• La escritora argentina habla de su proceso creativo para escribir la serie de Netflix. Indaga sobre el desarrollo de los personajes y cuenta cómo surgió la historia que elaboró junto al cineasta Marcelo Piñeyro. Foto: Netflix

Claudia Piñeiro, la escritora, dramaturga y guionista argentina, jura que el 6 de septiembre de 2018 estaba frente a su computadora. Tecleando. Marcelo Piñeyro, el director de cine, puede dar fe de ello porque estaba a su lado. Tecleando también. Los dos intentaban dar forma a una serie de suspenso e intriga policial político-religiosa para la plataforma de proyección de videos en línea Netflix. Y fue entonces cuando se enteraron a través de las redes sociales de que Jair Bolsonaro, candidato a la presidencia de Brasil, acaba de ser apuñalado en pleno acto de campaña en la ciudad Juiz de Fora, en Minas Gerais.

El delito fue cometido por Adélio Bispo de Oliveira, a quien, meses después de haber clavado un cuchillo en el abdomen de Bolsonaro, y perforar los intestinos grueso y delgado del próximo mandatario, la justicia consideró inimputable por sus problemas psicológicos.

El asunto es que Claudia Piñeiro, la escritora de novelas como Un ladrón entre nosotros (2004), La viuda de los jueves (2005), Las grietas de Jara (2009) y Catedrales (2020), entre tantas otras, leyó la noticia, abrió sus ojos como platos, le comentó a Marcelo Piñeyro: “Creo que nos están pisando los talones”, y ambos sonrieron de lo más cómplices ese 6 de septiembre de 2018.

Solo que es ahora con el estreno de El reino, que se centra en la historia de una familia evangelista cuyo padre es convocado por un partido de derecha a ser candidato a vicepresidente en las próximas elecciones de Argentina y de pronto se enfrenta a un magnicidio, que el comentario de Claudia Piñeiro cobra realmente sentido para todos.

“Nosotros ya habíamos escrito las primeras escenas de El reino cuando ocurrió el apuñalamiento de Bolsonaro. Y días después de llegar él a la presidencia comenzamos a sentir que estaban pasando cosas similares a las que estaban en el guion. Como el nombramiento de una pastora como ministra de la mujer y otras cuestiones en las cuales la religión y el estado comenzaban a confundirse. Sí, de alguna manera pensamos que teníamos que apurarnos con el guion porque la realidad nos estaba pisando los talones”, se ríe ahora ella, que nació en la provincia de Burzaco, en 1960, y que se graduó en realidad de contadora pública, solo que al leer en 2005 el aviso de un concurso de literatura erótica de la editorial Tusquets decidió pedir vacaciones en su trabajo y cambiar por completo el rumbo de su historia, porque de lo contrario, ha dicho, se “iba a quebrar”.

Claudia Piñeiro | Foto: lavoz.com.ar

—¿Cómo nace la historia de El reino? ¿Cuál diría que es la chispa inicial? Usted ha dicho que siempre hay una imagen, una frase…

—Lo que sucedió en realidad es que un productor nos buscó para preguntarnos si no queríamos escribir una continuación de La viuda de los jueves, que es una novela mía que Marcelo (Piñeyro) llevó a película hace unos cuantos años. Y la verdad es que a ninguno de los dos nos divertía la idea de volver sobre un tema que ya habíamos transitado, que estaba cerrado, y que no nos parecía que daba para una segunda vuelta. Pero cuando nos reunimos, de todos modos dijimos: “Pero qué suerte que nos encontramos, ¿por qué no nos ponemos a pensar si tenemos ganas de escribir algo y presentamos el proyecto directamente a una compañía de streaming sin pasar necesariamente por un productor de esos que a veces te convoca con el ánimo de ver si tienes una historia que valga la pena y luego solo te contrata si se concreta el proyecto?”. Marcelo y yo teníamos mucho tiempo que no nos veíamos. Y entonces hicimos eso: por nuestra cuenta nos pusimos a tirar historias. Y se nos ocurrieron varias.

