• Detrás de las metralletas, granadas, cultivos de cocaína y muerte existe una generación de jóvenes llamados “plebes”. Son los soldados de la guerra, los peones del patrón de turno, los asesinos que salen encapuchados en las noticias. Eduardo Giralt Brun conversó con El Diario sobre su obra cinematográfica y la función de la violencia en ella 

La vida y obra de Eduardo Giralt Brun podrían confundirse una con la otra. Su historia está plagada de disparidades, realidades extrañas y sentidos de inestabilidad constante y su obra es, al mismo tiempo, el resultado de muchas circunstancias entremezcladas. Sin embargo, encontró, del timbo al tambo, un objetivo a través del cine: desmenuzar los filamentos que constituyen la maldad en los países olvidados por la gracia del destino. Los Plebes (2021), dirigida en conjunto con el rapero sinaloense Emmanuel Massu, es una perspectiva distinta sobre la violencia del narcotráfico en México. Los sicarios, más allá de ser los personajes de una épica en el desierto del norte, son jóvenes inestables, inmaduros, conscientes nada más de la volatilidad de su vida. 

Eduardo conversa con la soltura de un hablante caraqueño en el centro de la ciudad, pero con algunas expresiones tomadas de su regularidad en Culiacán, Sinaloa. Luego, narra sus experiencias y, sobre todo, establece la guiatura para entender lo escarpado del camino cinematográfico entre la maleza del desierto y los cuernos de chivo -epíteto del arma AK-47 en México-. Los Plebes comenzó, como el resto de sus obras, con la espontaneidad de una vida rápida. 

Las plataformas disponibles para ver el documental son: Cinepolis Klic, MUBI y en el micrositio Cine en línea de la Filmoteca de la UNAM (Universidad Nacional de México).

No dirigió ningún proyecto durante mucho tiempo, pero se mantuvo como director de casting. “Buscaba pura raza de verdad, gente común”, dice Eduardo para El Diario. En ese momento, después de haber trabajado en Cómprame un revólver (2018) y Mano de obra (2019), recibió la llamada de un director de cine de la Ciudad de México, que imaginaba una cosmogonía del sicariato sin conocer, siquiera, la polvareda de Culiacán. Ni corto ni perezoso, Eduardo tomó el trabajo y se fue directo para la zona alta de Sinaloa donde, además de mucha “raza”, se encontraría con “los plebes” del Narco. “Recorrí toda Sinaloa y pude trabajar con un chamo que me recomendó una periodista británica”. Su nombre era Enmanuel Massu, un rapero underground de Culiacán que trabajaba como fixer -contacto periodístico en zonas de peligro-. 

La búsqueda continuó y ambos, como un par de detectives salvajes, encontraron en los “carajitos insolentes” armados, con sus radios en la cintura y atentos a las órdenes del “patrón”, a los mejores actores. “Se inventaban unas ideas muy cabronas”, dice. Sin embargo, el proyecto se detuvo. El director “sifrino”, como lo caracteriza Eduardo, se fue para Beverly Hills y él le dijo a sus compañeros: “Vamos a cancelar esta vaina, porque no es seria”. Todo se acabó. 

El director de cine venezolano que grabó la vida común del sicariato en México
Eduardo Giralt Brun grabando en México

Luego, Eduardo Giralt volvió a la Ciudad de México y notó que la oficina del director, la productora y todo lo que alguna vez había escuchado no existía, era un cuarto vacío en el corazón de la ciudad. No quedaba mucho por hacer, pero la imagen de los jóvenes sicarios se mantuvo en su cabeza y la gran pregunta que da pie al documental es: ¿cómo se caracteriza un ser humano marcado por la violencia? 

En ese momento, conversó con Emmanuel, le pidió un poco de tiempo para reunir el dinero necesario y comenzar un proyecto para registrar la vida común de los encapuchados del noticiero. La productora Cineburó aceptó los gastos y, posteriormente, hizo un acuerdo con Vice para el proceso de distribución. “Les mostré el casting de estos morritos y le pedí algo de dinero para la comida, el pasaje y un par de teléfonos”. Nada más. 

