• La voz de la consciencia se calló, ya lo había hecho antes  

Larga y controversial vida la suya —nació el 16 de julio de 1929—, el quehacer político será el eje de sus devaneos y desencantos, su teatro de operaciones habitual y el palco desde el cual entenderá el mundo. Periodista que escribirá columnas llenas de revelaciones o más bien de denuncias incriminadoras, cual los peñonazos de Peña, que acaso lo blindarán a él —siendo que el dardo nunca es el blanco—, en realidad será un habitué del poder. Bien desde la bancada opositora desde donde operará como crítico acérrimo o conciliador, o bien junto al trono desde donde susurrará en los oídos del mandamás la movida: adorará armar juego. Sin barbas ni batolas, le enmendará la plana a los delirantes. Revelador de arcanos sería el arcano mismo.

Miembro de número de la nomenclatura oficialista del gobierno longevo que se entronizó en 1999, vicepresidente durante las presidencias de Hugo Chávez y dos veces ministro, y previamente durante la democracia congresista por cinco períodos, a los 91 deja la escena donde se desplazó con habilidad, llevándose consigo una maleta sellada, difícil de abrir, en la que cabría apisonada una trayectoria construida de dimes y diretes, maniobra política, reconocimientos, palestra, desmesuras y una estela de leyendas que rozan tópicos extremos: a este hombre que cultivó la imagen de pacificador se le asoció al negocio de armas de guerra. 

Y no apenas por el fusil que le pintaron en las espaldas los copeyanos en el afiche que promociona su candidatura a la presidencia por el MAS: ataviado de negro, sombrero de igual tono, bigotes, apostaría a ser José Gregorio. En el libro del general retirado Herminio Fuenmayor titulado sin eufemismos Estos hombres enterraron la democracia, el autor asegura que Rangel Vale habría “pagado extorsión a altos funcionarios del Estado y de la FAN para lograr órdenes de compra de armamento y equipo militar favoreciendo con ello a su nuera”; la nuera es la primera esposa de José Vicentico Rangel Ávalos. Pastor Heydra, adversario político y rival sentimental —al parecer un amorío común los enemista— no dudaría en confirmar la especie: que José Vicente Rangel fue perro de la guerra y que tuvo como socia a Elizabeth Seijo, cuyo nombre massmediático es Liza Lambert.

En sus comienzos, sin embargo, el abogado solo consigue el respeto de la platea, enfocado como está en la defensa de los derechos humanos. El hijo de un gomecista en la lista negra de los adecos es quien denuncia la tortura infligida contra Jorge Rodríguez, militante de la Liga Socialista y quien muere el 25 de julio de 1976 a mano de sus martirizadores; los policías que querían con ese método sacarle al implicado información acerca del paradero del empresario secuestrado Willian Frank Niehous, que por fin aparece tras tres años de cautiverio, fueron condenados a 20 años de prisión. Años después, no se esmeraría, sin embargo, en investigar o denunciar lo que vivieron Fernando Albán, u otros presos políticos.

Foto cortesía

No, no sería presidente, pero el poder no le sería ajeno. Con las llaves precisas a mano, abrirá las puertas que separan la realidad rasa de las maquinaciones y los conciliábulos, deambulará los pasillos de restringido acceso y participará en la toma de decisiones que tuvieran lugar en Miraflores o en su propia casa, llenas de sofás en los recibidores; menos frecuentará Fuerte Tiuna, aunque estuvo al frente del despacho de Defensa. Figura protagónica en el rol aparentemente desapasionado del que mueve los hilos, no saldrá del ojo del huracán pero siempre parecerá que no lo alcanza la chamusquina. 

Su momento cúspide, diríase el más burbujeante para el conspicuo representante de la izquierda caviar —adoraba la champagne a las seis, ritual que compartió en algún tiempo con Pedro Tinoco— lo alcanzan cuando están en la Cancillería. El plural es porque él y Ana Ávalos, su esposa, parecen interpretar con holgura el papel del diplomático de manual: saben caminar triunfantes sobre los tapetes y avanzar en conversaciones y ofrecer declaraciones sin salirse de los protocolos. Mejor aún, proponiéndoselo o no, se convierten en imán para la prensa internacional. Hombre de labia y recursos intelectuales, mujer de aspavientos y defensora a capa y espada de una ideología que en su caso salpimenta el hedonismo, encarnan una atractiva historia de amor y poder. 