—Una historia a cuatro manos…

—Es que los dos tenemos una mirada parecida sobre las series que nos gustan, una mirada parecida sobre la literatura, y una mirada parecida sobre el mundo. Es decir, nos preocupan cosas similares que ocurren en el mundo. Y se nos ocurrieron unas cuantas historias que finalmente quedaron plasmadas en El reino. Pero la que más nos interesaba era ésta que tenía que ver con una familia de pastores evangelistas cuyo padre es convocado por el poder, por un partido político de derecha, para formar parte de una fórmula que se va a candidatear como vicepresidente para las próximas elecciones.  

—Por cierto, Marcelo Piñeyro ha dicho: “De la trama solo teníamos el disparador, que es el atentado que se produce al comienzo”.

—Digamos que lo que teníamos de la historia era el momento del magnicidio, cuando matan al candidato a presidente, y el pastor tiene que asumir entonces el liderazgo de esa fórmula (electoral) o sencillamente rechazarla. Y sabíamos que iba a tomar la decisión de postularse, ahora como presidente a la República. En esos días siguientes iba a transcurrir la trama. A lo mejor un poco diferente a como se trabajan ahora las historias, lo que hicimos fue desarrollar los personajes. Porque queríamos que fuera una trama de personajes, una trama en la que estuvieran representados distintos tipos de poderes, el judicial, el político, el internacional de los servicios de inteligencia… y el de las iglesias vistas como negocios. No la fe religiosa, sino cómo algunos hacen negocio con la fe, que no pasa siempre pero los hay. Queríamos que dentro de esa familia evangelista existieran personas compenetradas de manera genuina con la fe, otras para las cuales la iglesia fuera un negocio, y otras con una posición intermedia. Por ejemplo: para la pastora, la iglesia es claramente un negocio, pero al mismo tiempo ella tiene una fe genuina y de verdad cree en lo que predica. Lo que quiero decir es que todo el desarrollo de la historia fue por el lado de los personajes. Y una vez que teníamos esos personajes muy bien pensados, elaboramos la trama para contar quiénes eran.

—La serie comienza con una frase del filósofo italiano Antonio Gramsci: “El viejo mundo muere, el nuevo tarda en aparecer, y en ese claroscuro… surgen los monstruos«.

—El monstruo es probablemente el poder. Y como te decía: el poder se puede representar a través de distintas instituciones, de distintas cofradías. La política es una. La justicia es otra. Las agencias de inteligencia en determinados países. Y la iglesia. No voy a decir que la religión, refiriéndome a alguien que cree en un dios, pero sí las iglesias como símbolos de instituciones de poder. Los poderes están por encima de todo eso. Pero uno siente que ya no existe esa dicotomía Estados Unidos/Rusia, sino que hay un poder que está por encima de todos lo estados, que está tomando decisiones, y que no sabemos bien quién es. Como somos escritores de ficción, los podemos inventar. Nosotros no necesitamos ser periodistas ni meternos en los lugares del poder para averiguar cómo son y hasta dónde llegan sus redes. Inventamos ficción. Y en ese inventar, inventamos también quiénes son esos monstruos que sospechamos, pero no podemos confirmar.

—Hablemos de eso que usted suele llamar “el crimen detrás del crimen”, es decir, de todo lo que se esconde detrás del mero asesinato de un personaje en cualquiera de sus novelas. En El reino quedan expuestas algunas de las herramientas más modernas de la lucha por el poder, como la manipulación de las redes sociales, las fake news (noticias falsas) y eso que llaman “la posverdad”. Más aún: al final de la serie queda la impresión de que los latinoamericanos elegimos a nuestros gobernantes más por la emoción que por la razón…