Eduardo y Emmanuel pasaron varios meses con los sicarios del documental: “Vagancia”, “El gordo” y “El flaco”. Además, uno que otro aparecía en la toma para dar a entender los vestigios de una vida normal, pero con la extrañeza de un “cuerno de chivo” guindado en el cuello, un cigarrillo en la mano izquierda y una bolsa de cocaína en el bolsillo derecho. “Nosotros nos movíamos donde comandaba un solo patrón y siempre le pedíamos permiso a los lugartenientes. Yo me mudé a la zona de ellos y les dije: ‘no queremos mostrar nada del trabajo, solo de su vida’. Luego el patrón nos dio permiso”, dice Eduardo. 

La primera imagen de “Los Plebes” muestra a uno de los encapuchados, en el puesto de copiloto de una camioneta, mientras sale, levemente, con su AK-47 en las manos para seguir el baile de “La Chona”, una canción de Los Tucanes de Tijuana. En cada salto se notan sus utensilios de trabajo: cuchillos, radio, chaleco antibalas, casco de guerra y “cuerno de chivo”. Después se establece una transición de imágenes parecidas, en las cuales decenas de jóvenes sicarios se bajan de sus camionetas al ritmo de la canción, emulando, quizás, un reto de redes sociales. Una imagen puntual que, a su vez, sintetiza la banalización de la violencia.

Este es uno de los puntos principales del trabajo de Eduardo Giralt Brun y Emmanuel Massu en el documental. “Es muy cabrón notar que existe cierta normalidad”, dice Eduardo. Además, lo que aquí se va a contar no puede, siquiera, rozar las aristas del spoiler, porque todos los hechos están visibles en los noticieros y en el día a día de los sinaloenses.

Luego, las imágenes que refieren a la realidad del norte mexicano son extraídas de la liberación de Ovidio Guzmán López, hijo de Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera, jefe del Cártel de Sinaloa. El ritmo del corrido de Los Tucanes de Tijuana se detiene y, en cambio, el espectador podrá enfrentarse a la violencia del cartel después de la retención policial de uno de sus jefes. El gobierno de México decidió soltar a Ovidio Guzmán el 17 de octubre de 2019, pero la ciudad de Culiacán confirmó, una vez más, el poder del Narco sobre las instancias federales. 

La pobreza como chivo expiatorio de la violencia

“Vagancia”, “El Gordo” y “El Flaco” son los tres jóvenes principales del documental. Cada uno tiene una vida diferente, pero todos comparten una misma visión: la vida que tienen será corta. Uno de ellos, en un momento, comenta que todos los años el patrón le pregunta el día de su cumpleaños sobre algún deseo o regalo. Tiene seis años trabajando como sicario. Ha pensado durante mucho tiempo pedir un regalo: su libertad. Sin embargo, ese deseo es enfrentado con miedo. 

El director de cine venezolano que grabó la vida común del sicariato en México

Eduardo vivió con ellos y retrató, más allá de la crónica roja, la sangre y la morbosidad de los asesinatos, la vida alterna de estos hombres. Su llegada a Sinaloa está grabada y muestra, de alguna manera, uno de los grandes temores al enfrentar un proyecto cinematográfico en el centro de un desierto signado por la muerte. 

—¿Cómo te llamas, loco?—, pregunta uno de los sicarios. 

La cámara apunta a los pies. 

—Eduardo Giralt Brun—, responde. 

—¿De dónde eres?—.

—De Caracas, Venezuela—, dice.

—¿Y qué estás haciendo aquí en Sinaloa?—.

—Grabando una película—. 

—Es muy arriesgado estar grabando terreno ajeno, viejo. Me grabas a mí la cara, ¿y qué? Ahí la pierdes (mueres)—, finaliza el sicario.

El primer elemento, según Eduardo, para comenzar a grabar este tipo de situaciones es la adrenalina producida por registrar una realidad nunca antes tomada en cuenta. “Todo el mundo ha trabajo los enfrentamientos y las cocinas de cristal, pero nadie había grabado a estos carajos. Lo que está detrás del AK-47. Una vez que normalizan las armas y la adrenalina, te quedas con el ser humano y te das cuenta del registro que estás haciendo”, agrega.

