• Algunos fueron de visita y se quedaron, otros dejaron lo que tenían en Venezuela con la decisión de no regresar. Cualquiera que sea el caso, la edad no les impidió empezar desde cero

Los migrantes dicen que nunca es sencillo cambiar de país. Para ellos, de un día para el otro se dejan atrás muchas cosas. En lo material, quien tenía una casa, y todo lo que hay en ella, debe dejarlo. Lo mismo con el carro, la cama u otros objetos, de valor simbólico, que quizá tardaron años en adquirir.

Esto sucede en el plano de lo intangible, con familiares y amigos a los que no se sabe cuándo volverán a verse, o la plaza de la cuadra, la panadería de la esquina y los lazos que el paso del tiempo forjó consciente e inconscientemente.

Sucede independientemente de la edad, pero en el caso de adultos mayores, convertirse en inmigrantes conlleva empezar desde cero a pesar de lo que previamente se haya construido.

Es lo que le ocurrió a Pablo Peña, que cuando tenía 64 años de edad, quien cambió la isla de Margarita, en el estado Nueva Esparta, por la Ciudad de Buenos Aires, en Argentina.

“Vine sin intenciones de volver. Lo más difícil es reducir la vida a una maleta de 23 kilos. No sabes qué meter o dejar, y después de tanto, venir con tan poco”, recordó Peña en declaraciones para El Diario.

Los adultos mayores de Venezuela también rehacen sus vidas como migrantes en Argentina

En 2018 una de sus hijas, entonces de 21 años de edad, se animó a probar suerte en otras tierras. Él, por la crisis económica de Venezuela, y la de servicios públicos, pensaba en dar un paso adelante. El empujón final se lo dio ella, ante el temor de que, ante alguna emergencia médica, sufriera por un padre que no tuviera dónde atenderse.

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En su equipaje incluyó, aunque tuviera que sacrificar otras cosas, instrumentos musicales como unos bongó, un cuatro y unas maracas. Y en lo sentimental intenta adaptarse de la mejor manera posible.

No quiero volver. Allá estaba atrapado. Por ejemplo, no tenía Internet y era muy complicado enterarse de lo que pasaba. Aquí, en cambio, he aprendido cosas nuevas porque siempre hay algo para aprender: los nombres de las calles, el dialecto, algún curso para hacer. Y nunca dejé de trabajar o conocer lugares. No queda otra que adaptarse, sin comparar ni criticar, y estoy muy feliz de cómo me tratan”, reflexionó.

Su llegada contrasta con la de Isabel Chacón, oriunda de San Cristóbal, estado Táchira, quien al filo de cumplir 70 años de edad viajó de forma provisional, pero terminó quedándose.

En abril de 2017 acompañó a su yerno y a sus cuatro nietos —un par de morochas, y otro par de morochas— para acompañarlos a instalarse en la Ciudad de Buenos Aires, donde los esperaba su hija. Volvería en un mes, sin embargo, prefirió ayudar, ante lo complicado que sería atender a cuatro niños mientras los padres debían trabajar para cubrir todos los gastos.

“Fue una decisión difícil quedarme, pero no quería dejarlos solos, ni a mis nietos ni a mi hija y mi yerno. ¿Quién se encargaba de la crianza? Así, decidí quedarme un año, y aquí sigo”, contó, entre risas, Chacón a El Diario.

Tiene otra hija en Chile, donde también estuvo otro año, sin haber regresado a Venezuela, donde viven sus otros tres hijos.

Contención e integración, la clave para el cambio

Pablo e Isabel se conocieron en medio de los encuentros entre adultos mayores que organiza la ONG Alianza por Venezuela, un espacio fundado en 2018 con el objetivo de nuclear y organizar a la comunidad venezolana en Argentina en ejes como cultura, emprendimientos, orientación en temas migratorios y derechos humanos.

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Una de las áreas que decidieron atender con mayor especificidad, precisamente, fue la de la denominada tercera edad.

Es un segmento particular, con distintas características de salud. Muchos llegaron transitoriamente y se quedaron. Otros tenían acá a sus hijos, que ahora están en terceros países. Hemos detectado, además, que muchos están bien físicamente, en condiciones óptimas, por lo que es importante que se sientan productivos, aunque su perfil de empleabilidad sea más restringido”, analizó Liset Luque, coordinadora de Comunicación de Alianza por Venezuela, en palabras para El Diario.

Hasta el momento hubo tres encuentros con mayores. Resalta lo entusiasmados que los notan los hijos cuando vuelven a casa, y lo importante que es para ellos compartir con gente de su edad, con la cual suelen tener costumbres similares a pesar de que provengan de distintos lugares de Venezuela.

“El máximo objetivo es contribuir con el bienestar, que puedan formar vínculos no solo dentro de este espacio sino fuera de él. Que gente como Isabel y Pablo sepan que pueden contar con alguien durante la semana para ir a tomar un café, por ejemplo”, redondeó Luque.

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Es eso, precisamente, lo que más añora Chacón, que nació en San Cristóbal, capital del estado Táchira, pero vivió más de 50 años en Caracas. Si bien en sus últimos recuerdos de Venezuela está el tener que hacer colas durante horas para conseguir leche y pañales, atesora otras épocas en las que viajaba frecuentemente a la tierra de los gochos.

Conexión migrante

A inicios de este año, Alianza por Venezuela, como colaboradores de la plataforma Conexión Migrante, reforzó distintas actividades como talleres de escritura, cine foro y reuniones en grupo para compartir experiencias y (re)armar proyectos de vida.

Hay programas para mujeres, también de salud mental, entre otras áreas.


“Tenía una vida hermosa. En San Cristóbal iba por cualquier lugar, a cualquier hora, sin miedo. Y llegaba a casa de amigos, nos juntábamos a comer, compartir, lo pasábamos bien. Lastimosamente eso se perdió”, expresó.

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Con todo, resaltó que el animarse a salir de casa, conocer el barrio, generar algunos ingresos —cuida a otros niños un par de días por semana— y el mantener la mente ocupada, han sido fundamentales para acostumbrarse a esta etapa. “He podido rehacer mi vida”.

Pablo, por su parte, se sonríe cuando evoca su infancia en una Caracas que conoció prácticamente por completo, pues vivió en lugares como Catia, Puente Llaguno, la avenida Andrés Bello, Montalbán, Los Palos Grandes y Altamira, donde tuvo su último hogar antes de mudarse para Margarita, isla que mantiene grabada en su memoria sobre las postales del Caribe.

“La Venezuela que quisiéramos ver no la vamos a ver, por la edad. No hay tiempo. Pero vamos a aprovechar las bondades de Argentina para vivir un poco más y mejor”, proyectó.

De su pasado más reciente saca el impulso, como emprendedor gastronómico —tenía un local llamado El rincón del pernil— para mantener sus recetas y ofrecer sus productos por encargo y para eventos. E insiste, una y otra vez, en que él y otros adultos mayores llegaron de Venezuela para aportar su granito de arena a Argentina, donde ven una comunidad venezolana asentada, que junto a ellos, llegó para echar raíces y empezar desde cero sin importar las veces que sea necesario.

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