con Pence. Mientras que el multimillonario era desfachatado, Pence era apacible. Mientras que de Trump muchos dudaban su fe, de Pence no había dudas. Eran como el ying y el yang, por lo que el encuentro no fue inmediato. Él había decidido apoyar a Ted Cruz.

Objetivo –casi– cumplido

Fue durante un juego de golf en el que Pence se hizo querer por Trump. El magnate prometió que su compañero de fórmula fuese “el vicepresidente más importante de todos los tiempos”. Pence, en cambio, lo sedujo con halagos. “Vas a ser el próximo presidente de Estados Unidos”, le dijo. Y, para deleite de Trump, luego del juego se dedicó a alabar los dotes del candidato presidencial en el golf: “me golpeó como un tambor”, declaró a la prensa. Tres días después de una cena en Indiana, en el que el equipo de campaña del entonces empresario obró para que se quedara más tiempo en el estado, Trump anunció a Pence como su candidato a vicepresidente.

El camino no fue fácil. El viernes 7 de octubre de 2016, The Washington Post publicó la cinta de Access Hollywood que mostraba a Trump regodeándose por su inclinación por agarrar mujeres “por el coño”. Se llegó a informar que Pence le envió a Trump una carta diciendo que necesitaba tiempo para decidir si podía permanecer en la campaña. Incluso hay quienes dicen que llegó a preparar el terreno para desbancar al empresario como candidato del Partido Republicano, a tan solo cuatro semanas para la elección contra Hillary Clinton.

Desde entonces, Pence es la cara amable de la Casa Blanca. Con una sonrisa casi de cerámica, los últimos cuatro años ha sabido aguantar más de un desplante del presidente. En una oportunidad, saludó a los invitados que se habían reunido con el vicepresidente preguntándoles: “¿Mike los hizo orar?”. En otra ocasión bromeó diciendo que él quería «colgar» a todos los homosexuales.

Foto: Alex Wong/Getty Images.

La voluntad de Pence de resistir tienen mucho de calculador político. Su plan es, por ahora, estar con Trump hasta que resista. Quizás sea el mismo plan de Dios. 

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