De esta manera, Eduardo y Emmanuel logran adentrarse en la psique del sicario, más allá de las caretas de calavera, las armas y la droga y, además, analizar la función del individuo en un proceso de violencia normalizado. La sociedad del norte de México está configurada por la presencia del Narco -concepto base para entender un proceso cultural-: los corridos narran las peripecias de los grandes capos, la religión del pópulo se nutre de la imagen de Jesús Malverde -el santo de los narcotraficantes- y, posteriormente, la economía, la relación con la justicia y el poder, entre todos los signos de la vida común en la zona, están marcados por la existencia del narcotráfico. Mientras tanto, comenta Eduardo, el Estado mexicano es inexistente en la zona. 

El director de cine venezolano que grabó la vida común del sicariato en México
Eduardo Giralt Brun grabando en México

Entonces, sin pretensiones de excusar un hecho, Los Plebes es una radiografía de la ambigüedad humana en las situaciones de maldad pura. “(Al Estado) se le hacía más fácil catalogarlos como unos locos sádicos que lo que hacen todo el día es matar. De esos hay, pero no son todos”, dice. La filósofa Hanna Arendt acuñó el término “Banalidad del Mal” para explicar la inestabilidad del concepto de maldad y dar cuenta, de alguna manera, sobre la extrañeza en las razones para los hechos más atroces de la humanidad: no son monstruos deshumanizados, son, según ella, hombres comunes que al seguir órdenes externas cometen crímenes horripilantes. Esto permite, tanto a conocedores como incautos, reconocer en el documental las verdaderas razones de ese Estado fallido manejado por el Narco. 

Eso sí, la mayor parte de los chamos no trabajan para el Narco. La mayor parte de la gente pobre juega recto, trabaja legalmente. Echarle el muerto solamente a la pobreza tiene un tufo clasista y, en realidad, el problema va más para otros lados: descomposición familiar, la cultura consumista que te hace un pendejo, la ausencia del Estado, entre otras cosas. Son muchos elementos”, plantea Eduardo.

En ese momento de la conversación, mientras las anécdotas de los últimos años se encaraman en la voz de Eduardo, refiere a la explicación que escuchó alguna vez del dueño de una cantina en las carreteras de Sonora: “El problema acá es que todo el mundo se cree narco y actúa como narco. Todo el mundo tiene ese chip. Es una vaina que permea todo. Eso ocurre, también, por la ausencia de gobierno porque México es un Estado fallido. De eso no hay duda. En muchas de estas zonas como el gobierno es el Narco pues, obviamente, la gente entiende su poder. El imaginario está reforzado”. 

De Caracas a Sinaloa

Eduardo Giralt Brun nació en Miami, Estados Unidos, en 1987. Relata que fue concebido en Venezuela, pero su madre, con ocho meses de embarazo, decidió viajar a Florida. Luego, regresaron al país y su crianza fue en Caracas. Su padre es cubano, aunque de corazón decide ser venezolano, y su madre uruguaya. No había ningún otro parentesco con alguien en Venezuela. Era su núcleo familiar  y nada más. 

Al salir del bachillerato decidió estudiar Derecho en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), pero el desengaño de la “justicia” ocurrió temprano y sintió asco ante la normalidad del “guiso”, la corrupción y el pie del más vivo sobre las cabezas de los más débiles. Por eso mismo decidió irse a Estados Unidos para trabajar y darle rumbo a una vida joven a la deriva. Allá descubrió el cine como un espacio experimental y las enseñanzas de un profesor se mantuvieron en ese primer Eduardo cineasta, de gustos estéticos y miradas vanguardistas, con una cámara super 8 en el brazo para contar historias consideradas pedestres. Esto lo llevó a conocer a su abuelo en Uruguay. “Tenía 83 años. No era nadie, era un burócrata del Estado, pero era super ateo, muy cínico, el carajo menos materialista y me parecía muy interesante”, dice.

Pasó varios meses tras la pista de su abuelo, que no hacía gran cosa, pero era una vida y siempre, por diminuta que sea, la existencia de los seres humanos lleva consigo un relato. Todo el material se perdió y Eduardo decidió regresar a Venezuela, esta vez a Puerto la Cruz, estado Anzoategui, para realizar un cortometraje sobre una pareja homosexual titulado No te voy a dejar sola (2014) y producido por el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (CNAC). Después de ese pequeño trabajo se encontró perdido, como diría el poeta peruano César Vallejo, por falta de caminos. Ni una cosa ni la otra; ni Venezuela ni Uruguay, tampoco Estados Unidos, ¿qué podría hacer si, personalmente, no sabía qué hacer? En ese instante, una amiga le comentó sobre las oportunidades en México. Él la escuchó con cuidado y decidió irse a finales de 2014. Un nuevo camino que tomar, sin saber su final.