—La razón sirve para muchas cosas. La emoción también. Las dos son muy valiosas. El tema es que muchas veces la emoción gana a la razón y nos hace tomar decisiones equivocadas. A veces la emoción también nos ayuda a llegar a determinados lugares. Nosotros de lo que estamos hablando en la serie es acerca de cosas como la posverdad, acerca de que con la manipulación de la emoción de las personas se nos hace creer en verdades que no existen. Y a veces no alcanza la razón para desarmar todo eso, porque se apela a cuestiones muy emotivas, primitivas, primarias, que hacen que las personas reciban esa información de manera tan directa y abrumadora que no llegan a procesarla con la razón. El asunto es que se toman como verdades, cosas que no lo son. Sí, vamos por ese lado.

—Y por supuesto, en El reino han abordado también el tema de las iglesias evangélicas, que en países como Brasil y Estados Unidos parecen haber sido importantes para el triunfo de Jair Bolsonaro y Donald Trump.

—En el caso de El reino, Marcelo y yo pensamos en una ucronía. Es decir, no creemos que eso pase necesariamente en la Argentina. Y no sabemos si eso pasa hoy en otro lugar de América Latina. Sin duda miramos algunas regiones donde la relación entre la iglesia y el Estado es muy fuerte. Por ejemplo Brasil, donde hay tanta vinculación entre las iglesias evangelistas, el gobierno y los medios de comunicación. Porque sabemos que el canal de televisión más importante de Brasil responde a las iglesias evangelistas y eso sin duda genera situaciones que observamos y que tratamos de analizar. Pero también nos fijamos en Bolivia, donde después del golpe de Estado Jeanine Añez entró al Parlamento con la Biblia en la mano. Y en El Salvador, donde (Nayib) Bukele entra al Congreso después del autogolpe, de la mano de los militares, y también con la Biblia en la mano. Sí, hay muchos países de la región donde el poder y la religión se dan la mano para obtener determinados objetivos.

—De modo que la iglesia y la política deben vivir entonces en barrios distintos…

—Fíjate Uruguay, que es un país que me parece que ha separado la Iglesia del Estado desde hace mucho tiempo. Y por lo tanto, ha llevado adelante el tema de los derechos mucho más rápido que los otros países de la región. Me refiero a los derechos personales, los individuales, y los que tienen que ver con las minorías…  el matrimonio igualitario, el aborto. Son cuestiones en las cuales la Iglesia suele meterse, pero en Uruguay, quizás gracias a esa separación de la Iglesia y el Estado, hay menos injerencia en esos asuntos. En la Argentina muchos de nosotros hemos estamos pidiendo eso desde hace tiempo, sobre todo porque la constitución dice claramente que somos un Estado laico claramente, pero todavía hay injerencias muy profundas en el Estado.

—Lo cierto es que han creado un predicador, lo han lanzado a presidente, y es sumamente creíble.   

—Para crear a Emilio Vásquez vimos a montones de pastores en videos y documentales. Si te metes en YouTube te vas a dar cuenta de que hay de todo tipo, que se expresan de distinta manera, que se visten de distinta manera. Lo que nosotros hicimos fue inventar uno que fuera tan verídico como cualquiera de los que habíamos visto. Dicho esto, Emilio es un pastor de ficción, inventado por nosotros, pero vuelvo a decir que en la realidad vas a poder encontrar similares, unos más discretos, otros menos carismáticos, y unos que representan menos, digamos, en el lugar donde se paran para hablarle a sus súbditos. Porque no olvidemos que los pastores hacen una representación de sí mismos. En este caso, al actor, que es Diego Peretti, le toca actuar de pastor en la intimidad y actuar de pastor al momento de actuar en el templo. Lo que hace es una representación de la representación.  Como ves, es un trabajo bastante difícil para el actor.

—Por cierto, ¿escribieron los personajes pensando en Diego Peretti para encarnar al pastor Emilio Vásquez, a Mercedes Morán para la pastora Elena Vásquez…?