Los Rangel Ávalos conquistan, en efecto, una impresionante exposición pública que competirá con la del massmediático Hugo Chávez y su, por corto tiempo, esposa Marisabel Rodríguez, al parecer incómoda por la injusticia periodística. La misma Ana Avalos lo confirmará: “Parece que a ella la contraría que los reporteros no los busquen tanto, cuando son ellos la pareja presidencial”, confesará a Exceso. Habrá pues en los inicios del poder rojo, cuando todo era idilio, menos en La Casona, roces entre la estelar dupla de Relaciones Exteriores y la Primera Dama, mosqueada por los ríos de tinta dedicados a otros o tal vez celosa de los arrumacos que se dispensan los Rangel Avalos. Ellos van caminando por los jardines de la Casa Amarilla y van besándose. Ella suspira. 

Siempre de traje, uno sobrio, a la medida de su imagen de hombre ecuánime, Rangel se relajará frente a las cámaras con el eterno sweater rojo de su programa José Vicente Hoy, espacio de comentarios y entrevistas —solo a pares— en cuya escenografía por un buen tiempo se distinguirán las inconfundibles piezas de José Campos Biscardi, hasta que el artista plástico, en desacuerdo con la dinámica del show —y con el teatro chavista en general—, pide que las retiren. Cicerón, el que le daba datos duros que desarticulaban negocios o corruptelas, también abandona las marquesinas, o ya no disparaba tiritos al gobierno y a la revolución, que desde hace 21 años son la misma cosa, el otrora conductor que no se inhibía de denostar; había democracia. Después que emerge el pensamiento único como apotegma, su punto de mira se volvería predecible, distorsionado por el sesgo y la incondicionalidad. Sus escritos que antes torpedeaban al poder ahora atacan a los opositores. 

Pero en corrillos se dará por cierto un lamentable procedimiento: que los enunciados más incendiarios del periodista podían borrarse o desvanecerse si la institución, empresa o individuo señalado adquiría una pieza de la escultora, en cumplimiento con una ley que habría sugerido un fantástico matrimonio urbano entre la arquitectura y el arte: los edificios deberían tener 2% de obras en sus jardines. Cierta o no la pretendida coacción, sobre lo que sí no cabe duda es que sus ojos, esos a los que no parecía escapárseles nada a través del visillo de párpados por años encapotados, dejarían de ver el mal y la corrupción si ocurría en casa. Con los copartidarios se haría de la vista gorda el hombre que luego por razones de coquetería o recomendación de su amada Anita se sometió a una operación estética que le devolvería una estampa despabilada. Ahora están sellados; como diría el poeta Leonardo Padrón los párpados son la tumba de la muerte.

En algún momento de soledad o lucidez y avizorando la crisis que era ya entonces insostenible intentó a motu proprio un movimiento político que no resultó; se sentiría frustrado el hombre de izquierda pero nunca extremista y nunca —¿hasta 1992? — a favor de los golpes de Estado, que quiere confirmar su talante contemporizador. En 2009 propone acercamientos entre el gobierno y el país que lo adversa, para aminorar la crisis, que ahora es abismo, pero es desoído por todos; lo peor es que en el desangelado trance perderá la amistad que sostiene desde hace más de 50 años con Luis Miquilena.

Excompañeros de partido desde los tiempos de URD (Unión Republicana Democrática), la organización de centroizquierda y la tarjeta amarilla, y camaradas ambos desde imberbes, cuando creían que transitarían juntos cada correría, Miquilena, decepcionado del camino que trazan los rojos, cada vez más errático e insostenible, pica los cabos del proyecto ahora devenido en tragedia y persuadido de que José Vicente estará de acuerdo con el diagnóstico de igual manera dirá adiós con su carnal. Se equivocaría Miquilena. Rangel se queda con los revolucionarios, conviviendo en ese amorfo paraje donde, pensaría Ana Ávalos, conquistaría su marido el sitial merecido. 

No cree que hay otra opción para él, aun cuando quedarse implique fallarle a Miquilena y aun cuando Chávez lo ha bombardeado con desplantes: que si Rangel no dijo tal cosa bien porque tuvo un «lapsus brutis», que si no hay que olvidar que él salvó a Carlos Andrés Pérez de ser condenado políticamente en el Congreso. Así comienza más bien su lento descenso en la jerarquía pesuveca. Muere deprimido Miquelena sin que se reconcilien, y muere Chávez sin dedicarle alguna zalema (no tenía que ser como la que le deparó a Castro: ver a Fidel me ha emocionado más que ver a mi novia).

Vidas cruzadas la de Carlos Andrés Pérez y la de Rangel, por cierto, una serie de eventos desafortunados los vincula para bien o para mal en más de una ocasión. Izquierdistas de la vieja guardia reiteran que la entusiasta galerista de la referencial Ocre tuvo un affaire con un exguerrillero y que iban en la autopista juntos a bordo de un vehículo con placas oficiales cuando son detenidos: habría armas para la causa en la maleta. Fuenmayor repite la historia como cierta en su libro. Pérez, enterado de inmediato, habría decidido pasar por alto el impasse y no toma represalia alguna. Es por eso entonces que Rangel habría salvado su voto en el Congreso Nacional a la hora de elegir condenarlo políticamente, agradeciendo la hidalga deferencia que le da a la familia. 

