• El cierre de frontera entre Venezuela y Colombia como consecuencia de la crisis sanitaria por el coronavirus obligó a los venezolanos a recurrir a los caminos irregulares para transitar entre ambas naciones

Entre noviembre y diciembre del año 2020 se registraron aproximadamente 12.000 migrantes venezolanos en las carreteras de Colombia. Estos, según Migración de ese país, habrían ingresado de manera irregular al territorio. 

Juan Francisco Espinosa, jefe de este organismo, indicó que la cifra da cuenta de unos 200 venezolanos que entraron diariamente a Colombia. Hizo un exhorto a los ciudadanos a no utilizar los pasos no autorizados.

Por otra parte, el gobierno de Colombia anunció la extensión del cierre de frontera desde el 16 de enero hasta el 1º de marzo del año 2021. Dicha medida incrementó el negocio en las trochas existentes en los más de 2.200 kilómetros de frontera que comparten Venezuela y Colombia.

Aunado a ello, Víctor Bautista, secretario de Frontera y Cooperación Internacional de la Gobernación de Norte de Santander, Colombia, en declaraciones a La Opinión de Cúcuta aseguró que “los grupos irregulares que cobran a los venezolanos por ayudarlos a cruzar hasta territorio colombiano han incrementado sus tarifas en los últimos meses”.

La realidad es que las personas recurren a las trochas como su principal opción para llegar a Colombia, bien sea para comprar alimentos u otro tipo de mercancía, radicarse en ese país o tomarlo como nación de tránsito para llegar a otras latitudes y en el trayecto se exponen a peligros como quedar en medio de enfrentamientos entre grupos al margen de la ley.

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Sacrificios llenos de amor

Daniela López* es una tachirense de 23 años de edad que desde hace dos años vive en Bogotá, Colombia. Desde entonces no veía a su familia salvo por videollamadas.

En diciembre del 2020 Daniela y su pareja decidieron organizar su traslado desde Bogotá hasta el estado Táchira para pasar navidad con sus seres queridos. El viaje estaba programado para el 21 de diciembre en autobús desde la capital de Colombia hasta la ciudad de Cúcuta, Norte de Santander. Ambos estaban ansiosos, pues no sabían con qué se encontrarían en el trayecto hacia lado venezolano.

Llegado el 21 de diciembre Daniela, su novio y su mascota salieron desde el Terminal de Transporte de Bogotá rumbo a la frontera. Previo a esto, los padres de Daniela acordaron con dos trocheros (personas que se encargan de guiar y trasladar individuos o mercancía por caminos verdes o inhóspitos) su paso hacia territorio tachirense.

A la mañana del día siguiente, Daniela llegó al terminal de Cúcuta. Allí, junto a su novio, tomaron un autobús que los llevó hasta Agua Clara, punto de encuentro con los trocheros a hora del mediodía.

“Nos estaban esperando (los trocheros) en sus motos, ahí se pueden movilizar tanto motos colombianas como venezolanas, nos montamos cada uno en una moto y nos metimos por la trocha (camino en medio de la maleza que sirve como atajo para llegar a un sitio)”, dijo Daniela en entrevista exclusiva para El Diario.

De acuerdo con lo que ella describe los trocheros salieron de Agua Clara y atravesaron la población de Guarumito, municipio Ayacucho. La carretera es rural casi en su totalidad. Piedras, arena, vegetación, el sol inclemente con temperatura de más de 30 grados centígrados y un silencio incómodo acompañan el paisaje. 

Foto: Reuters

“Ese día había como una comisión de la Guardia Nacional y no pudimos pasar por la vía que regularmente usan para llegar a Colón. Nos tocó meternos por una finca, cruzar un pequeño río donde montaron las motos en balsas y nosotros pasamos a pie porque nos daba miedo”, relató Daniela.

En esa finca que Daniela menciona en su historia debieron esperar aproximadamente tres horas hasta que la comisión partiera de la zona. Acto seguido, siguieron su camino y metros adelante se toparon con una de las alcabalas, donde es común el pago de “pases” (cantidad de dinero a cancelar por el derecho a transitar en esa zona, normalmente con mercancía).

“En esa alcabala pagamos un pase que varía entre 1.000 y 2.000 pesos por moto. Más adelante se pagan otros 2.000 pesos y aunque nosotros no llevábamos mercancía, teníamos maletas con ropa, igual nos tocó pagar”.

Daniela cuenta que el paso por esa trocha fue traumático tanto para ella como para su novio; pero asegura que se trata de un sacrificio, pues las ganas de reencontrarse con sus familiares después de tanto tiempo superaban todos los peligros.

Me pareció horrible ese paso porque uno ve a todo el mundo con arma larga y yo no estoy acostumbrada a esas cosas, pero había gente a la que le iba peor que a nosotros en el camino. A algunos los amedrentaban, les cobraban hasta 100.000 pesos por llevar una maleta con mercancía”, dijo.