En Ciudad de México, mientras estudiaba en algunos talleres de cinematografía para conocer gente y buscar trabajo, conoció a un amigo de Mazatlán, Sinaloa, llamado Raúl Rico González. Eduardo descubrió en los relatos de Raúl un ecosistema en el norte de México: conocido por la violencia y el narcotráfico, pero, además, con una riqueza cultural poco mencionada. Ambos deciden tomar camino y visitar los parajes polvorientos de Sinaloa que parecen, como escribió Roberto Bolaño, espejismos y montes pelados, para descubrir la realidad.

Los débiles (2017), una obra prima caótica

El resultado del viaje fue un guion de 10 páginas titulado Los débiles. La historia trata sobre el viaje de venganza de un campesino, que ve el asesinato de sus tres perros por el hijo de un narcotraficante. “Todo el mundo nos mandó a la verga, porque mínimo debe tener 90 páginas. Al fin, cabrón, conseguimos un poco de dinero de uno u otro loco que apostó por nosotros”, dice. Luego, se toparon con una mujer que se ofreció como productora y, además, llevaba una cámara profesional. Ellos pensaron que había sido alquilada, pero en la grabación de la película se enteraron que la cámara era robada. 

Foto: Eduardo Giralt Brun y Raúl Rico

En la grabación de Los débiles (2017), cuenta Eduardo, pasó todo lo que no debía pasar. Incluso, una de las anécdotas que recuerda entre risas temerosas, tiene que ver con una camioneta Hummer que aparece por un par de segundos en la película. El dueño era un narcotraficante de la zona, quien les había prestado la Hummer, pero después de la grabación la camioneta se fue por un barranco y Eduardo se enfrentó al Narco. “El tipo me citó, me amenazó y me dijo que si no le pagábamos esa vaina me iba a matar y yo le dije ‘man, tú te das cuentas el tipo de película que estamos haciendo. No tenemos dinero para nada’”, comenta.

La solución fue sencilla e, incluso, absurda: Eduardo tuvo que organizarle la fiesta de quince años a la hija del narcotraficante. Durante varios meses, después de grabar, tenía que dirigir la organización de la fiesta. Todo salió bien y la deuda quedó perdonada.

La película estuvo lista a mediados de 2017 y, aunque reconocían el tono independiente y guerrilla de la grabación, esperaban un reconocimiento mayor. Sin embargo, la crítica dijo, según Eduardo, que era horrible. Incluso, su padre al enterarse del estreno y ver la obra de su hijo le comentó: “Felicitaciones. Pasaste un año haciendo un pedazo de mierda”. 

El siguiente camino que encontró lo llevó a un psiquiátrico. “Yo me gané una depresión super culera, super fea, marico”, dice. Después de tantos lugares recorridos, de andar deambulando por oficios y profesiones, encontró un lugar en el cine y la respuesta de todos los demás fue negativa. El proyecto quedó enterrado por unos meses, pero Raúl Rico revivió la película de entre los muertos y le dio otra vida. En ese momento, una productora francesa vio el potencial de la película y decidió cargarse la responsabilidad de promoción en sus hombros hasta que llegó a las puertas del Festival de Cine Internacional de Berlín 2018. 

Los débiles, al final, tuvieron su reivindicación en el mundo del cine y el viaje por carretera de un “güero de campo” en busca de venganza, mientras conocía a todo el ecosistema social y cultural de Sinaloa, llegó a lugares importantes. Luego, Eduardo se dedicó a ser director de casting y buscar entre la superficialidad del artificio cinematográfico verdadera “raza”, gente común, con historias tan importantes, pero, al mismo tiempo, invisibles. 

Eduardo Giralt Brun todavía no encuentra caminos concretos, pero su paso tambaleante cada vez tiene más coherencia y una perspectiva del mundo, tanto cinematográfico como real, distinta. Está inspirado por el realismo sucio de Víctor Gaviria, Roberto Minervini, Werner Herzog, entre otros, para crear una visión reflexiva sobre la maldad en las entrañas del ser humano.

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