Que no alzara la mano desde su curul fue decisivo. Se intentaba inhabilitar a quien habría incurrido o permitido supuestos actos de malversación en la compra del barco Sierra Nevada, el que le regalaría Venezuela a Bolivia, sin mar, acaso como acicate para luchar por tenerlo (en disputas con Chile perdió su salida al mar).

Volverán a enlazarse sus historias tiempo después, cuando sufre un accidente cerebrovascular. Contra todo pronóstico y al cabo de varios meses en que su estado de salud es de pronóstico reservado, por fin supera los embates de esta embolia cuya convalecencia, daño colateral, desencadena inesperadas disputas. Luego de recuperado, Rangel negaría una y otra vez que su familia hubiera recibido un centavo del entonces presidente Carlos Andrés Pérez para sufragar los gastos de la clínica. Testigos de excepción dirán sin embargo lo contrario: que el líder adeco y latinoamericano de las chaquetas de cuadros y la Gran Venezuela se había asegurado personalmente de que llegara a tiempo el cheque a la Metropolitana. Ana Ávalos también lo niega y añade, además, que si hubo un colaborador generoso ese había sido Fidel. “Es insólito que digan eso”, refunfuñaría Pastor Heydra. “!Cuánto malagradecimiento!”.

La guadaña no fue que se asomó en otra ocasión, sino que irrumpió con saña en el círculo familiar más inmediato cuando se lleva de manera violenta al yerno, José Alberto Tottesaut, vinculado a los juegos no de la política sino de mesa. Esto afecta a Rangel en lo personal y también como figura pública. Cada vez más lleno de rendijas su perfil, más que de pliegues su rostro, el torrente de rumores en torno a la verdad del drama lo obligan a negar maliciosas conjeturas. Igual ocurre cuando muere el fiscal Danilo Anderson, atentado que nunca queda resuelto. Se culpa a la oposición pero hasta hoy nadie ha sido apresado. En cambio se escriben artículos que llevan la misma pregunta ¿y por qué Rangel y Juan Barreto se pasean inmunes en la escena del crimen? ¿No es territorio acotado de la policía?

El hombre del que Ana Avalos se enamora muy joven y para siempre y con quien construye un matrimonio que supera rumores y extravíos —él le llevaba unos 10 años—, ha recalado en Chile en tiempos de persecuciones perezjimenistas y es aquel político que, además de tener el gusto de hacer buenas migas con Salvador Allende, quedará prendado de la santiaguina que adora vestir con atavíos sensuales y vistosos (no lo emocionará más él que su novia). Con ella fundará su familia, dos hijos, Gisela y José Vicente, y vivirá una intensa historia de amor exitosa y a su estilo. “Mis amigas más mojigatas están divorciadas”, respingará sonriendo Ana Avalos. “dejaron a sus maridos por un quítame estas pajas, una cana al aire, y están ahora solas, nosotros seguimos juntos”.

José Vicente Rangel nunca se inscribió en el MAS. Nunca se integró formalmente, y para Luis Manuel Esculpi queda claro que le interesó más el rol de candidato que le propusieron a comprometerse con la organización que lo catapultó. “Cuando pensamos que podíamos lanzar al fundador del partido, a Teodoro, se alejó sin dar las gracias”. Luego de la separación, Rangel —abridor de juegos—se dio a la tarea de “reunir a la izquierda”: así sería en el 83 el primer candidato del chiripero, la suma de partidos que luego apoyan a Rafael Caldera en los noventa. Hombre de ideas, al decir del economista y analista Francisco Faraco, muy preparado, y ávido lector, no sería sin embargo “alguien que tiene una obra o ha creado un movimiento”, explica. “Es muy él: un curtido director de candilejas que opera tras bastidores, desde donde coordina a los títeres”, añadirá.

Américo Martín confiará a Exceso de quien siendo urredeco abjuraría del “puntofijismo” que “él es como Miyojan, el ruso que decían que había sobrevivido tanto con el zarismo como con la revolución: José Vicente Rangel es como un corcho, flota”, dirá desaprobando no el arte de negociar, que es la política, sino la ventaja que puede proporcionar la aparente tibieza. El tiempo determinará el peso específico del lasallista, del sagaz y perspicaz hombre de apariencia ecuánime nativo de Peribeca y extraerá de su narrativa el discurso modélico del agotado. Bordearán los hechos y las coyundas el perfil del solitario que tal vez hizo, más que equipo, alianzas. Por ahora hace mutis sin que fuera revelado el halo de misterio que siempre lo empacó, y acaso con ese su rostro serísimo, mezquino de sonrisas, triste incluso. 

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