El retorno y las secuelas del primer viaje

Por si fuera poco aún faltaba el retorno. No querían repetir todas las vicisitudes que atravesaron para llegar hasta el estado Táchira. Las armas largas en las alcabalas de grupos irregulares, sus rostros intimidantes y quemados por el sol; dientes a medio mostrar manchados por el chimó, su acento colombiano marcado el trayecto solitario. Todo parecía una pesadilla que se repetía constantemente en su cabeza.

“Cuando nos fuimos a regresar lo hicimos por el lado de Ureña. Llegamos a una cancha de fútbol allá y de ahí agarramos unos mototaxis que hacen las carreras hasta el río, donde incluso alcanzas a ver el puente”, explicó Daniela.

Pero no todo era perfecto. Mientras iban en las motos se toparon con dos puntos donde debían pagar los “pases”, uno del ejército y otro de grupos irregulares. 

Luego a la orilla del río están las balsas improvisadas donde se suben las personas y así son trasladadas de un extremo a otro. En ese punto pagaron 2.000 pesos por persona.

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“Las balsas son tablas de madera que niños y señores guajiros se encargan de mover en el río con los pasajeros a bordo”.

Al llegar al otro punto tuvieron que atravesar un campamento –también de guajiros-. Esto para finalmente llegar a Cúcuta y así continuar con su viaje hacia Bogotá.

“Para mí esa trocha fue mejor, no se paga tanto, no es tan peligrosa y es más cerca”, precisó Daniela.

Trochas: el pan de cada día

Así como existen personas que viajan esporádicamente –como Daniela- porque viven lejos y solo vuelven de visita cada cierto tiempo, también están quienes experimentan constantemente la odisea de pasar por trochas para movilizarse entre Cúcuta y Táchira con cierta regularidad.

Yuliana Montilla* es una joven tachirense que decidió migrar hacia Norte de Santander. Lo hizo con la finalidad de trabajar allá para generar mejores ingresos de los que podía tener en Venezuela.

Ella ha pasado por tres trochas diferentes, la de Guarumito, Los Negros y la de Ureña. Cuenta que los trocheros cobran entre 25.000 y 30.000 pesos por el viaje y aparte cada pasajero debe pagar los “pases”.

Yo cuando voy a viajar siempre trato de buscar la mejor opción de con quién ir. Hay un conocido de mi hermano y con él he pasado por la trocha de Guarumito y uno cae a la cárcel modelo en Cúcuta”, contó Yuliana en exclusiva para El Diario.

El protocolo para viajar no varía mucho de persona a persona. No obstante, ella sale de San Juan de Colón a eso de las 5:00 am para llegar temprano a su trabajo en Cúcuta. 

“En la entrada de Guarumito empiezan a ver el camión, si tiene mercancía y todo eso. Aunque normalmente cobran cuando el vehículo viene de regreso porque ya vuelve cargado”.

Su testimonio coincide con el de Daniela en cuanto al mal estado de la carretera. Además debe pasar por tres pequeños ríos y es aún más peligroso cuando llueve y sus caudales suben. El motor de los camiones se exige al máximo para poder pasar sin ser vencido por el agua.

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“Cuando uno va por la mitad de la ruta se encuentra una alcabala de la guerrilla donde toca pagar 4.000 pesos por persona. Ahí nos bajan, piden hasta la cédula y empiezan a preguntar hacia dónde vamos y qué vamos a hacer. Una vez hasta me preguntaron la dirección de mi trabajo y tuve que decirles”, indicó Yuliana.

Recién decretada la cuarentena por el covid-19 en ambos países, ella viajó por la trocha Los Negros desde Cúcuta hacia San Juan de Colón. Lo hizo para estar con su familia y no quedarse sola en Colombia. En el camión venía el chofer, una pareja, dos niños que cuidaban la mercancía (bicicletas) y ella. 

Por esa trocha el trayecto es más largo y “la carretera está peor”. También hay más puestos de la guerrilla (tres) y en cada uno deben pagar aproximadamente 15.000 pesos. 

Ese día yo fui testigo de que la pareja pagó más de 1 millón de pesos entre las tres alcabalas. Les quitaban de a 300.000 pesos prácticamente en cada una”.

Respecto a su experiencia por la trocha de Ureña, asegura que el paso es más corto y menos peligroso. El trayecto es el mismo relatado por Daniela. Ella toma un mototaxi en la cancha de Ureña que la deja a orillas del río y de ahí cruza a lado colombiano en una tabla de madera que movilizan los guajiros.

Historias con temor a ser contadas

En septiembre del año 2020 Yuliana estaba en Cúcuta y tuvo que regresarse –casi de emergencia- hacia Táchira porque se enfermó del colon. Su mamá logró contactar a un trochero que el día 22 la trajo de vuelta al lado venezolano para que pudiera descansar y recuperarse de su enfermedad.