—Diego y Mercedes eran actores que nos imaginábamos al escribir las escenas, pero la verdad es que no sabíamos si iban a poder interpretar los personajes, porque había que llamarlos, ver si estaban disponibles, si querían hacerlos. Pero cuando escribíamos, muchas veces decíamos: “¿Te imaginás cómo diría esto Mercedes Morán?”. Los que imaginamos funcionaron excelente, y los que no imaginamos también. La verdad es que estamos chochos no solamente por cómo interpretaron todos sus personajes sino por todo lo que le agregaron, que fue mucho, porque en algunos casos uno puede ver en esos personajes una impronta muy personal y cómo los hicieron crecer…

—En El reino hay un elemento que también está muy presente en sus novelas: los personajes infantiles o juveniles. Y casi siempre como salvadores. ¿Ha pensado en ello?

—Sí, en todo lo que escribo como que casi siempre hay jóvenes que son los que pueden ver lo que está sucediendo en el mundo, que ven cómo los adultos han aceptado ciertas reglas del mundo que tal vez ellos no quieran aceptar, y tal vez son los únicos que se vayan a salvar. A ello tienes que sumarle que Marcelo (Piñeyro) tiene también una gran mirada acerca de la adolescencia, sobre la juventud. Su última película, Ismael, tiene como personaje central a un niño extraordinario.

—Le iba a decir que el final de El reino es sumamente pesimista. Pero digamos que pensándolo bien, más bien traza dos rutas. En el primero, el poder parece corromper inevitablemente a las almas más nobles. En el segundo, están esos adolescentes salvadores…

—Efectivamente hay dos rutas. Una es la de la esperanza, que marcan personajes como Tadeo y El pescado. Es una línea que tiene una fe quizás religiosa o una fe tal vez apoyada en el otro, en darnos la mano y brindarnos ayuda en cuestiones que tienen que ver con la humanidad. Es sin duda una línea de muchísima luminosidad, de personajes esperanzados y esperanzadores. Y me parece que es el lugar por donde se puede ver la salida a tanta oscuridad.

—Parece insistir en que solo la fe nos salva…

—Cada uno verá por dónde viene la salida. Yo soy atea y no creo que venga de parte de la religión. Igual respeto muchísimo a las personas creyentes, sobre todo a las genuinas, que piensan en el otro, que ponen por encima de todo la ayuda social y otras tantas otras cosas que también saben hacer algunas iglesias. Me parece que la luminosidad de estas personas y la que yo quiero, viene de eso: de mirar al otro, de dar la mano, de ayudar. El mundo necesita que seamos más respetuosos entre nosotros y con el mundo. Si a algunos eso se los da la religión, bienvenido sea. Y si no, se lo dará la humanidad, la esperanza, la espiritualidad, que no tiene por qué ser religiosa.

¿Usted es pesimista acerca del futuro en América Latina?

—A mí lo que me gustaría es que con el tiempo todos los países de la región, incluida la Argentina, tuvieran un régimen más parlamentario, donde hay un presidente que dirige pero también hay un Parlamento muy bien construido y muy bien instrumentado para poder limitar esos poderes y poder ayudar cuando haga falta. Acabamos de ver cómo en España estuvieron casi un año sin armar gobierno y el país seguía adelante. Eso en Latinoamérica es casi impensable, ¿no? Sería un buen paso que en un país como Argentina tuviéramos un sistema más parlamentario y menos presidencialista, con instituciones más fuertes. Y no, yo no soy pesimista con respecto a América Latina, pero creo que tenemos que darle mucha importancia a la educación, a la salud, a la cultura, a las minorías, al planeta. Si todos empezamos a poner el foco sobre esas cuestiones, y me parece que ya lo estamos haciendo desde distintos lugares, desde distintas miradas, desde distintas organizaciones, creo que salir todos juntos de esto.

—Una última: ¿Es un hecho que vendrá la segunda temporada de El reino?

—Ojalá haya segunda temporada. Todavía no lo sabemos.

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