Pasado el tiempo de reposo en su casa, Yuliana debía regresar el día 17 de octubre a Cúcuta, pues se reincorporaba al trabajo. Por ello tres días antes de la fecha empezó a contactar a algunas de las personas con las que viajó antes para coordinar su retorno. 

La persona que le había confirmado inicialmente para pasarla por la trocha finalmente no viajaría y se lo hizo saber un día antes de la fecha pautada. Ante esa situación Yuliana empezó a buscar rápidamente entre sus conocidos alguna persona que pudiese llevarla de regreso a Norte de Santander. 

Finalmente consiguió a una trochera que le hiciera el traslado y así fue. El 17 de octubre a las 5:00 am pasaron a buscarla en un camión cargado con chatarra donde iba la conductora, ella en el medio y el acompañante de la trochera. El camión llevaba más de 500 kilogramos en mercancía para vender.

“Cuando íbamos por San Félix (municipio Ayacucho) el camión se detuvo en la autopista porque estaba esperando al soplón (motorizado que se adelanta para avisar en la alcabala que se aproxima un camión con mercancía), pero no llegó a tiempo”.

En vista de esa situación, la trochera se bajó del camión y le pidió al acompañante que manejara y diera el retorno. El objetivo era que ella se acercara al punto del ejército y avisara que el camión con chatarra estaba cerca. Yuliana solo seguía sentada en el asiento del copiloto mientras todo eso pasaba.

“Al momento en que el camión está dando el retorno para ir a la entrada de Guarumito, también estaba retornando pero en sentido hacia La Fría (municipio García de Hevia) una patrulla de la Policía Nacional Bolivariana. Uno de los efectivos nos empezó a interrogar y a revisar el auto”, contó Yuliana.

Casi de inmediato uno de los policías decidió subirse al camión por la puerta derecha y le ordenó al chofer manejar hacia el comando, a lo que este último se negó inicialmente. Intentó negociar con el efectivo de seguridad.

“El policía no le hizo caso e insistió en ir al comando hasta que por fin arrancó el camión y llegamos a La Fría. Allá nos bajamos del carro y lo requisaron todo. Yo dije la verdad, que era pasajera e iba a Cúcuta y ellos empezaron a meter psicoterror y decirme que eso era ilegal y que iría presa”, recordó.

De acuerdo con su testimonio, en el comando policial le tomaron a ambos sus datos personales, los esposaron, los fotografiaron a ellos y al camión con la mercancía e incluso revisaron su teléfono.

“El otro señor estaba todo grosero, la dueña del camión no aparecía. No tenía forma de contactarla porque yo tenía línea colombiana y el señor tampoco tenía celular”.

Yuliana recuerda que el ambiente estaba tenso, no había mucho que ella pudiera hacer pues apenas conocía a las personas con las cuales viajaba ese día. Era la primera vez que la detenían en uno de sus viajes por trocha.

“Me tuve que meter al comando esposada porque me mandaron. Me senté y ese día yo estaba arreglada y maquillada porque iba a llegar directo a mi trabajo y uno de los policías que estaba allí adentro me besó a la fuerza. Sin mi consentimiento, porque yo estaba esposada”, reveló Yuliana.

Es la primera vez que ella cuenta lo que sucedió ese día sin que se le quiebre la voz o se cristalicen sus ojos. Antes le era imposible siquiera mencionarlo y no sentirse “degradada, humillada, impotente” como ella misma lo describió.

Quería vomitar, me sentí muy, muy mal, no paraba de llorar. Imagínate ser besada a la fuerza, sin nadie a quien pedirle auxilio, sin poder gritar, sin poder hacer nada”.

Esos segundos fueron eternos y una completa pesadilla para Yuliana. Minutos después salió un superior de una de las oficinas del comando y afortunadamente pudo salir de ese lugar. 

“Después me quitaron las esposas pero igual me humillaron porque me decían que me iban a dejar presa, no sabía qué hacer, no podía ni llamar a nadie así que tomé un mototaxi hasta la entrada de Guarumito y ahí pude resolver la ida a Cúcuta con unos carros que salían desde Agua Clara”, enfatizó.

Yuliana recuerda ese día como una de las anécdotas más desagradables de su vida y con una experiencia atroz que ninguna mujer debería vivir. 

El paso por los caminos irregulares representa un riesgo para quienes se movilizan como pasajeros y quienes se dedican a trasladar personas de Venezuela a Colombia y viceversa. El mal estado de las carreteras, los grupos armados y las crecidas inesperadas de los ríos que deben atravesar son tan solo algunos de los factores que juegan en contra cuando de salir o entrar al país se trata.

*Los nombres de las entrevistadas se sustituyeron para proteger sus identidades.

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